Donald Trump, un bocazas que cumple sus promesas
Foto: Jonathan Ernst| Reuters

Política y conflictos

Donald Trump, un bocazas que cumple sus promesas

Impredecible al hablar, imprudente, desbocado. La verborrea incontrolada que tanto le criticaron cuando fue candidato es la misma que exhibe siendo el 45 presidente de Estados Unidos. Donald Trump no ha cambiado, sigue siendo ese magnate inmobiliario que actúa más como una celebrity que como un político comedido o un dirigente consciente de que en sus manos descansa el futuro de la primera potencia del mundo.

por Tal Levy

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Impredecible al hablar, imprudente, desbocado. La verborrea incontrolada que tanto le criticaron cuando fue candidato es la misma que exhibe siendo el 45 presidente de Estados Unidos. Donald Trump no ha cambiado, sigue siendo ese magnate inmobiliario que actúa más como una celebrity que como un político comedido o un dirigente consciente de que en sus manos descansa el futuro de la primera potencia del mundo.

No tiene reparos en asomar en un tuit que el gobernante norcoreano Kim Jong-un es “bajito y gordo” o en amenazarle ante la ONU con la “destrucción total” de su país; deslizarle al mandatario francés, Emmanuel Macron, en una visita de Estado a París que su esposa “está en muy buena forma física, preciosa”; poner en un mismo saco a grupos supremacistas blancos y neonazis con los activistas por los derechos humanos que los enfrentan; apodar a la cadena CNN como “FNN o Fake News Network” (canal de noticias falsas) o culpabilizar a Puerto Rico de su difícil situación y recordarle la deuda de 70.000 millones de dólares justo cuando está devastado por el huracán María.

 

 

Él, que ha presumido de haber popularizado el concepto de noticias falsas al denunciarlas en medio de su constante confrontación con los medios, ha realizado 1.628 declaraciones falsas o engañosas desde su llegada a la Presidencia hasta el 13 de noviembre, de acuerdo con un seguimiento realizado por The Washington Post.

Donald Trump no mide sus palabras. Esa espontaneidad le ha llevado a equivocarse y también incluso a contradecir el mensaje oficial transmitido por la Casa Blanca, pero le gusta alardear de no ser un político tradicional y continuar, a su modo de ver, “honesto y sin filtros”.

Su retórica incendiaria desborda las redes. La prensa mundial permanece pendiente de sus frecuentes arrebatos tuiteros, muchos de madrugada, a tal punto que hay quien dice que gobierna a través de Twitter.

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Donald Trump en Missouri deseando Felices Fiestas | Foto por: REUTERS/Kevin Lamarque

 

Pese a su incontinencia verbal, desde su primer día al frente de la administración estadounidense ha intentado cumplir sus promesas electorales. Pero si bien es cierto esto, no lo es menos que buena parte apunta al desmantelamiento del legado de Barack Obama en materia de salud (Obamacare), ambiente (Acuerdo de París), comercio exterior (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), política exterior (pacto nuclear con Irán) e inmigración (programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), entre otros.

Obsequio navideño

Una de las banderas electorales de Trump fue una reforma tributaria, que se espera el Congreso apruebe antes de Nochebuena. No sólo constituiría su primer gran triunfo legislativo, sino que promete ser la mayor reducción de impuestos en los últimos 30 años en Estados Unidos.

“Es un regalo de Navidad para la clase media de estadounidenses”, ha adelantado el Presidente en torno a la reforma que disminuirá la tasa impositiva aplicable a las grandes corporaciones de 35% a 21%.

Zarpazo continuado

Ya el 20 de enero de 2017, en su primer día en la Casa Blanca tras prestar juramento, en una orden ejecutiva instruyó a las agencias federales para que tomen medidas con miras a allanar el camino hacia la eliminación de la Ley de Cuidado del Paciente y Salud Asequible, conocida como Obamacare.

Aunque de mayoría republicana, el Congreso no ha sido capaz de ponerse de acuerdo en una nueva ley de salud que dé al traste con la promulgada en 2010 por Obama. Pero Trump sigue fiel a la consigna de “derogar y reemplazar”, que animó a sus más fieles adeptos, haciendo lo que está en sus manos para debilitar esta norma retirando los subsidios que permitían a las personas de bajos ingresos hacer frente a los copagos y reduciendo el período de inscripción para el 2018 de 90 a 45 días.

