Los briconsejos de Trump empiezan a pasar factura
Foto: Matthew Childs| Reuters

Política y conflictos

Los briconsejos de Trump empiezan a pasar factura

El Washington Post ha confirmado lo que el mundo sospechaba: la CIA advirtió a Trump sobre los peligros del coronavirus desde enero.

por Borja Bauzá

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Sospecha confirmada: a mediados de enero las agencias de inteligencia de los Estados Unidos comenzaron a subrayar, en sus informes diarios a Donald Trump, que aquel extraño “virus chino” podía convertirse en una amenaza global. Lo ha contado el equipo de reporteros que el Washington Post tiene desplegado en la Casa Blanca. Es más: el Donald acusó recibo. Ahí está la orden ejecutiva emitida el 31 de enero diciendo que los extranjeros procedentes de China, o que hubiesen visitado el gigante asiático durante las dos semanas anteriores, tenían prohibida la entrada al país.

Hasta ahí todo bien. La cronología tiene lógica; acción, reacción. Sin embargo, la confirmación de la sospecha ha causado revuelo porque tras aquella prohibición Trump, que debió de pensar que ya había hecho suficiente, se dedicó a restar importancia al asunto… pese a que las agencias de inteligencia siguieron subrayando, cada vez con más insistencia, que lo del “virus chino” tenía muy mala pinta. El 26 de febrero, por ejemplo, dijo que “en un par de días” las infecciones serían prácticamente nulas. Un día después, el 27 de febrero, declaró que el bicho desaparecería por sí solo y como por arte de magia (“será como un milagro”, dijo). Etcétera.

El problema, ahora lo sabemos, es que sucedió exactamente lo contrario. Mientras el Donald decía aquello de no preocuparse, hombre, que aquí no pasa nada, el virus corría como la pólvora –el país acaba de superar los 50.000 muertos y el millón de infectados– en lugares como Nueva York, Boston, Nueva Orleans o el suroeste de Georgia.

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La Dra. Debora Birx, nueva protagonista de los nuevos memes. | Foto: Al Drago | Reuters.

Frente republicano

La confirmación del Post es el último condimento de un hartazgo que empieza a ser palpable en un sector cada vez más amplio de la sociedad. Sirvan las últimas encuestas –y no tanto las que hacen alusión a la intención de voto en Pensilvania o Michigan, donde a fin de cuentas gobierna el Partido Demócrata, como la que ha sacado Fox News en Florida o la publicada por una coalición de universidades en Ohio– a modo de prueba.

En el estado conocido como “la antesala de Dios” por la cantidad de jubilados con ahorros que vive allí no solo hay un gobernador del Partido Republicano; hay un gobernador del Partido Republicano que se lleva especialmente bien con un presidente que en Florida se siente como en casa (el resort que tiene el Donald en Palm Beach es, de hecho, su primera residencia). Pero el sondeo conducido por la Fox, un canal que defiende a capa y espada la cosmovisión del Partido Republicano, señala que hoy por hoy la mayoría de los votantes del estado se decantaría por Joe Biden. Por muy poco, eso sí.

En Ohio el presidente sigue contando con bastante simpatía, pero nada comparable a la que despierta el gobernador Mike DeWine. ¿Cuál es la diferencia entre ambos si los dos representan al mismo partido? Una muy concreta: DeWine es uno de los gobernadores que más en serio se ha tomado la amenaza del coronavirus y uno de los primeros en imponer el confinamiento. El 89,7% de los encuestados considera, además, que DeWine ha informado con acierto de la evolución de la pandemia; un porcentaje que cae por debajo del 50% cuando la pregunta se refiere a Trump. De cara a las elecciones presidenciales de noviembre, Trump y Biden aparecen prácticamente empatados.

Pero al Donald no solo le está pesando el haber tirado el mes de febrero por la borda. También le pesan algunas performances recientes. La última, harto comentada en todo el mundo, tuvo lugar el pasado jueves durante su famosa rueda de prensa diaria, cuando se preguntó en voz alta si, quizás, inyectar desinfectante en los pacientes con coronavirus puede curar la enfermedad. Momentos después Twitter se llenaba de científicos y médicos pidiendo a la ciudadanía ignorar las palabras del presidente.

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La gente aprovecha la apertura de la playa para hacer ejercicio en Jacksonville, Florida.. | Foto: Sam Thomas | Reuters.

Frente demócrata

Todo esto está ocurriendo al margen de Biden. Se sabe que el candidato progresista no está devorando el catálogo de Netflix; al parecer se levanta antes de las ocho de la mañana, dedica varias horas a estudiar los informes que le pasan sus asesores y después suele mantener reuniones virtuales con expertos. También se sabe que de vez en cuando interrumpe esa rutina para encontrarse –virtualmente– con donantes, votantes y periodistas que le quieren entrevistar.

Pero en líneas generales el antiguo vicepresidente de Barack Obama sigue apostando, a falta de mítines y de una tournée nacional para repartir besos y abrazos, por la discreción mientras deja que Trump se lleve todo el protagonismo.

De momento la apuesta va bien. Ahí están las encuestas comentadas unos párrafos más arriba. Pero es arriesgada. La clave, dicen algunos analistas, está en escoger bien cuándo salir de nuevo a la palestra para hacer campaña. Si se asoma demasiado pronto podría quemarse; al no decir nada del otro mundo el Donald le convertirá en su saco de boxeo (ya suele referirse a él como Sleepy Joe, que es su forma de llamarle empanao). Y si se asoma demasiado tarde Trump podría empezar a preguntar que dónde demonios ha estado durante todo este tiempo (Sleepy Joe, de nuevo). Porque no hay que olvidar dos cosas: el futuro es un país extraño y la pérdida de popularidad que está sufriendo Trump es relativa y, sobre todo, fácilmente reversible en una sociedad tan polarizada como la estadounidense.