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Eduardo Sánchez Rugeles: “Hay algo de goyesco en la tragedia venezolana”

Foto: Fernando Llano | AP

Luis Alberto Machado tenía una letra difícil. “No era ilegible pero sí exigente”. Lo cuenta su exprofesor de Arte y escritor, Eduardo Sánchez Rugeles, quien presenta un libro sobre la vida de este joven venezolano fallecido el año pasado en un accidente. Como su caligrafía, era la Venezuela en la que murió el 14 de junio, cuando se cumplían 74 días del comienzo de las protestas opositoras que se dieron en 2017, las más masivas y constantes registradas en América Latina –que dejaron al menos 150 muertos, la mayoría jóvenes entre 17 y 30 años–.

Durante esos días de pesar y oscuridad, la luz de Luis Alberto también se apagó. Murió en un trágico accidente de motocicleta en la Autopista Prados del Este a pocos metros de la línea de fuego donde la Guardia Nacional arremetía contra los chicos de la autollamada “resistencia”, el grupo de jóvenes que pretendía protegerse cubriéndose el cuerpo con escudos hechos de material de desecho y chalecos antibalas de retazos de alfombra cortados a la medida por ellos mismos. Así se enfrentaban a la brutal represión llevada a cabo por los militares de Nicolás Maduro.

Ese día la protesta convocada por la alianza opositora era un “trancazo”. Las calles amanecían obstaculizadas con lo que fuese: cuerdas, basura, hasta rejas de estacionamientos. ¿El objetivo? Paralizar la actividad cotidiana. La autopista estaba vacía, los canales de ida y de vuelta se fundían en uno. Tan solo unas pocas motos circulaban, entre estas, las de Luis Alberto Machado y José Amador Lorenzo González , quienes chocaron entre sí cuando las más desafortunadas variantes provocaron el mortal accidente.

La autopista estaba resbalosa, cubierta de gasolina que tiraban los manifestantes para lograr que las fuerzas de seguridad tuviesen dificultades en avanzar por lo resbaladizo del suelo. Era un campo de batalla.

Sobre este accidente escribe el autor venezolano residente en España desde hace 11 años, Eduardo Sánchez Rugeles. El escritor logra en 26, Vida de Luis Alberto, una reflexión sobre la pérdida de los seres amados en “un país que ha hecho del duelo un lugar común”.

Logra un ensayo biográfico gracias a los afectos que rodearon la vida de Luis Alberto Machado Valdez. Para el autor –licenciado en Letras y Filosofía, con dos magisterios en Madrid–  termina siendo una indagación sobre el significado de lo efímero, el punto de giro de un ciclo de aflicción, una elegante despedida, la invitación a vivir; un agradecimiento, un hasta luego, un cambio de marcha en las impredecibles estrategias del amor y la memoria. 26, Vida de Luis Alberto, prologado por el empresario Lorenzo Mendoza,  fue presentado en Caracas esta semana y puede encontrarse en Amazon y Kindle.

Eduardo Sánchez Rugeles:

Foto de la portada del libro ’26’

Leí el libro. No soy crítica literaria pero conozco parte de tu recorrido en las letras como las novelas Blue Label y Lubliana. 26 no termina de ser una novela, pero tampoco es solo un cuento, ni un ensayo. ¿Qué es para ti?

En lo que tiene que ver con el género literario, tampoco lo tengo claro. Es un género híbrido que parece ser una biografía novelada pero también una memoria y, efectivamente, también tiene algo de ensayo. Se dio una coincidencia muy rara y fortuita, algo que me ayudó mucho a darle a 26 la forma que tiene. Fue que cuando recibí la propuesta de Mayra Valdez (madre de Luis Machado) para hacer el libro, yo acababa de terminar de leer De vidas ajenas de Emmanuel Carrère, quien ha sido para mí un autor revelación. Un autor bisagra, de esos que, si los lees y eres escritor, no puedes volver a escribir de la misma manera. Él siempre está presente en su obra, sea como observador o como testigo, y en De vidas ajenas toca el tema de la muerte. Se acerca a la situación de una mujer que tiene cáncer, entrevista a su entorno y cuenta la vida de ella.

Cuando me llamó Mayra Valdez supe que solo llegaría a la esencia de Luis, si me acercaba a él desde la condición de profesor de bachillerato (de Historia del Arte e Historia de la Cultura) no desde una visión más objetiva o desvinculada. De modo que es un género híbrido que se influencia de la lectura de Carrère.

Rugeles comenta que el curso de Luis en el colegio San Ignacio de Loyola fue el último al que dio clases antes de decidir mudarse a España. Su intuición y sus compañeros profesores de la Academia, donde quería desarrollar su vida profesional, le hicieron entender que Venezuela sufría un cáncer atroz: la dictadura chavista.

¿Cómo fue el momento en que la madre de Luis te llamó y dijo: “Hola, buenas noches. Soy Mayra Valdez, la mamá de Luis Machado y quiero que hagamos un libro de su vida”?

