El intelecto acorralado en Venezuela

Cultura

El intelecto acorralado en Venezuela

La revolución chavista ha fracasado en cada una de sus promesas. Recientemente, la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), un estudio realizado por las universidades Central de Venezuela (UCV), Católica Andrés Bello (UCAB) y Simón Bolívar (USB), ha expuesto que el país más rico de Sudamérica es en realidad el más pobre. Ahora tenemos una Venezuela que en dos años, de 2014 a 2016, ha pasado de tener un 48% de hogares pobres a un 82%, con unos servicios sanitarios sufragados en dos tercios por los ciudadanos, con un 52% de familias que comen dos veces o menos al día. Todo ello en un territorio que tiene el 10% de las reservas petroleras del mundo, con unos recursos naturales inmensos y una localización geoestratégica privilegiada.

por Alexis Correia/El Estímulo

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La revolución chavista ha fracasado en cada una de sus promesas. Recientemente, la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), un estudio realizado por las universidades Central de Venezuela (UCV), Católica Andrés Bello (UCAB) y Simón Bolívar (USB), ha expuesto que el país más rico de Sudamérica es en realidad el más pobre. Ahora tenemos una Venezuela que en dos años, de 2014 a 2016, ha pasado de tener un 48% de hogares pobres a un 82%, con unos servicios sanitarios sufragados en dos tercios por los ciudadanos, con un 52% de familias que comen dos veces o menos al día. Todo ello en un territorio que tiene el 10% de las reservas petroleras del mundo, con unos recursos naturales inmensos y una localización geoestratégica privilegiada.

Venezuela sufre una fractura que no es solo física, sino también espiritual. La cultura está atrapada, perseguida, cuestionada; ahora el pensar es sospechoso y no hay salida posible para miles de mentes curiosas que buscan un futuro mejor para sus compatriotas y para ellos mismos. Siempre atento, el periodista Alexis Correia ha iniciado en El Estímulo, un periódico que es hermano de The Objective, una serie de entrevistas reveladoras que dan a conocer la situación de los intelectuales acorralados por un régimen que no los quiere, por una sociedad que no los escucha, y que sin embargo dan la batalla todos los días para cultivar la idea de que otro país es posible.

Se trata de una serie semanal que incluye a hombres y mujeres periodistas, economistas, novelistas, historiadores, que sienten el deber de servir como bocina de alerta ante un país dormido. Las entrevistas, que podrán leerse también en The Objective, muestran la inquietud de unos jóvenes apartidistas ansiosos por traer Venezuela de vuelta.

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Emilia Díaz-Struck: “Cuando el periodismo resulta incómodo, la reacción histórica ha sido deslegitimarlo”

Emilia Díaz-Struck, periodista de investigación.

Emilia Díaz-Struck, periodista de investigación.

Los que la conocen dicen que es lo más parecido en Venezuela a una criatura de Spotlight, la película premiada con el Oscar acerca de los periodistas que destaparon el escándalo de los curas pederastas en Boston: una investigadora superdotada y extrañamente discreta en medio de una profesión de egos muy bocones y espueleados, que puede pasar horas ante una hoja de cálculo de Excel detectando gloriosas sinfonías invisibles entre el ruido de datos inconexos.

Emilia Díaz-Struck (Caracas, 1985) ha sido una pieza clave en investigaciones internacionales tan relevantes como los escándalos de los Panamá Papers y las correrías de Luis Velázquez Alvaray, ex magistrado del TSJ. Su segundo apellido, que suena como a un hachazo contra la opacidad, es de origen alemán: deja saber, siempre con su legendaria contención, que un diciembre en su familia es una mezcla de culturas con comida típica venezolana, española y germánica.

La joven políglota actualmente trabaja en Washington como integrante del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, una red de más de 190 comunicadores resteados contra las marramucias en 65 países.

La unidad de investigación de Últimas Noticias fue desmantelada justo después de un reportaje sobre el asesinato de Bassil Da Costa y hoy sigue siendo un diario muy leído. ¿Un caso emblemático para el pesimismo?

Los medios públicos o privados necesitan dar espacio al periodismo independiente y manejar una agenda propia, que se guíe por el interés público. El caso de Últimas Noticias no es aislado. En 2015, después de un año de trabajo, un grupo de más de 30 periodistas venezolanos bajo la coordinación de Ipys Venezuela, en alianza con Armando.info y Poderopedia, logró documentar el cambio de propiedad de al menos 25 medios de comunicación en un período de 5 años en 9 estados del país y mostró cómo esta situación derivó en situaciones de censura y autocensura en muchos de estos espacios y produjo silencio. Las transformaciones en los medios de comunicación pusieron en evidencia la valía de muchos periodistas que dentro y fuera de esos medios siguieron peleando por hacer un periodismo independiente en Venezuela. Una cosa son los medios y otra los periodistas. También vemos que cuando los periodistas perdieron espacios, abrieron nuevos y apostaron por los emprendimientos. Ahora encontramos una generación importante que está haciendo un trabajo muy valioso en el mundo digital. Ni los periodistas ni los medios son formuladores de políticas públicas y fiscales. Una vez salen a la luz las historias, corresponde a los generadores de políticas públicas, a las autoridades y a las instituciones jugar su rol. Cuando esto no sucede, las historias periodísticas quedan como un registro histórico valioso para el futuro y como un recurso para la toma de decisiones del ciudadano.

Hay medios impresos que están pagando a sus periodistas quincenas que alcanzan para tres paquetes de arroz. El periodismo de investigación es costoso. ¿Se puede investigar con hambre?

