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Efecto Mariposa: "La fama es una consecuencia del trabajo, pero no un punto de mira"

Foto: Sony Music España

Hay un misterio que arrastra la música: uno puede escuchar una misma canción después de tantos años, pongamos 12 ó 14, y regresar con la llegada del primer acorde al momento en que la dejó por última vez. La música no comprende de tiempo, pero inevitablemente nos hace más conscientes de su avance firme. A comienzos de siglo las novedades musicales –mucho antes de Spotify y YouTube y SoundCloud– llegaban a través de la radio, y a través de la radio se escuchaba a La Oreja de Van Gogh y Amaral y Álex Ubago y otras bandas y solistas que hoy nos vienen al recuerdo casi de pasada. Junto a sus nombres aparecía también Efecto Mariposa, un grupo de pop malagueño con tres integrantes originales que escondía unas melodías dulces y suaves tras un aspecto casi gótico, más cercano a Evanescence que a La casa azul.

Ahora la música que asoma en los coches y en los bares es completamente distinta y todos sabemos de lo que hablamos; no hay más que ver la reconversión escandalosa de Enrique Iglesias o Jennifer López, los éxitos que llegan desde Barranquilla y Miami. Efecto Mariposa, en cambio, se mantiene leal a sus orígenes y raíces, lanza ahora su octavo álbum –llamado Vuela, producido por Sony Music y tras cuatro años desde el anterior, que no funcionó comercialmente–, y desde hace 17 años continúa en una industria que avanza a ritmos marcados. Los dos integrantes originales –se marchó el tercero– todavía recuerdan con precisión de cirujano cómo fueron sus primeros años, los viajes largos y los tiempos en que nadie conocía su nombre.

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Portada de ‘Vuela’, último álbum de Efecto Mariposa. | Fuente: Sony Music

“Tenemos recuerdos bonitos y otros más duros”, dice Susana Alva, frontwoman de la banda. “Empezamos en Fuengirola, en nuestras casas y tocando por bares. Frasco [de apellido Ridgway y bajista del grupo] y yo nos conocimos en un sitio donde todos los domingos se hacían jam sessions [encuentros musicales fortuitos de improvisación en directo], aunque nos conocíamos de vista. A partir de ahí, él montó una banda de funky donde él cantaba y yo hacía los coros. Había seis músicos más, era una locura. Llevábamos metales, llevábamos de todo. Con esa misma banda, a los dos o tres años de estar por allí, decidimos venirnos a Madrid. Iban a ser un par de años, pero al final…”.

Al final fueron cinco. Tocaron y tocaron en un lugar y en otro, en cada rincón de Madrid, “haciendo lo mismo que en Málaga, solo que en la capital y con más gente que te podía ver”, viviendo todos en una misma casa. “Fue muy divertido”, promete Frasco. Las letras eran en inglés y cuando no quedaban teléfonos por llamar ni puertas que aporrear, decidieron tomarse un respiro y se plantearon si continuar empecinados en una idea o cambiar de rumbo: “Esta banda en inglés y con un estilo funky era algo difícil de mantener, sobre todo profesionalmente. Así que decidimos montar lo que llamábamos El proyecto en español y Frasco quiso comenzar a tocar el bajo, empezamos a componer canciones, a grabarlas y maquetarlas, y a partir de ahí –eso fue en el año 2000– fichamos con la primera discográfica”.

—¿Cómo fue todo ese proceso de reconversión?

—No fue un cambio, en realidad —corrige Susana—. Era otro grupo: el cambio habría sido que él comenzara a cantar en español.

—A nosotros nos gustan todos los estilos de música —matiza Frasco—. En ese momento la apuesta que estábamos haciendo era ese estilo musical y ese formato y con esos compañeros. Quedarme yo en segundo plano y que Susana fuera la vocalista fue una decisión lógica y… la mejor que he tomado en mi vida.

“Fue todo muy natural”, continúa. “La idea que tuvimos cuando vinimos de Málaga era dedicarnos a la música, no dedicarnos a un estilo de música. Cuando vimos que era el momento de abrir otros caminos, nos pusimos a trabajar y, la verdad, la respuesta fue bastante rápida”.