Y es que el gobernante llegó incluso a implicarse personalmente en las negociaciones para sustituir esa ley, al tratar de persuadir a congresistas reacios a que apoyaran los proyectos en discusión, recurriendo incluso a las amenazas y optando, finalmente, por “dejar que el Obamacare implosione”.

Un muro sin fondos

La creación de una barrera infranqueable que separe a Estados Unidos de México fue una de las promesas eje de su campaña, en la que aseguró además, arrogancia mediante, que sería la nación vecina la que pagaría por ello.

“¡Construye el muro!, ¡construye el muro!”, vociferaban en los mítines los seguidores del entonces aspirante presidencial que tildaría a los mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera de criminales, de violadores. Y apenas al quinto día de mandato firmó una orden ejecutiva para llevarlo a cabo, aunque la ejecución final depende de la aprobación de fondos por parte del Congreso.

Trump lo ha defendido con tal firmeza que el pasado 22 de agosto declaró: “Si tenemos que paralizar el gobierno, lo haremos para construir ese muro”. Un mes antes, había conseguido el visto bueno por parte de la Cámara de Representantes para destinar 1.600 millones de dólares para empezar la construcción, que se prevé costará no menos de 25.000 millones de dólares.

Ocho prototipos de diseño fueron presentados a fines de octubre para escoger el más adecuado para cubrir la frontera común de 3.000 kilómetros, donde en un tercio ya existe algún tipo de barrera.

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Donald Trump corta una banda para hablar sobre la desregulación en la Casa Blanca. | Foto por: REUTERS / Kevin Lamarque U

Adiós a los cuentos chinos

Por más que sus colaboradores cercanos intentaron persuadirle, honró su palabra empeñada en campaña al anunciar el 1 de junio la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, adoptado a fines de 2015 y suscrito casi por dos centenares de países dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Se deslindó así de sus aliados del G7, quedándose en compañía de Nicaragua y Siria como únicos no suscriptores, aunque por poco tiempo pues incluso estos ya se han adherido al histórico convenio que busca luchar en contra del calentamiento global, fenómeno al que Trump describió en el pasado como un “cuento chino” inventado para hacer no competitiva a la industria manufacturera estadounidense.

Siete años por la borda

A pesar de que el gobierno de Obama invirtió siete años en negociar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, adoptado en 2016 por 12 países para formar la mayor zona de libre comercio del mundo, el 23 de enero de este año Trump estampó su rúbrica para retirar a Estados Unidos de ese convenio que había catalogado como “asesino de empleos” y “un desastre potencial para nuestro país”.

Un día antes había ordenado renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que según indicó en uno de los debates presidenciales con Hillary Clinton era “el peor tratado comercial en la historia”. De hecho, en agosto se iniciaron las conversaciones que se prevé se extenderán hasta el primer trimestre de 2018, cuando se espera Canadá, México y Estados Unidos puedan alcanzar un acuerdo.

 

 

Descertificar el pacto

Trump también había afirmado que el llamado Plan de Acción Conjunto y Completo, el convenio que las grandes potencias suscribieron en 2015 con Irán para frenar su programa nuclear, era “desastroso”, “el peor acuerdo jamás negociado”.

Dijo que su “prioridad número uno” en caso de llegar a la Casa Blanca sería acabar con él y aunque en dos ocasiones desde que asumió la Presidencia certificó el cumplimiento de Irán con las condiciones del pacto, el 13 de octubre, al vencerse un nuevo plazo, no lo hizo, por lo que dejó en manos del Congreso el decidir si vuelve a imponer las sanciones económicas sobre la nación persa que habían sido levantadas gracias al acuerdo.

“Si no somos capaces de alcanzar una solución trabajando con el Congreso y nuestros aliados, el acuerdo será rescindido”, ha advertido el mandatario estadounidense.

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Manifestantes se reúnen en la marcha en pro del Movimiento sobre Cambio Climático | Foto por: REUTERS/Mike Theiler

Veto en cuestión

“Los que vinieron ilegalmente se tienen que ir”, prometió Trump durante la carrera electoral. El entonces candidato, tras el ataque perpetrado en California por un matrimonio musulmán radicalizado que causó la muerte de 14 personas, propuso el cierre de fronteras, detener el ingreso de musulmanes a Estados Unidos de forma total y completa “hasta que nuestros congresistas puedan determinar qué está pasando”.

Sus palabras eran vistas por algunos como retóricos señuelos para conseguir votantes o, como señaló el entonces portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, una manera de “jugar con los miedos” para sumar apoyos a su máxima aspiración.