El contexto actual venezolano resalta nuevamente la necesidad del periodismo independiente. En este momento hay muchas historias que documentar y contar, al tiempo que la audiencia venezolana demanda información. El flujo de rumores es alto y eso genera más incertidumbre. Eso abre muchas posibilidades para los emprendimientos periodísticos y medios que decidan apostar por la credibilidad y la agenda propia. El buen periodismo tiene que pagarse bien. Si un periodista no percibe ingresos suficientes para subsistir con un trabajo, buscará más fuentes de ingresos. En ese proceso, reduce el tiempo que puede dedicar a buscar más fuentes para profundizar la información, verificar los datos, y aumentan los riesgos de tener historias a medias, historias fragmentadas. Sin embargo, la crisis en las remuneraciones a los profesionales venezolanos afecta a muchos sectores y no únicamente a los periodistas. En el panorama de nuevos medios también adquiere valor la innovación y las alianzas entre periodistas para explorar a fondo un tema. Este tipo de colaboraciones han venido cobrando fuerza en Venezuela y han permitido superar la censura y la autocensura.

¿Qué reportaje queda por hacer en Venezuela?

La evolución de PDVSA puede ser uno de los tantos hilos conductores para entender la historia de Venezuela. La industria petrolera tiene muchas caras y a través de ella se puede ver por un lado cómo opera la empresa y cómo fue su evolución interna en términos de estructura y manera de hacer negocios. También el desarrollo y financiamiento de programas sociales que abarcan la alimentación y la vivienda, el manejo del dinero, en qué resultó cada inversión y qué impacto tuvo en el venezolano. No será una historia contada en los medios la que sintetice el proceso político venezolano, sino una serie de historias y ya hay varios trabajos emblemáticos. Entre ellos destacan la investigación sobre la triangulación de leche importada a Venezuela de Lisseth Boon, el trabajo sobre los negocios eléctricos de César Batiz, la serie Cáncer en los equipos que hizo la Unidad de Investigación de El Nacional entre 2012 y 2013, el reportaje de investigación de Últimas Noticias sobre lo sucedido durante las protestas de 2014 y la serie de trabajos periodísticos que desarrolló un equipo de 11 periodistas venezolanos desde emprendimientos digitales independientes para explorar las historias venezolanas vinculadas con los Panamá Papers.

¿Tus motivaciones para salir de Venezuela fueron profesionales o personales?

—Una combinación. Ha sido una evolución de mi trabajo y de la vida. La mayor parte de mi trabajo lo he hecho desde Venezuela y desde hace poco me encuentro trabajando desde la sede del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés). Antes colaboraba con la organización como miembro local y ahora trabajo como parte del staff del ICIJ con periodistas en todos los países que son parte de los proyectos liderados por el Consorcio. Ha sido una oportunidad importante de crecimiento que me ha permitido aprender mucho de colegas de otros países, pues la naturaleza del ICIJ es hacer investigaciones periodísticas colaborativas de escala global con periodistas alrededor del mundo.

Desde Washington, ¿qué aporte puedes hacer a Venezuela, si acaso eso es importante para ti?

Mi trabajo me permite seguir en contacto con la realidad venezolana y dar espacio a miradas venezolanas y latinoamericanas dentro de proyectos periodísticos transnacionales del ICIJ. Busco que América Latina se vea bien representada en esos proyectos y la colaboración ayuda a fortalecer el trabajo periodístico que todos hacemos como equipo. Esto, en consecuencia, ayuda a fortalecer al periodismo venezolano, latinoamericano y global, al tiempo que los temas que se trabajan en los proyectos periodísticos del Consorcio tratan de realidades en las que los ciudadanos se han visto afectados, que son de interés público y tienen impacto global.

¿En Venezuela alguna vez te cuestionaste a ti misma por defender los intereses de los dueños de medios, según la retórica del chavismo?

Creo en el periodismo independiente y en que hay que hacer la reportería suficiente para contar una historia. El trabajo del periodismo no es hacer propaganda, para eso existen los departamentos de relaciones públicas. Lo ideal es lograr una agenda propia y responder al interés público y humano. El estándar es buscar suficientes fuentes, documentar la información y verificarla antes de salir con una historia. Se trata también de trascender las declaraciones y la inmediatez. Ése es el periodismo en el que creo y que busco hacer.

¿Lo que se ha desarrollado en Venezuela desde 1999 es una revolución contra el conocimiento?

Lo que muestra es una visión distinta sobre la academia, los valores y el conocimiento que se genera en los espacios de formación, que no siempre se ha compaginado con los ideales clásicos. La autonomía es fundamental para la academia, pues es la independencia y libertad en la discusión de ideas la que permite generar conocimiento.

El nuevo gobierno de Estados Unidos percibe a ciertos medios de comunicación como enemigos y niega hechos suficientemente contrastados. ¿Hay una tendencia internacional hacia el debilitamiento del libre pensamiento?

Ahora y en el pasado se han visto situaciones en las que se busca deslegitimar a la prensa. Cuando el periodismo resulta incómodo, la reacción histórica ha sido deslegitimarlo y negarlo. Pero la libertad de prensa también ha tenido y tiene sus defensores y sigue siendo un derecho. En estos lugares en los que se ha buscado deslegitimar el trabajo periodístico, existen al mismo tiempo espacios que dan cabida al libre pensamiento, al periodismo independiente y que hacen la diferencia. La complejidad y las dificultades que enfrenta la sociedad a nivel global hacen que el periodismo independiente con altos estándares y la existencia de espacios para el libre pensamiento sigan siendo fundamentales.

No tienes mucha presencia en redes sociales. ¿Una elección personal?

Una de las grandes riquezas que tenemos dentro del mundo digital es la libertad de elegir. Hago uso frecuente de las redes sociales, pero uno no tan visible. Cada espacio tiene sus dinámicas y sus tiempos. En mi caso trabajo mucho con bases de datos y recursos digitales como herramientas para la investigación periodística, eso ha incluido también el uso de las redes sociales. Hay gente haciendo cosas súper interesantes desde estos espacios y participando en el libre flujo de ideas, pero al mismo tiempo hay muchos rumores y basura. Hay de todo, como en todas partes. El reto es saber distinguir en qué creer entre el gran volumen de datos que se generan y no convertirse en cajas repetidoras de rumores o informaciones falsas. Esto trasciende el tema de los medios de comunicación y tiene que ver también con cómo se están formando los ciudadanos ante el tema digital y cómo pueden desarrollar una mirada crítica a lo que fluye a través de las redes y decidir.