Fue muy raro porque yo no suelo atender el teléfono. Soy muy malo con la tecnología. Mi teléfono, por lo general, está apagado y ese día vi que entraba la llamada de un número extranjero. Lo atendí. Ella me dijo que había leído un post que publiqué en mi blog de cuando Luis falleció y me contó que quería hacer un libro, que quería mi ayuda. Pensé que solo buscaba asesoría, no sabía que me involucraría de una manera tan personal con este proyecto.

Debió ser difícil aceptarlo porque era contar la historia de un chico común que sufrió un accidente. No había una épica clara. Claro, luego descubres que nadie es común, que el ser humano es de por sí un relato.  

Totalmente. Además yo no lo conocía. Le di clases durante un año pero no fue de mis mejores amigos porque, aunque yo conservo amistad con muchos de mis exalumnos, no mantuve contacto con Luis. Pero coincido contigo, creo que cada persona tiene algo que decir, que contar y revelar. Hay en la condición humana un material literario suficiente.

Escribes: “Me intimida pensar que las personas nacidas en Venezuela durante los últimos años del siglo XX, y durante la primera década del XXI, solo han tenido la experiencia del abismo”. ¿Cómo se le puede explicar esto a un millennial español? ¿Cómo afecta ese abismo al futuro de las generaciones que mencionas?

“La experiencia es inexplicable e increíble”. No lo digo yo. Esta afirmación la hizo hace unos meses el escritor español Antonio Muñoz Molina sobre un libro de testimonios referidos a las protestas de 2017 en Venezuela. También decía que la gran soledad del migrante, en este caso del migrante y exiliado venezolano, era que nadie nos creía. Si nosotros contamos lo que nos ocurre, es tan inverosímil y disparatado, que lo más racional para el interlocutor es que no te crea. Lo que allá pasa es muy ajeno al concepto de democracia y ciudadanía que se tiene en este tipo de sociedades. Fíjate, acá en España te etiquetan entre la derecha o la izquierda. No hay más margen. Nuestra realidad tiene muchos matices. Resulta muy difícil de explicar y, aunque hay gente más abierta a escuchar y a creer, a veces lo más sano es desistir porque es incomprensible.

Y en cuanto a la generación venezolana que menciono, los jóvenes que vivieron las protestas del año pasado, cuando fallece Luis, yo creo que son un ejemplo de gallardía, de valor y coraje. Esto tiene mucho más mérito que incluso generaciones como la del 28 (jóvenes universitarios que en 1928 que lucharon contra el dictador venezolano Juan Vicente Gómez). Por su puesto, que tuvo mucho valor todo lo que esa generación aportó, pero el nivel de depravación, salvajismo y violencia tan brutal como la que se vivió el año pasado en Venezuela, creo que es inédito en nuestra historia contemporánea. No dudo que esa generación a la que le tocó correr, atravesar el (río) Guaire (por donde corren los desechos de toda la capital) para huir de la Guardia y ver morir a sus amigos, utilizará todo el aprendizaje para -cuando las cosas cambien- hacer las cosas bien. Para tener presente lo que pasa si dejas el poder en manos de los ineptos.

Haces la siguiente consideración en tu libro: “La generación de Luis no posee referentes nacionales de excelencia”. ¿Qué piensas del poeta Rafael Cadenas, quien ganó recientemente el premio Reina Sofía, o a la directora musical Isabel Palacios, así como algunos políticos jóvenes que dejan su vida allí, a los periodistas o a los médicos que trabajan contra viento y marea?

Es una frase que hay que leerla dentro del contexto. Me refiero a que no tiene referentes nacionales de excelencia promovidos por el Estado, por la Revolución Bolivariana. Por su puesto que hay gente que es motivo de orgullo en todos los ámbitos, pero la mayoría son “enemigos del pueblo”, “no representan a la causa”. El Estado (chavista) no ha dado un solo referente de orgullo. Los referentes de excelencia luchan contra el modelo chavista.

Una encuesta de Gallup titulada Ley y Orden en 2018 ubicó a Venezuela como el país más violento del mundo. Incluso supera en percepción de inseguridad a las naciones en conflictos armados. Generalmente en las guerras la gente sabe dónde está el frente, en Venezuela la muerte deambula, tal y como lo comentas “es un entorno que ha hecho del duelo un lugar común”. ¿Consideras que lo que sucede en Venezuela es una guerra o qué es?

Quizás es un modelo diferente. Una situación social sin precedente concreto de guerra mundial o civil, sino otra forma de supervivencia. Cito una frase que dijo la escritora venezolana Gisela Kozac en algún artículo: “Nos han obligado a pensar con el estómago”. El hambre se superpone a la razón. Es una situación deshumanizada.

En España se ha abusado del tema Venezuela porque se ha usado en la política para la confrontación. Esto ha incidido en el desinterés de la gente. ¿Qué les dirías a los políticos españoles que hacen este uso de la situación venezolana?

