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Manuel Rivas: "Vivimos un proceso de descivilización y la siguiente plaza a ocupar es Europa"

Foto: Sol Mariño | Penguin Random House

Cuenta Juan Cruz en Primeras personas que Manuel Rivas (A Coruña, 1957), o Manolo, era un joven recién salido de la adolescencia cuando estuvo a punto de ver su carrera marcada por las malas artes de algunos compañeros: cubriendo en 1978 unas votaciones sindicales en Galicia para El País, dio por hecho el resultado antes de tener el anuncio. Lo hizo movido por el consejo de algunos veteranos de la redacción, que le aseguraron que aquello “estaba cantado” y el episodio podía darse por cerrado. Ante el disgusto de ver que los resultados no fueron los que se presuponían y más solo que la una, pues aquellos compañeros lo abandonaron, el joven Manuel tuvo que viajar a Madrid convocado de urgencia por Cebrián, dispuesto a recibir una reprimenda de época y un despido justificado.

Para su fortuna, las previsiones estaban nuevamente equivocadas. El jefe le leyó la cartilla, sí, pero también le dio la lección de vida de que nada ocurre hasta que ocurre.

Manuel Rivas, a sus 61 años, hijo de Carmiña y Manuel, criado en el barrio coruñés de Monte Alto, ha escrito tanto, ha sido partícipe de tanto, que la pregunta de partida es de dónde sacó el tiempo para hacerlo. Rivas es un narrador extraordinario, con obras como ¿Qué me quieres, amor?, donde se lee el cuento La lengua de las mariposas, que llevó al cine Fernán Gómez conducido por la emoción, o Vivir sin permiso y otras historias de Oeste, que acaba de publicar en Alfaguara y contiene el drama que protagoniza José Coronado en su versión para la televisión. Su firma aparece en una bibliografía donde encontramos novela y poesía, relatos y reportajes, e incluso en la fundación de la rama española de Greenpeace, pues siempre fue un defensor tenaz del medioambiente.

Su gesto es bondadoso y tranquilo, sus valores políticos se adhieren al progresismo y su concepción del periodismo no admite réplicas: es una forma más de activismo. No sorprenden estos atributos si atendemos a la revista que fundó y edita, Luzes, un oasis de agua purificada y reportajes reposados que cuenta con dos elementos extraordinarios: se publica en gallego y ¡vive de sus lectores!

Son tiempos difíciles de digerir: Bolsonaro es el último en apuntarse a la fiesta.

Sí, hay un contagio. Hubo un tiempo en que existía la idea de la Internacional, asociada con la emancipación de la gente. Ese era el ideal originario, sobre todo para agrupar a la gente más vulnerable, más indefensa del mundo, como una superación de las fronteras. Pero lo que está funcionando es una especie de pesadilla, una Internacional del neototalitarismo, un pensamiento muy grosero, un retroceso en derechos, en diversidad… Vivimos un proceso de descivilización y creo que la siguiente plaza a ocupar es Europa. No es que estemos rodeados, es que el enemigo está en casa. Lo que está pasando es inquietante. En mayo tenemos elecciones en Europa y la ultraderecha lleva tiempo trabajando para preparar esa toma. Tenemos aquí emisarios como Steve Bannon y no veo que haya una agitación o movilización o rebelión democrática ante todo esto. Parece que la gente está demasiado preocupada por su tenderete.

Tengo la impresión de que, al tiempo que hay una revolución feminista en marcha, resurge en países de tradición democrática una revolución de los patriarcas.

Yo creo que una es una contrarrevolución y tiene que ver con la revolución feminista. La revolución feminista puede cambiar el mundo. No es solo una movilización por cuestiones parciales, por cuestiones sectoriales, sino que supone realmente un cambio en las relaciones humanas en el mundo y un cuestionamiento de las fuerzas de poder tal y como ha sido ejercido. Ha habido mujeres en el poder, es cierto. Pero es distinto que haya mujeres en el poder a que haya mujeres que cuestionan el poder. Un poder que es machista; el machismo es el sistema. En Brasil hemos visto que la principal reacción contra el neototalitarismo de ese tipo grosero e innombrable fueron las mujeres.

Hemos visto que en los neototalitarismos no hay tanto propuestas como definiciones del enemigo. ¿Qué van a hacer? El cambio climático lo niegan, incluso cuando se producen manifestaciones evidentes del malestar de la Tierra. Lo que quieren es que las fábricas de odio estén echando humo a tope. De ahí todo el sistema de fake news. Están en contra de los feministas, los ecologistas, los defensores de los pueblos originarios. El paradigma de esto fue el asesinato de Berta Cáceres. En un encuentro reciente entre Marine Le Pen y Steve Bannon acordaron que tenían que perfilar mejor al enemigo. La denominación común que dieron a esto fue nómadas. “Nosotros somos los que estamos donde tenemos que estar”.

