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Julio Llamazares: "El Valle de los Caídos es el panteón más siniestro que hay en España"

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Diez años dan para mucho. En ese tiempo puedes, por ejemplo, cumplir el propósito de algún año nuevo y dejar el tabaco para siempre. Si eres novelista, además, puedes recorrer España bajo el pretexto de visitar catedrales y escribir dos libros imperiales que sirvan como termómetro de un país que cambia sin parar. Una década da para mucho. Julio Llamazares acaba de publicar Las rosas del sur con Alfaguara, la continuación de Las rosas de piedra (2008), un proyecto que comenzó incluso antes: hace 17 años.

En ese periodo evoluciona tu mirada, tu manera de ser, el país en el que vives. Aquí Llamazares combina su pasión por viajar y su pasión por escribir y me pide que no olvide algo: que todos los viajes son alrededor de uno mismo. Dice que la literatura es el arte de trabajar con piedras: “Si las pules bien, pueden ser piedras preciosas; si no, pueden ser cantos rodaos”. Dice que un escritor es como un río: “A base de pasar y pasar va puliendo las piedras, las cambia de sitio, hasta que produce una música que emborracha al lector y lo sumerge en otra realidad”. Dice que el mejor piropo se lo lanzaron en Venecia: “Cuando lo leo a usted, tengo la sensación de meter los dedos en un enchufe”. Julio Llamazares parece un hombre tranquilo, se presta a las fotografías con paciencia, no desestima ninguna pregunta, se expresa con un tono tembloroso.

¿Son las entrevistas la peor parte de publicar?

Es lo que menos me gusta de esta pasión que es escribir. Yo entiendo la literatura como Pessoa: ‘Escribir es mi manera de estar solo’. Para mí, el fenómeno literario se produce viajando, tomando notas, escribiendo. La literatura requiere soledad para hacerla, y la soledad –a su vez– es uno de los beneficios de la literatura. De repente, después de tanto tiempo en tu casa o viajando por ahí, tomando notas y observando, publicas el libro y tienes que salir de tu ámbito normal y enfrentarte a la parte siguiente. Entiendo que el libro tenga que ponerse en conocimiento de los lectores.

Usted habla muchas veces del viaje sin un propósito claro o sin una estrategia establecida.

Claro, ¡es que soy un antiguo! A mí me gusta la idea del viaje en el sentido romántico del término. No hay que olvidar que el viaje literario es una idea romántica. Hasta el Romanticismo, la gente no viajaba. Lo hacía por obligación: a comerciar, a la guerra, a conquistar otras tierras. No viajaban por viajar. A partir del Romanticismo, muchos –sobre todo alemanes, ingleses e italianos– comenzaron a viajar por Europa por el puro placer de viajar. Sin ningún objetivo económico o de otro tipo. Esto es una idea que se ha transformado porque se ha convertido en otro tipo de negocio. Ahora, que viaja todo el mundo, es cuando menos se viaja. Porque el viaje implica, sobre todo, dos cosas: azar y descubrimiento. Y la mayor parte de la gente cuando viajamos lo hacemos de una forma organizada, lo que elimina el elemento sustancial del viaje que es el azar: ver qué depara el camino.

La sorpresa.

Ahora la gente, antes de viajar, entra en internet y ve cómo es la ciudad a la que va, el hotel en el que se va a quedar, el buffet del desayuno, la habitación, el baño, el tiempo que va a hacer. El viaje se ha convertido en una industria, una de las más importantes. Por lo tanto, se ha desnaturalizado como se han desnaturalizado las catedrales: por el propio cambio de las sociedad.

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Julio Llamazares, en la sede de Penguin Random House en Madrid. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

Seguro que no le han hecho esta pregunta: ¿qué le evocan las catedrales?

Siempre me han producido una gran fascinación por lo que tienen de caja mágica, de campana de cristal fuera del mundo, de lugares donde se condensan la magia y la belleza y la fantasía y las leyendas y el misterio. Lo que no me mueve es el sentimiento religioso. La idea de sumergirte en un espacio que está fuera del tiempo. El origen de las catedrales, su sentido –que es religioso, por supuesto–, es hacer representaciones en piedra de la ciudad de Dios en la Tierra. La catedral es la ciudad de Dios dentro de la ciudad terrenal. El poder sumergirte en un mundo de ensoñación, en esos sueños de piedra que son las catedrales, produce una gran satisfacción y un gran placer.

