El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá
Foto: John Hopper

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El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá

Manuel Antonio Noriega pasó de ser aliado de la superpotencia a enemigo acérrimo, de colaborador habitual de la CIA a perseguido por la DEA, de general que detentó el poder entre 1983 y 1989 a un reo más, del último dictador que tuvo Centroamérica a condenado durante décadas por narcotráfico en Estados Unidos, por blanqueo de dinero en Francia y por violaciones de los derechos humanos en el país que lo vio nacer el 11 de febrero de 1934.

por Tal Levy

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Desencadenó una de las más grandes movilizaciones militares estadounidenses desde la guerra de Vietnam. No en vano le llamaban “El hombre fuerte de Panamá”. Manuel Antonio Noriega pasó de ser aliado de la superpotencia a enemigo acérrimo, de colaborador habitual de la CIA a perseguido por la DEA, de general que detentó el poder entre 1983 y 1989 a un reo más, del último dictador que tuvo Centroamérica a condenado durante décadas por narcotráfico en Estados Unidos, por blanqueo de dinero en Francia y por violaciones de los derechos humanos en el país que lo vio nacer el 11 de febrero de 1934.

¿El malo de la película? No es quizá la mejor hora, aún tibio su lecho de muerte, de retomar este tipo de cuestionamientos, aunque lo cierto es que así aparecía en el videojuego que para el 2014 llegó a ser el más popular de todos los tiempos, con su sobredosis de sangre, de violencia.

El ocaso de Manuel Noriega, el último hombre fuerte de Panamá

Captura de pantalla de Call of Duty: Black Ops II.

 

En vida, alegando daño de imagen al ser presentado como un criminal, Noriega demandó a Activision, creador de Call of Duty: Black Ops II, con la ayuda de Girardi Keese, una de las firmas de abogados que ganó el caso Erin Brockovich (inspirador del filme protagonizado por Julia Roberts), aunque no corrió con igual suerte pues su acusación fue desestimada por la Corte Superior del condado de Los Angeles.

Ya 27 años han trascurrido desde el despliegue militar de Estados Unidos en Panamá que derrocó su gobierno de facto y todavía hoy se desconoce el número exacto de víctimas. Era 1989 y estaba próxima la Navidad. Meses atrás habían quedado las elecciones anuladas, que parecían darle la victoria al opositor Guillermo Endara, respaldado por Washington, pero no así la designación de Noriega como jefe de Gobierno con poderes extraordinarios y la declaración del país en estado de guerra con EEUU.

De pronto, el 20 de diciembre, unos 25.000 soldados fueron movilizados en una operación orquestada por el presidente estadounidense George Bush, a quien conoció hacia 1976, cuando el uno encabezaba la Agencia Central de Inteligencia o CIA y el otro, el Servicio de Inteligencia o G-2 panameño, lo que supondría el estar en contacto permanente.

 

Entre Washington y La Habana

Los lazos con Washington se forjaron en la década de los cincuenta, cuando Noriega ingresa gracias a una beca en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, donde la CIA le reclutó como informante sobre las actividades de los grupos de izquierda. De origen humilde y enfrentado desde pequeño a la orfandad, tras el abandono de su padre y la temprana muerte de su madre, “Tony”, como era llamado, fue criado por una tía, su “mamá Luisa”.

Al volver a Panamá formó parte de la Guardia de Honor en una carrera militar en claro ascenso, tanto que fue pieza clave del general “todopoderoso” Omar Torrijos, tras cuya muerte en 1981 en un misterioso accidente aéreo Noriega llegaría a ser “el hombre fuerte de Panamá”.

De teniente coronel a general y a comandante en jefe de la Guardia Nacional. Ambicionaba llegar a lo más alto. Ya en los tiempos en que estudiaba bachillerato en Ciencias en el Instituto Nacional, conocido como Nido de Águilas, comentaba sobre sus aspiraciones presidenciales.

“Había sido impactado por las promesas del ideario socialista, y con otros compañeros formó parte del grupo que seguía las lecciones de sociología del profesor Demetrio A. Porras, secretario general y fundador del Partido Socialista de Panamá”, revela La Estrella de Panamá.

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Noriega junto a Manuel Solís Palma. Palma fue Presidente desde el 26 de febrero de 1988 hasta el 1 de septiembre de 1989 bajo el mando militar de Noriega. | Foto de archivo de Reuters.