Su crecimiento fue inmediato. Tanto es así que su primer single se escuchó en la radio antes de lanzar, incluso, el álbum completo. “Recuerdo que estábamos en un parón de la grabación, y teníamos un triángulo de las Bermudas: el hotel, el restaurante y el estudio”, cuenta Frasco. “Tuvimos tres meses sin salir del triángulo. Era la hora de comer, estábamos en el restaurante, y sonó en la radio: era una sensación muy curiosa, muy bonita”.

—Teníamos confianza en el restaurante y gritamos… —irrumpe Susana—. Gritamos: “¡Mari, sube la radio!”.

No hay ningún grupo que les guiara hacia una trayectoria clara, nadie que sirviera como faro en la costa. A Susana le gustaban –y le encantan– Alanis Morrissette y Paula Cole, también Björk, que guarda poca relación con las demás. “Fue un momento en que salieron también La Oreja de Van Gogh y Amaral… y yo creo que desde Mecano no había ninguna banda española con una chica al frente, ¿verdad?”, se pregunta. “No podíamos tener ninguna referencia de ese tipo”.

Frasco sostiene que sus influencias llegaron más de canciones que de grupos –“la única banda por la que yo he tenido miras y respeto absoluto es U2”–, que sirvieron para formar una “coctelera” y perfilar un “estilo”. “Escuchamos música súpervariada”, remata Susana, y a la hora de la composición, dice, es Frasco quien lleva la parte más pesada: “Frasco es el que se mete en el estudio a exprimirse el coco con la parte musical y ya viene con la melodía. Incluso se le escapa alguna palabra, como Qué me está pasando [incluida en el nuevo álbum], y ya nos metemos a escribir”.

—Estamos en la búsqueda continua de acercar los discos a la energía del directo —continúa Frasco—. Es muy complicado: hay factores que no se pueden grabar. Pero sí el desenfado, la energía, grabar varios componentes a la vez, no siempre por separado; guitarras que antes incluso eran de la maqueta se han quedado en el disco por la esencia. Hemos buscado ese rollo.

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Susana Alva y Frasco Ridgway. | Foto: Sony Music

Muchos grupos se tienen que enfrentar a un dilema que preocupa menos a las productoras: dónde invertir más tiempo, ¿en los estudios o en los escenarios? Susana, responde, es más de escenarios, de vivir cerca del público. Frasco, en cambio, lo vive de otro modo: “Yo soy una rata de laboratorio, mucho más del estudio que del directo. Yo cogería el disco y lo haría otra vez. La obra perfecta no existe. Estoy un poco zumbao: yo creo que lo mío es de analizar. Estoy continuamente rearreglando. Soy insoportable cuando estoy en proceso de crear. Pero si sale algo que tenía en la cabeza, soy el tío más feliz del mundo. Es una línea muy fina de sentimientos enfrentados y gratificantes por igual muy extraña”.

—Pero eso a otros también les pasa —le comenta Susana—. ¿No has visto entrevistas a Alanis Morrissette? Sale llorando delante del piano porque no le sale lo que quiere en ese momento…

Y él asiente con la cabeza.

Efecto Mariposa, decíamos, lleva 17 años en activo y asegura que han cambiado muchas cosas, pero no lo fundamental: la ambición y el entusiasmo. “El título es Vuela, y está pensado en el momento en que nos sentimos ahora mismo”, dice Frasco. “Somos muy autocríticos con lo que hacemos. Y muy respetuosos. Y muy cautelosos. Y románticos. Cada cosa que hacemos tiene un porqué. No hemos hecho nada que no hemos querido hacer. Vamos poco a poco, y poco a poco hemos avanzado todos estos años”. Susana sonríe y explica que el otro día estuvieron en Cadena 100, donde han estado tantas veces antes, y avisaron a todo el mundo: familiares, vecinos, amigos. “Es mucho trabajo”, concluye, “es mucho tiempo dedicado y cada recompensa la saboreamos porque sabemos lo que cuesta”.

—¿Os viene a la cabeza el momento en que visteis que esto comenzaba a funcionar, que comenzabais a tener cierta fama?

—No hemos pensado jamás en la fama —responde Frasco con firmeza—. La fama es una consecuencia del trabajo, pero no un punto de mira. Queremos dedicarnos a hacer música y llegar a cuantas más personas, mejor. Pero no para ser famosos, sino por respeto a la música.

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