¿Un periodista puede ser un intelectual o jamás dejará de tener un océano de conocimiento con un centímetro de profundidad?

Ante los abundantes flujos de información que incluyen datos, hechos, ideas, el periodista contemporáneo se convierte en un cartógrafo de la realidad que puede mostrar mapas para ayudar a entender un mundo cada vez más complejo. Cuando comenzamos a hacer un trabajo periodístico, ayuda reconocer lo que no sabemos. Esto nos permite indagar más a fondo. El periodismo, con todos sus matices, tiene un impacto y la capacidad de mostrar hallazgos, historias, ideas, que pueden generar debates en la sociedad.

¿Viste la película Spotlight? ¿En cierto modo es una elegía a un tipo de periodismo que se está muriendo?

No se trata de una elegía de algo que está desapareciendo. En los últimos años ha venido creciendo el número de medios dedicados al periodismo de investigación en el mundo digital. Allí trabajan periodistas de alto nivel, muchos de los cuales han venido de medios tradicionales y tienen una trayectoria en esta especialidad. En Estados Unidos, a raíz de la victoria de Trump, varios medios han abierto más plazas para periodistas de investigación, lo que indica que habrá todavía más espacios para este tipo de trabajos. Creo que Venezuela tiene muchos temas que potencialmente pueden terminar siendo grandes investigaciones periodísticas y hay un grupo importante de periodistas trabajando en esto desde espacios independientes. Lo que me gusta de Spotlight es que muestra cómo un tema que se había descartado en el pasado puede convertirse en una gran investigación periodística y el valor que tienen los editores y directores cuando dan el tiempo necesario a los periodistas para completar una investigación.

 ¿Puedes contar algún caso emblemático acerca de tus dificultades para hacer periodismo de investigación en Venezuela?
Prefiero contar un caso personal emblemático acerca de las posibilidades y aprendizajes que se dan a partir de las condiciones para hacer periodismo de investigación en Venezuela. En el país, aunque se garantiza el derecho al acceso a la información, no existe una ley de acceso a la información pública. Gracias al aprendizaje obtenido en talleres de periodismo y el contacto con colegas de otros países, fue posible ver que en otros países había información importante que conectaba con historias venezolanas y que documentos que no estaban disponibles en Venezuela era posible encontrarlos en otras partes del mundo. El siguiente paso fue trabajar con colegas de otros países en historias regionales que eran relevantes para los distintos lugares en los que había periodistas participando. Ahí notamos que aumentaba la calidad del trabajo periodístico y el acceso a fuentes para todos los que participaban en estos proyectos.

Emilia Díaz-Struck nació en Caracas en 1985. Actualmente se desempeña como editora de investigación del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por sus siglas en inglés). Ha sido profesora de la UCV y colaboradora de The Washington Post, ICIJ, El Universal y El Mundo. Fue coordinadora del área de periodismo de investigación del Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela (IPYS). También ha escrito trabajos para la revista Poder y Negocios y el portal Armando.info, del cual es cofundadora. En 2012 fue reportera residente en el Centro New England para Periodismo de Investigación (New England Center for Investigative Reporting) de la Universidad de Boston y Connectas, una plataforma periodística para las Américas.

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Rodrigo Blanco: “Un héroe es incapaz de crear cultura”

Rodrigo Blanco, escritor.

Rodrigo Blanco, escritor.

Su narrativa ha sido comparada con un terremoto y, junto a ella, encierra otra naturaleza incontrolable: la de polemista, requisito cuasi indispensable del buen intelectual, aunque, para variar, Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) no se considera uno. “Es el autor más importante de su generación, pero también ha corrido el riesgo de asumirse como la voz de su generación, lo que le ha traído no pocos enemigos. Para mí es mejor cuentista que novelista”, justiprecia un crítico literario, que prefiere resguardar su nombre, al autor de Thenight (2016) y tres libros de relatos.

El escritor criado en La Pastora, esa especie de Venecia decadente en la laguna de escarbadas inmundicias que es Caracas, está viviendo con su esposa Luisa Fontiveros en París, donde elabora una tesis doctoral en la universidad de La Sorbona. “Luisa y yo tenemos la posibilidad de vivir solos en un apartamento aquí, cosa que en Venezuela quizás no hubiéramos podido hacer”, admitió el egresado y profesor de la Escuela de Letras de la UCV a la periodista Cristina Raffalli en el libro Nuevo país de las letras.

Hijo de un cardiólogo y una siquiatra forense, Rodrigo Blanco es fanático del futbol y de los Tiburones de La Guaira, y su obra con frecuencia es atracada a mano armada por la violencia urbana inhalada en Caracas e influencias como Piglia, Massiani, Bolaño o Borges.

¿Qué es un intelectual? ¿Te consideras uno?
Cuando uno ve que, de un lado, hay gente que cree que Laureano Márquez es un intelectual o que, del otro lado, el Ché Guevara era un intelectual, por ponerte dos ejemplos extremos y hasta anacrónicos, uno se da cuenta que ya la categoría perdió sus contornos, si es que en algún momento los tuvo. De modo que no, no me considero un intelectual.

¿La revolución que ha habido en Venezuela desde 1999 ha sido en contra del intelecto?
El chavismo, entendido como movimiento revolucionario, fue primero una revolución antiestética. Una revolución contra la belleza y el cuidado de las formas. A partir de ese principio rector, vinieron los otros procesos de demolición. Más que antiintelectual, el chavismo ha sido un proceso anticultural, que no hay que confundir con lo contracultural, que requiere cierta inteligencia y refinamiento de los sentidos. Nos han tocado tiempos heroicos. Y como bien lo dijo Rafael López-Pedraza, el héroe es incapaz de crear riqueza y cultura. Esta revolución anticultural ha sido premeditada y llevada a cabo con método y constancia. Pero está movida por fuerzas más poderosas que la razón: el resentimiento, la envidia y los complejos.