Hoy en día no sé qué es más fácil encontrar en una catedral, si Dios o un guía de japoneses.

Es más fácil lo segundo. Pero porque las catedrales, que no son ajenas a la evolución de la sociedad, reflejan esa evolución. No es igual una catedral ahora, cuando son prácticamente museos para los turistas, que hace 50 años, cuando tenían un sentido religioso, que hace 1.000 años, que eran lugares casi mágicos y de superstición. Las sociedades evolucionan, y de la misma manera evolucionan las catedrales y cualquier otro elemento.

Tanto que una ruta turística puede comenzar en la catedral y acabar en el museo del Real Madrid.

Sí, la mayoría se han convertido en museos donde hay que pagar por entrar. Eso supone un corte entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal. La gente ya no lo ve como algo suyo. A las catedrales solo suelen entrar los turistas, los de la ciudad no. Me contaba ayer un locutor de radio una anécdota. Alguien se dirigió a un señor sentado en un banco, delante de una catedral, y le preguntó de qué siglo era la catedral. El hombre le respondió que no lo sabía: “Es que yo soy de aquí”. Esto pasa sobre todo en las ciudades monumentales: Córdoba, Toledo, Sevilla…

Tal vez entraran si pusieran una cafetería con vasos personalizables. 

¡Bueno, hay alguna que está a punto! En algunas hay máquinas de bebida, como en Sevilla. Será porque hace mucho calor y los turistas se desmayan. Y en otras, como la Mezquita, hay baños dentro. Como la concepción de esas catedrales es rentabilizarlas económicamente, pues facilitan al turista cualquier tipo de placer.


Sobre Trump: “Alguien con ese flequillo no es de fiar”


Está claro que el mundo está cambiando, generalmente a mejor.

Sí, el mundo cambia normalmente a mejor. Aquello de que cualquier tiempo pasado es mejor es mentira. Cualquier tiempo pasado es peor, salvo que eras más joven y te queda menos de vida. Pero en términos tecnológicos, en comunicaciones, en medicina, ha evolucionado, en unos sitios más y en otros menos. En España, hace 100 años, la media de edad de supervivencia eran los 45 años y ahora está en 80. Se podrá preguntar: ¿y cómo se vive? Ese es otro tema. Durante 20.000 kilómetros y 75 días –uno en cada catedral– he sacado muchas conclusiones, y una es que España ha dado un gran salto a nivel económico, a nivel de vida, que no se corresponde a nivel educativo y cultural. La cultura es lo que te queda de lo que has aprendido cuando has olvidado lo que has aprendido. No es acumulación de información, es el poso que te ha dejado lo que has ido aprendiendo.

Pero hablamos de una responsabilidad del Estado, las familias… ¿o es algo compartido?

Mira, yo vengo de una familia de maestros y mi padre siempre decía: “En la escuela se imparte enseñanza, la educación se imparte en las casas”. No hay que confundir la educación con la instrucción, como se decía antiguamente, o con la enseñanza. Y otra es la cultura. Siempre tiene que ver con el clima social en el que vivimos.

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Julio Llamazares, en la sede de Penguin Random House en Madrid. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

Traigo algunos nombres y circunstancias que ocupan portadas, a ver qué le parecen.

Adelante.

Donald Trump.

Escribí un artículo cuando nadie daba un duro por Donald Trump. Decía que lo que más miedo me daba de él era el flequillo. Alguien con ese flequillo no es de fiar. Trump es la demostración negativa de algo que los americanos dicen como positivo: cualquiera puede ser presidente.

Las redes sociales.

No tengo. La vida es muy corta para aprender alemán. Creo que eso lo dijo Winston Churchill. La vida es muy corta para ir contestando a gente que no conozco. Hay muchas cosas que hacer en esta vida, que es muy corta como para ir preocupándose de qué dicen de ti. Además, pienso que lo que le tiene que interesar a la gente es lo que yo escribo, no lo que hago, digo u opino. A veces me ven como un dinosaurio. Probablemente lo sea.


“Seguramente la mayor pobreza de la vida sea que es corta”


El lenguaje inclusivo.

