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Ernesto Castro: "Me preocupa que los géneros se conviertan en las nuevas tribus urbanas"

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Diremos de Ernesto Castro (Madrid, 1990) que es un filósofo de una modernidad absoluta. Esta definición bastaría como lugar de partida. Pero añadiremos que su pensamiento permanece ligado a cierta intelectualidad de izquierdas, aunque todo apunta hacia un cambio de viraje. “Mi relación con la filosofía es muy visceral y muy intuitiva, y mi inconsciente es un poco a lo David Foster Wallace y a lo Houllebecq. Un inconsciente de derechas, en última instancia”.

Su madre es profesora de Filosofía en un instituto de Madrid. Su padre es profesor de Estética en la Universidad Autónoma. En eso Ernesto no varió el rumbo, al menos todavía: él es profesor de Filosofía en la Complutense. Su interés por la música es remarcable, particularmente por el trap. Ernesto ha entrevistado a las mayores estrellas del país —C. Tangana, Yung Beef, Bad Gyal— en esa búsqueda de respuestas y ha proporcionado un peso filosófico a un género que, en el mejor de los casos, despertaba indiferencia en las academias.

Diremos de sus clases magistrales como profesor, algunas de ellas disponibles en su canal de YouTube [con casi 25.000 suscriptores], que no dirigen tanto hacia cómo pensar como sobre qué hacerlo. Y de su pensamiento, que está inspirado irremediablemente por el espíritu de los tiempos. Ernesto Castro entiende que nuestra generación está marcada por la revolución feminista de las conciencias, por la agitación trapera en la estética y por la precariedad socioeconómica que nos zarandea desde la crisis. Su visión del mundo queda reflejada desde la primera respuesta hasta la última.

Ernesto Castro: "El poliamor es lo más parecido a la estabilidad emocional que va a encontrar esta generación" 1

“Mi personalidad está guiada por un cierto sentido del deber y una relación tormentosa con la autoridad”. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

¿Qué crees que has sacado de tu madre y de tu padre?

De mi madre, la desmemoria nominal. En el sentido en el que se me van muchísimo los nombres. Aunque no lo parezca, en realidad, si aparento que tengo una cierta erudición es porque lo tengo apuntado. No hay secreto. Tengo muy mala memoria. Pero también la tenacidad y el esfuerzo. Sin el apoyo de mi madre y el esfuerzo que ella ha puesto en enmendar mis tendencias autodestructivas, no habría pasado de Primaria.

De mi padre, la curiosidad y una forma de hablar en público. Nunca había pensado en esto. El interés por el arte, por supuesto. Algo que no es muy habitual entre los filósofos. Los filósofos están muy interesados por la música, eso es cierto. Pero siempre han considerado las artes plásticas y la literatura algo más vulgar. Eso sí, los filósofos han sido siempre muy melómanos. Ahí está la vinculación de Beethoven y Hegel, de Wagner y Nietzsche. Aunque, imagínate, el trap y el arte contemporáneo les parece basura.

Decías que tu infancia fue un poco turbulenta en lo emocional.

Sí, en el sentido de que cuando yo cumplí 11 años me prohibieron celebrar mi cumpleaños. Eso me ha marcado mucho. Me lo prohibieron por cruzar un paso de cebra cuando estaba en rojo. El hecho de ser primogénito también ha hecho que sobre mí haya recaído cierto poder coercitivo que sobre mis hermanos se ha diluido un poco, lo que ha provocado que mi personalidad esté guiada por un cierto sentido del deber y una relación tormentosa con la autoridad; al mismo tiempo de respeto y de subversión. Es algo que está implícito también en un filósofo como es Jacques Derrida, que definió la deconstrucción como una relación de amor-odio con los clásicos. La imposibilidad de escapar de ellos y al mismo tiempo la necesidad de subvertirlo como un gesto de amor. Para mí, matar al padre es seguirlo fielmente.

