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Elvira Navarro: “Tenemos que huir del elitismo de buscar a ese lector ideal”

Foto: Ruben Bastida | Literatura Random House

Encontrarse en una isla de Guadalquivir, ver que está llena de pájaros y pensar que para ahuyentarlos hay que llevar un montón de conejos a esa isleta o, que el fantasma de una madre abra una cuenta en Facebook y se ponga en contacto con su hija no son historias reales – o quizás sí- sino algunos de los relatos extraños que componen La isla de los conejos el nuevo libro de Elvira Navarro (Huelva, 1978), publicado por Literatura Random House.

El extrañamiento, la rareza extravagante y la animalidad son el hilo conductor de los relatos, una especie de realidad fantástica que habla de la otredad, de comprender el otro desde su silencio y, a la vez, desde lo inverosímil de su naturaleza. 

Esta colección de once relatos beben de referencias a Cortázar y a Kafka, y de las obsesiones maceradas por la autora en sus novelas anteriores. La imposibilidad de control es uno de los temas entrelíneas de este libro donde el paisaje es siempre irregular. 

Elvira Navarro: “Tenemos que huir del elitismo de buscar a ese lector ideal”

Nuevo libro de cuentos de Elvira Navarro, “La isla de los conejos” | Imagen: Literatura Random House

 

¿Por qué quisiste ahondar el tema fantástico y animal para escribir La isla de los conejos?

Con los animales no fue algo premeditado, de hecho, el primer relato que escribí fue Encía donde el protagonista tiene un problema en la encía y se pone a buscar obsesivamente información por Internet, y concluye que se está convirtiendo en insecto. Ese cuento lo escribí en 2013, si mal no recuerdo, y no te podría decir de dónde viene, no solo porque ha pasado mucho tiempo desde que lo escribí sino porque muchas veces la escritura es muy misteriosa en su inicio; incluso cuando ya lo escribes tampoco sabes por qué has escrito eso. Luego el relato que claramente tiene a los animales en primer plano es La isla de los conejos, que surge de una historia que me contó un amigo que se había dedicado a llevar conejos a una isla en el Guadalquivir y, obviamente, no pasó lo que yo cuento en el relato. Digamos que más allá de la animalidad, me interesa el extrañamiento encarnado en los animales. Cuando tenemos una relación cercana con un animal, quien tenga una relación estrecha con una mascota me entiende, es una relación muy extraña porque, a pesar de que estás todo el día con ese animal, no podemos penetrar. La empatía sucede, pero no por comprensión del animal y eso genera un extrañamiento y es eso lo que quizás lo que plasma la historia, el elemento extraño de los animales.

 

Comprender a los animales como otro y nuestra animalidad como otro. ¿Estos relatos son un desdoblamiento como autora a través los relatos?

Los animales están funcionando como espejo más que como desdoblamiento. Creo que tendemos a proyectar a la hora de comprender la realidad y eso incluiría también a los animales. Lo que hay es una proyección del humano hacia el animal y, en esa proyección, un proceso de identificación que es unidireccional, porque del animal nada sabemos. Es un proceso de identificación en el cual no recibimos ningún feedback.

 

¿Es una búsqueda de respuestas en los animales como otredad?

No tanto de buscar respuestas. A veces pienso que en La isla de los conejos y en ese otro relato que se llama Myotragus, quizá el elemento clave es que los animales son una suerte de emisarios de lo que no comprendemos o unos enviados de esas personas que se relacionan con esos animales que creen que son ellos mismos, incluso son su propio destino. Sí, diría que está ese elemento, esa encarnación de la fatalidad en los animales.

 

Al leer el ultimo relato  del libro titulado La adivina, uno de sus personajes me recordó a otro de tus personajes, el de tu novela La trabajadora. ¿Te nutriste de tus libros anteriores para escribir este o ya lo tenías definido?

Más que nutrirme de los libros anteriores, es que se comparte un territorio común. Por ejemplo, en el caso de La adivina, yo diría que ese territorio común, además de la protagonista también es el tema laboral, que es el grueso del relato donde se narra que la protagonista está trabajando en una editorial y ella cree que cobra una cosa y resulta que cobra otra. Es verdad que directamente la relacionaría con La trabajadora donde yo trataba la precariedad laboral, pero cuando lo escribo no tengo presente eso. Sí es un territorio por donde vas a ciegas, pero que no deja de ser tu propio territorio donde hay un montón de elementos que se repiten; muchas veces esos elementos te dan para una novela y a veces te dan para un texto de otra naturaleza.

 

Encariñarse con un tema…

No tanto encariñarse pero sí que forma parte de tus obsesiones, de tus demonios, o no tiene porque ser un demonio; son los temas sobre los que habitualmente vuelves o reflexionas.

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“La trabajadora” (2014) es una novela sobre la precariedad laboral | Imagen: Literatura Random House

 

¿Por qué elegiste como titulo del libro el del relato de los conejos, ¿es un cuento que sirve de metáfora y de crítica? ¿Querías reflejar algo de eso en el título del libro?

La verdad es que La isla de los conejos era el título que mejor me sonaba (risas). Me parecía el más sugerente porque inicialmente el libro se iba a titular La habitación de arriba pero yo pasé el manuscrito y me dijeron: “¿por qué no lo titulas La isla de los conejos que es un titulo mucho más potente?”. Cuando se piensa el título se necesita que sea abarcador y pensé que en sí mismo escondía un potencial mayor, que podía abarcar la totalidad de los relatos por el elemento de extrañamiento. Si leo este titulo me pongo alerta porque me parece extraño: un sitio solo habitado por los conejos, y si hay algo en común en todos los cuentos es que generan bastante extrañeza, así que era adecuado para el libro entero.

