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Especial | Un año del confinamiento: 10 historias verdaderas para no olvidar

Muchos se sacrificaron para cuidar de los demás, para que llegara la comida, para arrimar el hombro: aquí les ponemos rostro

por The Objective

¿Cuánto ha pasado? Un año. Parece que ocurrió mucho antes, en otra vida. Pero empezó, aquello del confinamiento, un 14 de marzo; el único de 2020. Y los españoles asumimos esto de quedarnos en casa, ni moverse, con resignación y disciplina, sin demasiados aspavientos. Hicimos propias algunas costumbres, construimos algunos ritos: el aplauso de la tarde, la conversación –ventana a ventana– a voz en grito, el Alto el fuego de los sábados. Pero la vida y la muerte seguían su rumbo ahí fuera, y de qué manera. Se cumple un año del anuncio del presidente Sánchez y hemos recogido diez testimonios de hombres y mujeres que estuvieron ahí, a la altura, cuando más se les necesitó; para que la comida llegara, para que el paciente resistiera un día más, para que alguien –aislado del familiar o del amigo– encontrara consuelo. Nos cuentan cómo sobrellevaron aquellas semanas: qué hicieron, qué vieron, qué sintieron. Estas son las historias de Rafael, Mercedes, Laura, José, Raúl, Anech, Diego, David, Maribel y Pedro.

Rafael Bermejo | Técnico en cuidados de enfermería | Madrid | 30 años

Especial un año del confinamiento 1

Foto cedida por el entrevistado.

Mucho antes del 14 de marzo, empecé a trabajar en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Fue en enero, en la campaña de la gripe. Era un contrato muy breve, de un mes y medio. A finales de febrero se me acabó el contrato. Dos semanas después de terminar mi contrato, me llamaron desde el hospital para suplir una excedencia. Me destinaron al servicio de Urgencias, algo que, aunque no me dio miedo, sí me dio respeto por la que estaba cayendo. El día que empecé estaba bastante nervioso y emocionado. Me di cuenta de que la situación se había ido de las manos en el primer día en Urgencias, aquello era un caos. No paraban de entrar personas con síntomas, no se sabía bien cómo actuar, nos quedábamos sin balas de oxígeno porque todos los pacientes llegaban sin oxígeno… Ahí fue cuando muchos sanitarios nos contagiamos, porque no sabíamos muy bien cómo utilizar los EPI –no nos explicaron cómo hacerlo–. Yo viví, incluso, cómo durante días había pacientes en sillas esperando una cama porque no había sitio ni en mi hospital ni en ningún otro. En aquel momento crítico, creo que pude aportar rapidez, dinamismo y perspicacia. También sosiego para tranquilizar a los pacientes y darles ánimo. Nunca pensé en cogerme la baja. Necesitaba estar allí, vivir lo que he vivido –que no lo voy a olvidar nunca–. De hecho, trabajaba en otro hospital al mismo tiempo y nunca pensé en dejarlo.

Entre los peores momentos que recuerdo: el brote que hubo en una residencia cercana. Nos derivaron a 15 pacientes que llegaron prácticamente sin vida. Venían a morir, fueron cayendo uno a uno. Otro momento traumático fue cuando llegó a Urgencias un paciente de unos 48 años, que no estuvo más de media hora con nosotros porque enseguida le llevaron a la UCI a intubarlo. Llegó completamente desaturado, intentamos que pudiese respirar, pero no fue posible. Recuerdo su cara como si la estuviera viendo ahora mismo. Su angustia, cómo nos miraba, cómo sudaba, su expresión de «no puedo respirar». Fue realmente impactante. En aquellos momentos, me arropaba mucho el cariño de los míos. También recuerdo el buen equipo de trabajo que construimos. El hospital se paralizó, todas las plantas eran coronavirus, excepto la de oncología. El hecho de unirnos varios profesionales de tantos servicios diferentes en Urgencias fue muy especial. Me quedo con todos aquellos pacientes que se recuperaron. Ya no estoy en Urgencias, ya no estoy en una planta covid, pero nos siguen derivando muchos pacientes con coronavirus y es una satisfacción ver cómo muchos siguen mejorando.


Foto cedida por la entrevistada.