¿Un episodio concreto de la historia reciente en que se materializara esa revolución anticultural?
Siempre recordaré el día en que, al pasar por el Celarg, vi que habían instalado un Mercal en la sala de usos múltiples. Al fondo, un grupo estaba haciendo una parrilla. Ese uso que se le estaba dando a la casa de Rómulo Gallegos expresaba bastante bien el cambio que se estaba dando en el país y las profanaciones posteriores que vendrían.

¿Hubo algún momento en que te sintieras espiritualmente expulsado de Venezuela?
Sí. Cuando vi el modo en que Capriles reaccionó en su última derrota ante Chávez. Creo que a partir de ese día dejé de tener interés en estar en primera fila para ver cómo se terminaba la película del chavismo. Quizás porque entendí que no se iba a terminar. O que faltaba mucho para que se terminara.

Además de un acto creativo, escribir es una rutina física que requiere tiempo, privacidad, etc. ¿En algún momento sentiste afectada esa rutina en Venezuela?
Creo pertenecer a una generación de escritores que hizo sus primeros libros en medio de un contexto difícil, sin ningún estímulo y más bien con todos los obstáculos posibles. Quizás por eso siempre he concebido la escritura como algo que se hace a contracorriente del barullo cotidiano. Sin embargo, llegó un momento en que los momentos de no escritura, que son la mayor parte del tiempo, se hicieron asfixiantes. Perdí el entusiasmo por ir a dar clases en la UCV y en ese momento decidí que debía cortar y cambiar de ambiente. La Escuela de Letras es uno de mis grandes afectos y no podía permitir que eso se envileciera.

¿Llegaste a cuestionar en Venezuela si tu arte era patrióticamente útil? ¿Escribes para los ricos?
Nunca me he propuesto la creación en términos de utilidad para la sociedad. Tampoco como un vino exquisito que sólo algunos cuantos conocedores pueden de verdad disfrutar. Es algo mucho más complejo, íntimo y difícil de explicar. Lo que sí he tenido claro es que lo escribo no busca eso que se llama el gran público. Pero ello no implica que se pueda delimitar ninguna clase privilegiada.

¿Cómo es hoy tu relación con Venezuela?
Detesto esas comparaciones donde Caracas o Venezuela es siempre una mujer golpeada y masoquista. Venezuela es un espacio y la condición de ese espacio está determinado por su gente. En esa interacción se cifran los afectos y los rechazos. Mi relación con el país va del amor absoluto a cierta tristeza. Mi odio se dirige, más bien, hacia ciertas personas, o grupos o actitudes que siento que hacen mucho daño.

¿Qué aporte haces a Venezuela desde Francia, si acaso tienes esa aspiración?
Antes de irme, dejé con Luis Yslas constituida y operativa la editorial Madera Fina. Es mi vínculo concreto con el país y por donde canalizo mi aporte a la cultura venezolana todos los días. Lo que pueda tener o no de aporte lo que yo escribo no puedo ni me toca señalarlo.

¿A qué puede aspirar hoy un escritor en Venezuela?
—A seguir escribiendo y a no venderse al gobierno. Y a no envilecerse en la resistencia.

¿Algún producto artístico ha plasmado lo ocurrido en Venezuela desde 1999 o es un libro por escribir?
Creo que la obra secreta de Miguel Von Dangel es la mejor síntesis del desastre que nos ha ocurrido y la anticipación de lo que vendrá.

¿Se sigue leyendo en Venezuela?
Sí. Con una persistencia que nadie termina muy bien de comprender, en Venezuela se siguen editando libros y se sigue leyendo. Hace poco estuve de visita en Caracas y me sorprendió y me conmovió ver la cantidad de libros de poesía que se están editando en estos momentos.

Rodrigo Blanco nació en Caracas en 1981. Es escritor y licenciado en Letras y ejerció como profesor en la UCV. Integrante del proyecto Bogotá 39. Ha publicado una novela, Thenight (2016), y tres libros de relatos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007) y Las rayas (2011). Ganador del concurso de cuentos de El Nacional con Los golpes de la vida en 2006. Fundador de la editorial Madera Fina. Elabora una tesis sobre la obra de Juan Carlos Méndez Guédez en la universidad de La Sorbona de París, donde está residenciado.

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Anabella Abadi: “Los economistas no nos salvamos de la crisis”

Anabella Abadi- “Los economistas no nos salvamos de la crisis”

Anabella Abadi, economista.

Los economistas integran un coro griego fatalista y predominantemente masculino que todas las mañanas, desde el programa de César Miguel Rondón y otras escasas orchestras de independencia, advierte al gobierno sobre las trágicas consecuencias de su conducta: inflaciones de cuatro dígitos, maxidevaluaciones y canastas básicas que ascienden a los cielos.

Es la Remedios la Bella de los entornos macroeconómicos. En un coro nadie sobresale, pero Anabella Abadi (Caracas, 1986) descuella de inmediato tanto por su hermosura como por su inconmovible seriedad. Hija menor de otros dos economistas, no cuesta imaginarla como la estudiante más fajada e inalcanzable del salón de clases. Es profesora de la UCAB y de una abadía de excelencia ya casi sepultada por 18 años de ignorancia: el IESA, cuatro letras proscritas que resguardan la secuencia del ADN del libre mercado.

Abadi forma parte de una serie de sobre jóvenes intelectuales atrapados dentro de una revolución que desprecia el conocimiento formal. Como un símbolo de que no todo está perdido, actualmente espera una bebé.

¿Qué se siente vivir en un país el que sus recomendaciones son sistemáticamente desoídas?
No me considero un ave de mal agüero o tampoco una especie de Kassandra. Simplemente soy una economista que gracias a su formación logró identificar patrones y tendencias en el entorno. Lamentablemente, desde que entré en el mundo profesional esos patrones y tendencias han sido en general negativos. Venezuela tiene grandes potenciales, pero actualmente enfrenta trabas para su desarrollo levantadas por el propio Gobierno central. Incluso cuando no escuchan al gremio de economistas, considero que sigue siendo nuestra responsabilidad hablar de los problemas que identificamos y, sobre todo, dar propuestas para que Venezuela se encamine en una ruta de recuperación económica y social.