Aunque no he tenido inclinaciones filosóficas hasta muy tarde. Allá por los 16 años me puse a leer poesía y filosofía. Mis padres nunca me han encaminado por sendas filosóficas. Más bien al contrario: mi madre siempre quiso que estudiara ciencias. A mi padre le dio un poco igual. Una vez tomé la decisión me apoyaron y en eso son unos padres fantásticos. Han dado libertad a sus hijos para tomar las decisiones profesionales que quisieran sabiendo que de carreras como la Filosofía no pueden vivir todos los que se matriculan. Aunque sí un 5% que da la excelencia, que puede hacerlo y hacerlo bien.

Así que tu relación con los libros era…

Inexistente. Aquí siempre han estado estos libros, pero nunca me he puesto a abrirlos y a saquearlos. No robé de la biblioteca de mi padre hasta que terminé la ESO. Cuando me matriculé en Humanidades, lo hice por descarte y por enemistad con el supremacismo cientificista. La carrera de Humanidades es una carrera completamente desprestigiada social y mediáticamente y además no tiene contenidos propios, porque lo humanístico se considera genérico y todo el mundo tiene que tener acceso a ello.

En fin, que yo por seguir un poco la contraria a esa ideología supremacista de la ciencia, me apunté al Bachillerato de Humanidades y ya estando dentro del proceso me planteé qué quería ser de mayor. Respondí a esa pregunta diciendo que quería ser poeta, con la fantasía adolescente de ganarme la vida siendo poeta. Tenía la concepción sofista de que se trabaja en lo creativo para cobrar y vivir bien.

A los 16 años, recuerdo leer, por ejemplo, los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer y decirme: “Puedo hacerlo mejor”. Una gran pretensión por mi parte. A los tres o cuatro años dejé la poesía, dado que mi inclinación poética quedó colapsada o eclipsada por la Filosofía.

Entonces lo dejaste por contraste.

No, comencé a escribir poesía con una pretensión bastante filosófica, aunque de eso me di cuenta más adelante. A mí lo que me gustaba de la poesía era la cuestión política y la cuestión formal, principalmente. Los poetas que yo comencé a leer no eran Bukowski y compañía. Esos los leí más adelante para darme un cierto sentido de época y estar a tono con mi generación. Los primeros poetas que me gustaron fueron T. S. Eliot, Rilke, Hölderlin, Celan… Todos poetas con una inclinación filosófica. Celan fue analizado por Heidegger. Hölderlin fue colega de Schelling y Hegel en Viena.

Simplemente fue una evolución, aunque me di cuenta de que era un mal poeta. Incluso mi propio tío, que tuvo la obligación de hacer una antología de mis poemas para publicarlos a los 18 años, se dio cuenta de que era un pésimo poeta. El día del cumpleaños solo trajo las solapas del libro, en plan: “¡Hijo mío…!”. Fue un mensaje muy claro que yo asumí.

Así que, nada, dos años después terminé mi único poemario, que está en Internet y se llama Árbol de Navidad. A la edad de 20 años descubrí que parte de ellos estaban hablando del maltrato desde el punto de vista del maltratador. Era una especie de poemario del maltratador arrepentido. Ahí se ven de manera implícita mis inclinaciones feministas. Tampoco te voy a decir que ahí había una conciencia de lo que estaba haciendo.

¿Cómo era tu relación con profesores y compañeros en la Facultad?

Bien, bueno. En un curso por encima del mío eran muy entusiastas con mi padre, que daba clase en primero de carrera. Eso funcionaba como banderín de enganche. Yo no estaba matriculado en su asignatura, pero sí asistía como oyente. Mi primer año fue muy dedicado a la poesía y a la filosofía, aunque esta era más secundaria. Fue en segundo cuando leí Crítica de la razón pura [obra escrita por Immanuel Kant y publicada en 1781]. Me llevó dos meses de lectura exclusiva, a un ritmo de 10 ó 15 páginas diarias solo leyendo eso, soñando con evoluciones posibles del libro. Ahí se produjo mi digievolución de poeta a filósofo.