Mercedes Montoya | Directora de Distribución de la Fundación Banco de Alimentos | Madrid | 69 años 

El jueves previo al confinamiento, la hija de un compañero me dijo por teléfono que su padre tenía covid. Tuvieron que ingresarlo en el 12 de octubre. De modo que decidí trabajar desde casa, al menos una semana. Los acontecimientos se precipitaron rápidamente. A la semana siguiente, en reuniones telemáticas, y ante la situación de no recogida de alimentos por gran parte de las entidades, reorganizamos nuestros almacenes y decidimos trasladar todo el servicio a la Delegación de Alcalá de Henares. La dificultad de las entidades para recoger y distribuir los alimentos era cada vez mayor: faltaban voluntarios, los comedores sociales no podían cocinar, las medidas sanitarias y de confinamiento eran insalvables. Nos vimos obligados a suspender la entrada de productos perecederos. Pero la demanda de ayuda era cada vez mayor, aumentó más de un 40%, cuando las donaciones bajaron un 80%. Analizamos el stock de nuestro almacén y las fechas de caducidad de los alimentos básicos. Nos quedaban alimentos para un par de meses. El problema era que no podíamos hacerlos llegar a las familias. Unas setenta entidades cerraron y la gente no sabía dónde acudir. Había familias que nunca se habían visto en una situación como esa. Nos llamaban, nos preguntaban. Trabajamos todos 12 horas diarias. Todos. No me levantaba del ordenador ni para el aplauso a los sanitarios; incluso mis familiares, desde sus casas, colaboraban.

Murió un compañero. Hubo momentos muy malos. Sentía mucha frustración porque nos esforzábamos, pero no llegábamos. Alguien me dijo que éramos una tirita, no una vacuna. Sin embargo, poco a poco comenzamos a ver la luz. Con ayuda externa, empezamos a distribuir a las entidades. Con los salvoconductos que les enviamos, empezaron a recoger alimentos. Se cortaron las donaciones de alimentos habituales, pero nos llegaban los alimentos de la hostelería que cerraba. Aunque, la verdad, eso también era doloroso. Organizamos una red de voluntarios particulares que con sus vehículos recogían menús preparados y los llevaban a las entidades todos los días, sin excepción. Se flexibilizó el procedimiento para dar de alta a entidades nuevas: se dieron de alta al doble del ritmo anterior a la pandemia. Con la primera campaña que se hizo para comprar alimentos, se recaudó un millón de euros. Por primera vez en 25 años de historia, nuestra Fundación empezó a comprar alimentos básicos en origen. Un cambio sin precedentes. Una gran satisfacción. Pero quedaba mucho camino por delante.


Foto cedida por la entrevistada.

Laura Diez Fernández | Enfermera en la residencia de ancianos Arroyo de Valdearcos (León) | 25 años

El 14 de marzo salí de trabajar como un día cualquiera y aproveché para ir a dar el que iba a ser el último paseo por el campo con mi pareja y nuestros perros. Al llegar a casa, vimos que se había decretado el estado de alarma. El día a día en la residencia siguió y, al principio, los comentarios entre compañeros eran no os preocupéis, esto es como una gripe fuerte. Pero fue pasando el tiempo y alargándose el estado de alarma y a finales de abril fui consciente de lo realmente mal que pintaba la cosa. Empecé a pensar que tendríamos que convivir con esto durante unos años. En los meses de confinamiento hubo momentos de bajón, en los que no veía salida, y el agotamiento de estar trabajando mañana y tarde con tanta presión no ayudaba. Alguna vez se me pasó por la cabeza abandonar, cogerme una baja, pero no podía dejar a mis compañeras y a los abuelines tirados. Además, no había gente para cubrir bajas y algunas compañeras, más mayores, tuvieron que cogérsela por miedo a cómo podría afectarles el virus. Y por puro agotamiento. Yo me concentré en lo que estaba aportando: vitalidad y frescura ahí, en primera línea.

Lo peor era ver que, si los residentes se ponían enfermos y necesitaban cuidados hospitalarios, no nos los aceptaban en el hospital por tener «demasiados» años. Tenías que hacer todo lo que podías por ellos para salir adelante. También comprobar cómo pasaban semanas y meses sin que pudieran ver a sus familias: es muy difícil explicarle a una persona mayor que no puede ver a sus seres queridos cuando más los necesitan. Incluso en esos momentos, hay otro lado de la balanza. La unión que se creó con compañeros y con los residentes. Cada día hacíamos algo con ellos para animarles y que no se sintieran encerrados ni tristes. Hacíamos tardes de bailes tradicionales, cánticos, bingo, gimnasia, disfraces, videollamadas con los familiares… De verdad, era precioso ver cómo sonreían y se emocionaban. Yo con eso era feliz.


Foto cedida por el entrevistado.