Pero yo creo que todo esto tiene una segunda parte que es la indiferencia y el silencio de los intelectuales, que no son solo los filósofos conocidos o los escritores críticos, sino quienes emiten opinión en los medios: los comentócratas. Hay una comentocracia que no quiere ideas, quiere escándalo y enemigos. Si los catalanes están callados, pues buscamos otros.

Desviar la atención para no desviar el tiro.

¡Efectivamente! Esa es la cuestión: el uso de armas de distracción masiva.

Me cuesta comprender qué tiene de seductor el populismo.

Yo prefiero hablar de un post-fascismo. No se manifiesta del todo porque todavía no tiene el poder… pero veremos cuando lo tenga. No se puede ser más sutil que el innombrable de Brasil cuando dijo que el error de la dictadura fue no matar en vez de torturar. Una vez que este pensamiento llega al poder, no lo suelta por las buenas.

Hay un reportaje extraordinario de Le Monde, que para mí es uno de los paradigmas de los buenos y grandes reportajes, donde los periodistas se fueron a un pueblo en la frontera con Alemania de unos 2.000 habitantes. Allí había un 90% de apoyo a Le Pen. Primero entrevistaron a la dirigente del Frente Nacional, que es estanquera y soltó la doctrina. “¿Usted por qué piensa que tanta gente apoya a Le Pen?”. “Por la delincuencia, la inmigración, la gente está harta”.

Entonces se pusieron a recorrer el pueblo y descubrieron que el último acto de delincuencia en el pueblo se produjo el año anterior. Fue un tipo que robó una moto, con tan mala suerte que se cayó y tuvieron que llevarlo al hospital. ¡La policía no conocía otro caso desde que ese tipo se rompió la pierna! Descubrieron que, en cuanto a la inmigración, vivía allí una pareja de marroquíes que todo el mundo respetaba y quería muchísimo, que de hecho estaban a punto de jubilarse y de regresar a Marruecos. Todo el mundo vivía bien. No había desempleo.

Entonces volvieron a ver a la dirigente para cerrar el capítulo y le dijeron lo que habían visto y lo que les habían contado: “Aquí, de inmigrantes, solo hemos conocido a esta pareja”. “¡Sí, y son muy buena gente!”. Pero, claro, ella toda cabreada les respondió: “¡Pero qué ocurre con ustedes! ¿Son periodistas y no ven la televisión?”.

¡Buenísimo! Parece ficción de lo bien cerrado que está.

¿Verdad que sí? Y se repite. The New York Times hizo hace poco un trabajo muy a fondo sobre la vida de Trump y era todo una suma de chapuzas, de no pagar impuestos, de no cumplir ninguna ley. ¡Y ese tipo encarna ahora la ley! ¡Ese tipo escoge a los miembros del Tribunal Supremo, joder!

Es un gángster.

Claro, es como Al Capone. Hay una entrevista que le hicieron en 1930 y es, en todo lo que cuenta, como Trump. Él se erige como un defensor de la libertad. “La libertad de verdad”. Decía que defendía el estado y el orden frente a los comunistas que querían destruirlo todo. De hecho, lo condenaron por un tema de impuestos.

Manuel Rivas: "Vivimos un proceso de descivilización y la siguiente plaza a ocupar es Europa" 1

Portada de ‘Vivir sin permiso’, de Manuel Rivas. | Fuente: Penguin Random House

Escribió en El País Semanal que puede que el periodismo no sea el oficio más bello del mundo, pero que es “uno de los más necesarios”.

Hay una novela de Mankell, La falsa pista, que cuenta que hay una persona cavando y buscando pistas, buscando la verdad. Y hay otra persona arriba que, con otra pala, está echándole la tierra encima. Y dice: los dos son periodistas. Hay periodistas que excavan y otros que tapan. El problema es cuando hay más periodistas que tapan.

Vivimos una época muy mala, pero hay cada vez más espacios de periodismo que excava, periodismo de resistencia. Un periodismo que no se somete. Ojalá hubiera medios más grandes que llegaran a más gente y que por lo menos tuvieran una posición de no ser los perros guardianes. Ahora al menos hay un archipiélago de medios, tanto en revistas como en digitales, hasta una revista de instituto es importante. Hay gente que se mosquea cuando digo esto: el periodismo es un activismo. Lo que pasa es que es una palabra manchada. Parece que si eres activista eres partidista, un partisano. El activismo, para mí, es lo contrario de estar desactivado. Frente a un periodismo estupefaciente, tiene que haber un periodismo que sea un activismo democrático.

¿Cree que la literatura como activismo también está desenfocada?