Fui sacando relativamente buenas notas, pero por una cuestión más de esfuerzo que de comprensión. Muchos de los autores que he dado en la carrera no he comenzado a comprenderlos hasta que he tenido que explicarlos. Algunos de ellos sigo sin comprender la mitad de las cosas que dicen. Es algo que sucede bastante en la carrera de Filosofía.

Y en cuanto a mi relación con los compañeros, pues era bastante cordial con los de otras edades. Especialmente con un chaval que se llama Alejandro Matesanz, que era el único cristiano fervoroso de la clase. Le llamaban el niño-Dios. Teníamos una especie de diálogo como el de Naphtha y Settembrini [personajes de La montaña mágica, de Thomas Mann, caracterizados por ser uno religioso y otro ateo, con visiones opuestas del mundo]. Siempre jugábamos a eso.

Hay unos emails que nos mandábamos en los años 2008 y 2009 que he publicado recientemente en mi Tumblr donde se pueden ver los debates que teníamos sobre la existencia de Dios, la tradición comunista, el marxismo, las raíces judías del pensamiento de Marx, el concepto de revolución como concepto secularizado del cristianismo y ese tipo de cosas. Era mi mejor amigo en la carrera. Había sido un chaval de aquí, del barrio, y de hecho formó parte de un grupo de matones. Éramos un tándem un poco raro.

¿Te ha cambiado la perspectiva como profesor?

Sí, por supuesto. La relación con tus compañeros es de igual a igual. Y en primero de carrera lo único que quieres hacer es debatir sobre todos y cada uno de los problemas que se tratan en clase. Y sales de clase y quieres hablar de ello. Uno se convierte en filósofo cuando su vida íntima y privada no habla nunca de filosofía.

Cuando uno va evolucionando en la carrera filosófica, adquiere cierta distanciación respecto al temario. Eso permite una comprensión más reposada de lo que está discutiendo y ya no se llega a grandes extremos ni a grandes dialécticas con los compañeros o con los profesores. Con mis compañeros profesores, de hecho, suelo hablar de cuestiones administrativas, de organizar eventos, no existe una interlocución.

Y con mis alumnos sigo un método unidireccional, que es el de la clase magistral. Tan solo conozco su opinión de manera colectiva, por las caras que van poniendo, por cómo se comporta la clase como organismo autónomo. Hay conversaciones fuera del aula. Por ejemplo, una alumna me dijo que a ella le gusta el metal y no el trap, que haga analogías con grupos de metal de los 80. Cosa que voy a hacer, evidentemente, porque estoy al servicio de esa gente. Tengo una relación un poco rara con mis alumnos, sí. Nada comparable a la que tuve con mis compañeros.

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“El poliamor es lo más parecido a la estabilidad amorosa que va a encontrar esta generación”. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

¿Sigues alguna serie?

Sí, todas las que han ido saliendo. Desencantada, que no me ha gustado nada. Wild Wild Country, que me ha parecido un gran documental. Rick and Morty. House of Cards. Realmente todas las he ido viendo porque me he acostumbrado, como casi todo el mundo, a ver series mientras como. La ventaja que tiene la serie es que se adecúa muy bien a esos tiempos de ocio en los que tenemos algunos sentidos libres. Durante la comida solo trabajas el gusto, el tacto y el olfato. Si uno está a solas, tiene la disponibilidad de escuchar podcasts o ver vídeos. Creo que es una clave de su éxito.

Bueno, también que hayan sabido alcanzar a todos los públicos. Por ejemplo, Rick and Morty. Puedes verla como las aventuras de un anciano vacilón que se tira eructos. Pero también con la profundidad nihilista que tiene el personaje.

