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Los mundos posibles de Donna Haraway: Así es como la ciencia ficción feminista puede ayudar a salvar nuestro planeta

Foto: Donna Haraway | Cedida por Consonni

Somos líquenes. Somos humus. Somos las niñas y los niños del compost. Y más allá de los escenarios apocalípticos hacia los que parece dirigirnos el cambio climático y la amenaza de una séptima gran extinción acelerada, tan descrita en la mayoría de novelas Sci-Fi, la pensadora Donna Haraway nos invita a generar parentescos salvajes e imaginar otras posibilidades del vivir-con y morir-con en un mundo herido, pero no acabado. Lo hace en Seguir con el problema (ed. Consonni), un ensayo a caballo entre especulación feminista, la ciencia y la ciencia ficción donde el lenguaje y el juego son la puerta a un presente denso y tentacular que propone, un paisaje-arácnido llamado Chthuluceno en que repensar la humanidad en simbiosis con los otros: humanos y bichos.

 

“Para Haraway la ciencia ficción es fundamental, tanto que incluso dedicó su tesis doctoral a la importancia de la metáfora en la biología del desarrollo del siglo XX. Porque la ciencia ficción es un terreno muy fértil en que el que imaginarnos muchos presentes posibles más allá de la aventura fálica de la narrativa heteropatriarcal, donde todo está organizado alrededor de un héroe como centro de la creación. Por eso teje hilos con autoras de los años 70′, como Octavia Butler, Úrsula K. Le Guin, Marge Piercy o Joanna Russ, que planteaban otros universos y se hacían la pregunta de ‘¿y si…?’: ¿Y si hubiera tres progenitores y no uno? ¿Y si las mujeres no pariesen y la reproducción sucediera in vitro? No tiene que ver con el futuro, sino con llevar al extremo lo que está estamos viviendo hoy para poderlo pensar desde otros lugares”, cuenta Helen Torres, traductora de Seguir con el problema y una especialista en el pensamiento de Donna Haraway, del que admite su complejidad, pero también la forma en que espolea a artistas y activistas a generar proyectos de arte-activismo y ciencia que siembren otros mundos posibles a través de la narración.

Y se pregunta hasta qué punto un relato nos constituye y nos hace actuar de una manera y no de otra: “Haraway asume que es una mujer blanca de clase media y nos habla a nosotras, a las feministas blancas de clase media, para que seamos conscientes de nuestra responsabilidad y las posibilidades de acción que tenemos, aunque la desgracia no la hayamos originado nosotras. Pensar, por ejemplo, en el tipo de consumo que hacemos o en las relaciones familiares que generamos y en los cambios que se podrían obrar si no siguiésemos el relato de las multinacionales”, resume.

Narrar en un mundo en constante aceleración

Más de 140 millones de personas abandonarán sus hogares en los próximos 30 años huyendo de la sequía, las precipitaciones torrenciales y las inundaciones; el flujo de migraciones aumenta vertiginosamente cada año que pasa. Y en paralelo, esas otras migraciones no humanas; cuando no, en peligro de extinción. Según un informe de WWF, hasta la mitad de las especies de animales y plantas de las áreas más ricas del mundo habrán desaparecido en cuestión de medio siglo a causa de las emisiones de carbono. Habrá refugiados, sí. Pero sin refugio. Y así lo apunta la pensadora citando a otra de las personas con la que teje hilos, la investigadora Deborah Bird Rose, que acuñó el término de la “doble muerte”. Es decir, la extinción de los refugios en el marco del Antropoceno -o Capitaloceno, de acuerdo a la preferencia de Haraway-, una época en donde la acción humana, o mejor dicho, la del Capital, ha puesto al planeta al borde de un abismo: La séptima extinción (sí, resulta que ya hubo una sexta, la que hizo que los mamíferos aparecieran).

