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¿Hemos regresado a 1930? Cinco ensayos para (intentar) comprender la ola nacionalpopulista de nuestro tiempo

Foto: Miembros de la Solidarité française (SF) marchan en 1934 | Bibliothèque de documentation internationale contemporaine vía L'Histoire par l'image

Lea con atención los tres párrafos que siguen porque después toca responder a una pregunta.

François de La Rocque fue un coronel francés que combatió en la Primera Guerra Mundial, que sobrevivió para contarlo y que años más tarde se valió de sus cicatrices para hacerse con el control de una pequeña asociación de veteranos de guerra llamada Croix de Feu. Con La Rocque al mando la Croix de Feu evolucionó hasta convertirse en un movimiento político que, temiendo la llegada del bolchevismo, cargaba una y otra vez contra la debilidad del establishment francés y abogaba, en fin, por la implantación de un Estado autoritario. Pero el coronel La Rocque no se quedó en las palabras; además de pronunciar discursos incendiarios contra el poder establecido decidió crear una fuerza paramilitar conocida como Dispos que en teoría fue entrenada para repeler una posible insurrección comunista pero que en la práctica se dedicó a protagonizar desfiles de corte marcial bastante intimidatorios. No obstante, pese a su talante belicoso la Croix de Feu consiguió atraer a decenas de miles de franceses que, hartos de todo, vieron en el prestigioso coronel un líder al que merecía la pena seguir.

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El Coronel La Rocque. Agence de presse Meurisse | Bibliothèque nationale de France vía Wikipedia.

Semejante poder de seducción tuvo consecuencias. A pesar de que La Rocque había rechazado el antisemitismo característico de otras organizaciones ultraderechistas galas y compartía con los conservadores moderados su animadversión hacia una Alemania que ya se había puesto a las órdenes de Hitler, el gobierno francés concluyó que más valía prevenir que curar y decidió ilegalizar la Croix de Feu en 1936. Los gobernantes justificaron esta decisión alegando, entre otras cosas, la simpatía declarada que La Rocque sentía por Benito Mussolini y el antisemitismo descarado de algunas facciones dentro de la organización. Pero el coronel no se dio por vencido y respondió a la disolución de su asociación de veteranos fundando un partido político en condiciones: el Parti Social Française (PSF).

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Emblema de la Croix-de-Feu. | Imagen vía Wikipedia.

Lo primero que hizo el PSF fue dejar de lado los elementos más polémicos de la Croix de Feu –los desfiles paramilitares– y adoptar un discurso más templado. Funcionó. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial el nuevo partido de La Rocque se había convertido en el más grande de Francia. Unas semanas después de cancelarse las elecciones parlamentarias de 1940 por culpa de la guerra, las tropas alemanas invadieron París. Muchos franceses esperaron a ver qué decía o hacía La Rocque. El coronel decidió apoyar la postura del mariscal Pétain y abogó por mantener, desde el régimen colaboracionista de Vichy, una buena relación con Hitler. Sin embargo, en 1942 cambió de opinión y empezó a colaborar con los servicios de inteligencia británicos e, indirectamente, con los Franceses Libres del general Charles de Gaulle. Un año después, en 1943, fue arrestado por la Gestapo y trasladado a una cárcel en Austria. Sobrevivió a su cautiverio pero murió poco después de su liberación, el 8 de mayo de 1945, por culpa de una enfermedad.

Bien. La pregunta es la siguiente: ¿fue François de La Rocque un fascista?

Esta pregunta no la hago yo. Mejor dicho: no la hago sólo yo. Es una cuestión sobre la que siguen meditando, todavía hoy, los académicos que estudian los totalitarismos y más concretamente el fascismo. Hay quien opina que, por supuesto, François de La Rocque fue un fascista. Afrancesado, vale, pero fascista a fin de cuentas; las formas paramilitares adoptadas por la Croix de Feu, un anticomunismo rabioso, su simpatía por Mussolini y los guiños a Hitler una vez comenzada la Segunda Guerra Mundial no dejarían lugar a dudas. Pero hay quien opina, sin embargo, que La Rocque fue un militar autoritario que adoptó algunos elementos del fascismo sin llegar a convertirse en uno; así lo demostraría su rechazo del antisemitismo, por ejemplo, o su colaboración con los espías británicos para intentar liberar a Francia del nazismo. Los expertos que optan por esta segunda explicación son los mismos que consideran que uno debe tener cuidado a la hora de colgarle la etiqueta de “fascista” a cualquiera que demuestre querencia por el autoritarismo de derechas o, directamente, por el autoritarismo a secas. Estos historiadores sostienen que la brocha gorda puede resultar muy útil a la hora de ganar batallas retóricas pero no siempre ayuda al análisis de procesos históricos complejos.