Sin embargo, en la primera semana en que se sentó en la silla presidencial decretó la prohibición temporal de ingreso a Estados Unidos a los ciudadanos de Siria, Libia, Sudán, Somalia, Yemen, Iraq e Irán.

Eso sí, otros habitantes de naciones de mayoría musulmana como Arabia Saudita y Egipto quedaron al margen del veto, según han advertido en The New York Times Richard Painter y Norman Eisenen, exabogados de ética en las administraciones de George W. Bush y Barack Obama, pues “parece que los inmigrantes de países que pueden permitirse hacer negocios con la organización Trump están libres de ir y venir de Estados Unidos”.

A la polémica decisión le sucedieron protestas, así como varias medidas judiciales que bloquearon su aplicación de forma preventiva. Pero a inicios de diciembre la Corte Suprema autorizó la entrada en vigor en su totalidad de la tercera versión del veto migratorio, que afecta a Siria, Libia, Irán, Yemen, Chad y Somalia, así como a Corea del Norte y a algunos funcionarios del gobierno de Venezuela.

De acuerdo con varios analistas, la inclusión de estos últimos países sirvió como estrategia de la Casa Blanca para evitar que la medida pudiera ser calificada como una forma de discriminación por causas religiosas.

Del sueño a la pesadilla

El discurso antiinmigración fue una constante en la campaña presidencial de Trump, quien aseveró que deportaría a cerca de 11 millones de indocumentados, aunque después en su primera aparición televisiva al ser electo presidente rebajó esa cifra casi en una cuarta parte.

En consonancia, en febrero dictó nuevas directrices en cuanto a control migratorio que limitan las excepciones a las expulsiones y otorgan más poder a los agentes de frontera.

El 5 de septiembre dio cumplimiento a otra de sus promesas en esta materia al revocar, en guiño al ala más radical que le apoya, el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), aprobado por Obama en 2012 y que protegía de la deportación a más de 750.000 jóvenes indocumentados conocidos como dreamers (soñadores), que ingresaron a territorio estadounidense ilegalmente cuando eran niños. Ahora es el Congreso el que deberá aprobar una nueva ley que decida sobre su status.

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Protestantes queman una imagen de Donald Trump en Manila, Filipinas. Foto por: REUTERS/Erik De Castro

Un paso capital

En la contienda electoral, el magnate inmobiliario se presentaba reiteradamente como el mejor amigo de Israel en Estados Unidos. En una reunión con el Aipac, la organización más poderosa de lobby israelí, aseguró que de ganar las elecciones ordenaría trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén.

“Cuando sea presidente, los días en que se trata a Israel como un ciudadano de segunda clase habrán terminado”, había dicho en marzo de 2016 en una crítica velada a la política hacia la nación hebrea que mantenía Obama y que era considera por muchos como antiisraelí.

Y el pasado 6 de diciembre no sólo emitió una orden para iniciar la mudanza de la embajada a Jerusalén, sino que además reconoció a esta ciudad como la capital de Israel, dando un paso que durante décadas habían evitado sus antecesores en la Casa Blanca.

Trump tomó la decisión pese al rechazo casi unánime de toda la comunidad internacional, que temía por los efectivos negativos que podría tener para las posibilidades de un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos, quienes demandan Jerusalén Este como la capital de su futuro Estado.

En esa misma línea y argumentando razones de sesgo contra la nación hebrea por parte de la Unesco, el 12 de octubre anunció la salida de Estados Unidos de la organización, la cual se hará efectiva el 31 de diciembre de 2018.

De la firma a los hechos

En cuanto a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por más que Trump la cuestionó durante la campaña, el 12 de abril reculó en medio de las tensiones con Rusia debido a la guerra en Siria al afirmar que “dije que era obsoleta, pero ya no es más obsoleta”.

Hay quienes cuestionan el alcance del cumplimiento de sus promesas. Señalan, por ejemplo, que el recorte de impuestos que está por aprobarse no beneficiará a la clase media como prometió sino a los ricos, además de que profundizará la desigualdad y ensanchará el déficit fiscal; que todavía se desconoce de dónde provendrán los fondos para la construcción del muro fronterizo y que, en ningún caso, será costeado por México; que para mudar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén hay que edificar una nueva sede; y que pese a todos los esfuerzos de la Casa Blanca el Obamacare continúa en pie.

Aún está por verse si los compromisos electorales se materializan o se quedan en el papel como meras órdenes ejecutivas, si aquello de “America first” (Estados Unidos primero) se traduce en políticas reales y no en una simple retórica nacionalista.