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¿Estamos desperdiciando el potencial de las drogas psicodélicas para curar enfermedades?

Foto: Pretty Drugthings | Unsplash

El interés por las drogas psicodélicas como herramienta para tratar enfermedades psicológicas creció como la espuma en los años 50. De hecho, como informa la revista Futurity, en Estados Unidos se produjeron más de un millar de estudios durante ese periodo. La esperanza de los científicos consistía en comprobar la supuesta efectividad de estos psicoactivos en la lucha contra la depresión, la ansiedad, el estrés postraumático y algunas adicciones. Sin embargo, todo se frenó en los años 60 y 70. Las posiciones más conservadoras atacaron el fenómeno, generalmente vinculado al hecho ocioso que tenía su consumo en ciertas dosis –recuerden la revolución hippy–, y echaron definitivamente por tierra el trabajo de los años anteriores en 1971, después de una convención de las Naciones Unidas.

Hay un dato que muchos españoles desconocen: hasta 1918, el catálogo de drogas que se podían adquirir en las farmacias era muy amplio. Estamos hablando de sustancias como la heroína o la cocaína. Con el tiempo se fueron estableciendo ciertos límites a su venta –sobre todo con el régimen de Primo de Rivera, aunque fue durante la II República cuando se prohibió la heroína– y fue en los 60 cuando las autoridades franquistas, en paralelo con la mayor parte de naciones del mundo, atacaron con virulencia el consumo, que estaba en auge en el caso concreto de España, principalmente, por lo novedosas que resultaban y la facilidad con la que entraban gracias al turismo.

Durante medio siglo, el debate de las drogas ha estado alejado del mundo científico. Sin embargo, en la última década se ha comenzado a reavivar la llama. A fin de cuentas, la historia de las drogas es tan antigua como la historia del hombre. Un grupo de científicos del Imperial College de Londres ha iniciado una investigación en la que comparan la eficacia de la psilocibina –un componente presente en algunos hongos alucinógenos– con fármacos ansiolíticos recetados en el presente.

¿Estamos desperdiciando el potencial de las drogas psicodélicas para curar enfermedades?

Psilocibina. | Foto:
Pretty Drugthings | Unsplash

El doctor Robin Carhart-Harris, a cargo de esta investigación, es muy optimista: “Los psicodélicos tienen un potencial revolucionario y no estoy exagerando”, comentó en un reportaje reciente de la BBC. Hay razones para su esperanza. Un trabajo de la Universidad John Hopkins, en Estados Unidos, ya desveló unos resultados sorprendentes a comienzos del nuevo siglo: la inclusión de la psilocibina en pacientes depresivos y con un cáncer terminal redujo su depresión en un 80% de los casos.

El mayor riesgo de la psilocibilina es producir un mal viaje, la entrada en un estado de pánico, o que se potencien ciertas reacciones de psicosis en personas con una predisposición para ello. No obstante, los ensayos clínicos que están en marcha hoy en día son muy rigurosos, andan con pies de plomo dada la experiencia del pasado y la vigente demonización de los narcóticos.

Carhart-Harry sigue la línea que marcaron sus compañeros, pero también intelectuales como Timothy Leary, uno de los principales defensores del uso de sustancias alucinógenas hasta su muerte en 1996 a los 76 años, o Antonio Escohotado, que escribió el que es probablemente el mayor estudio sobre la materia hasta el momento: Historia general de las drogas.

Escohotado ha defendido durante toda su vida el consumo dosificado y racional para usos recreativos y terapéuticos, así como la legalización absoluta como remedio para recuperar el control que tomaron las mafias tras su ilegalización. “El mercado negro tiene sobre todo una falta de transparencia en la composición que impide el arte de tomar drogas, que es el arte de dosificar”, explicó en una entrevista para El diario de Ibiza. “Ya decían los antiguos sola dosis facit venenum, ´solo la dosis hace algún veneno´, pero como no sabemos la composición pues tendemos a infra-dosificarnos, pero a veces nos sobre-dosificamos”.

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Una consumidora de ayahuasca en Nuevo Egipto, Perú. | Foto: Martín Mejía | AP

Existen numerosos estudios en marcha. La última que acabamos de conocer la lleva a cabo la profesora Caroline Dorsen, especializada en Enfermería por la Universidad de Nueva York e investigadora del Centro de Consumo de Drogas, que analiza el uso de sustancias alucinógenas en comunidades cerradas, donde se emplea la ayahuasca o la psilocibina para explorar el subconsciente y mejorar la salud mental.

En una entrevista realizada en la universidad para la que trabaja, explica que los guías que dirigen estas sesiones proponen “explorar” la mente y “disfrutar para aminorar el sufrimiento vital” y los “traumas”, supuestamente con unos resultados positivos y siempre con unas dosis mesuradas.

Por esta razón, Dorsen resalta la capacidad curativa que tal vez se esté malogrando. “Soy enfermera y veo a muchas personas sufrir por depresión, ansiedad y adicciones”, lamenta. “Si un tratamiento potencial para estos problemas tan difíciles de abordar está justo delante de nosotros en forma de plantas medicinales, espero que el estigma y la información falsa no prevalezcan sobre las investigaciones rigurosas para evaluar su eficacia y seguridad”.

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