Escritores al borde de un ataque de nervios (IX): «Porque compró la casa en que vivías». El 'beef' más extremo de Quevedo y Góngora
Foto: Alexandra Semenova| IG: @sash.smotri

Cultura

Escritores al borde de un ataque de nervios (IX): «Porque compró la casa en que vivías». El 'beef' más extremo de Quevedo y Góngora

La enemistad de ambos poetas pasó de las palabras a los hechos en 1625, cuando Quevedo compró la casa en la que vivía de alquiler Góngora y lo desahució de inmediato 

por Gonzalo Núñez

Recuerdo que hace casi veinte años, dos escritores la emprendieron a bofetadas por un ‘quítame allá esa mano alzada fascista de mierda’ en el programa de Dragó Negro sobre Blanco. Eruditos pandilleros que, en cuestión de minutos, pasaron de las musas al ‘eso no me lo dices en la calle’. Después de la tangana, el presentador tuvo que disculparse ante su siguiente invitado, Joaquín Sabina, quien quitó hierro al asunto incardinándolo jocosamente en toda una tradición literaria: «Nada hombre, nada. Si así debería ocurrir. Como Quevedo y Góngora, Valle-Inclán y Manuel Bueno… La letra con sangre entra».

Este del escritor de tronío, tan buen versificador como púgil de reyerta barriobajera, es efectivamente un buen tronco del árbol patrio de la Literatura. Por situarlo ya en la época que interesa este artículo, el conde de Villamediana era, según un contemporáneo, Antonio Hurtado de Mendoza «dado al juego y los placeres; / (…) Muy diestro en rejonear, / muy amigo de reñir, / muy ganoso de servir, / muy desprendido en el dar. / Tal fama llegó a alcanzar / en toda la Corte entera, / que no hubo dentro ni fuera / grande que le contrastara, / mujer que no le adorara, / hombre que no le temiera». La jactancia de Villamediana llegó, en sátiras, hasta la base misma del trono real. A nada le temía Don Juan. Hasta que un día de agosto de 1622 amaneció con su buena cuarta de toledana en el pecho. Su poesía satírica, que asaetea desde los bajos fondos a los dorados títulos, es un buen ejemplo de la liberalidad furibunda de aquellos españoles que los libros de Historia nos pintan como vasallos prácticamente esclavizados al Rey.

En la tradición goliárdico-pendenciera, la de Villon y Cecco Angiolieri, no somos los españoles los más mancos del lugar. Pero sucede con este ámbito lo que con los tuiteros del gremio en la actualidad: que casi siempre sus trifulcas son de pega, un toma y daca impostado que resulta en win-win: retuits y followers para todos a cambio de soliviantar el patio un rato haciendo como que nos detestamos. 

La célebre disputa entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, soneto va soneto viene, no acabó jamás en reyerta, a menos que tengamos el verso por arma blanca, que en el caso de Quevedo sería muy posible. Más que enemigos realmente enconados, los imagino jugando al beef de los traperos, en el ring de la palabra. Como C. Tangana y Yung Beef, por decirlo en millennial. De ese enfrentamiento salieron ganando ambos, retroalimentados por la leyenda de los poetas vengadores.

Escritores al borde de un ataque de nervios (IX): «Porque compró la casa en que vivías». El 'beef' más extremo de Quevedo y Góngora

Francisco de Quevedo. Lienzo conservado en el Instituto Valencia de Don Juan que ha sido con frecuencia atribuido a Diego Velázquez, pero es una de las tres copias del original perdido que fueron ejecutadas en su taller. | Imagen vía Wikipedia.

Lo cierto es que el «beef» eterno de Quevedo y Góngora nos habla muy bien de los gustos artísticos de aquella España de hojas volanderas y anónimos encabritados que abastecían los mentideros con disputas de poetas. Las facciones, cada vez más ‘hooliganizadas’, bancaban por los suyos: conceptistas o culteranos. La publicación de las Soledades (1613), esa sinfonía indescifrable pero irresistible de Góngora, disparó las controversias sobre el estilo. Al hermetismo del cordobés («el hablar figurado, demasiado y con palabras peregrinas», señala un comentarista) le surgieron detractores por centenares, más que rendidos admiradores. Con el paso de los años, sin embargo, muchos de sus críticos se unieron a la new wave culterana, como siguieron los jipis a Dylan después de lanzarle la guitarra eléctrica a la cabeza.

Evidentemente, la llegada de un nuevo gallo al corral soliviantó la granja conceptista, con Quevedo a la cabeza, y con la ayuda inestimable de un Lope de Vega que, como siempre (ya sea mujeres, religión, estilo) se movía entre dos aguas. Del Fénix de los Ingenios es el soneto que, para mi gusto, representa la más imaginativa crítica contra el gongorismo: A la nueva lengua. El poeta figura en él un regreso a España, después de muertos, de Garcilaso y Boscán, padres de la tradición -cristalina, sencilla y elegante- del sonetismo hispano. Al llamar a una posada, son recibidos por la criada con solemnes versos de corte culterano: «No hay donde nocturnar palestra armada». Tras intentar entenderse con la buena señora, Garcilaso y Boscán deciden seguir viaje a la intemperie: «¡Que en tan poco tiempo tal lengua entre cristianos haya!». 

