En defensa de las mujeres histéricas
Foto: 'El baile de las locas'| Amazon Prime Video

Cultura

En defensa de las mujeres histéricas

El Festival de Toronto estrena la película de Mélanie Laurent 'El baile de las locas', ambientada en los orígenes de la neurología en el París del siglo XIX

por Begoña Donat

Cuando la filóloga francesa Victoria Mas visitó por primera vez la Salpétriére para documentar su primera novela, El baile de las locas (Salamandra, 2021), el complejo hospitalario ubicado en el XIII Distrito de París le provocó una reacción física de inquietud. Las instalaciones le resultaron severas, como si sus piedras y cimientos albergaran las penurias de las desdichadas que durante dos centurias fueron recluidas entre sus muros. Durante el siglo XVIII, el antiguo edificio se convirtió en el mayor hospicio en Europa para las mujeres pobres, vagabundas y prostitutas.

Allí fue donde falleció Diana de Gales el 31 de agosto de 1997, y donde el 4 de septiembre de 1792, se asesinó a 34 internas durante las ejecuciones en masa perpetradas durante la Revolución Francesa. Es un enclave histórico, macerado en infortunios.

La autora debutante ambienta la trama de su libro en el siglo XIX, periodo en el que el prestigioso profesor Jean-Martin Charcot (1825-1893) se erigió en padre de la neurología moderna a partir de la experimentación llevada a cabo con las pacientes a quienes se les había diagnosticado histeria, egolatría, epilepsia y otros tipos de enfermedades mentales.  

«Este hospital de mujeres representaba para los parisinos una ciudad dentro de la ciudad, era un lugar aislado, que evocaba miseria, enfermedad y muerte. Casi 4.000 pacientes estaban repartidas a lo largo de 27 hectáreas de terreno. 4.000 mujeres a cargo del Estado entre ancianas, alcohólicas, discapacitadas y enfermas crónicas… 4000 mujeres hacinadas en, a menudo, destartalados edificios. Algunas de ellas fueron excluidas aún más: las locas, que se separaron en dos grupos, locas y nerviosas. Las primeras eran aquellas por las que se consideró que no se podía hacer nada, encerradas sin esperanza de salir», detalla la historiadora Aude Fauvel.

Como quien visita el zoo

La novela ha sido adaptado por la actriz y directora Mélanie Laurent en una película homónima que llega a la plataforma Amazon hoy, 17 de septiembre. El título del libro y el largometraje hace referencia a un baile anual para la burguesía que el doctor Charcot organizaba en el hospital para exhibir a sus objetos de estudio. Era una cita largamente acariciada por las internas, que anhelaban conocer a algún caballero esa noche que las liberara de su encierro. Para sus improbables rescatadores, el aliciente era verlas convulsionar.

«Cuando me documenté fue difícil dilucidar lo que ocurría en aquella gala, porque había dos fuentes de información contrapuestas. Por un lado tengo el testimonio de un periodista que aseguraba que era el mayor evento del año y que los asistentes se habían sentido defraudados porque las presuntamente locas tenían un aspecto normal. Por otro lado, se afirmaba lo contrario, que era un espectáculo patético cuyos organizadores no eran honestos en su propósito», contrasta Laurent.

La concurrencia al baile de las locas acudía como si se tratara de una visita al circo o al zoológico, con la expectativa de vislumbrar a seres exóticos que les sorprendieran y regocijaran con arrebatos físicos y vocales. Para plasmar aquella atmósfera sombría, la realizadora, conocida del gran público por su papel en Malditos bastardos (Quentin Tarantino, 2009), ha retratado de manera conmovedora a las pacientes, en sus peculiaridades propias y solidaridades mutuas, de modo que cuando se celebra la velada, «el espectador no las ve ridículas, sino hermosas. Los patéticos son los asistentes». 

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Mélanie Laurent en la filmación. | Foto: Jean-Louis Fernandez vía Amazon Prime Studios.

En la vida real, las mujeres ingresadas, no solo eran atracciones en el baile anual, sino que el resto del año eran «exhibidas como monstruos de feria frente a extraños durante las lecciones impartidas por Charcot, fotografiadas a cara descubierta y, a veces, desnudas, sin consentimiento», detalla Fauvel, quien es catedrática e investigadora en la Universidad de Lausanne

Según ha averiguado, la mejora de las internas era atribuida por ellas mismas, no a la terapia médica, sino a la sororidad y al cuidado de una enfermera llamada Marguerite Bottard.

