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Dos victorias, la sombra de Otto Warmbier y algunas certezas sobre Kim Jong-un y Donald Trump

Foto: Reuters

Lo presagió su campaña electoral, meses y meses antes de su entrada en la Casa Blanca en noviembre de 2016, y lo confirmó en cuanto tomó asiento en el Despacho Oval: la política exterior de Donald Trump es desconcertante.

México fue su primera diana, prometió que construiría un muro que los dividiera, que frenara la entrada masiva de inmigrantes, y avanzó que –además– lo pagarían ellos. Trump firmó la salida de los Acuerdos de París, donde todos los países hegemónicos –tanto aliados como enemigos silenciosos– sellaron su compromiso por frenar el cambio climático. Trasladó la sede de Israel a Jerusalén y sacudió nuevamente el avispero de Oriente Medio. Anuló el acuerdo nuclear con Irán, y las consecuencias son difícilmente calculables y en cualquier caso desesperanzadoras. Dio paso a una guerra comercial con China, impuso aranceles a socios estratégicos, acusó de “traidor” a Trudeau por criticar la medida, ninguneó a los líderes europeos –una vez más– en la última cumbre del G7.

Donald Trump tiene con Corea del Norte una oportunidad inesperada: expiar algunos de sus pecados, acabar con un conflicto icónico, neutralizar a la pequeña república nuclear. Demostrar de puertas adentro que su política de pelo en pecho y fuego y furia funciona para contener las tensiones del mundo.

Ahora la imagen idílica se ha producido: después de meses de conversaciones, los líderes de ambos países han estrechado sus manos en Singapur con sonrisas de gratitud y ante una expectación periodística imponente (5.000 periodistas acreditados). Los dos protagonistas necesitaban esta victoria, más allá de si finalmente el proceso de desnuclearización prospera.

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Kim Jong-Un y Donald Trump, estrechando manos en Singapur. | Foto: Reuters

Kim Jong-un, máximo dirigente del régimen norcoreano, ha fracasado en su voluntad de mejorar la economía del país, donde la población subsiste en condiciones de miseria y represión, y tiene la presión notoria de Pekín para rebajar los ánimos nucleares. Kim Jong-un, me contaba Santiago Castillo –un gran experto en Corea y director de la página asianortheast.com–, es una molestia para Xi Jinping, que desearía un régimen socialista menos hermético y con un líder más previsible, y solo aceptará este proceso de desnuclearización si se garantiza su continuidad y algún tipo de acuerdo económicamente provechoso.

Por el momento y pese al recelo de Japón –el país más desconfiado con las intenciones del régimen y partidario de mantener las sanciones–, las negociaciones avanzan con buen pie y la contención ha sido remarcable: el último ensayo balístico de Corea del Norte se produjo en noviembre de 2017, y cabe recordar que no ha pasado tanto tiempo desde que comunicaron que tenían capacidad para alcanzar suelo estadounidense –aunque no hay posibilidad de verificar si cuentan con los medios o no para hacerlo–.

Después de la reunión en Singapur, Trump ha sido incapaz de esconder su entusiasmo por el éxito de las conversaciones –“Ha ido muy, muy bien. Ha sido lo máximo”– y ha enfatizado su sintonía con el dirigente norcoreano –“Es un hombre con mucho talento, me he dado cuenta de que ama mucho a su país”–. Kim Jong-un ha compartido de igual modo su optimismo –“El mundo va a experimentar un cambio tremendo”– y ha recibido por parte del magnate una invitación a la Casa Blanca. Las diferencias dialécticas han evolucionado sustancialmente en solo un año, cuando se llamaban “viejo chocho” –Kim a Trump– y “hombre cohete” –Trump a Kim–.

La escenificación de esta buena sintonía ha tenido lugar en una fecha simbólica, un 12 de junio, exactamente 12 meses después de la liberación norcoreana del estadounidense Otto Warmbier, condenado a 15 años de trabajos forzosos por llevarse un cartel de propaganda en Pyongyang. Murió una semana más tarde, enfermo de botulismo y en su casa de Cincinatti, EEUU, tras 17 meses de encierro. Tenía 22 años.

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