Edurne Portela: «Buena parte de la oligarquía de este país engordó con una actitud carroñera»
Foto: Cedida por la editorial

Cultura

Edurne Portela: «Buena parte de la oligarquía de este país engordó con una actitud carroñera»

'Los ojos cerrados' es una novela sobre los ecos que la Guerra Civil tiene todavía en el presente, construido sobre lo no dicho

por Anna María Iglesia

Tras reflexionar, desde el ensayo –El eco de los disparos– y la novela –Mejor la ausencia-, sobre la violencia en Euskadi y sobre la violencia machista en la novela Formas de estar lejos, la escritora y crítica Edurne Portela dirige su mirada a la Guerra Civil en Los ojos cerrados (Galaxia Gutenberg) una novela en la que confronta dos miradas -la de Pedro y la de Ariadna- y dos tiempos -el pasado y el presente.

Como en sus anteriores trabajos, Portela vuelve a prestar atención al silencio y a la indiferencia que rodea la violencia para pensar de qué manera el silencio se convierte en una forma de complicidad y de perpetuación de la violencia. En este sentido, Los ojos cerrados es una novela sobre los ecos que la Guerra Civil tiene todavía en el presente, construido sobre lo no dicho, sobre ojos cerrados que no quisieron y siguen sin querer ver. 

En una reciente entrevista Constantino Bértolo reivindicaba «la literatura no en su sentido de contramemoria, sino en el de escrúpulo (piedra en el zapato), vigilancia y sospecha frente a una historia que, más que ninguna otra narración, está escrita desde el poder y para el poder». ¿Hasta qué punto tu obra suscribe dicha idea?

Me gusta pensar en la literatura como posibilidad de narración que cuestiona el relato del poder y me gustaría pensar que mi literatura contribuye a eso. Pero el relato del poder no sólo está en la historia hegemónica, también lo encontramos en la literatura hegemónica. Porque la literatura, y esto lo vemos continuamente, también sirve como herramienta al poder. El mercado está lleno de obras que perpetúan relatos hegemónicos. También creo que el concepto «contramemoria» aplicado a la literatura es poco productivo, ya que la memoria es siempre una fuente subjetiva, abierta a la interpretación y que se construye a través del diálogo entre lo individual y el relato cultural o público del pasado. Escribir contra la memoria de otros no tiene para mí ningún sentido, pero sí lo tiene hacerlo en contraposición a un relato cultural hegemónico del pasado o una memoria pública hegemónica que esconde los matices o directamente silencia parte del pasado.

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Imagen vía Editorial Galaxia Gutenberg.

¿Se podría decir que esta vigilancia y esta sospecha se filtra a través de Pedro y Ariadna, pertenecientes a dos generaciones distintas?

Puede ser. Aunque si nos metemos en la piel de los personajes vemos por una parte que a Pedro le pesan los silencios y los secretos mientras que a Ariadna le mueve la necesidad de saber. En esa tensión entre la represión de la voz y la necesidad de la escucha se desenvuelve la novela. 

Te lo pregunto de otra manera: ¿Ariadna tira del hilo de un pasado ante la sospecha de que allí se esconde algo que no ha sido contado?

Eso sí, totalmente de acuerdo. Ella sospecha que su padre ha muerto guardando muchos secretos y que su vida estuvo construida sobre silencios y mentiras, o medias verdades. Esa sospecha y la necesidad de encontrar la verdad son sus motivaciones. El silencio es, entre muchas cosas, una forma de complicidad con los verdugos. Cerrar los ojos a una realidad dolorosa, violenta o vergonzante, hacer como si no existiera porque decidimos no verla, es otra forma de complicidad. Y la complicidad siempre supone una nueva violencia sobre la víctima.

¿Puede ser a veces una forma de supervivencia? Y, en este sentido, ¿crees posible hablar de una resistencia silenciosa?

El silencio es una forma de supervivencia, por supuesto, pero eso no significa que sea justificable ni que sea algo positivo. Podemos entender el contexto de ese silencio y que, según qué circunstancias, sea una salida lógica: para mantener cierta paz en una comunidad, como en Los ojos cerrados o para que no recaiga sobre ti la violencia de los verdugos. Pero ese silencio siempre implica un abandono de la víctima, un posicionamiento. Es un silencio cómplice. También habría que considerar el silencio de la víctima superviviente, pero esa sería otra cuestión muy diferente. 

En Formas de estar lejos, ese no querer ver tiene mucho que ver con el mundo laboral, con el tiempo que este absorbe y con el deseo de progresar. ¿El no querer como estrategia para mantenerse en el poder, para mantener un estatus o para progresar?

Ese sería el siguiente grado. Ya no hablaríamos de callar o no querer ver para sobrevivir, sino para beneficiarte de la desgracia de los demás. Es la mentalidad de rapiña de los vencedores o de los que se arriman a los vencedores. Buena parte de la oligarquía de este país engordó con esa actitud carroñera.