 

Pues bien, logró detentar el poder con su mano dura, pero no por mucho tiempo porque el mismo año en que sería derribado el muro de Berlín bombas y cohetes cayeron sobre Panamá, sobre su cuartel general.

El objetivo declarado de Washington: capturar a Noriega, que ya un año antes había sido acusado de narcotráfico en un tribunal federal y de poner en peligro la seguridad nacional.

De este modo se sellaba la ruptura definitiva con quien había colaborado actuando como mediador ante el régimen de Fidel Castro para aliviar las tensiones derivadas por la invasión estadounidense de Grenada en 1983, pero también con quien, ante la ofensiva de Ronald Reagan contra las guerrillas izquierdistas de América Central, se había negado a apoyar los intentos por debilitar al gobierno sandinista de Nicaragua, a servir de escudo anticomunista en la región.

El rock como arma de tortura

¿Invasión o Causa Justa, como fue llamada la operación? La opinión pública mundial tenía tela que cortar. Por un lado, los panameños finalmente se libraban del último general del régimen militar instalado en 1968 por el golpe de Estado que lideró Torrijos; por el otro, movimientos de izquierda, tan proclives a contradicciones como las que décadas después reaparecían en apoyo al régimen de Hugo Chávez en Venezuela, le endilgaron a él, Noriega, que encabezó un gobierno dictatorial, el calificativo de “comandante de la dignidad latinoamericana”.

Sin duda, sectores de la izquierda latinoamericana se dejaron cautivar por ese militar que blandiendo en lo alto un machete lanzó a fines de los años ochenta arengas antiestadounidenses, antiintervencionistas, pero olvidando que era el mismo que creó los “batallones de dignidad”, milicias que hoy también recuerdan a los civiles armados por el gobierno chavista en Venezuela con el oficio de amedrentar y arremeter contra la oposición.

Estados Unidos consiguió que Noriega se entregara para comparecer ante la justicia, pero los métodos para convencerle fueron poco convencionales o, quizá más bien, demasiado ordinarios.

Largos días y sus consiguientes noches tuvo que enfrentar una insospechada guerra, ésta psicológica: obligado a oír incesantemente canciones de rock, género musical por el cual sentía una aversión más que conocida.  “Welcome to the jungle”, de Guns N’ Roses, se convertiría en el primero de esos inusuales tormentos, entre los que habría piezas desde un Jimmy Hendrix hasta una Linda Ronstadt, emitidas a todo volumen desde los altoparlantes desplegados por los centenares de soldados y vehículos de combate estadounidenses apostados en los alrededores de la Nunciatura Apostólica panameña, donde se atrincheró Noriega.

La prensa del momento reportaba que el gobierno español se había negado a darle asilo. Al anochecer del 3 de enero (2:50 hora peninsular del día siguiente) de 1990, después de escuchar una misa oficiada por el propio nuncio, el arzobispo español Sebastián Laboa, Noriega salió de esa misma sede vaticana a la que entró pidiendo una cerveza.

Fue despedido emotivamente por una “guardia de honor” conformada por sacerdotes, monjas e incluso etarras allí también refugiados, según se narra en Invasión, coproducción panameño-argentina realizada por Abner Benaim al cumplirse 25 años de la intervención militar.

Dos llamadas pudo hacer, la una a su amante Vicky Amado, la primera en darle refugio en su casa, y la otra a su esposa, Felicidad Siero, resguardada con sus tres hijas en la Embajada de Cuba.

El uniforme de general que llevaba puesto al entregarse fue el último resto de quien fuera “el hombre fuerte de Panamá”, al día siguiente trocado por un chándal verde oliva en cuya espalda podían leerse tres letras mayúsculas: DEA, la agencia antidroga de Estados Unidos que le acusaba de estar en conexión con el Cartel de Medellín.

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Foto del 4 de enero de 1990. / REUTERS/Handout/File Photo

 

De “El Man” a un prisionero más

Manuel Antonio Noriega, conocido por sus siglas como “El Man”, no sólo fue despojado de su uniforme, sino también de su nombre para ser el simple portador de un número, el 41586, un prisionero más de la cárcel de Miami, como el mundo entero lo vio circunspecto en la foto de frente y de perfil distribuida por las autoridades estadounidenses.