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El General Antonescu con Adolf Hitler en 1941. | Imagen vía Wikipedia bajo Licencia CC 3.0.

Otro ejemplo: el general rumano Ion Antonescu. Cuando logró hacerse con el poder, en 1940, intentó seducir al movimiento fascista conocido como la Legión del Arcángel Miguel permitiendo que fuese el único partido político de Rumanía. Algo parecido a lo que Franco hizo con La Falange. Sin embargo, a Ion Antonescu no le salió bien la jugada. Lejos de tranquilizarse, el líder de los fascistas rumanos, Horia Sima, aprovechó la concesión para crear una policía propia con la que se dedicó al acoso de la comunidad judía y a la confiscación de sus bienes. Cuando sus acciones comenzaron a repercutir en la economía de Rumanía el general Antonescu pidió permiso a Hitler para recortar los poderes de Sima. Hitler dio su visto bueno y entonces Antonescu decidió que para qué recortar nada pudiendo borrar directamente a la Legión del Arcángel Miguel del mapa. Dicho y hecho. Sin Horia Sima molestando el general pudo, al fin, gestionar sin estorbos la dictadura militar que había implantado.

De nuevo, la pregunta: ¿era Ion Antonescu fascista?

Los casos de Ion Antonescu y de François de La Rocque son interesantes porque la discusión que todavía existe en torno a sus figuras ha entrado a formar parte del gran debate surgido a raíz del auge del nacionalpopulismo en los últimos años. Hoy la pregunta que se hacen muchos es sencilla: ¿qué tenemos delante? La respuesta ya es más complicada. ¿Acaso la crisis económica y la consiguiente crisis del establishment político nos han devuelto al periodo de entreguerras? ¿Puede que tras décadas instalados en la intrascendencia, colgándole el adjetivo “fascista” al primero que pasaba mientras obviábamos toda una serie de problemas, hayamos despertado a la bestia? Pero, claro, por otra parte… ¿qué bestia? ¿Qué tienen en común Vox y el partido húngaro Jobbik? ¿O el Partido de la Libertad holandés y los griegos de Amanecer Dorado? ¿Donald Trump y Benito Mussolini? ¿Todo? ¿Algo? ¿Nada?

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Matteo Salvini y Viktor Orban en una conferencia conjunta acerca de las Elecciones Europeas sostenida en Budapest el 02 de mayo. | Foto: Bernardett Szabo | Reuters.

Hace unos días el semanario The Economist dedicó un artículo a las elecciones europeas que se celebrarán a finales de mayo. El texto señala que en el nuevo escenario político, donde los viejos sistemas bipartidistas no hacen más que perder fuelle, la clave para saber hacia dónde nos dirigimos está en la periferia de las grandes ciudades. “Son los crisoles donde el internacionalismo pro-Europeo de los centros urbanos se mezcla con el escepticismo del mundo rural, donde la fascinación por lo nuevo se encuentra con el amor por lo tradicional”. Sin embargo, a la hora de adjetivar a los euroescépticos que va citando en la pieza –Vox, Frente Nacional, Lega Nord, Partido de los Finlandeses– el autor o autora se limita a utilizar “extrema derecha”, “populismo de derechas” y “nacionalistas”. Asimismo, la afamada periodista Anne Applebaum firmó el pasado 2 de mayo un extenso reportaje en el Washington Post analizando la irrupción de Vox en el panorama político español. La pieza de Applebaum, que lejos de ser una tertuliana de sobremesa tiene un Pulitzer por su investigación sobre los gulags soviéticos y es una experta en la deriva ultranacionalista de Europa del Este, consta de 5.500 palabras. El término “fascistas” sólo aparece una vez, y entrecomillado; hace referencia a cómo se refirieron a los simpatizantes de Vox los manifestantes que intentaron impedir el acto de Santiago Abascal en Barcelona el 30 de marzo.