“El problema, dice ella, no son las extinciones, sino el nivel de aceleración. Las grandes extinciones no ocurrieron de un día para otro y eso dio margen a que se constituyesen nuevos refugios y especies a través de procesos simbiogenéticos, pero en esta extinción la destrucción es tan masiva que no hay tiempo para que se creen nuevos refugios”, explica Helen.

No obstante, la doctora en biología no es pesimista, si bien al contrario; aunque no haya una forma para revertir los blackouts cíclicos del mundo, sí es posible ralentizar su inminencia. La respuesta, una sencilla bolsa de semillas… La de Úrsula K. Le Guin, la de la fabulación especulativa que nos lleva no apartar la vista, sino a jugar con el espacio-tiempo para darnos cuenta de que cien años en el cronograma de la Tierra es AQUÍ y AHORA. “¡Pensar debemos!”, pero hagámoslo, con un poco de diversión.

Los mundos posibles de Donna Haraway: Así es como la ciencia ficción feminista puede ayudar a salvar nuestro planeta 1

¿Cuántos cambios podríamos hacer si dejásemos de seguir el relato dominante sobre el final de nuestro planeta? | Foto de Helen Torres.

Creemos genealogías extrañas, multiespecies. Un álbum de familia que nos emparente con los arrecifes de coral, con las palomas mensajeras -bichos imperiales- o con esas primas “pica-flor”, las abejas, cuya labor polinizadora es tan esencial que sin ellas ya estaríamos muertos. Repensemos nuestro lugar dentro del relato. Sin héroes. Sin un personaje central -varón, blanco, clase media o media-alta- o un Dios, por cierto, calco del anterior. Miremos hacia abajo, nos exhorta Haraway, hacia esas divinidades ctónicas, esos poderes abisales usurpados por los griegos -Gaia y Medusa- cuyo resurgimiento puede ser terrible. E imaginémonos líquenes o tentáculos de un monstruo de las profundidades enraizado fuerte al planeta, como ni siquiera H. P. Lovecraft pudo soñar.

“En Los mitos de Cthulu, Lovecraft, que era un misógino y un racista, nos habla de esos monstruos tentaculares que quieren ocupar el territorio de los blancos, obviamente la gente negra y pobre que está invadiendo su ciudad. Pero Donna Haraway cambia la ‘H’ de sitio, hace una broma seria, y genera el Chthuluceno a partir de esa idea de pensarnos en simbiosis con todo, como las patas de una araña que se enredan: humanos y no humanos. Siempre hablando de lo que se nombra y de las ideas que empleamos para pensar otras ideas”, explica Helen Torres, cuya traducción de la novela de ciencia ficción Woman at the Edge of Time, de la escritora Marge Piercy, que fue una inspiración para Donna Haraway, será publicada en noviembre por Consonni y cuenta la historia de una mujer chicana y pobre de mediana edad que ingresa en un psiquiátrico y entabla contacto con personajes de un futuro posible, donde no existe el género y se vive en pequeñas comunidades libres.

“La palabra creación está prohibida para Haraway. Ella habla de figuras de cuerdas que trenza con muchas pensadoras y la historia de Camille, que se incluye al final de Seguir con el problema, la escribió durante un taller de fabulación especulativa, donde sigue a una niña en simbiosis con una especie extinta, la mariposa monarca, a través de cinco generaciones, basándose en hechos científicos. Pero cuando habla de ‘simbiosis’ se refiere a ‘traer al presente’, al ejercicio de la memoria. Y lo hace para reforzar la idea de que este texto en sí también es SF (ciencia ficción -science fiction- y fibras de cuerdas –string fibers-). Hay detalles a su vez muy inspirados en la novela de Marge Piercy, que es una autora de ciencia ficción de los años 70′ que en nuestro país no se conoce y cuya obra aún no había sido traducida. Y es tan revolucionaria que la utopía que plantea en la novela aún sigue siendo la nuestra”, concluye Torres.

Otra pata más de la araña. Otra bolsa de semillas para sembrar mundos posibles.

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