Sí, eso se conoce tradicionalmente como la teoría de las dos haches. Tiene que apelar a la pija de Hollywood o a la señora de la limpieza y a un catedrático de Harvard. Esos son los niveles de lectura y esa es la dimensión popular y elitista que tenía la novela popular en el siglo XIX. Yo creo que los géneros no se reconocen como artísticos hasta que su popularidad ha decaído. La novela no es reconocida como arte hasta la década de los 20, hasta que es superada por el cine. El cine no es reconocido como arte hasta la revisión que hace la Nouvelle Vague sobre Hollywood en los años 60, momento en que el cine ha quedado de capa caída con la aparición de la televisión. Y lo mismo sucede con la televisión. Al fin y al cabo, la edad de oro de las series viene de la mano de la práctica desaparición de la televisión como objeto físico en muchos hogares. De tal forma que las series son una especie de zombi en otro formato que es Internet.

¿Extendemos la forma de digerir las series al éxito del trap?

No, yo creo que la razón principal de su popularidad es la cuestión de la crisis. Por lo menos en el caso español. Y a razones internas del rap y a la forma en que los músicos españoles se enfrentan a la tradición flamenca o lumpen.

¿Cómo te interesaste por el género?

Me comencé a interesar por ese género en 2014 por influencia de Henry Darger [seudónimo], que es la principal periodista en esta materia y había compartido una canción de Pimp Flaco en Twitter. A partir de ahí es que empecé a escucharlo. El verano de 2015 me quedé aquí en Madrid a solas, intentando escribir un libro de los múltiples que he intentado y he fracasado, y el vecino de enfrente no paraba de poner cosas de trap. Yo también, un poco para picarle.

Ahora lo que veo es una obsolescencia del trap, o por lo menos una evolución de este hacia el R&B o el flamenkistch, en el caso de Rosalía, en los años 2017 y 2018. Podemos decir que el trap es un fenómeno de corta duración que más o menos tuvo su momento álgido en 2015-2016, pero que tuvo sus raíces en 2013-2014, y que tuvo una fertilidad similar a la que tuvo el punk. De ahí que la analogía sea muy fértil. El punk, para los más puretas, es un fenómeno que va del 77 al 79.  El trap puro en España existe en los años más jodidos de la crisis. Después la cosa se degenera de alguna forma.

¿Crees que ha supuesto una pequeña revolución o sería decir demasiado?

No, no. En realidad, ha sido una síntesis necesaria de las estéticas chonis y hípsters que habían sido planteadas como antagónicas e irreconciliables por parte de periodistas musicales como Víctor Lenore y compañía, que yo creo que no han sabido asimilar lo que supone el trap como síntesis de esos dos formatos. O incluso como revisión de los propios prejuicios hípsters. Ahora mismo ser hípster es querer estar a favor de lo flamenco y estar en contra de Rober Bodegas por sus chistes obscenos. El nuevo hipsterismo es lo políticamente correcto. Y dentro de lo políticamente correcto está esa fascinación por el lumpen, lo que los franceses llaman la nostalgie de la buge [la nostalgia del barro], con la figura seguramente más representativa de Yung Beef, quien es capaz de lanzarse a hablar de cosas de arte contemporáneo o de ir a lo más básico: pasar cocaína, follar con chavalas, etcétera.

Hay una anécdota muy divertida de David Foster Wallace del 88 o el 89, cuando defendió el rap en una mesa redonda como lo más interesante de la poesía americana en los últimos tiempos. Claro, los demás lo despreciaban como algo violento, misógino y antiblanco.