José Robles | Soldado del Ejército de Tierra, militar de la AGRUSAN nº1 | Madrid | 32 años

El confinamiento me pilló en el cuartel. Estaba poniendo a punto todos los equipos porque estábamos pendientes de que nos activasen para la Operación Balmis de un momento a otro. Pero pasaron 15 días hasta que salimos a las calles a desinfectar. Estaba muy cabreado. Yo formo parte de la Agrupación de Sanidad Nº1 del equipo veterinario, estamos especializados en desinfecciones; no entendía por qué nuestros compañeros de la UME estaban ya en las calles y nosotros no. Podíamos aportar mucho, tenemos incluso un hospital de campaña que podíamos montar en pocas horas y pensaba que no llegaría ese momento, siendo tan necesario. Sentía que podía ayudar con cualquier cosa, aunque fuese recogiendo camillas, moviendo enfermos, sujetando sueros… Era el momento de ayudar, de demostrar lo que valemos, de sentirnos orgullosos de nuestro trabajo. Quería ir pa’ lante con cualquier cosa, me sentía muy orgulloso de estar ahí y ayudar.

Recuerdo una situación que fue muy jodida. Fue el día en el que llegamos a una residencia de ancianos de Fuenlabrada para desinfectar. Llovía mucho. Cuando fuimos a entrar por la puerta de atrás, sacaron de la residencia cinco o seis ataúdes. Ahí dije: «Esto es fuerte, esto es muy serio». Para mí, fue un antes y un después. La realidad me dio ese día en toda la cara. Aunque las personas mayores estaban muy orgullosas de que el Ejército estuviera ayudándoles: se sentían importantes, era un «mira, el Ejército está aquí por nosotros». A cada residencia que íbamos nos aplaudían hasta los trabajadores, desde las ventanas nos gritaban para apoyarnos. Eso nos daba fuerza y ánimo para seguir adelante. Y creo que, a raíz de la Operación Balmis, la imagen del Ejército ha salido reforzada. La gente nos tiene mejor valorados. Además, se hizo mucha piña también con la Guardia Civil y la Policía. El mejor momento era cuando, después de todo el día, llegábamos al cuartel todos los compañeros y nos sentábamos a tomarnos una cocacola para celebrar todo lo que habíamos hecho, desde el último soldado hasta el primer jefe, todos juntos. Ese momento de sentirnos un equipo, de decir «estamos reventados, pero nos vamos a quedar media horita más juntos a tomar algo y a apoyarnos», era espectacular. Eso nos unió mucho. A día de hoy somos como hermanos.


Foto cedida por el entrevistado.

Raúl Menéndez | Camionero | Oviedo | 55 años

Cuando decretaron el estado de alarma, no le di la importancia. Luego me fui dando cuenta de que el problema era más gordo de lo que pensaba. Hacer la ruta Oviedo-Madrid, por la M-50, con la carretera de aquella manera, me hacía pensar en esas películas con sucesos extraños. Teníamos el problema de que no teníamos donde parar. Todo estaba cerrado y nadie lo tuvo en cuenta al principio. No teníamos nada. Te encontrabas con que no tenías ni donde tomar un café, ni donde ir al baño. Nada. Me podía pasar dos o tres días a base de bocadillos o de lo que compraba en los supermercados.

No había servicios donde ducharse, ni café por la mañana. Menos mal que alguien tomó medidas y empezaron a abrir. Pero tardaron. Trabajando solos en la carretera, hubo un momento en que sí nos sentimos, yo creo que todos, orgullosos de nuestro trabajo. Cuando veía a gente por ahí, me lo agradecía. Pero eso ya pasó. Fue fugaz. La gente olvida rápido las cosas. Supongo que le pasará a los sanitarios también. Hicimos lo que teníamos que hacer y ya está. Pensé que nos reconocerían algo, pero la verdad es que no.


Foto cedida por el entrevistado.

Diego González | Sacerdote y profesor en el colegio Claret (Segovia) | 44 años

Recuerdo que era viernes, y ya sabes cómo es el ambiente en el colegio un viernes. Nos habían llegado rumores, como a todo el mundo, de lo que podía suceder. Dábamos por sentado que serían diez, quince días, tal vez cuarenta, los que tendríamos que estar en casa. Recuerdo que me despedí de un compañero con un Feliz cuarentena. Imagínate. Ese viernes se alargó hasta el verano. Nos pilló por sorpresa. Y fue pasando el tiempo, la normalidad no regresaba. Tuvimos que organizarnos y asumí, como profesor de religión, el undécimo mandamiento: no molestar. Eso procuré aplicar. Pensé que no era momento de sobrecargar a los chavales, cada uno con sus circunstancias y no todos con su ordenador. Nos dijimos: «Vamos a mantener una política de contacto. No vamos a ser una carga». Pusimos el material del colegio a disposición de los chavales y las familias. Nosotros somos así. Estamos para ayudar. Y ayudamos en lo que pudimos. 