El chavismo se empecina en una política económica que parece ir contra toda lógica formal. ¿Cuestión de buena fe, orgullo o cuidadosamente planificada estrategia de dominación?
Como analista de políticas públicas, no puedo evaluar intenciones implícitas, sino objetivos explícitos. Los resultados de los últimos 18 años revelan que los planes del gobierno en materia económica han fracasado y que, gracias a una gran cantidad de recursos petroleros, se pudieron subsanar muchas deficiencias. Es posible que algunos crean que una economía controlada es la única que puede proteger a los más desfavorecidos, pero los resultados del modelo económico hablan por sí mismos. Muchos creen que, más que buena fe, es un tema de intereses de los grupos de poder que hacen vida en las altas esferas del gobierno.

¿Qué nombre le coloca al experimento que se ha desarrollado en Venezuela desde 1999?
Si bien la caja de herramientas de los gobernantes ha cambiado, y más allá de los debates ideológicos, parece indiscutible que las características básicas del modelo económico del socialismo del siglo XXI es una copia a carbón de los socialismos clásicos del siglo XX, tal y como los caracterizó János Kornai, prestigioso economista de origen húngaro: hegemonía política del partido de Gobierno; rechazo a la propiedad privada y control gubernamental del aparato productivo nacional; y uso de la planificación central y controles administrativos con el fin de facilitar el control directo de la economía por parte del Gobierno. Y como no sería razonable esperar resultados diferentes al implementar un mismo experimento, el socialismo del siglo XXI se ha traducido en restricción presupuestaria blanda, empresas públicas con déficits constantes, problemas de producción, necesidad de subsidios, disminución de la diversidad de productos, escasez crónica e incremento en los precios. El gobierno anuncia constantes planes de revisión, rectificación y reimpulso, pero si no se rompen las bases perversas del modelo económico del socialismo del siglo XXI, los resultados serán cada vez peores.

¿Se considera defensora de los intereses de una minoría parasitaria?
Me siento increíblemente privilegiada, no sólo porque mi familia y yo pudimos invertir muchos recursos y tiempo en mi educación, sino porque mi formación, estimo, es y seguirá siendo de utilidad para la sociedad. No me considero defensora de los intereses de un sector privilegiado de la sociedad; me considero defensora de la justicia y las libertades económica, social y política, todas previstas en la Constitución, pilares fundamentales para el desarrollo armónico de las sociedades. Creo firmemente en que el mejor ciudadano es el ciudadano bien informado y considero que parte de mi responsabilidad ante la sociedad es llevar los conocimientos que tuve la fortuna de aprender. Soy una economista que, además de luchar por entender el caos diario que vivimos, hago un esfuerzo por transmitir lo aprendido; quiero creer que dejo algún mensaje en quienes deciden leerme u oírme.

¿Cree que globalmente ya se resolvió el debate sobre la conveniencia del libre mercado?
En general, se estima que los mercados son los mecanismos más eficientes para la asignación de recursos escasos. Sólo cuando los mercados fallan, se esperaría una intervención de los gobiernos. Como resulta evidente, los controles han sido un rotundo fracaso, y aunque el boom petrolero permitió financiarlos durante tanto tiempo, las fallas estructurales del modelo nos han llevado a una crisis socio-económica de proporciones históricas. Para reactivar la producción local es indispensable restituir los derechos y libertades económicas previstas en la Constitución.

¿Es más justa una sociedad que reparte eficientemente la miseria?
La economía es la ciencia social que estudia la asignación de recursos en fines múltiples. Sin el factor escasez, no habría problema alguno que resolver. En Venezuela, al igual que en otros países del mundo, se equipara la prosperidad con el nivel de riqueza personal; así, ante recursos escasos, serán prósperos sólo los ricos. Creo que esta noción es un error. La prosperidad es calidad de vida. Eso incluye acceso y disponibilidad de servicios públicos de calidad, oportunidades de desarrollo socio-económico, seguridad personal y jurídica y justicia y libertad personal.

¿Qué episodio ha resumido la tragedia de la economía chavista?
Reducirlo a uno es difícil. Hay decenas de momentos claves marcados en nuestra memoria colectiva: la purga de Pdvsa, el “millardito”, los mil y un ¡exprópiese!, el Dakazo.

¿Una economista está más allá de los problemas económicos?
Hacer seguimiento a la crisis es parte de mi trabajo diario y es inevitable que me impacte afectivamente. Los economistas podemos parecer insensibles al decir frases tan duras como “la situación puede empeorar”, lo que intentamos es presentar análisis objetivos mientras que, en ocasiones de manera infructuosa, escondemos nuestros miedos personales. Es imposible vivir en Venezuela, entender la magnitud de la crisis, saber que los responsables deciden ignorar esta realidad y dormir tranquilos todas las noches. Nadie se salva de la crisis, ni siquiera los economistas. Sin embargo, no creo que debamos permitir que una crisis sin fecha de vencimiento paralice nuestros planes de vida. Seguir adelante es difícil, pero posible. Me casé hace apenas siete meses y ya estamos esperando nuestro primer bebé. Tenemos muchas angustias y miedos, pero seguimos trabajando siempre con la mejor de las intenciones. Sabemos que dentro y fuera de Venezuela muchos siguen haciendo lo mismo.

Anabella Abadi (@Janabadi) es caraqueña nacida el 19 de julio de 1986. Hija de dos economistas y la menor de dos hermanas. Consultora asociada en ODH Grupo Consultor. Economista egresada de la UCAB y especialista en Gobierno y Gestión Pública Territoriales de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Profesora de la UCAB y de la dirección de Educación Ejecutiva del IESA. Junto a la periodista Luz Mely Reyes, conduce Análisis de Entorno en Fedecámaras Radio. Coautora de los libros Gestión en Rojo (IESA) y El control de precios en Venezuela: 1939-2015 (Cedice, UCAB y UMA).

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Daniel Esparza: «Democracia y gobierno militar son incompatibles»

Daniel Esparza, economista.

Daniel Esparza, filósofo.

