Edmond Charlot, el librero que no se rindió
Foto: Mélanie Gribinsk

Cultura

Edmond Charlot, el librero que no se rindió

'Nuestras riquezas' de Kaouther Adimi (@LibrosAsteroide) narra la historia de Edmond Charlot, que con solo 20 años abrió 'Las verdaderas riquezas', en Álger, una librería que se convirtió en punto de encuentro de lectores y escritores.

por Anna María Iglesia

Leía hace apenas unos días en El País que la histórica librería Strand de Nueva York se enfrenta a uno de los momentos más difíciles de su vida desde que Benjamin Bass abriera por primera vez sus puertas en 1927. El edificio de Strand acaba de ser propuesto para su preservación, un reconocimiento que triplicaría los costes para la familia Bass, que compró el inmueble, construido en 1902, hace más de dos décadas, en 1997. Como contaba el periodista Sandro Pozzi desde Nueva York, “la decisión de preservar el edificio de Strand la desencadenó la construcción de un complejo en Union Square que acogerá un centro tecnológico. Se le sumó el anuncio de la llegada de Amazon a Long Island City en Queens. Los vecinos temen por su impacto en el carácter de los barrios. La Greenwich Village Society for Historic Preservation pidió por eso proteger 193 edificios”. Nancy Bass, heredera de Strand, advierte que la librería no puede asumir gastos adicionales, unos gastos que, como indica Pozzi, pueden llevar al cierre de la librería.

Leí esta noticia desde Barcelona, donde la librería Catalonia no pudo mantener sus puertas abiertas por las dificultades económicas provocadas, entre otros motivos, por el aumento de los precios de los locales, aumento que obligó también a la librería Kepos-Canuda a trasladar su sede de la calle Bruc a la calle Padre Laines, cerca de la plaza Joanic. “Nos subían el precio un 120% de golpe”, declaraba Xavier Ciordina a La Vanguardia en marzo de este mismo año. Nada nuevo bajo el sol, pensé, cuando, justo el día en que se publicó la historia de Strand, comencé a leer Nuestras riquezas de Kaouther Adimi donde se narra la historia de Edmond Charlot que, con apenas veinte años, abrió en Alger la librería Las verdaderas riquezas. Charlot lo tenía claro, Las verdaderas riquezas tenía que ser “una librería que vendiese novedades y libros antiguos, que prestara obras y que no fuera únicamente u negocio, son un lugar de encuentros y de lectura. Un lugar de fraternidad, en cierto modo, y con un toque mediterráneo: invitar a escritores y lectores de todos los países del Mediterráneo sin distinción de lenguas ni de religión, gente de aquí, de esta tierra, de este mar, oponerse sobre todo a los argelianistas”.

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Foto: Mélanie Gribinski vía Libros del Asteroide.

 

Cuando cerró sus puertas, Las verdaderas riquezas quedó en manos del Estado y se convirtió en un anexo de la Biblioteca Nacional. Hoy, quien pasee por la calle Mamani, antigua calle Charras, encontrará en el número 2 bis el mismo cartel que, en su día, colgara el joven Charlot en su día: “Un hombre que lee vale por dos”. La librería ha resistido el paso del tiempo y, si bien mucha gente pasa frente a su puerta sin prestar atención alguna, la gente del barrio, los ciudadanos de Alger ven en aquel pequeño local un testimonio de su historia compartida, un testimonio de resistencia y, sobre todo, un testimonio de la confianza ciega de Charlot en la cultura y en los libros como herramientas para cambiar el mundo y las relaciones entre las personas.

Adimi comienza su novela, donde realidad y ficción se entremezclan constantemente, imaginando qué pasaría si un día se decidiera ceder aquel espacio, perteneciente ahora a la Biblioteca Nacional, a un comprador privado, interesado en instalar una tienda de buñuelos “económicamente más provechoso” que una librería. “La transformación de ‘Las verdaderas riquezas’ en un restaurante de buñuelos es una ilustración perfecta de las prioridades del gobierno argelino, centrándose en el consumo masivo en lugar de la cultura para todos”, comentaba Ania Kaci Ouldlamara en Libération. Y sí, si bien es solo una hipótesis, una ficción, al imaginar la venta a un empresario del local de Charlot por parte del ayuntamiento, Adimi realiza una serie de reflexiones que trascienden la realidad de Alger y que pueden perfectamente aplicarse a nuestras ciudades, donde los locales históricos -desde librerías a pequeños comercios de todo tipo, pasando por bares y restaurantes; véase el caso del Pitarra, una vez más en Barcelona- cierran sus puertas ante el desinterés de la Administración, que prefiere bailar al son de la especulación inmobiliaria: “En estos tiempos de crisis económica, el Estado piensa que es una buena idea vender estos lugares al mejor postor. Desde hace años viene dilapidando el dinero del petróleo, y ahora los ministros se lamentan: ‘es la crisis’, ‘no tenemos elección’, pero ‘no es grave, el pueblo necesita pan, no libros, así que vendamos las bibliotecas, vendamos las librerías’”.