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El líder de VOX, Santiago Abascal, ante el anuncio de los resultados de las Elecciones Generales de España. | Foto: Jon Nazca | Reuters.

Habrá quien acuse a los historiadores que no compran la definición de “fascistas” para Ion Antonescu y François de La Rocque de querer blanquear el pasado, y a los editores del semanario The Economist o la periodista Anne Applebaum de querer blanquear el presente. Sin embargo, es probable que la razón de su prudencia a la hora de ir etiquetando al personal sea otra.

Los politólogos británicos Roger Eatwell y Matthew Goodwin, expertos en analizar el componente populista y su relación con el fascismo, han advertido contra la reducción al absurdo de los movimientos políticos situados a la derecha de la derecha tradicional. Sí, la tentación es grande, pero jugar con los estereotipos ha dejado de salir gratis. En primer lugar, cada vez son menos útiles en el plano retórico porque su capacidad de demonización del otro es cada vez menor. Pero es que, además, son contraproducentes; un estereotipo mal usado lo que consigue cada vez con mayor frecuencia es desacreditar al que lo lanza ante un público neutral que concluye que quien lo utiliza está propagando un diagnóstico de la realidad que no siempre es acertado. O, por lo menos, no tan simple.

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La policía remueve a un hombre que protestaba en un mitin de VOX. En su pecho se puede leer: “No es patriotismo. Es Fascismo”. | Foto: Juan Medina. | Reuters.

En otras palabras: aunque según las valoraciones que pueden leerse en Twitter medio universo es un Mussolini en potencia y aunque el discurso político, adaptado al show business, no escatime a la hora de regalar adjetivos al oponente, la nueva ola de nacionalpopulismo europeo merece un análisis en perspectiva atendiendo a su contexto inmediato y a los mil matices que diferencian unas iniciativas de otras. Sólo así, dicen los expertos, se podrá entender el fenómeno.

Esta es una conclusión a la que también parecen haber llegado un puñado de editoriales españolas. Capitán Swing, Blackie Books, Península y Paidós, entre otras, han decidido actualizar su catálogo con ensayos muy pertinentes. Como por ejemplo…

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Imagen vía Capitán Swing

Anatomía del fascismo (Capitán Swing)

Robert O. Paxton lleva toda una vida –nació en 1932– dedicado al estudio de la historia social y política de la Europa moderna. Especializado en la Francia de Vichy, este académico formado en Oxford y Harvard sostiene que el fascismo es uno de los fenómenos políticos más complejos que se han dado en el mundo. “Durante muchos años –explica en el prólogo– di un curso en la universidad sobre el fascismo, unas veces como un seminario para graduados, otras como un seminario para estudiantes de carrera. Cuanto más leía sobre el fascismo y más lo analizaba  con los estudiantes, más perplejo me sentía. Si bien una gran cantidad de brillantes monografías abordaban esclarecedoramente aspectos determinados de la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler y regímenes semejantes, los libros sobre el fascismo como fenómeno genérico solían parecerme, en comparación con las monografías, abstractos, estereotipados e insulsos”.

Precisamente debido a la complejidad del fenómeno, Paxton decide ir paso por paso. Primero analiza los antecedentes inmediatos y el surgimiento de los primeros movimientos fascistas: el quién, el por qué y el cuándo. Después estudia por qué unos fascismos –el italiano y el alemán– consiguieron prosperar mientras que otros –el francés, el belga o el británico– se quedaron en agua de borrajas. Posteriormente explora la llegada de Hitler y Mussolini al poder intentando separar el grano –los hechos– de la paja –los mitos– antes de pasar a un análisis pormenorizado de cómo ejercieron el poder. Paxton va regalando conclusiones muy interesantes a lo largo de las casi 400 páginas que tiene el libro. Considera, por ejemplo, que la llegada al poder del fascismo no fue inevitable. También matiza ese mantra que dice que el gran capital se alineó con ambos caudillos desde el principio. Y desmenuza algo de gran interés: la sagacidad de Mussolini y sobre todo de Hitler a la hora de negociar con unos políticos conservadores que les infravaloraron por completo. Un ensayo monumental.