Pertenece a la categoría del intelectual que se va, pero no se despega. Daniel Esparza (Caracas, 1978) ha sido profesor de Arte en la UCV y de Filosofía en la USB, y actualmente cursa un posgrado sobre religión en la Universidad de Columbia, y aunque se presenta en inglés en su cuenta @Esparzari, tuitea bilingüemente como si se estuviera calando las cadenas de Maduro en Nueva York.

Un tipo de su época, también es traductor, músico, compositor, salsero, alguna vez integrante del legendario Show de la Gente Bella de 92.9 FM y, aunque usted no lo crea, una de las materias grises ocultas detrás de la cloaca mediática @correoguaire. En Google se consigue otro Daniel Esparza, un filósofo-politólogo español experto en historia del surf que da clases en la República Checa, que aunque no es él, podría serlo. Forma parte de una serie sobre jóvenes venezolanos que ejercen la labor del intelecto dentro o fuera de un país cuyo gobierno les desprecia.

¿Con qué se come un intelectual? ¿Daniel Esparza se considera uno?

Siempre insistiré en ello: hemos visto cantantes de reguetón ser oradores de orden en la Asamblea Nacional, en momentos en que una de nuestras labores más urgentes es recordar que los saberes implican dominio de destrezas específicas. Desde luego, como hemos tenido ministros que lo mismo son especialistas en el cultivo de tubérculos mutantes como historiadores del Imperio Sasánida, hemos perdido de vista el respeto por los márgenes de la propia actividad. Un intelectual es, de acuerdo a la definición clásica, aquel que se dedica al cultivo de las ciencias y las letras. Aquí, creo, la palabra clave es cultivo. Un intelectual no es aquel que consume ciencia o letras. De ser así, todos seríamos granjeros. Siempre me ha conmovido la imagen de Lisandro Alvarado, en Ospino, traduciendo el De Rerum Natura de Lucrecio, a finales del siglo XIX. Ese, me parece, es el lugar de un intelectual: el lugar de quien cultiva. A Dios gracias, aún hoy hay quienes siembran y cosechan, pero con la labor intelectual pasa lo que con la agropecuaria: el gobierno se ha dedicado sistemáticamente a agredir a cuanta Agroisleña se consigue a su paso. Yo, por mi parte, aún no he cultivado mi primera zanahoria. Estoy, más bien, arando y abonando el terreno. Y sabemos, también, que una sola zanahoria no hace cosecha.

¿En Venezuela lo que ha habido desde 1999 es en realidad una revolución contra el intelecto?

Es una revuelta que parece de escala mundial. Posiblemente no sea nada nuevo. No creo, eso sí, que se trate de buenas intenciones mal encaminadas, sino de una insistencia insana en la absurda reivindicación de la propia ignorancia, a modo de bandera, como si la ignorancia fuese una virtud que es preciso enarbolar en contra de la pretendida arrogancia del conocimiento. No puedo evitar sino ver en esto una forma más de una distorsión adosada históricamente al materialismo histórico, que pretende asegurar que es sólo desde el proletariado donde se pueden percibir objetivamente las contradicciones del statu quo. En otras palabras, la suposición de que el conocimiento es burgués y, por ello, malo.

¿Hubo algún instante en que sintió que se materializara esa revuelta anti-intelecto? Dicho de otra manera, ¿cuándo pensó: “Ahora sí se jodió este país”?

Posiblemente el despido de los empleados de PDVSA. Ese gesto, en el que se resume el valor que el chavismo da a los saberes, aunado al sistemático y sostenido desprecio por las instituciones culturales y las universidades, incluidas las que el propio chavismo ha fundado, son más que elocuentes, y abren el camino por el que, más temprano que tarde, se llega al Honoris Causa a Maduro. Aunque debo admitir que en el discurso en el que Chávez presentó el Plan de la Patria, cuando le escuché citar, y mal, a Walter Benjamin, dije para mis adentros: “Hay que tener cojones”.

Nota de redacción: Esparza ha escrito dos libros inéditos sobre Walter Benjamin (1892-1940), citado por un presunto Chávez en carta publicada un mes antes de su muerte.

¿Es sano vivir afuera y no despegarse de lo que pasa en Venezuela?

A diario me lo pregunto. No puedo estar todo lo enterado que quisiera, ni todo lo desconectado que quisiera estar. Venezuela genera demasiada noticia constantemente, y es difícil pasar de una indignación a otra en tres minutos. Sin embargo el problema sigue siendo exactamente el mismo, prácticamente desde 1999, y pasa por la incapacidad de llamar las cosas por su nombre; entre ellas, entender que un gobierno militar y la democracia son simplemente incompatibles. A pesar de que no podemos obviar cierta responsabilidad anexa al uso de redes sociales, dudo mucho de que lo que yo diga o deje de decir en internet, en una columna, en un disco o en un libro realmente tenga algún impacto político, económico o social real. De hecho, estoy casi convencido de que no lo tiene. Por eso, creo que despegarme no tendría ninguna consecuencia salvo la de darme más tiempo para hacer lo que se supone que realmente tengo que hacer, en mi caso, estudiar y escribir, y alimentar la culpa que a ratos se siente por abandonar lo que se supone es un compromiso moral: el de mantener un pie en la propia tierra, intentando aportar una voz más a lo que ya es un concierto demasiado cacofónico.

¿Qué aporta Daniel Esparza al debate venezolano desde la Universidad de Columbia?

Creo que aún no aporto demasiado. Quizá nada. Los aportes no se hacen con una columna semanal en un periódico, o con una presencia constante en Twitter, o con un blog con tres mil lectores únicos. Puedo estar siendo muy duro, pero es mi impresión por ahora. No con eso quiero restar méritos a profesores de la talla de Erik Del Búfalo, Guillermo Aveledo Coll o Colette Capriles, pero su aporte no está sólo en su rol público, al que nos asomamos leyendo sus intervenciones en diarios o en redes sociales, sino en lo que hacen en las aulas, institutos, conferencias y universidades. Allí, en esos espacios, también se hace el cultivo. En efecto, quizá esa sea precisamente la vanguardia. Más aún: el ataque contra la universidad, el hábitat natural del intelectual, es un frente más de la revuelta anti-intelectual, que insiste en restarle importancia a las universidades, institutos y escuelas.