Lo llevé peor como sacerdote por mi manera de entender la acción pastoral. Me gusta estar cerca, pendiente, pasear por los pasillos, saludar, dar una palmada en la espalda, preguntar. Ese pilar como sacerdote se vino abajo. Vivimos situaciones duras. He perdido seres queridos. He acompañado a familias en sus pérdidas. Ahí estuve, todo lo que pude, porque no podía estar todo el rato. Las medidas eran las que eran. Me desesperaba. Me las ingeniaba para apoyar en el tanatorio o presidiendo el funeral. A lo mejor, en la homilía, me permitía decir algo: «Estamos pocos. Seguramente estaríamos muchos más. Pero estamos aquí. Para apoyar. Para mostrar nuestro cariño». En los chavales estamos viendo ahora cómo les afectó. Necesitan sacarlo. Exteriorizar. Expresar. Organizamos convivencias y hacemos dinámicas con ellos, de modo que dedican tiempo de trabajo a sus emociones, a su interioridad. Se nota que lo necesitan. Algunos chavales han vivido situaciones muy dramáticas. No exagero. Hay familias en las que han enfermado el padre y la madre y los dos hijos se han ocupado de todo. Una alumna tuvo que consolar a su padre, con la puerta de por medio, cuando al padre le dieron la noticia de la muerte de la abuela. En ese instante, la chica no me llamó. Ojalá lo hubiera hecho. Eso ha salido después. Hemos tenido que sacárselo, porque hay que sacarlo: dentro termina rompiéndote.


Foto cedida por la entrevistada.

Anech Casado | Enfermera en la UCI del Hospital Universitario de Torrejón (Madrid) | 43 años

¿Dónde estaba el 14 de marzo? Pues ni idea. Porque ya estábamos pa’ arriba, pa’ abajo, entre UCI y quirófano. Probablemente entonces los quirófanos ya habían cerrado y me habían trasladado forzosamente a la UCI. A mí y a todo el mundo, porque hacía falta. Cuando el abuelo de un compañero se quedó sin respirador, me di cuenta de que se nos había ido de las manos, de que no llegábamos a todo el volumen de gente que se estaba poniendo malísima. No teníamos un tratamiento claro, la gente empeoraba en cuestión de horas. No teníamos respiradores, no teníamos bombas de infusión: no teníamos nada. Estaba todo ocupado, porque cada paciente necesitaba tantas cosas. Hubo un momento en el que me vine abajo. No podía más. No pensé en coger la baja, más bien pensé en cómo lo podía solucionar para venirme de nuevo arriba. Lloré, volví a llorar; me cabreé, me volví a cabrear; tuve una charla con un psicólogo del hospital, me desahogué; y tiré para delante. Aporté lo que podía aportar: profesionalidad y resiliencia a la hora de guardar bajo llave, bien guardadito, en el fondo de mi corazón, el acojone que tenía, el miedo de no tener ni idea de cómo gestionar una UCI. No me planteaba las consecuencias de contagiarme. Qué va. Mi temor era: no sé de UCI, pero sé que tengo que cuidar a este paciente y que tengo que aprender a marchas forzadas recién incorporada de mi baja maternal.

El primer paciente al que vi morir se me quedó grabado. Se estaba muriendo solo y no llegué a tiempo de vestirme con el EPI para estar a su lado. Luego había otro, Paco, con el que me encariñé mucho. Un día se me paró [dejó de respirar]. Mientras le hacía el masaje cardíaco, le decía: «Paco, por favor, no me puedes hacer esto». Y el tío salió, aguantó. Estaba también Julio, el paciente que más tiempo hemos tenido en la UCI, al que por fin un día le dieron el alta. Su familia le había traído un altavoz y le ponían una reproducción en bucle de frases como «Venga, abuelo, que tienes que estar aquí con nosotros». Hablaban su mujer, sus hijos… y cada vez que pasabas por ahí se te ponían los pelos como escarpias. Hubo momentos así, de luz. Eso y la conexión con mis compañeras de UCI –donde yo nunca había trabajado antes–, los puentes que tendimos, cómo nos ayudaron. Fue lo mejor de esos meses.


Foto cedida por el entrevistado.