No era extraño, entonces, que el corresponsal Peter Eisner lo viera en 1995 más pequeño de lo que pensaba en la primera de una serie de entrevistas que mantendría durante un año en su celda y que en 1997 cobraría forma en America’s Prisoner: The Memoirs of Manuel Noriega. Promocionada cual “la historia de cómo hemos encarcelado a un hombre y una nación”, Noriega en esas páginas de las que es coautor se trajea más como víctima que como villano, destaca Richard L. Berke en The New York Times.

Poco dijo de cómo acumuló riquezas este hombre que fue condenado a 40 años de prisión en un juicio que atrajo los focos del mundo y que propició que mucho se especulara en torno a su figura, hasta rumorearse incluso que usaba calzoncillos de color rojo para ahuyentar el mal de ojo.

Al ser consultado en El Nuevo Nuevo Periodismo. Conversaciones sobre el oficio con los mejores escritores estadounidenses de no ficción, Lawrence Wright, autor de una obra sobre Noriega que fue llevada a la televisión por el canal Showtime, ha apuntado: “Escribí una novela sobre Manuel Noriega (God’s Favorite, 2000) y su búsqueda de amor y salvación. Lo que me atrajo de él fue el hecho de que fuera un dictador centroamericano budista, vegetariano y homosexual (…). El exotismo cultural de Noriega no era más que fachada. Lo realmente exótico era su vida interior”.

La pena fue rebajada hasta llegar a una veintena de años, cumplida en esa celda en la que tenía por privilegio un televisor, ese mismo en el que su rostro marcado y por eso apodado como “carepiña” acaparó tanto las pantallas de fines del siglo XX.

Pero nuevos cargos, sobre todo por el homicidio político de su rival, el médico y guerrillero Hugo Spadafora, quien fue decapitado por las Fuerzas de Defensa panameñas en 1985, le aguardaban.

Después de ser llevado en 2010 a Francia, donde un tribunal le condenó a siete años de prisión por lavado de 2,3 millones de euros, en 2011 fue extraditado a su país para enfrentar más de 60 años de condena por violaciones de los derechos humanos.

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Una mujer muestra un recorte de periódico en una manifestación en Panamá pidiendo que el dictador Manuel Noriega sirviera sentencia en Panamá en diciembre de 2011. | Foto: Alberto Lowe / Reuters.

 

Creyente de última hora

Llegaría en vuelo de Iberia, pero una silla de ruedas se interpondría entre sus pies y el suelo patrio. Con gafas oscuras, los años de prisión aún no daban a luz a arrepentimiento alguno.

Sería en el penal de reclusión de nombre El Renacer, en Panamá, donde terminaría de afianzarse como creyente de Dios.

En junio de 2015, ya octogenario y después de poco más de 25 años desde que fue derrocado y apresado, Noriega rompió el silencio con una declaración pública realizada desde la cárcel y emitida por la televisión local Telemetro.

“Yo cierro el ciclo de la era militar como el último general de ese grupo pidiendo perdón como comandante en jefe, como jefe de gobierno. Reitero, bajo la inspiración del ‘Padre nuestro’, que fue la primera oración que aprendí en mi casa, que pido perdón a toda persona que se sienta ofendida, afectada, perjudicada o humillada por mis acciones o las de mis superiores en el cumplimiento de órdenes o la de mis subalternos en ese mismo estatus y en el tiempo de la responsabilidad de mi gobierno civil y militar. ¡Gracias!”, dijo sin más.

Sus problemas de salud, marcada por derrames cerebrales, hipertensión arterial, úlcera y hasta depresión, le convirtieron en asiduo del Hospital Santo Tomás, donde alguna vez había trabajado como ayudante de laboratorista cuando proyectaba ser médico psiquiatra antes que la carrera militar tocara su humilde puerta.

La presión familiar para que se le concediera arresto domiciliario vio frutos, provisionalmente, cuando Noriega estaba próximo a cumplir 83 años y en respuesta a un tumor cerebral que, aunque benigno, le afectaba la parte motora y por el que necesitaba ser operado.

El 7 de marzo de 2017, este le fue extirpado en un procedimiento al que le siguió otra cirugía, tras sufrir una hemorragia cerebral severa. Internado en la unidad de cuidados intensivos y tras un coma inducido, pasó los últimos de sus días sin evolución favorable hasta que el lunes 29 de mayo encontró la muerte.

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