¿El intelectual en Venezuela es como el protagonista de Assassin’s Creed, un suicida solitario que lucha para preservar el libre albedrío en medio de la Inquisición?

Quisiera yo que estuviésemos en una situación similar a la del medioevo, cuando se fundaban universidades una tras otra, y todas producían y fomentaban el conocimiento a escala continental. El venezolano que hoy trabaja en un aula, biblioteca o laboratorio enfrenta exactamente las mismas circunstancias que el campesino que no tiene a quién comprar la semilla o el fertilizante para sus campos. Basta ver la planta física de nuestras universidades, y recordar las asignaciones presupuestarias que reciben, la imposibilidad de generar ingresos propios que enfrentan, y las compensaciones salariales de nuestros profesores. Sumémosle a eso la perversión del control de cambio, fuente de prácticamente todos los males que vive la Venezuela contemporánea, y que impide a nuestros académicos el acceso a publicaciones recientes, asistir y presentarse en congresos, hacer cursos breves o simplemente pagar una suscripción a una revista especializada.

¿Las redes sociales promueven el libre pensamiento o quizás todo lo contrario?

En algún momento crearon la ilusión de proveernos de un ágora a la que acudíamos a escuchar, hablar y aprender. Sin embargo, esta democratización es problemática, quizá porque nuestra misma idea de democracia, hoy, es un problema. El mismo Zygmunt Bauman, antes de morir, dijo claramente que las redes sociales sólo son capaces hoy de proveer una especie de sucedáneo de una comunidad global, pero que no pasan de ser espacios en los que se dialoga sólo con quien tiene una opinión idéntica a la propia. Hemos visto cómo esto ha sucedido también con la democracia contemporánea, que se ha convertido en poco más que la tiranía de las mayorías. En ese panorama, las redes sociales son, en buena medida, un pasatiempo. Quizá siempre lo fueron, y sólo les hemos dado más importancia que la que en verdad tienen, incluso permitiéndoles sustituir los ejercicios de socialización que antes tenían lugar en el bar, el aula de clase, la iglesia o la plaza pública. Los lentos procesos necesarios para socializar, conocer y aprender son sustituidos por la inmediatez de los 100 y tantos caracteres, o por una infografía de Pictoline. Que Trump, tanto como Chávez y sus sucesores, mantengan los ojos en sus cuentas de Twitter y no en donde se supone que deberían mantenerlos, dice mucho de lo que se supone hoy que son la autoridad, el ejercicio del poder y la democracia contemporánea: simplificaciones arbitrarias, ramplonas, maniqueas, que se confunden con meros ejercicios de popularidad online.

Daniel Esparza (Caracas, 1978). Licenciado en Historia del Arte por la Universidad Central de Venezuela (2000), Magister en Filosofía por la Universidad Simón Bolívar (2013), Master en Filosofía por la New School of Social Research (2015), Dean’s Fellow en la Graduate School of Arts and Sciences de la Universidad de Columbia, PhD candidate (candidato doctoral) en el Departamento de Religión y el Institute for Comparative Literature and Society (ICLS) de la Univesidad de Columbia.

Fue profesor de Historia del Arte y Principios de las Artes Plásticas en la Universidad Central de Venezuela, y Asistente Académico del Departamento de Filosofía de la Universidad Simón Bolívar. Fue profesor de ética en la Universidad Seton Hall. Autor de dos libros inéditos sobre Walter Benjamin. Ha publicado diversos artículos –especialmente en Teoría Crítica- en revistas académicas en Venezuela, España e Italia, y ha sido invitado a conferencias en Puerto Rico, Perú, Venezuela e Inglaterra. Actualmente prepara su tercer libro, “Construcción de lo Religioso”, bajo la dirección de Gil Anidjar, sobre Kierkegaard, Benjamin, Adorno y Derrida.

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Guillermo Aveledo Coll: “No sé cómo se puede ser joven en Venezuela”

Guillermo Aveledo Coll, xxxxxx.

Guillermo Aveledo Coll, politólogo.

Guillermo Aveledo Coll (Caracas, 1978) se considera mucho menos optimista sobre el país que su padre Ramón Guillermo Aveledo, uno de tantos fósforos de sensatez quemados en medio de la implacable combustión interna de la Mesa de la Unidad. “En algún momento fui militante copeyano y tuve unas ideas juveniles y rabiosas de cómo debía ser la sociedad, pero hoy tiendo a ser mucho más escéptico”, se confiesa el joven politólogo y profesor de la Universidad Metropolitana y la UCV, que, en un país en el que María Corina Machado casi fue lapidada por hablar de capitalismo popular, ha hecho de su campo de especialización el estudio de las escasas muestras de genuino pensamiento conservador a lo largo de nuestra historia republicana. Forma parte de una serie sobre jóvenes intelectuales acorralados en medio de un entorno de literal saqueo a los centros de conocimiento.

¿Qué es un intelectual?
Aquel cuyo valor en la sociedad está definido por lo que piensa y no por lo que hace. No necesariamente es el académico. Personalmente no me considero intelectual, a menos que traspase la barrera. En el mundo académico pensamos con una gran formalidad. Un intelectual genuino es mucho más libre. Los historiadores, filósofos y sociológos tienen esa ventaja de ver los temas en la gran perspectiva: un Tomás Straka, un Elías Pino Iturrieta, una Colette Capriles, un Erik del Búfalo, una Gisela Kozak pueden ver más allá de sus narices. Quizás hoy no hay grandes intelectuales públicos. No sólo por la dificultad de ser alguien que sepa de todo: no hay nadie que consideremos neutro. Supongamos que emerja una figura que sea considerada sabia. Una vez que salga eso de la ecuación, vas a preguntar: ¿es chavista o no es chavista? ¿Es salidista o no es salidista? En estos tiempos de crispación, el que tú reconoces como genio es el hablador de pistoladas del otro. ¿Cuándo se convirtió Uslar Pietri en el gran sabio público? Cuando dejó de ser político. Una cosa necesaria para que el intelectual exista es que se exprese. Los que se quejan de la productividad de los demás en las redes sociales tienen que tener cuidado: a lo mejor dentro de 100 años, los youtubers de hoy serán apreciados como nuestros Diderot y Voltaire.