Adimi, que parece compartir con Charlot su oposición a los argelinistas y a los fundamentalistas religiosos, subraya como el Estado “liquidó la cultura para levantar mezquitas”, cómo la cultura no fue solo considerada -y es considerada- un plus innecesario para el hombre, sino que fue tachada de enemiga -no acaso Charlot sufrió un atentado en los años sesenta por su oposición al movimiento argelinista- de un proyecto político que llevaría al país a una guerra civil en 1991.

 

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Imagen vía Libros del Asteroide.

En Nuestras riquezas, Adimi no solo nos cuenta la historia de un barrio que logra impedir que Las verdaderas riquezas pase a manos de un propietario privado; no sólo la historia de Abdallah, el fiel dependiente de la librería, que, a pesar de su cierre, pasa sus días frente a la puerta, en un intento de mantener vivo el recuerdo de aquel espacio y de aquellos libros, que el nuevo propietario quiere tirar sin escrúpulo alguno; sino también la historia Edmond Charlot, de ese hombre que consagró su vida a los libros, de ese hombre que hizo de los libros un modo de vida y que, con su librería, donde también editaba textos, algunos de ellos hasta entonces inéditos en francés, como es el caso de García Lorca, transformó la vida cultural de una ciudad.

 

Una historia de resistencia

“En mis tiempos de estudiantes aquella librería simbolizaba el fascinante mundo, tan cercano y sin embargo tan remoto, de la literatura moderna”; así recordaba en 1965 Simone de Beauvoir la librería de La maison des amis des livres de Adrienne Monnier, situada en Rue de l’Odéon, a unos portales de distancia de Shakespeare and Co. la librería norteamericana que Sylvia Beach abriría poco después.

Monnier, que fue la primera mujer en poseer una librería propia en Francia, fue para el joven Edmond Chaplin un modelo a seguir: “Le he confesado [a mi padre] mi profunda admiración por Adrienne Monnier, cuya extraordinaria biblioteca de préstamo, La casa de los amigos de los libros, situada en el 7 de rue del Odéon, había ido a visitar. Cientos y cientos de volúmenes. ¡Allí se puede encontrar todo! Y madame Monnier…. ¡qué mujer tan extraordinaria! Me contó que había empezado con unos pocos miles de francos. Habría que hacer lo mismo en Argelia”. Y lo hizo, su librería Las verdaderas bellezas no solamente vendía novedades y libros de segunda mano, sino también funcionaba como biblioteca de préstamos, a la que eran asiduos los estudiantes universitarios.

Asimismo, como Sylvia Beach, Charlot ejerció también como editor y su pequeña librería se convirtió en lugar de encuentro de autores con sus manuscritos. Convencido de que todo editor debía haber sido antes librero, Charlot trasladó los ideales que sustentaban la pequeña librería a la edición con el objetivo de dar a conocer textos para él imprescindibles: “Yo no persigo la coherencia, sino que publico sobre todo aquello que me gusta, y únicamente libros que me siento capaz de defender ante la prensa y los lectores. Mi compromiso tiene que ser absoluto”.

Lo demostró en 1936 cuando publicó Revuelta en Asturias, un texto colectivo firmado por Albert Camus y otros tres jóvenes para conmemorar la revuelta obrera asturiana de 1934. “El decorado envuelve y presiona al espectador, le obliga a formar parte de una acción que los prejuicios tradicionales le llevarían a ver desde el exterior. No está delante de la capital de Asturias, sino dentro de Oviedo, y todo gira en torno a él”, afirmaba Camus, que vio cómo Augustin Rozis, alcalde de Argel, le prohibía representar su obra. Ante esta prohibición, Charlot decidió publicar 500 ejemplares de la obra, que consiguieron vender sin problemas. Ese mismo año, Charlot pediría permiso al escritor francés Jean Giono, de quien había tomado el nombre de su librería, para poder editar el relato Redondez de los días y, si bien, la situación económica no le era del todo favorable, los proyectos editoriales no dejaban de aparecer. También fundó la colección Méditerranéennes, toda una declaración de intenciones, en la que publicaría El revés y el derecho de Camus, Simples sans vertu de Max-Pol Fouchet o Santa-Cruz et autres paysages africains de Jean Grenier.

En 1938, tras largas conversaciones con Camus y Gabriel Audisio, nació Rivages, una revista que saldría publicada cada dos meses y cuyo objetivo era presentar a los lectores nuevos autores, voces nuevas o hasta entonces desconocidas. El tercer número fue dedicado a Federico García Lorca, que había sido asesinado solamente dos años antes, y no pasó desapercibido: ya en plena guerra, las autoridades de Vichy obligaron a su secuestro y a su destrucción.