Creo que es muy interesante el espacio entre la ficción y la no ficción. Hay que abrir un género que sea la rendija. La literatura de Kafka está ahí, siempre renueva la mirada en los ojos de quien la lee. De todas formas, es un tiempo diferente. El periodismo es una intervención más inmediata. La literatura no tiene que ver solo con una problemática inmediata, sino con esa zona secreta del ser humano. Me parece fundamental que la literatura tenga el acento de la verdad, que se puede expresar con los recursos literarios.

Lo encontramos en estos cuentos.

Me gusta mucho el cuento. Yo lo concibo como esa mariposa que anda girando en una lámpara hasta que la lámpara se apaga. Aquí hay más bifurcaciones. En el primer relato —El miedo de los erizos— te sientes cercano a los personajes, estás pendiente de lo que hacen. Te despiertan curiosidad. Estos dos personajes, que pueden ser como Hansel y Gretel, son dos marineros que están en precario, capeando el temporal de la vida, a ver qué pasa, cómo viene, no saben muy bien qué hacer, de vez en cuando se encienden un canuto. De pronto aparece lo que aparece en los cuentos tradicionales: el objeto mágico. Unos jóvenes pobres que encuentran ese objeto mágico que les puede cambiar la vida y vivir por ahí como Dios. Lo que pasa es que ese objeto mágico, ahí la transgresión del cuento tradicional, se vuelve un objeto diabólico. No los libera del peligro, sino que los expone ante el peligro. La cuestión central a la que se enfrentan es el miedo y la libertad. Esos polvos mágicos se convierten en sinónimo de peligro: tienen que decidir si juegan a triunfar o si escogen la libertad. Lo importante no es tener o no tener poder, sino ser o no ser libres.

Eso enlaza con Vivir sin permiso, que es directamente la cuestión del poder. Alguien que ha borrado sus huellas, alguien que se convierte en un tipo con una respetabilidad mediante el temor porque la ecuación del capitalismo impaciente es codicia más velocidad más violencia, que es lo que vemos en estos personajes. Como Bolsonaro. Aquí está presente el narcotráfico. Pero la mercancía no es la cuestión, no es un libro sobre cocaína, sino sobre seres humanos que se hacen ricos y poderosos o pierden la vida o se juegan el tipo en este tiempo histórico donde el oro es la cocaína. El tema es el poder porque el poder es la verdadera droga. Utilizando esa mercancía alcanzas el poder, pero el poder no se acaba en tener propiedades, quieres más y más. Y resulta que el principal enemigo eres tú mismo.

Atendiendo a la pugna por el poder y la violencia extrema que genera el narcotráfico, ¿deberíamos plantear el debate de la regularización del mercado de las drogas?

Sí, pero también debo decir que la guerra contra el narco es muchas veces una disculpa para aprovechar la circunstancia y destruir la disidencia. Por medio cayeron en México y Colombia cantidad de líderes, especialmente mujeres ecologistas. Todo esto es una guerra contra la población. Pero sí, hay que tener en cuenta la experiencia de la Ley Seca en Estados Unidos, todo lo que se desató por el absurdo que supuso que una pandilla de puritanos prohibiera la venta de alcohol, cómo después el crimen partió de ahí para continuar con el secuestro, la extorsión a los inmigrantes. Está claro que lo que se hizo hasta ahora no vale. Recuerdo estar viendo el expediente de una farmacia durante los años 20 y 30 y ver que se vendía x cocaína para fulano… La gente la compraba en las farmacias. No había tanto rollo.

Es una prohibición de cien años.

Claro. Vemos experiencias de países que están abriendo ciertos caminos, que requiere a gente de cierto valor para este tipo de cambios. Vemos países como Canadá o Uruguay, que no parece que se hayan convertido en los peores lugares del mundo. Te marca la diferencia entre Justin Trudeau y un cabestro como Pablo Casado, que es incapaz de entender nada de lo que está pasando. Cuando se crean mecanismo de terror y de guerra, se genera mucho más dolor y estragos de lo que podría llegar a causar la droga.

¿Nos estamos metiendo en un proceso de involución?

Yo no soy nada apocalíptico: las depresiones me duran cinco minutos. Pero es verdad que el futuro no es lo que era. Tengo la sensación de que nos están robando la línea del horizonte. Vivimos en un proceso de malestar político, de destrucción medioambiental que está aniquilando nuestro hábitat… y no que ves que haya una conciencia. Más bien al contrario. Hubo un momento en que parecía que se iba a reaccionar, pero volvemos al negacionismo.

Te cuento una historia real. Un marinero asistió a un naufragio junto a dos marineros en Galicia y él se salvó. Continuó la búsqueda de los otros dos compañeros. Habían pasado tres días, ya era difícil que estuvieran con vida. Entonces él va a la radio. Allí le hacen una de esas preguntas que se hacen a veces, un poco tontas: “¿Usted tiene esperanza?”. El hombre, muy educado y por no callar la boca, le dijo: “Hombre, esperanza tengo. Pero es una esperanza negativa”.

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