David Barcia | Carnicero | Cangas (Pontevedra) | 35 años

El 14 de marzo, cuando avisaron del estado de alarma, estaba trabajando. Al llegar del trabajo me enteré de que iban a meternos en casa a todos. Yo me di cuenta de que la situación se fue de las manos el mismo fin de semana que nos confinaron porque, al trabajar en la alimentación, fueron dos días de muchísimo trabajo, de ver la desesperación de la gente por comprar y de ver el miedo que tenían a quedarse sin comida. Fue una situación que yo, en catorce años que llevo aquí, no había visto nunca. Lo que yo sentí en esa situación fue que, igual que los médicos y que tantas otras personas que tuvimos que estar ahí, trabajo en algo que muchas veces no se valora, pero que, cuando hay algo malo, cuando vienen los peores momentos, hay que estar para que esto siga hacia delante, para que a la gente no le falte de nada. Coger una baja, claro está, no se me pasó ni por la cabeza. Yo, al trabajar para mis padres, tenía ese peso más encima. Fue una época de mucho trabajo en la que necesitábamos estar todos las máximas horas posibles.

No me quedé ni un solo día en casa, excepto los domingos, y lo peor que viví fue esa monotonía de ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Estar durante la semana en el trabajo y luego los fines de semana en casa. No puedo decir otra cosa. Y lo mejor fue esa paz que había por las noches, que no se escuchaba ruido, no se escuchaban coches… la tranquilidad que había en las carreteras cuando venía al trabajo. Había una paz en todo, eso que nunca hay en la calle.


Foto cedida por el entrevistada.

Maribel Sogo | Directora del colegio Virgen de la Candelaria (Barranda, Murcia) | 56 años

El día 14 ya empecé a ver la gravedad. Ya me estaba dando cuenta de que no iban a ser 15 días. Cuando pasó una semana, convoqué una reunión y dijimos: «A ver, no podemos volver a los niños locos ni volvernos locos nosotros. Tenemos que organizar el trabajo». Nos distribuimos las tareas y creo que fue un buen trabajo por parte de todos mis compañeros. Los padres estuvieron contentísimos. Lo que fue difícil es que algunos niños no tenían recursos para tener conexión a internet, y a veces viven en otros sitios, en casas aisladas. Pero gracias a la concejalía de Educación y a los de Protección Civil se les hizo llegar todo el material. Eso sí, pasó un tiempo, como tres semanas o un mes, hasta que fuimos normalizando el asunto.

Para mí lo peor era ver así a los niños. Porque con los compañeros se podía trabajar, pero con los niños era más difícil. A lo mejor es un poco pretencioso por mi parte, pero yo me sentí orgullosa de mis compañeros y de mí, de mi trabajo, porque creo que pudimos seguir adelante en una situación muy difícil, horrorosa. Nadie sabe el trabajo que tuvimos desde dirección. Nadie sabe las horas que yo he tenido que echar por la noche, un domingo, un sábado. No tenía horario. Y creo que me sentí orgullosa de responder bien, contenta porque le dimos respuesta. Los niños estaban trabajando, no perdieron prácticamente nada y prácticamente conseguimos todos los objetivos del curso.


Foto cedida por el entrevistado.

Pedro Copete | Gerente de la empresa Innobath | Castellón | 57 años

Me di cuenta de que esto iba muy en serio cuando decretaron el cierre total, era un cambio de paradigma; me preocupé por el futuro de los negocios. Del mío y de todos. Aquel fue un momento crucial para comprobar que estábamos ante algo muy serio, muy complicado. Las semanas fueron duras. Nos preparamos para una reducción dramática del negocio. Eso suponía reducción de gastos. Eso suponía despidos. Solamente contemplamos escenarios negativos. Y viví, igual que cualquier empresario, la incertidumbre. El no saber cuándo iba a acabar, o cómo. El tomar decisiones para minimizar el daño. Afortunadamente, fuimos excesivamente pesimistas. No llegamos a ese escenario. Pero, en las primeras semanas, lo vimos negro. También tratamos de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, con donaciones. Camas a hospitales. Mascarillas a la Guardia Civil. Porque no había. Tratamos de traer más mascarillas desde China, tanto para nuestros empleados como para más gente; pero estábamos limitados porque existen legislaciones especiales que no te permiten traer material si no tienes la licencia correspondiente de comercializador de productos sanitarios.

A todos nos cogió esta crisis por sorpresa y no puede volver a ocurrir. Tenemos que estar preparados, desde un punto de vista profesional y tecnológico, porque esto volverá a pasar. No sé cuándo. Será ahora, será más adelante: no lo sé. Pero seguro que volverá a pasar.


En este reportaje han participado Carolina Freire Vales, María Hernández Solana, Lidia Ramírez, Jorge Raya Pons, Cecilia de la Serna y Néstor Villamor.