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La ‘Shakespeare & Co’ que conocemos hoy en día abrió sus puertas en 1951 y fue fundada por George Whitman inspirada en la librería de Sylvia Beach. | Imagen vía messynessychic.com

En 1940, Charlot es movilizado y está obligado a dejar en manos de su hermano Las verdaderas riquezas durante diez meses, tras los cuales vuelve para encontrarse con una librería casi completamente vacía: los controles de la censura son férreos y el papel escasea. En marzo de 1941, Camus le hace llegar El extranjero, El mito de Sísifo y Calígula, tres textos de los que Charlot no puede hacerse cargo: “No hay papel, no hay hilo de encuadernar, no hay impresores y, en el fondo… él necesita a alguien instalado en París”. Será allí, en la capital francesa, donde Charlot será nuevamente trasladado. Una vez más, la librería, que resistirá abierta durante toda la guerra, pasará a manos de su hermano y de la mujer de éste. Mientras en Alger, Las verdaderas riquezas resistía, Sylvia Beach cerraba las puertas de Shakespeare and Co. en 1941, tras negarse a vender un ejemplar del Finnegans Wake a un militar nazi. Beach sería detenida y llevada a Vittel, un campo de detención de enemigos del que sobreviviría como también sobrevivieron sus libros, escondidos en un apartamento vacío de Rue de L’Odéon. En esta misma calle, Adrienne Monnier lograría mantener abierta su Maison des Amis des Livres.

Tras la guerra, el papel seguía escaseando, pero no los proyectos. Junto a André Gide y a Jean Amrouche, siguen trabajando en L’Arche, la revista que según el autor de El inmoralista, está llevada a sustituir a La Nouvelle Revue Française, que había cerrado tras estar bajo el control alemán durante la guerra. El escritor Drieu de La Rochelle se había ocupado de redirigir ideológicamente la revista, cuyo cierre momentáneo era visto por Charlot como la gran oportunidad para L’Arche. Sin embargo, fueron pocas las oportunidades para el éxito. A pesar de que, justo antes de viajar a París y durante sus días en prisión, Charlot había editado a Gertrude Stein y a pesar de que su prestigio era indiscutible, conquistar París no fue fácil. Sin embargo, Charlot no desistió y decidió instalar en la capital francesa una sede de la pequeña editorial que tiempo atrás había fundado en su librería de Argel.

El dinero escasea, así que un antiguo prostíbulo se convierte en su lugar de trabajo junto a Jean Amrouche, director editorial y Charles Poncet, director comercial. “Dificultades para encontrar papel. ¿Es que esto no va a acabar nunca? ¿La norma? ¡Es injusta! Se concede en función de la producción de antes de la guerra, así que aquellos que no existían en la capital antes de la llegada de los alemanes ya pueden irse al infierno”. La situación es trágica, especialmente para las pequeñas editoriales, que ven como las grandes -Hachette o Gallimard- dominan el escenario. Se llega a decir que tuvo que intervenir el propio Malraux para que ediciones Minuit tuviera su cuota correspondiente de papel. Nadie, sin embargo, ha intervenido en nombre de Charlot, cuyas dificultades aumentan en la medida que los libros que publican tiene éxito. No hay ni dinero ni papel para reimpresiones. “Las grandes editoriales se recuperan bien de la guerra y nos hacen una competencia brutal. Nos miran por encima del hombro, a nosotros que llegamos de Argelia, unos paletos. Sé que mis autores son solicitados, cortejados, invitados a cenar. Se les promete el oro y el modo. Se les dice que estoy al borde de la quiebra”. Y la quiebra, efectivamente, no tardará en llegar: el 12 de agosto de 1948, con un pasivo de veintidós millones, la editorial cierra. Charlot vuelve a Alger, donde abre una nueva librería con su tío. Las verdaderas riquezas sigue abierta, bajo el timón del hermano de Charlot.

“Nos convertimos en fanáticos, en ingratos, en niños manipulados”, escribe la autora. Es 1954: “Nuestros atentados son cobardes, nuestros crímenes, odiosos y nosotros somos indignos (…) Nunca más volveremos a dormir en paz”. Las verdaderas riquezas sobrevive bajo el terror y las amenazas: los clientes y amigos de Charlot, preocupados, le preguntan cómo es que sigue en la ciudad, cómo es que no ha pensado en marchar. Está en el punto de mira, sobre todo por su constante relación con Francia: “Los bancos están agobiados ante la cantidad de transferencias a la metrópolis. No puedo imprimir nada. El proyecto de revista se ha suspendido”. El 5 de septiembre de 1961, la OAS, la Organización del Ejército Secreto, atenta contra la nueva librería de Charlot. Es solo el primer aviso. El 15 de septiembre, una bomba deja la librería completamente destrozada: “Lo he perdido todo, absolutamente todo: las notas de lectura de Camus, mi correspondencia con Gide, con Amrouche y todos los demás. Miles de libros, de documentos, de fotos y de manuscritos volados por los aires”. Es entonces, cuando Charlot decide partir. Gran parte de su historia se ha perdido con el atentado, que, además, se ha llevado un capítulo esencial de la historia literaria y cultural de Argelia. Sin embargo, lo que no se ha llevado por delante es Las verdaderas riquezas, que siguió con sus puertas abiertas. Charlot era el objetivo y decidió marchar, en parte, para salvar los otros libros, aquellos que todavía permanecían en los estantes de Las verdaderas riquezas. Como Sylvia Beach, Charlot salvó sus libros y se fue al exilio. Nunca volvió a Alger, pero su librería sigue estando ahí