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El huracán Lorenzo nos recuerda los riesgos del cambio climático

Los océanos boreales, Atlántico, Pacífico e Índico están muy calientes

Foto: Markus Spiske | Unsplash

A finales de verano, y hasta el principio del invierno, los océanos boreales, Atlántico, Pacífico e Índico están muy calientes. Se calientan todavía más conforme el Sol baja de las altas latitudes hacia el ecuador.

El mar caliente produce mucho vapor de agua, que se eleva en torbellinos sobre su superficie. Estos torbellinos se van uniendo y formando uno más grande que succiona a todos los que tiene cerca de él. Así nace un huracán.

El aire asciende y por el giro de la Tierra, que produce una aceleración denominada de Coriolis, empieza a girar en el sentido contrario a las agujas de un reloj.

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Foto: Sadiq Nafee | Unsplash

En esas fechas, el chorro polar, el “jet”, ha comenzado a inyectar aire frío en las latitudes medias. Como vimos en un artículo sobre las inundaciones del Levante español, con cierta frecuencia alcanza latitudes bajas.

Aire caliente abajo, y frío arriba, producen una fuerza vertical intensa. Además, y esta es la característica de los huracanes, el vapor de agua, al ascender, se condensa en agua líquida y desprende una energía de 2 270 julios por gramo. O, lo que es lo mismo, 0,63 kilovatios hora por kilogramo de vapor convertido en agua.

Es una cantidad muy grande de energía si tenemos en cuenta que son millones de kilogramos de agua los que ascienden.

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Foto: Anton Kraev | Unsplash

De hecho, un huracán intercambia cada día unos 14 billones de kilovatios hora. Durante su tiempo de vida, el equivalente de 10 000 bombas nucleares. ¡Hay mucha energía en el océano y en la atmósfera!

El huracán Lorenzo es el huracán más fuerte que se ha producido en el Atlántico oriental. Se detectó en forma de tormenta tropical el lunes día 23 de Septiembre, al oeste de Senegal. Creció y el miércoles 25 era ya un huracán cuyos vientos alcanzaron los 250 km/h el sábado 29 por la noche.

Ya ha decrecido en intensidad, pero sigue siendo un huracán de fuerza 2, y se va convirtiendo en una tormenta muy fuerte en su avance desde las Azores hacia el norte de Irlanda.

Un extraño recorrido

El camino de este huracán-tormenta tropical está siendo muy extraño. Lo normal es que estos fenómenos oceánicos y meteorológicos se desplacen con los vientos alisios hacia el oeste, hacia el Caribe.

Lorenzo, tras formarse al oeste de África, empezó a avanzar hacia el oeste siguiendo su trayectoria normal. Pero entre su posición y el Caribe había otra tormenta tropical, no tan intensa, que actuaba de tapón. Los vientos en altura, al sur del chorro polar, comenzaron el día 27 a empujar la parte alta del huracán hacia el este.

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Foto: L.W. | Unsplash

La combinación de su giro y esos vientos en altura (cizalla) lo han ido llevando primero hacia el norte y desde Azores hacia Irlanda.

Al ir ascendiendo en latitud, la temperatura del mar bajo del huracán ya no es tan alta, y el huracán ya no tiene tanto calor para mantener su energía, y se debilita. Sin embargo, en su trayectoria hacia el noreste conducida por el chorro polar, Lorenzo pasa por encima de la Corriente del Golfo, que le proporciona algo más de combustible, lo que lo mantiene como tormenta intensa hasta alcanzar la latitud de Irlanda.

No tocará España

Lorenzo es un caso raro. No es una consecuencia directa del cambio climático. Pero cambio climático significa un cambio en la trayectoria de los vientos, en los meandros del chorro polar, en la temperatura de la superficie del océano.

En los años pasados hemos tenido minihuracanes en el Mediterráneo: no llegan a huracanes, pues este mar es muy pequeño, y en su movimiento al huracán no le da tiempo a cargar el vapor de agua necesario. Además, enseguida llegan a tierra, en donde ya no reciben más vapor de agua.

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Foto: Stijn Te Strake | Unsplash

Pero en los próximos años veremos más tormentas tropicales convertidas en huracanes de fuerza 2 a fuerza 5 acercándose a las costas españolas. Lo veremos porque lo que no estamos viendo es una disminución de las emisiones de CO₂.

Un mar cada vez más caliente, y un chorro polar con meandros cada vez más fuertes representan una combinación peligrosa.


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation

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