Usted se ha especializado en el estudio de un pensamiento sumamente específico. ¿Se siente un monje que preserva el conocimiento clásico en medio del atraso medieval?
Mientras las sociedades sean más pobres, tienen que enfatizar más en los conocimientos técnicos que las saquen de la pobreza. En este momento urgente, es más útil aquel que produce, siendo que casi nadie puede producir libremente, que aquel que piensa. Pero lo deseable es que la sociedad pueda ser tan rica, próspera y variada, que más allá de si es útil o no, tengas la posibilidad de sufragar lo que cuesta cierta decisión vocacional individual. En el futuro más cercano, si hay un cambio de poder, o incluso con este mismo régimen, tendrá que privilegiarse el aparato productivo y orientar las vocaciones de la juventud hacia eso. No es lo que está pasando. Todo lo contrario. No porque se estimule la filosofía o el intelecto, sino porque se desestimula la producción. ¡Nuestra población joven se quiere ir! Las mejores universidades del mundo se ubican en sociedades libres. Puede que haya más alfabetización en regímenes autoritarios, pero eso no quiere decir cultura. Para que una sociedad sea intelectualmente audaz, tiene que ser libre: Esparta era admirada por los intelectuales, pero la que producía esos intelectuales era Atenas. No quiero elucubrar sobre mi propio valor en la sociedad: yo mismo me lo cuestiono a cada rato. Alguien que estudia lo antiguo no necesariamente tiene valor concreto. No le pongo un plato de comida a nadie que no sea mi hija y mi esposa. Una sociedad próspera me permitiría trabajar decorosamente sin estar avergonzado del drama que significa ser intelectual en medio de la pobreza.

Aparte de la constante de la migración, ¿qué está percibiendo en las aulas universitarias?
Recientemente me he convertido en el profesor más joven de mi departamento en la Unimet. No lo era. Los más jóvenes han emigrado por emigrar o cambiar de ramo. La de la docencia no es una vida glamorosa, pero tampoco tiene que ser menesterosa. Disminuyen los textos especializados, es más fácil conseguir generalistas que especialistas, pese a que en Venezuela hay más posgrados que nunca. Yo fui estudiante en los comienzos del chavismo y todos teníamos temor al futuro, pero no había este grado de melancolía, descreimiento y hasta de cinismo que uno nota hoy en los jóvenes de entre 17 y 22 años. Y en el curso de muy poco tiempo: hace cinco o seis años había llegado a predominar una generación muy voluntariosa, muchachos que se metían en mis disciplinas en la UCV y la Unimet con deseo de promover el cambio. Hoy siento un gran alejamiento. Los muchachos llegan muy tristes. La base de la felicidad humana tiene un fundamento material. Es imposible ser feliz en la carestía absoluta. ¿Cómo hace una pareja para relacionarse? ¿A dónde sale? ¿A qué hora? Yo no sé cómo se puede ser joven hoy.

¿Esta es una revolución en contra del intelecto?
Vamos a estar claros: cuando surgieron las academias venezolanas del siglo XIX eran herramientas de dominio político. Modos de legitimar un conocimiento que favorecía al guzmancismo, el gomecismo y etcétera. Con la democracia y la complejización de la sociedad civil, las universidades se hicieron más científicas y profesionales. Pero como están vinculadas al antiguo régimen, el puntofijismo, el poder que nos domina considera que las fuentes tradicionales de conocimiento son ilegítimas. Se les prestaba oído cuando criticaban lo anterior, después de eso no hay nada que hablar. Si soy poder dominante, cada vez que tenga que escoger entre revolución y ciencia, diré: la ciencia está equivocada. Hay una razón marxista para que sea así: los científicos son burgueses. Si fulano propone tal método para enfrentar la malaria es porque está conectado a laboratorios trasnacionales. Ojo: toda ciencia tiene sesgo. Eso es inevitable. Pero más que la ciencia, hoy se critica la deslealtad de la ciencia. El problema es si se puede hacer ciencia bajo un parámetro de lealtad. Empezando porque el materialismo dialéctico, el marxismo económico o como lo quieras llamar es mala ciencia. Salvo en filosofía, el marxismo no ha tenido mayor aportación a la ciencia.

En las recientes elecciones en Estados Unidos se cuestionó que las redes sociales, pese a su democratización, han profundizado las parcelas de extremismo.
Diego Bautista Urbaneja comentaba recientemente que él no se imaginaba a Caldera, Jóvito Villalba o Rómulo Betancourt haciendo el Pacto de Punto Fijo con las redes sociales encima. La opinión pública es veleidosa y hasta cierto punto ficticia. No hay tal cosa como una opinión general. El viejo Nicolás, me refiero a Maquiavelo, decía que la gente es impresionable. La información de lo que tú quieras está a un click, pero no tienes nada que te ayude a filtrar. No habiendo curetaje, estás expuesto a lo superficial e incluso a lo erróneo, y en el caso venezolano se agrava por el autoritarismo. Te vas asociando a los que piensan como tú y bloquear a los que no. Es un derecho y un riesgo, y te puedes perder de voces alternativas. Las redes no están diseñadas para la argumentación sino para la aprobación. No hay ya matices. ¿Cuál es la alternativa, una élite que se separe de las redes y se aísle en una burbuja? No, es el tiempo en que estamos. ¿Qué podemos hacer los que opinamos en el mundo público? Tratar de bajarle el tono a lo inmediato. Ver las cosas desde la perspectiva que nuestra disciplina nos puede dar. Eso es más útil que recordarnos nuestras propias miserias. Claro que uno no solo es opinador, sino persona que sufre. Uno no puede estar siempre pensando abstractamente en la torre de marfil: te faltan los repuestos, tus hijos no tienen para comer. Escribimos sentados sobre eso.