Se hace un uso político del tema de Venezuela por los partidos para su propia conveniencia. No solo de los tradicionales sino de los emergentes como Podemos…

Podemos hoy mantiene que no se reconoce ahí.

El silencio viene por una dificultad de tener que decir algo ante esa situación. La política se ha convertido en un oficio tan desprestigiado y paradójicamente tan necesario, en el que es muy difícil moverse. Quizá no está en manos de los políticos hacer la invitación a ver la situación de Venezuela de otra manera, sino en manos de los intelectuales, de los artistas, de los cineastas o los poetas. Quizá la cultura tiene que tomar la voz de la conciencia sobre lo que pasa en Venezuela.

La madre de Luis te contacta al leer la nota necrológica que publicaste en tu blog el día de su muerte titulada: Recuerdos de una clase de Goya. ¿Puedes ver en la obra de Goya trazos de lo que ocurre en tu país?

Creo que sí hay un paralelismo aunque en esa nota del blog, la mención a Goya fue fortuita. La Serie Negra o Pinturas Negras, creo que son una metáfora, no forzada, de la venezolanidad. Los aquelarres de Goya se parecen mucho líderes del ‘socialismo del siglo XXI’ (como se autodenominó el proyecto de Chávez continuado por Maduro). El Coloso, que investigaciones historiográficas recientes demostraron que no era de Goya sino de su taller, también puede interpretarse como una metáfora de las situación. Ese mundo diminuto ante el monstruo o gigante que se lleva por delante, dentro de un escenario muy oscuro y sórdido, todas las vidas. Pienso también en las obras los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 o en la batalla de los mamelucos, que tienen contenido muy político, con la expresión desencajada y temerosa de ese hombre que va a ser fusilado. Esos oficiales a los que no les vemos el rostro, sino que están de espalda y van a matar a toda esta gente. Hay una cosa goyesca en nuestra tragedia.

Eduardo Sánchez Rugeles:

Foto: Henar Lanchas Estragos de la guerra – Francisco de Goya | Flickr bajo licencia de Creative Commons

Eduardo Sánchez Rugeles:

Un guardia durante una manifestación opositora en 2017 | Foto: Ariana Cubillos | AP

Luis Alberto Machado murió en uno de esos días de “batalla” contra Maduro. ¿De qué manera su muerte estuvo condicionada por la guerra? 

En una situación normal, la persona con la que Luis choca, en ningún momento hubiese estado conduciendo en dirección contraria por la autopista. Esa persona va en sentido contrario porque no puede pasar debido al llamado ‘trancazo’. Entiendo que esta persona ayudaba a salir a la gente de las encerronas producidas por las protestas.

Luis no será recordadado como un héroe, así lo afirmas en tu libro, a diferencia de otros jóvenes asesinados en las manifestaciones ¿Los muertos el año pasado no son, más bien, víctimas?

Aunque son víctimas, el discurso político los usa como bandera. De modo que, según las circunstancias, los liderazgos políticos inventan esas figuras de héroes o mártires y no va a ser el caso de Luis. Luis ni siquiera recibió un tuit de duelo por parte de la alianza opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD), porque no era conveniente, porque fue su protesta la que generó ese accidente, aunque sea indirectamente. Por el contrario, los sinvergüenzas del Gobierno a través del programa del número dos de Chávez, Diosdado Cabello, hasta en la cuenta de Twitter de Ministerio del Interior, utilizaron el accidente para culpabilizar a los otros. Se convirtió en una guerra dialéctica del muerto es tuyo. Se trata de víctimas pero al hablar mencionar lo de héroes, hago alusión a cómo la sociedad etiqueta a las personas.

La heroicidad es menos apreciada que la vida porque en la vida se ha vendido la heroicidad como el camino más honorable a la inmortalidad. ¿Los jóvenes que murieron en la calle crees que serán realmente recordados como héroes o serán más bien olvidados en un país donde la historia ha demostrado que la memoria suele ser a corto plazo?

Espero que sean recordados. Espero que la experiencia traumática del chavismo-madurismo nos haga, como sociedad, tener más respeto y sentimiento de necesidad de la memoria. Lo que no puede pasar que todo lo que ha sucedido desde el 2002, hasta ahora, quede en el olvido. Ojalá el sacrificio de estos jóvenes sirva para que la memoria de la idiosincrasia esté ahí y nos acordemos. A lo mejor, siempre va a tener el uso de lo político y quizás eso no es malo. A lo mejor, la política tiene que estar ahí como lo hizo en su momento el partido Acción Democrática (AD). Hoy en día existe el barrio Ruiz Pineda, un líder asesinado por el dictador Marcos Pérez Jiménez. El partido, cuando llegó al poder, se encargó de hacer memoria, nombrando los lugares. Quizá una necesidad política para el futuro sea renombrar los espacios con algunos de estos nombres que tanto dieron por el país.

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