«Donar tus órganos es la última oportunidad para hacer algo que no hay palabras para describir»
Foto: Nani Quinteros| The Objective

Sociedad

«Donar tus órganos es la última oportunidad para hacer algo que no hay palabras para describir»

Isabel García se sometió a un trasplante de riñón e hígado hace siete años. Ahora que su vida vuelve a ser la de antes de su enfermedad quiere impulsar la solidaridad: donar tus órganos es «un acto de bondad, un acto maravilloso»

por María Hernández

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Hay que ser muy fuerte para no perder la esperanza cuando te dicen tres veces que hay un hígado y un riñón para ti y luego no ocurre. La cuarta llamada fue la definitiva para Isabel García. Un año y medio después de empezar la diálisis llegó su oportunidad para, por fin, recuperar su vida.

«Yo en mi cabeza siempre fui muy, muy positiva. Yo siempre dije voy a estar bien, voy a estar bien, voy a estar bien». Así nos cuenta en el salón de su casa toda su lucha contra la enfermedad, tranquila, con calma.

Pero empecemos por el principio. La madre de Isabel murió cuando ella tenía solo 10 años por la enfermedad poliquística del adulto, la misma que ella sufre desde joven. «Fue muy fuerte perder a mi madre con 10 años», reconoce Isabel. Por eso, «le decía a los médicos que mi hija Nani, que tenía 14, tenía que ser adulta, porque no es lo mismo perder a la madre con consciencia que siendo un niño, esa era mi meta, que ella fuese adulta».

Paula y Nani, sus dos hijas, fueron su impulso para no perder la fuerza ni el optimismo durante todo el proceso. Nani, la pequeña de las dos, era solo una adolescente cuando comenzó la diálisis. 

Su enfermedad fue descubierta por casualidad. Un día, fue al médico por una gripe y detectaron que tenía la tensión demasiado alta. Así fue como acabó en el cardiólogo que, por error, deslizó el ecógrafo hacia la barriga y le hizo prometerle que iría a hacerse un examen médico.

Por aquel entonces Isabel, que nació en Argentina, vivía en Venezuela, y durante muchos años siguió controlando su enfermedad allí. Hasta que tuvo alrededor de 50 años, unos 20 años después de detectar los quistes, su riñón empezó a fallar.

«Ahí sí que te sugieren, te dicen que en la medida que vaya empeorando el único tratamiento que hay es la diálisis y el trasplante. Y prepararse para eso no es fácil, en mi caso yo tenía lo malo también de que mi madre había fallecido de la misma enfermedad, para mí era muy fuerte», recuerda.

La situación en Venezuela, donde a menudo faltan medicamentos y las operaciones de tal magnitud no se practican, hizo que Isabel decidiera enfrentarse a su enfermedad en España, de donde procede su familia. «Elegí España porque bueno, tengo la nacionalidad española y sabía que es el mejor país en trasplantes».

España lleva 28 años siendo el líder mundial en donación de órganos, con una tasa de 49,6 donantes por millón de personas. Además, en 2019 aportó el 20% de las donaciones de la Unión Europea y el 6% de las registradas en el mundo, según los datos de la Organización Nacional de Transplantes (ONT). En 2019, España alcanzó una tasa de 117,4 trasplantes por millón de personas, solo superada por Estados Unidos, que registra 123,4 trasplantes por millón de personas.

Una vez aquí llegó la peor parte. «La diálisis sí es un proceso muy fuerte. Es día sí, día no, tienes que estar en el hospital porque el riñón no funciona y no elimina las impurezas, te vas intoxicando, entonces una máquina hace todo el proceso por ti. Son cuatro horas donde tienes que estar conectado a una máquina que te filtra todo», explica Isabel. «Es un proceso fuerte, desagradable, porque te mareas mucho, hay unos efectos secundarios muy fuertes. En mi caso yo llevé la diálisis bastante mal, vomitaba mucho». A todo esto se suma que «cuando estás en diálisis, estás esperando que venga el trasplante en un momento u otro».

A pesar de lo duro de la espera y de las tres desilusiones, Isabel no perdió la esperanza. «Es que también uno mira a su alrededor y hay personas que llevan mucho tiempo más, ya sea por muchos motivos, o porque los han trasplantado y han rechazado, que existe la posibilidad. Yo tenía una señora a mi lado que ya la habían trasplantado dos veces y ninguno de los dos le había funcionado, uno creo que le funcionó como una semana, y eso sí que es desesperante».

Cuando llegó el día del trasplante, la vida de Isabel cambió. Tras «solo 21 días» en el hospital, volvió por fin la normalidad. «Salí y me fui a la peluquería porque tenía canas», cuenta entre risas. «Yo tenía que buscar un piso donde mudarme, pues un día más tarde de dejar el hospital estuve buscando piso. Pero claro, estaba muy débil todavía. Todo es cuestión de forzarse uno, de darse ánimos para seguir adelante, porque como te digo, no había más opción, o diálisis o trasplante».

Isabel pasó un año y medio de diálisis, un doble trasplante y 21 días de hospital. Sin embargo, explica que quizá lo más difícil fue «desconectar del hospital». «Yo durante un año y medio dependía del hospital, me cuidaban, me mimaban y para mí resultó sumamente difícil desconectarme de él, fue muy difícil estar bien, era desagradable pero como sabías que estabas tan mal, estabas bien en el hospital, dónde mejor».

Tanto tiempo acostumbrada a la enfermedad, que Isabel tuvo que volver a aprender hasta a beber agua cuando tenía sed. «Durante diálisis no podía ingerir líquidos. Yo me había durante un año y medio programado para no beber agua, no tienes sed, no tienes sed, mil veces no, entonces de repente era “beba” y tuve que volver a aprender esas cosas», recuerda.

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Foto: Nani Quinteros | The Objective

Ahora, siete años después del doble trasplante, Isabel tiene que medicarse con inmunosupresores, pero ese es el único cambio en su vida. Sigue caminando ocho o diez kilómetros al día con su perra, Lupita, jugando al pickleball en el parque del Retiro y disfrutando de los mismos pequeños momentos que vivía antes de todo este proceso.

La pandemia de coronavirus la ha apartado de algunos de esos placeres, como el de poder abrazar a su hija, pero es solo un parón que asegura que le afecta como a todos. «Sí, uno tiene que tener cuidado, pero yo no entro en paranoia, siempre estoy muy tranquila. No me gusta perder el control, así que no me voy a preocupar por algo que no sé todavía si lo voy a tener, si me va a dar suave, si me va a dar fuerte, para qué le vas a dar más a la cabeza, si en el fondo yo creo que el 90% de las cosas que pasan por nuestra cabeza no suceden». Además, «volvemos a mis filosofías baratas», bromea, «si lo voy a tener, lo voy a pasar bien».

Tras todo este doloroso proceso, Isabel, que parece no haber perdido nunca la calma, ha sacado un mensaje muy claro, y es que donar tus órganos es «un acto de bondad, un acto maravilloso, tu última posibilidad de hacer algo que no existe una palabra para describirlo». «Que le des vida y ayudes a un montón de personas es una buena despedida, ¿no?».

Por eso, insiste en la importancia de fomentar la solidaridad, aunque es consciente de que en España somos líderes en esto. «Ojalá todos pudiéramos justamente eso, donar órganos, porque de nada nos sirve irnos con los órganos cuando puedes ayudar a otra persona».

María Hernández

De Murcia y madrileña de adopción. Escribo a menudo sobre derechos humanos e inmigración. También estudié Publicidad, pero lo mío es el periodismo. Y los viajes.