Sí, sí. También estamos hablando de una época distinta. El capitalismo ha sabido absorber más rápido el trap. Por eso yo creo que hacen una lectura correcta quienes entienden que el trap está más próximo al aceleracionismo que al anarcocomunismo, como quieren venderlo los que convierten el Clockers Store [la tienda que tiene Yung Beef en Lavapiés] en una especie de comuna. No es tal cosa. Y, realmente, Yung Beef no es un comunitarista serio, ni mucho menos. Ni C. Tangana está tratando de subvertir el sistema por dentro. Esto es una retórica que va por encima de una dinámica histórica que hoy utiliza el trap como clickbait y mañana utilizará el R&B o el flamenco. Como ha ocurrido con Rosalía, que se ha puesto de moda de nuevo.

Me toca muy de cerca lo de David Foster Wallace porque estoy escribiendo sobre el asunto [saldrá en junio con Errata Naturae]. La posición que tenía David Foster Wallace de no haber ido casi nunca a un concierto y analizar siempre el rap desde un punto de vista de clase media es una posición que yo también asumo a conciencia. Yo no hablo del trap pretendiendo ser alguien que ha estado traficando con droga en la calle, sino como alguien que lo mira desde el punto de vista filosófico. Para mí es muy importante superar ese metadiscurso ingenuo y estúpido según el cual solo se puede hablar del trap en términos traperos. Sería como tan solo poder hablar de las drogas drogado. Me parece ridículo.

Me llama la atención que centraras la atención sobre el trap y no sobre otros géneros.

Eso obedece a mi educación musical adolescente. Está demostrado que la música que a uno le gusta toda su vida es aquella que le gustaba entre los 12 y los 16 años. Es la época en que se definen los gustos musicales. Todavía a día de hoy distingo entre música con guitarras y todo lo demás. Es que para mí el folk, el rock, el punk… entra dentro de una misma categoría. Y luego ya sería capaz de encontrar cuatro o cinco distinciones solo dentro del trap o del rap. El rap es el género musical que me interesó cuando era joven. Mi hermano llegó más lejos que yo en el arte del skate. Los dos éramos más malos que matar a un padre haciendo graffiti. Pero digamos que, salvo por el breakdance, compramos el pack entero del hip hop.

El trap ha sido una evolución del rap y no entiendo a los puretas que creen que el trap es el que se ha cargado el género. Yo estoy en la línea de que el trap es la mainstrificación del rap. Lo que pasa es que se produce en un contexto en el que el viejo rap político de los 90 no se puede mantener 10 ó 20 años después. Ya España queda un poco obsoleta en los 2000 por seguir aferrada a esas raíces del rap político cuando lo que estaba ocurriendo en Estados Unidos, por ejemplo, era la revolución de Kanye West.

En España eso sucedió en apenas dos años. Pasamos de estar en los 90, en términos de rap, a los 2010. Para los que estábamos escuchando rap estadounidense era natural que surgieran figuras como Yung Beef, que lo único que han hecho es adaptar el formato y hacerlo propio con las raíces gitanas y el slang puertorriqueño.

¿Qué lecturas sacaste de tus encuentros con Yung Beef y C. Tangana?

Me di cuenta de cuáles eran las posiciones respectivas de cada uno de ellos sobre la industria antes de que se produjera el antagonismo entre ambos en la rueda de prensa del Primavera Sound. Ese antagonismo lo vi implícito al entrevistarlos. De hecho, a C. Tangana le preguntaba qué opinaba sobre La Vendición [productora de Yung Beef] y, a Yung Beef, qué opinaba de Sony [productora de C. Tangana]. Me ofrecieron dos visiones distintas de la industria que luego se volvieron más patentes a partir de ese debate.

Eso es una cosa muy curiosa: cómo se ha convertido en mainstream el debate sobre la industria musical. Imagínate que el gran debate entre los grandes literatos fuera publicar o no con Random House Mondadori. ¡Es inviable! Pero el mismo debate se debería plantear en el mundo de la literatura. El hecho de que no se plantee indica hasta qué punto la literatura desempeña un papel secundario o marginal dentro de las artes.