 

En el relato Estricnina me recordó la rareza de No se culpe a nadie de Cortázar. ¿Qué referencias llegaban a tu mente en el momento de escribir?

Ese cuento a mí no me resuena a Cortázar. El que me resuena todo el rato es Notas para una arquitectura del infierno sobre un joven que va persiguiendo todo el tiempo a un hermano; y me venía a la cabeza El Perseguidor donde Bruno, un critico musical persigue a Johnny, que es  saxofonista, con la intención de descubrir cómo diablos ese tipo consigue ser un genio. No es que yo fuera del todo consciente pero cuando lo escribía, la propia escritura me llevaba a esa obsesión por perseguir a alguien y descubrir qué diablos pasa con ese alguien.

 

En Estricnina, en La isla de los conejos y en casi todo el libro hay guiños o metáforas que pueden verse como crítica. No sé si lo estabas haciendo con esa intención al narrar.

En La isla de los conejos, en el protagonista hay una vocación de huida por un lado y de control por el otro, porque al sitio donde huye es inhabitable y que no puede controlar. Incontrolable de alguna manera porque está lleno de aves y luego compra los conejos para ver si acaban con esas aves, pero al final los conejos acaban comiéndose entre ellos, es decir, el personaje acaba pervirtiendo a los conejos y ahí hay una voluntad de control. Al mismo tiempo, para mí era una forma de mostrar la locura, porque él mismo empieza a sentirse como un conejo. En el personaje hay algo profundamente trastornado y morboso en la contemplación de su obra, porque le horroriza pero se queda quieto y parece un animal también, un conejo, y ha inaugurado un nuevo hito en la especie, al obligar a los conejos a ser seres que se devoran unos a otros. Esto puede ser metáfora de muchas cosas pero aplicado al cuento puede ser muy abierto; para mi es una metáfora del horror que somos capaces de generar cuando queremos controlar las cosas.

 

El libro tiene más metáforas para criticar la sociedad…

Sí, hay una crítica al control y en La habitación de arriba hay una critica a la desposesión, no solamente material porque el personaje es una chica que trabaja de sol a sol en un hotel, que tiene unos días terribles de libranza, que además vive en el propio hotel y que de repente, en sus propios sueños, empieza a ser desposeída y empieza a soñar los sueños de los demás.

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“La ciudad en invierno”, la primera novela de Elvira Navarro | Imagen: Caballo de Troya

Comentas de cuentos con cierres abiertos y yo pienso en los lectores. ¿Cuándo te sientas a escribir piensas en la mirada del lector?

Yo no pienso nunca en el lector, si por tal cosa entendemos que hay un lector estándar. Yo creo que no hay un lector estándar sino que hay muchos tipos de lectores, entonces si yo me pusiera a ello sería como una especie de fantasmagoría. Yo tengo un lector ideal, pero claro, soy yo (risas). Muchas veces cuando he terminado algo pienso en personas concretas, en si le gustará lo que he hecho o no, personas cuyo criterio estimo. Aunque finalmente yo cada vez estoy más clara que tenemos que huir del elitismo de buscar a ese lector ideal, ya no solo al lector ideal que cada uno tenemos, porque no tiene la última palabra sobre lo que hemos escrito. Un libro llega a mucha gente de maneras muy distintas, un libro le puede gustar o no a la gente por razones infinitamente diversas. En fin, inevitablemente uno tiene un lector ideal, pero coincide con uno mismo y pensar en otro lector, creo que es perder el tiempo.

 

¿Cómo te enfrentas a las lecturas de un lector que es totalmente distinta a la que tú tienes? ¿Integras esas lecturas externas a tus narraciones?

Escribir en mi caso, es algo que no es nada planificado, por más que yo intente integrar algo que yo diga “ah, mira qué interesante”; o relatos que escucho y digo “oh, esta historia se merece una novela”, pero sé que no la voy a escribir yo. No porque te den un feedback o una historia te sorprenda significa que vas a escribir, porque lo que me lleva a mi a escribir es una pulsión de escritura misteriosa y un poco incontrolable. A veces me empeño en escribir algo que no me ha salido de las entrañas y fracaso. Ninguno de estos cuentos han sido planificados, han surgido de la necesidad.

 

Más que necesidad, ¿no sería autenticidad?

Sí, esa necesidad sí tiene que ver con la autenticidad propia, no sé cómo decirte. Cuando tú escribes, estás encontrando la mejor forma de decir algo que no se puede decir de otra manera y, al mismo tiempo, vas descubriendo qué decir conforme lo escribes. Es un proceso muy extraño porque tienes una intuición de lo que quieres decir, pero, hasta que no logras decirlo del todo, no lo descubres y este es un proceso totalmente personal o por lo menos es mi experiencia.

 

Eres una de las promesas entre las escritoras jóvenes en España. ¿Sientes un peso con ese tipo de etiquetas?

Yo sentí mucha presión con mi primer libro La ciudad en invierno porque recibió muy buenas críticas y yo era muy jovencita, y estaba más preocupada por gustar, por cumplir expectativas ajenas. Ahora me gusta hacer lo que a mí me da la gana, básicamente. Entonces, no, realmente no siento un peso con las expectativas ajenas, si acaso tengo una gran responsabilidad con lo que yo quiero.

 

***

Elvira Navarro escribe desde una habitación propia que no es un lugar físico sino su fidelidad a ella misma y La isla de los conejos es su constatación. Este título, además, se convierte en tributo y es parte del gran legado que Claudio López Lamadrid dejó como editor de Literatura Random House.

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