Como es bien sabido, fue Quevedo el ‘mejor enemigo’ de Góngora, como lo fue éste de aquél, aunque con menos asiduidad y fortuna. Góngora se burló de la cojera del madrileño y de sus aerodinámicos quevedos, por no hablar de su afición a la botella, siempre encomendado a San Trago. En sus sonetos satíricos no se apea del todo de su culteranismo, de modo que el verso fácil, a veces canalla y zafio, de Quevedo le gana la mano para el lector moderno. No hay argumento a mano que el autor de El Buscón no exprima hasta sacarle todos los frutos del campo semántico: de la nariz hebraica al el esnobismo de su poética, parodiado con maestría: «Quien quisiere ser Góngora en un día/ la jeri (aprenderá) gonza siguiente:/ fulgores, arrogar, joven, presiente,/ candor, construye, métrica, armonía». Para el gran público, Góngora ha quedado fijado en la tradición por el famoso «érase un hombre a una nariz pegado».

Escritores al borde de un ataque de nervios (IX): «Porque compró la casa en que vivías». El 'beef' más extremo de Quevedo y Góngora 1

Retrato del poeta y escritor español Luis de Góngora y Argote (1561-1627), esta vez sí, de Diego Velázquez. | Imagen vía Wikipedia.

Más allá del insulto variado y descacharrante, que le hacen a uno añorar la riqueza verbal de un país que ha circunscrito su capacidad de ofensa a un puñado de tacos, los juegos de Quevedo con el estilo de su enemigo son excelsos de puro ingenioso. El escatológico madrileño, autor de Gracias y desgracias del ojo del culo, imagina por ejemplo en un soneto cómo describiría en versos de su cuerda Góngora el culo: «Este cíclope, no siciliano, del microcosmo sí, orbe postrero (…) este que, siendo solamente cero, le multiplica y parte por entero todo buen abaquista veneciano».

El beef Quevedo-Góngora cruzó el umbral de las palabras en la década de 1620 con una impía jugarreta inmobiliaria del madrileño hacia el cordobés. 

En 1619, el autor de las Soledades deja la capital califal para instalarse en la Villa y Corte con el objetivo, como todos, de agenciarse buenos mecenas y rentas fijas. Recala en una casita modesta en la Travesía Calle del Niño, cerca de las Trinitarias. A pesar de que el barrio de Huertas ofrecía precios más sensatos que otros puntos más céntricos -y por ello llamó la atención de los poetas-, la burbuja del alquiler debía estar tan hinchada entonces como ahora, pues Góngora declara en una carta: «he alquilado una casa que, en el tamaño es dedal y, en el precio, plata». Vivir en Madrid exigía de quien aspirara a hacer dinero empezar por gastar su propia bolsa: parecer rico antes de efectivamente serlo. Muchos, no obstante, se quedaban a media jugada. Así, Góngora vio cómo, en sólo cinco años, sus cuentas se esfumaban en el tren de vida de la Corte. Hacia 1625 estaba arruinado. En esas, Quevedo olió sangre y entró a morder. 

El madrileño ya contaba con dos apartamentos en la misma calle, pero en cuanto supo que la que ocupaba Góngora salía a la venta de parte de una tal María de la Paz (presunta casera del cordobés), no dudó en aflojar maravedíes para hacerse con la propiedad y, de paso, con el destino de su enemigo íntimo. En invierno de aquel 1625, ya dueño de la casa, Quevedo ejecuta el desahucio de Góngora, que, pocos meses después, regresa a Córdoba arruinado para morir al año siguiente.

No existen documentos taxativos al respecto de esta anécdota, pero sí indicios de sobra para pensar que es auténtica. Para empezar, está confirmado, a través de documentos de la época y posteriores, que la casa de la Calle del Niño (hoy, añadiendo chacota, llamada Quevedo) fue adquirida por el poeta y que Góngora tuvo que abandonarla en esa época, según consta en su correspondencia: «El 18 de este temo me echará en la calle de esta pobre vivienda mía el dueño de la casa y que me hallo en los umbrales del invierno sin hilo de ropa». Poco debió importarle a Quevedo el estado en el que se encontraba reducido Góngora. Finalmente, un largo poema satírico (Alguacil del Parnaso, Gongorilla), atribuido y desatribuido alternamente a Quevedo, hace referencia al asunto:  

Y págalo Quevedo

porque compró la casa en que vivías,

molde de hacer arpías;

y me ha certificado el pobre cojo

que de tu habitación quedó de modo

la casa y barrio todo,

hediendo a Polifemos estantíos,

coturnos tenebrosos y sombríos,

y con tufo tan vil de Soledades,

que para perfumarlas

y desengongorarla

de vapores tan crasos,

quemó como pastillas Garcilasos:

pues era con tu vaho el aposento

sombra del sol y tósigo del viento.

Sea apócrifa o no, está claro que remite directamente al desahucio y al posterior proceso de «desgongorización» de la casa. Caso de ser de un tercero en discordia, demostraría hasta qué punto el eterno conflicto entre culteranos y conceptistas, así como entre sus puntales, hacía furor en los foros de la capital, amén de reafirmarnos en que todo está inventado, incluido el beef, el troleo y la ejecución hipotecaria. 

Gonzalo Núñez

Periodista, por ahora y entre otras cosas. Autor en ciernes. Sevillano de Madrid, madrileño de Cádiz. Italianófilo y rusófilo, siempre.