Si a un escritor le ofrecen la posibilidad de publicar en una editorial que tiene mayor distribución y contactos internacionales, lo va a hacer sin pensárselo dos veces. No existe esa conciencia gremial que existe en la música, donde, como hay dinero, es importante organizarse para repartírselo bien.

Hace poco te mojaste sobre el poliamor, un debate que va y viene.

Mi enfoque ha sido siempre materialista en el sentido de que este tipo de fenómenos superestructurales, por utilizar una terminología marxista-clásica, se deben precisamente al cambio de la sociedad. Quiero decir que es el cambio de la sociedad el que obliga al surgimiento del poliamor. Lo que yo comenté en esa entrevista que me hicieron es que el poliamor es lo más parecido a la estabilidad amorosa que va a encontrar esta generación, marcada por la precariedad. En una sociedad en la que no sabes si tu pareja va a irse mañana a Londres para limpiar váteres, quizá la forma de tener una estabilidad emocional es diversificar el tipo de lazos que uno tiene.

La sociedad ha evolucionado lo bastante como para que ese tipo de relaciones poliamorosas se den y quizá el próximo debate que nos debamos plantear en cuanto a políticas de género es por qué se privilegia la monogamia como forma de crianza por excelencia. Y no me refiero solo a parejas heterosexuales. ¿Por qué el Estado privilegia la dualidad frente a la tradicional crianza tribal? Recuerdo una frase que Hillary Clinton atribuyó a un pueblo africano: “Para educar a un niño se necesita a toda la tribu”. Esto es una cosa difundida por diversas feministas contemporáneas que defienden que el modelo de las parejas monógamas es disfuncional.

La cuestión de las relaciones poliamorosas puede crear entornos de crianza mucho más estables que la pareja monógama, teniendo en cuenta que la mayor parte de los matrimonios termina en divorcio pasados los 25 años o son infieles a sus parejas. Creo que el poliamor tiene ventajas de tipo reproductivo y ventajas de tipo emocional.

Tu visión comparte más la idea de regenerar el concepto de familia que de dinamitarlo.

La familia se ha ido transformando y mi tesis materialista es que las distintas oleadas de feminismo son formas de responder a las relaciones entre Estado y familia, entre la institución política y la institución social. Inicialmente, el feminismo de la primera ola es un feminismo que quiere que la mujer escape de la tutela del padre de familia y se integre dentro del Estado, con su reconocimiento social, político y laboral. El feminismo de la segunda ola, con su revisionismo marxista y radical, lo que busca es una revisión y politización de la familia. Yo creo que el feminismo de la tercera ola tiene que ver con la disolución de la familia monógama tradicional. Es el momento en que la familia son los amigos, la patria son los amigos. El matrimonio monógamo tenía sentido en un contexto donde había un tipo que era el claro responsable de un chaval.

Lo ves como una cuestión de necesidad.

Lo veo como una cuestión de necesidad histórica.

¿Crees que el hombre, si tiene que escoger entre razón e inteligencia artificial y su esencia más bruta, va a escoger lo primero?

Sí, salvo que se produzca un gran cataclismo fruto de algún tipo de guerra nuclear. Depende, también, de lo grave que llegue a ser el cambio climático. Pero el proceso de racionalización y burocratización va a avanzar, así como la diversificación de los campos. En ese sentido sigo siendo hegeliano.

Vamos a hablar de tus redes sociales. ¿Qué relación tienes con ellas?

Pues esa es una buena pregunta. Yo empecé utilizando las redes sociales cuando entré en contacto con el grupo literario de Luna Miguel, lo que se conoció como La Puerta de Toledo Crew, que se produjo cuando todos vivíamos cerca de la Puerta de Toledo. Antonio J. Rodríguez [director de Playground], Julio Fuertes [novelista]. Empecé a utilizarlo por una política de amistad.