A Laurent, que se ha reservado un papel inspirado en aquella enfermera, le costó largo tiempo decidir cómo enfocar la trama. Inicialmente, su idea era modernizarla y revolucionar el género de drama histórico, pero cuando ahondó en los archivos del hospital, opto por reconstruir, no manipular lo sucedido.

Como han destacado los programadores del Festival de Toronto, donde se ha estrenado la película, El baile de las locas, «es un retrato punzante pero sensible de mujeres inmersas en un sistema médico que las malinterpreta y las teme». Aunque el escenario es la Francia de finales del siglo XIX y el nacimiento de la psiquiatría, la trama resuena en nuestra contemporaneidad.

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Foto: Jean-Louis Fernandez vía Amazon Prime Studios.

«Esta película no requería ninguna modernidad artificial. El tema es contemporáneo. Los hombres todavía apartan lo que no comprenden, lo que les choca, lo que les desagrada. Las mujeres locas de la Salpêtrière eran, simplemente, las madres de las que hoy se rechazan. Y por eso hemos de traerlas de vuelta», clama Laurent.

Curiosamente, en esa recreación no vivió la misma experiencia sensorial que Victoria Mas. Al contrario que la escritora, en su visita a la Salpétriére no anhelaba una energía pasada ni la huella del sufrimiento allí vivido, sino que diera bien en cámara. Esa atmósfera la asaltó en cambio en Rochefort, la ciudad portuaria donde se ha rodado la mayor parte de la película, pues localizaron en un antiguo hospital donde dos siglos atrás se encerraba a mujeres que llevaba en barco para ejercer allí la prostitución. 

«Al llegar allí, me sentí muy intimidada. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, porque los muros me contaban cosas y di con rincones muy inquietantes y estremecedores, ligados a mujeres encerradas también contra su voluntad», detalla la directora. 

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Foto: Jean-Louis Fernandez vía Amazon Prime Studios.

Hipnosis, compresión ovárica y baños en hielo

En El baile de las locas se muestran las investigaciones y los tratamientos a los que se sometía a las internas. Desde hipnosis hasta baños en hielo y compresión de ovarios, administración de duchas de agua fría con chorros potentes y aplicación de electricidad en áreas sensibles., todo en nombre de la ciencia, pero con absoluta indiferencia y displicencia en el trato a las mujeres que eran objeto de sus estudios.

«Charcot no era un médico que mostrara mucho desprecio por sus pacientes, ni mucho menos. Apeló a la élite precisamente porque insistió en que se podían entender los trastornos mentales. Quería acabar con el pesimismo y con la superstición terapéuticos. Creía que la locura podía estudiarse, controlarse y tratarse. Era hora de dejar de estigmatizar a los pacientes con trastornos nerviosos, en particular las histéricas», argumenta Fauvel.

La especialista, no obstante, matiza al exponer que este acercamiento epistemológico era de tipo unilateral, centrado en la visión masculina. En concreto, el del círculo de Charcot y la cohorte de hombres poderosos que jaleaban sus experimentos para controlar la locura. 

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Foto: Jean-Louis Fernandez vía Amazon Prime Studios.

«Durante un ataque, estas mujeres resultaban, probablemente, bastante inquietantes: sus cuerpos se sacudían y se retorcían en todas direcciones, tensados, encabritados. Sin embargo, no había nada misterioso en esto, ni nada típicamente femenino. Todo estaba relacionado con los nervios y el cerebro, como lo demuestra el hecho de que los hombres también pueden verse afectados por la histeria», aclara la historiadora, quien revela la existencia de testimonios de la época donde se explicita que contrariamente a la versión de Charcot, según la cual sólo trataba a mujeres con enfermedades nerviosas, también aplicó sus ensayos científicos a «mujeres simples, a menudo ancianas, cuyas familias ya no querían cuidar de ellas, o víctimas de abusos o violaciones antes de rebelarse de una manera histérica».

En su mayoría eran mujeres de la clase obrera, pero también las había de la alta burguesía, como la protagonista de la novela y la película, a la que su padre encierra por su naturaleza rebelde y su interés en el espiritismo. Llamar la atención, definitiva, podía ser un pasaporte al manicomio.

«Los corsés pueden estar pasados de moda, pero en Francia y en otros lugares, incluso si la medicina se ha feminizado en gran medida, la jefatura de departamentos y de hospitales siguen siendo predominantemente masculina. Un mundo de hombres de blanco que observan a las mujeres. Sin embargo, la película de Mélanie Laurent invierte esta perspectiva. Aquí son las mujeres quienes observan a los hombres, revelando así los efectos nocivos del paternalismo y de la condescendencia médica», valora Fauvel.

Begoña Donat

Periodista freelance y especialista en la comunicación integral de organizaciones culturales.