Los ojos cerrados es una novela en la que vuelves a indagar sobre las formas de violencia. ¿Se tiende a banalizar la violencia considerándola desde la perspectiva buenos-malos?

Sí, es uno de los grandes peligros en el tratamiento de la violencia. Si creamos relatos maniqueos y melodramáticos en los que los malos son muy malos y los buenos son muy buenos, hacemos de la violencia y sus ejecutores algo ajeno a nuestra experiencia. Y está todo tan claro que no nos paramos a pensar. 

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Foto cedida por la editorial.

Al respecto, ¿hay mucha «escritura de plantilla» en la forma en que la Guerra Civil ha sido abordada por la literatura? 

Sí, la verdad es que sí. Se ha escrito mucho sobre el tema, se ha escrito muy bien y rematadamente mal con relatos maniqueos y caracterizaciones simplistas, personajes de cartón piedra, melodramas en los que la violencia es paisaje de fondo. Creo, además, que esa escritura de plantilla, como tan bien la llamas, se da en todos los conflictos, no sólo en España. Sólo hace falta mirar muchas de las narrativas sobre la segunda guerra mundial y no digamos ya en el terreno de la representación de la Shoah (que no es un conflicto, pero me entiendes). La versión maniquea de la historia es el recurso fácil y da pie al sentimentalismo y al melodrama, a una manipulación sentimental del lector que le haga sentirse bien en el «lado bueno de la historia», como decía la otra. Es un síntoma más de falta de imaginación, que se traduce entre otras cosas en la incapacidad para imaginar al «otro», a ese que consideras enemigo y que como autor/a te encargas de deshumanizar. Yo puedo pensar (y lo pienso) que un fascista es un ser despreciable, pero la escritora en mí quiere imaginarlo en toda su dimensión humana. También puedo pensar que un niño al que un fascista deja huérfano es la víctima absoluta (y lo pienso) pero la escritora que hay en mí quiere imaginar si ese niño tendrá capacidad de ejercer la violencia y si algún día querrá vengar el asesinato de sus padres.

Parafraseando el título de tu ensayo, en Los ojos cerrados vuelves a jugar con la figura del eco: en lugar de plantear un mero contrarrelato desde el presente ni tampoco pensar el presente como el lugar desde donde cerrar cuestiones del pasado, reflexionas sobre el eco, es decir, planteas un continuum temporal.

Qué asociación tan bonita. No lo había pensado, pero es cierto que en la novela hay un diálogo continuo entre presente y pasado, que el pasado resuena en el presente. Hace poco pensaba en la metáfora del fantasma como ese pasado irresuelto que aparece en nuestro presente y que nos llama la atención sobre las violencias que quedaron sin resolver (la idea es de Derrida). El eco sería una metáfora similar: la presencia del pasado en el presente, las reverberaciones de una historia traumática que, por serlo, sigue viva.

Al respecto, pienso en autores como Isaac Rosa o Marta Sanz, pero también en Nona Fernández y su indagación sobre la dictadura chilena y es que, volviendo al inicio, más que construir una contramemoria, ¿lo que parece interesaros es pensar la literatura como una herramienta de sospecha ante el relato oficial? 

Sí, me gustan mucho la asociación que haces con Marta, Isaac o Nona, autoras a las que leo y admiro mucho. Creo que su literatura es herramienta de sospecha y también de indagación, de cuestionamiento, de construcción de relato alternativo y de visibilización de violencias silenciadas, todo a través de un lenguaje literario que profundiza en los afectos, que incomoda y que huye del sentimentalismo que mencionaba antes.  Sin embargo, alguna literatura, desde luego, es relato oficial. Y es la literatura que hace todo lo contrario que señalaba en mi respuesta anterior: una literatura que no cuestiona, no incomoda, no indaga, no propone pensamiento ni reflexión, que reproduce tópicos a través de un relato que hace que el lector se posicione, sin ningún tipo de proceso crítico, y mucho menos autocrítico, con los que se ha señalado como «buenos».

La indagación de la violencia te ha hecho transitar por el conflicto vasco, la violencia machista y la Guerra Civil. ¿Podemos hablar de un proyecto narrativo en torno a diversas formas de violencia que no dejan de ser expresiones de una violencia estructural y, quizá, incluso profundamente humana?

Que la violencia es intrínseca al ser humano y que es inevitable lo tengo clarísimo. Es tan humana como el amor o la ternura. Por eso tal vez esta indagación constante. No tengo un plan, la verdad. Los proyectos van surgiendo en el momento de la escritura, impulsados por una necesidad de elaborar algo que me inquieta en ese momento. No tengo ni idea qué será lo siguiente, pero intuyo que la violencia estará presente de alguna forma porque sigo sin encontrar respuesta a las preguntas que me mueven a escribir.

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.