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Enrique Llamas: “La capacidad para la fantasía de Ana María Matute no la ha tenido ni siquiera Tolkien”

Foto: Manuel Cuéllar

“Nadie supo nunca que aquella primera noche la tumba de Arcadio Cuervo quedó mal cerrada. Y nadie, ni siquiera sus hijas, supo que siempre habría de estarlo”. Esta puede parecer una frase sacada de una novela del novelista colombiano Gabriel García Márquez. Pero no, son las primeras líneas de Los Caín, el debut en la novela del periodista Enrique Llamas (Zamora, 1989). En él, el escritor hace un viaje en el tiempo y se traslada a los años 70 y se sitúa en un pueblo de Castilla para construir una historia sobre la maldad del ser humano. Una niña ahogada 20 años atrás, un accidente, una epidemia que acaba con la manada de los ciervos de la zona y silencio. Mucho silencio. Los Caín mezcla realidad y ficción sin previo aviso para poner en pie una novela negra con una prosa que se aleja de la hoy denominada ‘prosa cipotuda’ para adentrarse en un entorno rural y complicado.

En este sentido, se puede observar una vuelta a lo rural en la literatura. La España vacía, de Sergio del Molino e Intemperie, de Jesús Carrasco, son tan solo dos de los ejemplos de dicha recuperación. “Creo que es una respuesta al auge de la conectividad tan exagerada que tenemos hoy en día debido a las nuevas tecnologías, que nos aíslan de la realidad”, opina Enrique Llamas.

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Imagen de Los Caín vía Alianza de Novelas.

Los Caín es tu primera novela… ¿de dónde surge la necesidad escribir este relato?

La necesidad surge de una cierta rabia cuando la gente trata de justificar determinados comportamientos. Surge del convencimiento –que no todo el mundo tiene– de que la maldad existe y que hay gente que es mala porque disfruta siéndolo. Existe, por supuesto, la ambigüedad moral y la gente que es mala porque ha tenido problemas, pero también está la maldad por la maldad, la capacidad del ser humano para hacer daño a su propia raza, a sí mismos. Cuando, en el verano de 2010, los ciervos que habitaban la Sierra de la Culebra, en Zamora, empezaron a morir yo me imaginé una historia que justificaba estas muertes. Con el tiempo enhebré esta causa inventada con la maldad del ser humano: ahí nació ‘Los Caín’.

Está ambientada en los años 70 en un pueblo pequeño en el que ocurren diversos sucesos. ¿Siempre tuviste claro el lugar y la época en la que iba a suceder?

El lugar estaba más que claro. Crecí leyendo a Delibes, que escribía sobre el entorno más próximo a mi infancia, aquel del que vienen mis abuelos. La historia de los ciervos encajaba perfectamente en ese lugar y es la España de la que más puedo hablar, también porque ahora, viviendo en Madrid, la veo desde la distancia. En cuanto a la ambientación histórica: empecé situándola en nuestros días, el verdadero drama era que el protagonista se quedaba sin cobertura. Sin embargo me di cuenta de que determinados hechos sólo se justificaban trasladando la historia al pasado, por ejemplo, un mayor aislamiento o el miedo que los vecinos tienen a la Guardia Civil. También esa distancia respecto al tiempo me ayudó a escribir la novela y creo que al lector a entenderla.

¿Cómo te has documentado para poner en pie la novela?

Podría haber incluido hechos históricos evidentes y concretos: el asesinato de Carrero Blanco o el de Salvador Puig Antich… sin embargo, opté por una ambientación más sensorial. Es decir, determinadas marcas de colonia o tabaco, programas de radio, coches o expresiones. Creo que todos estos detalles ayudan al lector a trasladarse al pasado de forma más efectiva y me permiten no establecer un año en claro en el que tienen lugar los hechos, con lo cual también se da más libertad a la hora de leer. No digo qué año es, aunque ese año a la hora de la escritura lo tuve muy presente para que todos los detalles encajaran.

 

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“Los Caín es una especie de revancha”. | Fotografía: Pablo A. Mendivil.

El título bebe de Los Abel de Ana María Matute y está ambientado, al igual que la primera novela publicada de la autora, en las postrimerías de la contienda civil. ¿Cuál es la influencia que ha ejercido Ana María Matute en tu historia?

Ana María Matute se pasó su vida diciendo que seguía siendo una niña y creo que no había nada más lejos de la realidad. Era una mujer que sufrió mucho, pero que tenía un amor tremendo a la infancia y una capacidad para la fantasía que no ha tenido ni siquiera Tolkien. Repito, y creo que no me equivoco: ni siquiera Tolkien. Ana María Matute estaba tremendamente dolida por la pérdida de la inocencia y siempre contaba que la primera gran desilusión de esta vida es cuando se deja de creer en los Reyes Magos. Ese dolor por la pérdida de la inocencia lo aprendí de ella, una escritora que, por otro lado, retrató el mal como nadie, precisamente por ser buena persona y por haber sufrido esa maldad.

Es una novela negra en la que lo rural cobra mucho protagonismo. Parece que últimamente está en boga con novelas como Intemperie de Jesús Carrasco. ¿A qué crees que se debe esta vuelta a lo rural?

Creo que es una respuesta al auge de la conectividad tan exagerada que tenemos hoy en día debido a las nuevas tecnologías, que nos aíslan de la realidad. No hay nada más real que el campo o que una pequeña comunidad de vecinos. En un lugar pequeño a todos se nos caen las máscaras, porque sabemos cómo son las casas de los demás. Yo, personalmente, lo siento como una deuda porque hemos despreciado a esa España agrícola y ganadera que, ni más ni menos, nos da de comer. Esto lo cuenta muy bien Sergio del Molino en La España Vacía. Los Caín es una especie de revancha, también, porque siempre se ha visto a la persona que vive en el pueblo como el paleto y yo quería que en mi novela el paleto hubiera nacido en el barrio de Salamanca.

También hay muchos títulos de novela negra y muchos grandes autores que siguen cultivando este género. ¿Por qué te decidiste por este tipo de relato para tu primera novela?

Muchos, y jóvenes, por ejemplo Luis Roso o Paco Bescós, por seguir en lo rural campesino, o “country noir”, como se dice ahora. El género negro, para mí, no es más que una lombriz en el anzuelo, la flor en la vía para llevarme al lector al tema del que yo quiero hablar: la maldad. Utilizo una serie de sucesos (mezclo lo real con lo inventado y no lo distingo) para trasladarle a un tema mucho más espinoso y que subyace de fondo, que no es otro sino el cainismo. La novela negra es un disfraz, un disfraz bueno, como cuando se le camuflan al niño las verduras en un puré para que se las coma.

¿Cuáles son tus principales referencias e influencias literarias?

Carme Riera, que es una novelista excepcional, dice siempre que nunca pasa nada importante después de que se hayan cumplido los 10 años… así que ateniéndome a esta sentencia, que es bastante acertada, tengo que decir que los que más me han influido son aquellos autores que poblaban las estanterías de mi casa cuando era niño. Por supuesto, y por delante de todos, Miguel Delibes. Y con él Carmen Laforet, Cela, los Aldecoa… y ya siendo adolescente, que es una época en la que es fácil sentir fascinación, Martín Gaite y Ana María Matute. El cine de Isabel Coixet, tan intimista, creo que también está presente. Pero al final las influencias, como las enfermedades, uno a veces las coge sin saber cómo…

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