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Imagen vía Península.

Nacionalpopulismo (Península)

Cien millones. Esas son, más o menos, las personas que han votado por opciones populistas de derechas –nacionalpopulistas– en los últimos cuatro años si se suman los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, del referéndum del Brexit y de los últimos comicios celebrados en Francia, Alemania, Italia y España. Si a estas citas electorales se suman las elecciones rusas o las que en Brasil han elevado a Jair Bolsonaro al poder, la cifra de ciudadanos que ha decidido dar la espalda a la democracia liberal aumenta todavía más. No son pocos los intelectuales que han tratado de encontrar una respuesta a esta deriva y Roger Eatwell y Matthew Goodwin, los dos politólogos británicos que han firmado este ensayo, han querido poner su granito de arena con un libro cargado de datos y, sobre todo, de empatía para con el votante de Trump, Orbán, Le Pen o Santiago Abascal. Su ensayo no sólo te explica por qué el Brexit ganó el referéndum sino que hace que te preguntes cómo es que no obtuvo todavía más votos. Como era de esperar, la reseña del diario progresista The Guardian no fue demasiado amable.

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Imagen vía Capitán Swing.

La mente reaccionaria (Capitán Swing)

La versión original de este ensayo se remonta al año 2011. Entonces Corey Robin, el teórico político que lo escribió, escogió el siguiente subtítulo: “El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Sarah Palin”. En aquel polémico libro Robin argumentaba que los aspectos más extremos de las posiciones conservadoras –por ejemplo: el racismo– no son ninguna excentricidad fruto de una ‘nación redneck’ desesperada ante el peso de una demografía adversa. Son –explicaba– todo lo contrario: aspectos constitutivos del conservadurismo desde los tiempos de la Revolución Francesa. Hay que decir que, pese a la polémica suscitada, el libro fue envejeciendo bastante bien. Sin embargo, tras la victoria de Donald Trump en las elecciones de 2016 el académico decidió que no estaría mal darle una vuelta.

La edición revisada será publicada próximamente en castellano con el siguiente subtítulo: “El conservadurismo desde Edmund Burke hasta Donald Trump”. Aunque esta nueva edición no incluye cambios sustanciales en sus planteamientos originales –Robin se mantiene en sus trece– sí hay una serie de añadidos que merecen la pena. A saber: se presta mucha más atención a las posiciones económicas del conservadurismo y además ofrece un fragmento espléndido sobre el ascenso de Trump al poder. Cedo la palabra al propio Robin: “El propósito de esta segunda edición no es hacer predicciones sobre el futuro o emitir una evaluación de Trump a partir de unos pocos meses de presidencia. No soy un politólogo empírico, sino un teórico político que trabaja con textos e ideas y cuyo método es la lectura atenta y el análisis histórico. Mi objetivo en esta nueva edición es situar el ascenso y gobierno de Trump en el amplio arco de la tradición conservadora, constituido en términos generales por las ideas que han sido llevadas a la práctica. Para entender el ascenso de Trump debemos prestar atención a lo que ha dicho –cómo habla al pueblo estadounidense– y para entender su gobierno debemos prestar atención a lo que ha hecho”.

En resumidas cuentas: Trump no es algo nuevo, ni su elección debería haber sorprendido tanto como lo hizo, pero sí trae consigo varias novedades. Tal y como han observado otros expertos, esta parte del ensayo es uno de los análisis más astutos que se han escrito hasta la fecha sobre eso que llaman Trumpismo.

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Imagen vía Paidos.