El lenguaje es la manifestación verbal de una ideología. Por tanto, mientras no cambie una ideología, no cambia un lenguaje. El lenguaje evoluciona por sí mismo. Retorcerlo y decir portavoza y pensar que vas a ser más igual por decirlo es una tontería. La cuestión es que todos seamos iguales y tengamos los mismos salarios, los mismos derechos, los mismos deberes, seamos hombres, mujeres o lo que seamos. Creo que es un error empezar la casa por el tejado. Hay una parte que tiene cierta lógica: quienes argumentan que el lenguaje ayuda a cambiar la ideología. Pero la experiencia te dice que no.

La prostitución.

Me parece una tristeza y una tragedia. Pero no condenaré a nadie por ejercerla, y más sabiendo que mucha gente lo hace por estado de necesidad. Me da mucha pena. Igual que me da mucha pena que alguien tenga que satisfacer su deseo sexual pagando. Y no lo prohibiría, pero la regularía de manera que se evitara la explotación de las mujeres, que tuviera cierta protección por parte de la sociedad.

El Aquarius.

El mundo no tiene fronteras. Y por mucho que se establezcan, se las salta la gente. Cuando alguien ve que otros están muy bien y él tiene hambre, ya puedes poner los obstáculos que quieras que saltará de un lugar a otro. Yo sé que soy español, que soy de tal provincia, pero considero que la libertad de movimientos que tenemos en Europa debemos tenerla todos en todo el mundo. Muchas veces las divisiones territoriales, originadas por guerras o matrimonios reales, se convierten en barreras para la felicidad de la gente.

El Valle de los Caídos.

El hecho de que se esté discutiendo todavía si tiene sentido el Valle de los Caídos indica que este país sigue sin ser normal. Franco tendría que haber desaparecido de allí como Hitler de Berlín o como Mussolini, e ir a un cementerio como cualquier persona para descansar o a reposar sus restos en un sitio que elija, sagrado o civil. Pero no en un mausoleo para alguien que fue un genocida. Es que tener que explicar esto y que todavía haya una parte de la sociedad que todavía lo considere revanchismo indica la anormalidad del país. En Alemania no se le ocurre a nadie más que a cuatro locos. El Valle de los Caídos es el panteón más siniestro que hay en España, y hay muchos.

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Julio Llamazares sostiene un ejemplar de su libro. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

Retomando la conversación, ha pasado mucho tiempo entre un libro y otro. ¿Cómo ha sido su vida entretanto, ha sido una línea recta o un camino con curvas?

Han sido muchos viajes. Evidentemente, cuando en un proyecto pasan 17 años, tú cambias, seguro que esa evolución se advierte en el transcurso de los viajes. Incluso dejé de fumar. Si antes el viajero encendía un cigarro, ¡pues ya no lo enciende!

¿Cuál es el mayor aprendizaje que le ha dado la vida?

Una que he aprendido de Machado: a medida que me hago mayor, tengo más dudas y menos certezas. Cuando eres más joven, sueles ser más dogmático, tienes todo más claro. Luego empiezas a relativizar todo.

Y si tuviera que escoger tres momentos para revivirlos, sortearlos o dejarlos pasar, ¿cuáles serían?

Seguramente esas cuatro o cinco emociones o conmociones que se perciben a lo largo de la vida –¡y no son más!– son las que más recuerdas: la primera vez que ves una catedral, la primera vez que ves el mar, la primera vez que te enamoras, la llegada de tu primer hijo, la primera vez que ves tu libro publicado. Cuando te enseñan el nuevo, dices: ‘Pues oye, qué bien’. Y cuando tienes 15 hijos, ¡al último ni vas a verlo! Hay momentos que impactan sobremanera en nuestro espíritu y pasan a formar parte del ADN sentimental.

Hay un chiste de Woody Allen que tiene que ver con esto: el paso del tiempo y la brevedad de la vida. Dos señoras están en un hotel de montaña y una le dice a otra: “La comida de este hotel es pésima”. A lo que la otra responde: “Y además es tan escasa”.

Sí, seguramente la mayor pobreza de la vida sea que es corta. Seguramente nos gustaría vivir mucho más y vivir en buenas condiciones. Todos queremos llegar a viejo, aunque a nadie le gusta ser viejo. Y nadie quiere morirse, pero el propio deterioro físico no te deja otra opción. La paradoja del hombre es que es una contradicción continua, un conflicto continuo. En el caso de los escritores, lo que hacemos es reflexionar sobre las contradicciones en que nos movemos, tanto o más que los demás.

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Julio Llamazares, en la sede de Penguin Random House en Madrid. | Foto: Carola Melguizo | The Objective

 

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