Pero cuando fue pasando el tiempo lo comencé a utilizar de una forma más profesional y calculada. Siempre he tenido una mayor presencia en Facebook y no ha sido hasta el último año que he empezado a utilizar Twitter, cuando Twitter ha ampliado el número de caracteres. Es cuando los hilos de Twitter cobraron sentido. Por enrevesamiento, no era capaz de escribir una frase de 140 caracteres.

Es un poco ridículo, pero para mí Facebook siempre ha sido la red social por excelencia por la jerarquía que establecía entre post y comentario. Ahora me he dado cuenta de las ventajas que tiene Twitter y del formato hilo. Se puede decir que mi obra pública son vídeos e hilos de tuits porque ni escribo artículos de ocasión, ni columnas, ni ensayos de análisis.

¿Y sientes que Instagram es algo más que una herramienta para elevar la autoestima?

Sí, creo que la revolución de Instagram, cuando alcanza su ser en sí, es cuando aparecen los stories. Cuando se apropia de algo que no es suyo [pertenecía a Snapchat], alcanza un nivel más serio donde todavía es posible utilizar la red social como forma de interrelación personal, pero también de construcción de una imagen pública por parte de un intelectual o de una modelo o de quien sea.

Yo creo que la story y el formato que tiene Instagram de que si has aceptado un mensaje privado, tienes que aceptar todo lo que te mande ese tío, es lo que hace que Instagram sea la red social más importante entre la juventud. Todas las redes sociales mueren en el momento en que se burocratizan hasta tal punto que uno solo se lee a sí mismo o cuando solo lees a tus afines. Las redes sociales se joden en el momento en que no hay ninguna confrontación con la alteridad.

En Facebook se han comenzado a respetar los límites y la idea de que esta es tu casa, este es tu muro, no quiero molestarte. Como se ha generalizado la política del bloqueo y del amiguismo, Facebook se ha convertido en una red social para señores mayores. Facebook es una red social donde es difícil enfrentarse a lo inesperado. Frente a Twitter, que sigue siendo una trinchera de batalla, y de Instagram, que es una red social mucho más calmada. Simplemente por cómo están estructuradas. Está el hecho de que en Twitter puedes contestar poniéndote literalmente por encima, con un tipo de letra más grande [habla del retuit con comentario]. ¡Es una política de autoafirmación muy fuerte! Es la red social del antagonismo por excelencia, mientras que Instagram es el buen rollo por excelencia y donde, además, a través de los stories se empatiza mucho más contigo y con tu mensaje.

Por cierto, ¿cuáles son tus mayores preocupaciones en un plano estrictamente individual?

Cómo voy a ser recordado. Principalmente eso. No tanto cómo me ven, sino si voy a ser recordado y en qué términos. Eso me preocupa bastante. También la diversificación de los gustos generales por géneros. En el sentido de que, aunque mi canal sea considerado entre comillas como aliado del feminismo, sigue siendo visto por un 85% de hombres. ¡Significa que solo hay un 15% de mujeres! Tengo el mismo porcentaje que tendría un canal que solo se dedicara a halterofilia masculina. No lo entiendo. Hablo de feminismo. Hablo de Platón. Y para mí Platón no es algo para tíos.

La cuestión de que YouTube sea una plataforma fundamentalmente masculina me preocupa muchísimo. Que personajes como Un tío blanco hetero, con todas sus contradicciones, tan solo tenga del orden de 20 y 50 dislikes, para un vídeo visto por más de 100.000 personas, que solo haya 100 personas que discrepen de su mensaje, me parece problemático.

Mi gran adversario cultural es el antifeminismo, que creo que es la contracultura hegemónica dentro del género masculino al que, de manera necesaria y sin yo comerlo ni beberlo, me dirijo. Me preocupa que los géneros se conviertan en compartimentos estancos de tipo cultural. Me preocupa que los géneros se conviertan en las nuevas tribus urbanas.

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Ernesto Castro, mostrando su diccionario de la RAE firmado por Yung Beef. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

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