Fascismo. Una advertencia (Paidós)

Alguien podría pensar que estamos ante el típico libro de una figura pública –una figura política– que aprovecha la fama que tuvo en su momento para conseguir un contrato literario y dárselas de intelectual. No es el caso. Madeleine Albright, que fue la primera mujer en ocupar la Secretaría de Estado en Washington, creció en la Checoslovaquia ocupada por los nazis, tomó contacto muy pronto con el mundo de la diplomacia (su padre fue nombrado embajador checo en Belgrado al terminar la Segunda Guerra Mundial) y tuvo que exiliarse a Estados Unidos tras la toma de poder del Partido Comunista. En otras palabras: Albright ha experimentado el totalitarismo –dos de ellos– en sus propias carnes. Esto por sí solo tampoco convierte a nadie en autoridad de nada, pero aliñado con una buena preparación académica y una fructífera carrera en política internacional puede resultar en unas cuantas reflexiones interesantes.

El objetivo de este ensayo, según explicó la propia autora en varios foros, no es advertir contra lo que está pasando sino contra lo que puede llegar a pasar. Porque –asegura– lleva ya un tiempo observando señales que le traen pésimos recuerdos. Con todo, el libro flojea en algunas partes. Cae en el error contra el que advierte Robert O. Paxton al dar por hecho que cualquier líder autoritario es un fascista potencial –esto explicaría el capítulo dedicado a la Venezuela chavista– y la forma que tiene de vincular el pasado con el presente no siempre resulta convincente. Ahora bien: el haber pasado años reuniéndose con todo tipo de actores relevantes en la esfera internacional deja un poso que otros libros más académicos no tienen.

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Imagen vía Blackie Books.

Facha (Blackie Books)

En 1919 tuvo lugar un episodio curioso. Resulta que al terminar la Primera Guerra Mundial las tropas francesas ocuparon la región de Renania. Hasta ahí todo normal. Lo que ya no resultó tan normal –para los habitantes del lugar, se entiende– fue ver cómo los ocupantes no eran parisinos con mostacho de mosquetero sino soldados africanos que habían luchado a las órdenes de la metrópoli. La propaganda alemana no tardó en extender el rumor de que en Renania decenas de mujeres alemanas estaban siendo salvajemente violadas por negros del África tropical. Tal fue el revuelo que al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, un grupo de hombres blancos fundó la organización Acción Americana contra los Horrores del Rin. Si la propaganda germana tuvo ese efecto en un grupo de neoyorquinos que vivían a miles de kilómetros de distancia, uno puede imaginarse que a cierto jovencito austriaco cuyo apellido empieza por H aquel asunto le puso del color de las ciruelas. Efectivamente: según el historiador Keith Nelson, Hitler quedó bastante tocado por la noticia y no tardó en culpar de lo sucedido a las élites judías –¡sorpresa!– y su intención de corromper la raza blanca.

¿Por qué cuento todo esto? Porque es la anécdota que abre el capítulo más atractivo de este ensayo –título original: How Fascism Works: The Politics of Us and Them (Cómo funciona el fascismo: la política del Nosotros y Ellos)– escrito por el joven filósofo norteamericano Jason Stanley. El capítulo en cuestión argumenta que una ‘política fascista’ clásica consiste en alimentar el miedo de la población autóctona a recibir una agresión sexual por parte del otro, del diferente. Y lo cierto es que ejemplos hay a patadas: el Ku Klux Klan y su obsesión con la figura del “violador negro”; las autoridades birmanas alimentando el rumor de que los rohingyas, una minoría musulmana, se dedicaban a violar mujeres budistas en cuanto se les presentaba la ocasión; ídem en la India con la población musulmana; y qué decir de Europa y esa obsesión cada vez mayor con la figura del “violador árabe” (que además sólo parece actuar en grupo). A cambio, el fascista se presenta como salvaguarda de la pureza y del bienestar de la comunidad. Es un ángulo interesante que no se explora en otros escritos de la misma cuerda. Y no es la única aportación de Stanley al debate en cuestión. Sin embargo, hay que decir que el filósofo no puede evitar caer en la retórica de brocha gorda cada dos por tres. Tranquiliza saber que es un ejercicio consciente; él mismo aclara en el epílogo que lo que busca es luchar contra la “normalización” de líderes como Donald Trump. Lo que está por ver es si además de consciente el ejercicio resulta productivo.

 

Foto de portada: Miembros de la Solidarité française (SF) marchan en 1934. Foto de la Bibliothèque de documentation internationale contemporaine vía L’Histoire par l’image.

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