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El hambre de la piel o el deseo profundo y doloroso del contacto físico

El hambre de la piel puede provocar cuadros depresivos o de ansiedad, además de insomnio y aumento de la frecuencia cardíaca

Foto: Priscilla Du Preez | Unsplash

Millones de personas se están viendo privadas del más mínimo contacto físico durante el confinamiento como consecuencia del coronavirus. Dos largos meses aisladas, sin ser tocadas por otras personas, sin tener contacto alguno con otro ser humano (no necesariamente sexual) que puede afectar a aquellos que tienen grandes necesidades empáticas y la necesidad biológica del toque humano.

Es lo que se conoce como el hambre de la piel, un deseo profundo y doloroso de contacto físico con otra persona. Y es que estar envuelto en el cálido abrazo de alguien puede satisfacer una amplia gama de necesidades emocionales y físicas que quizás nunca antes te habías dado cuenta que tenías. La yema del dedo de un adulto tiene unos 100 receptores táctiles y en dos metros cuadrados de piel se acumulan cinco millones de estas terminaciones nerviosas, que sirven para interactuar con el entorno y aprenderlo. En el área del cerebro que procesa la información táctil —en sí una de las más grandes— los labios, los índices y los pulgares requieren un espacio importante.

El tacto se  considera el primer sentido que adquirimos, el más elemental. Cuando un bebé nace se recomienda recostarlo sobre el pecho y el abdomen de su madre. El deseo casi universal de envolver a los bebés pequeños en abrazos es un ejemplo de cómo todos anhelamos estar cerca de los demás. De hecho, algunos centros de atención geriátrica han comenzado programas en los que se brindan abrazos regularmente para asegurarse de que el hambre de la piel no quede insatisfecha. El hambre de la piel es también la razón por la cual los presos en confinamiento solitario a menudo reportan ansias de contacto humano tan ferozmente como desean su libertad.

El hambre de la piel o el deseo profundo y doloroso del contacto físico con otra persona

Imagen: Susana Vera | Reuters

Las repercusiones psicológicas del distanciamiento social

Hay que aceptar que probablemente viviremos en una sociedad sin contacto hasta que tengamos una vacuna contra el coronavirus. Los humanos somos seres inherentemente sociales, nuestro cerebro y sistema nervioso están diseñados para hacer del tacto una experiencia agradable, por lo que sin contacto, nos deterioramos física y emocionalmente. "Sabemos por la literatura que la falta de contacto produce consecuencias muy negativas para nuestro bienestar", explica en Wire Alberto Gallace, neurocientífico de la Universidad de Milano-Bicocca.

“La naturaleza diseñó esta modalidad sensorial para aumentar nuestros sentimientos de bienestar en entornos sociales, necesitamos estar juntos para optimizar nuestras posibilidades de supervivencia", agrega, asegurando estar profundamente preocupado por aquellas personas aisladas completamente solas en este estado de pandemia global que ya de por sí es una situación estresante y que provoca ansiedad. “Cuando estamos en peligro o tenemos ansiedad, ser tocado es una forma de ayuda. La falta de contacto aumenta el estrés de las situaciones". Además, Gallace explica que los estudios han demostrado que las personas realizan mejor las tareas cuando se les da una palmada en la espalda de antemano. "Es una forma de tranquilidad que se remonta al contacto del cuidador cuando eras un niño", dice.

El hambre de la piel o la necesidad del contacto humano 1

Imagen: Anastasia Vityukova | Unsplash

De esta forma, la falta de contacto humano puede llevar a la persona a tener cuadros depresivos o de ansiedad, además de insomnio. Según explica Tiffany Field, del Touch Research Institute de la Universidad de Miami, "cuando lo piel es tocada por otra persona aumenta la serotonina", sustancia que está presente en las neuronas y realiza funciones de neurotransmisor. Así, según señala Field, "si tocas la piel antes de acostarse, tendrá un sueño más profundo, lo cual es crítico porque la sustancia P se emite durante el sueño profundo" –la sustancia P es un neurotransmisor que afecta la percepción del dolor, el estrés y nuestras respuestas emocionales–.

Y es que nada nos calma más que el toque reconfortante de otra persona. Un abrazo antes de enfrentar un desencadenante común de estrés puede protegernos del aumento de la frecuencia cardíaca, recoge Wire, que ejemplifica: "Un cálido abrazo entre parejas románticas cada mañana puede tener un efecto positivo que dura todo el día". “Cuando tocas la piel se estimulan los sensores de presión debajo de ésta que envían mensajes al vago –un nervio en el cerebro–. A medida que aumenta la actividad vagal, el sistema nervioso se ralentiza, la frecuencia cardíaca y la presión arterial disminuyen, y las ondas cerebrales muestran relajación. Los niveles de hormonas del estrés como el cortisol también disminuyen", explica la experta.

Alternativas para paliar el hambre de la piel durante el confinamiento

De esta forma, ante esta necesidad de abrazar y ser abrazado, de tocar y ser tocado, existen varias estrategias para reducir el hambre de la piel para aquellos que están pasando el confinamiento en absoluta soledad.

Tiffany Field explica en su entrevista que ejercicios como yoga o caminar mueven nuestra piel y producen roces que activarían el circuito antes mencionado. También propone darnos masajes en nuestro cuero cabelludo o frotarnos la cara con crema hidratante.

Por su parte, los expertos también aconsejan tener mascotas para mitigar el hambre cutánea, ya que, señala Field, "el masajeador se beneficia tanto del masaje como el masajeado". "Cuando acaricias a un perro, también mueves tu propia piel y experimentas una estimulación de presión", explica.

Los humanos necesitamos contacto físico, ya que todos experimentamos hambre en la piel que necesita ser satisfecha, ya sea abrazando a un bebé, a nuestra pareja, a nuestros amigos o a nuestros abuelos. De esta forma, con alimentos simples como las caricias, tomar de la mano o dar un abrazo podemos experimentar una mayor autoestima y confianza, así como una disminución de los estados de depresión, ansiedad y soledad.

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