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Eva Baltasar: “Es lamentable que política y economía nos obliguen a la familia, al rebaño”

Foto: Diana Rangel | The Objective

¿Es demasiado tarde para hablar de Permafrost? Literatura Random House publicó el libro de Eva Baltasar (Barcelona, 1978) en noviembre, tras haberse convertido en un fenómeno editorial en Cataluña vendiendo miles de ejemplares (al menos 10.000, y sumando) y ganando el Premio Llibreter 2018. El sello pretende repetir—e incrementar, claro— la hazaña en español. Tanto es así que Eva Baltasar se ha comprometido a gusto a firmar una trilogía –Mamut será el título que siga a Permafrost, Permagel en su título original-. Sin embargo, cuesta, de alguna manera, imaginarse a la autora de esta vorágine —que no solo ha figurado en distintas y prestigiosas listas de lo mejor de 2018 sino que ha creado verdaderos fans—disfrutar y gestionar todo esto, al menos como hoy se nos exige que lo hagamos. Muy visiblemente.

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Imagen de Penguin Random House.

En numerosas entrevistas que dio sobre todo durante los primeros meses de promoción, expresó, nítidamente y sin ambages, su incapacidad para hacer amigos, lo cual resulta aún más extraordinario cuando entiendes que tampoco los necesita urgentemente. Leyéndola una se percata de que dice más verdades —nada tímidas, en absoluto cohibidas— que muchos autores aficionados a la logorrea. Su vida en el campo, sus eventuales empleos como pastora o limpiadora, su nula presencia en redes y su aislamiento en general contribuye a crear un aura que ella, en realidad, no ha buscado en ningún momento. Solo ha escrito. Solo ha escrito lo mejor que ha podido, dice. Hasta Permafrost, su primera novela, había publicado diez poemarios. Los periodistas la han escudriñado con preguntas sobre aspectos biográficos de su obra, que son muchos y significativos: por todos es sabido que empezó a escribir la novela mintiendo un poquito sobre su propia vida al redactar una suerte de biografía que la psicóloga le había encargado. La naturalidad con la que trata las relaciones lésbicas o la masturbación infantil femenina ha llamado la atención de todos y ha centrado, por lo general, las entrevistas. Le consultamos a su jefa de prensa si era posible hacerle una enfocada en la soledad y sus aristas. Nos contestó que por supuesto, pero tendría que ser por correo electrónico. No nos extrañó.

¿Por qué solo quiere responderme por mail?

Responder por mail no es un requisito, sino una preferencia. Prefiero escribir a hablar porque es el modo más natural de expresión en mí. Cuando escribo estoy totalmente segura de lo que quiero decir y de cómo decirlo, ¡me da el tiempo que necesito para desarrollar ideas! (risas). No es una práctica relacionada únicamente con los medios de comunicación, cuando tengo algo serio que decir a mi pareja también lo hago por escrito. Creo que se debe a que me faltan habilidades sociales a este respecto, aunque también es cierto que con la publicación de la novela ha llegado a mi vida cierto requerimiento mediático que está actuando como una especie de curso acelerado en diálogos y encuentros con el otro.

Durante un tiempo atendió a los periodistas en persona (al menos, eso me parecía al leer las entrevistas). Leí que disfrutaba de la promoción, siempre que fuera limitada. ¿Ya está en fase de clausura y escritura?

Intento disfrutar de la promoción porque he decidido dejarme llevar y no dejar que mi estilo de vida suponga una resistencia a lo nuevo. Es cierto que mientras no estoy escribiendo estoy más tranquila, dispongo de más tiempo y tengo más movilidad para atender a periodistas. Ahora mismo estoy trabajando en Mamut, la próxima novela del tríptico, y eso dificulta un poco mis relaciones sociales. Me he dado cuenta de que me identifico de tal forma con el pensamiento de la protagonista que estoy creando que me cambia hasta la personalidad, y aunque estoy disfrutado mucho la escritura de Mamut, no me está gustado nada lo que la protagonista despierta en mí. Tengo que terminar con ella cuanto antes e intentar reencontrarme para poder volver a estar abierta al mundo.

En la solapa donde aparece su biografía se puede leer: “La autora vive una vida de simplicidad voluntaria en un pequeño pueblo”. ¿En que consiste esa simplicidad voluntaria?

Esta es una definición que en su momento encontré bastante ajustada pero que ha acabado convirtiéndose en una etiqueta, y en general las etiquetas no me gustan. Ahora diría que llevo una vida sencilla, que dedico mi tiempo a lo que me interesa y me importa, que es acompañar a mis hijas en su crecimiento y hacer cualquier cosa que se me pase por la cabeza con mi pareja. También escribo, practico yoga, toco el ukelele… cuando estoy en casa me siento como si estuviera en una playa tranquila, bellísima y cálida.

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“Cuando estoy en casa me siento como si estuviera en una playa tranquila, bellísima y cálida”. | Foto: Diana Rangel | The Objective.

¿Hasta qué punto hay que llegar para decir “hasta aquí” y plantear la vida en base a unas prioridades, decidiendo así renunciar a ciertas cosas?

Creo que cada cual sabe hasta dónde, en mi caso llegué hasta el punto de sentir que no era yo quien vivía mi vida. Ahí paré y definí prioridades, y he descubierto que con una sola vez no basta. A veces, cuando vuelvo a sentir que me estoy entregando a lo que no quiero, echo el ancla, miro al horizonte y vuelta a empezar con el ejercicio.

Debo reconocer que me ha sorprendido saber que en Cardedeu viven más de 17.000 personas. Me esperaba menos habitantes. Pero una vez vivió más apartada. ¿Cuánto va a recoger Mamut, de nombre salvaje y primitivo, de esa experiencia?

Comparado con Barcelona o Girona, de donde veníamos, Cardedeu me parece pequeñísimo. Lo elegimos como lugar de residencia precisamente porque teniendo dos hijas, una adolescente y otra pequeña, nos simplificaba mucho la vida. Hay todos los servicios que puedas necesitar concentrados en cuatro calles, y para una población muy reducida. Esto favorece la autonomía de los críos, que con diez años ya andan solos por la calle, se organizan su tiempo y hacen sus cosas. Es algo impensable en una gran ciudad o en un pueblo muy pequeño, donde a menudo hay que acompañarlos en coche adonde quiera que tengan que ir. Pero sí, viví unos años en una casa aislada en una zona rural, sin luz, sin vecinos. Un paraíso para mí, por aquel entonces, y una enorme experiencia de vida que Mamut recoge casi diría que con pinzas. Es como si mi vida ahí fuera un velo deteriorado por los años que he recompuesto con suma delicadeza y a la vez cierto salvajismo en el libro.

Llegó a practicar el trueque. ¿Cambio su percepción sobre el sistema de comercio y consumo allí?

Sí, al principio me sorprendía pero el trueque sigue funcionando de manera natural en zonas poco pobladas, donde todos los vecinos, aunque separados por kilómetros, se conocen, y cada cuál es ducho en algo. Han surgido iniciativas parecidas en ciudades, pero para mi gusto la sistematización que la acumulación de personas en un mismo lugar precisa les quita una espontaneidad que a mí me fascinaba y me hacía sentir muy viva.

La protagonista de su novela, sin embargo, acaba cansándose de Cardrona. “Los lugares pequeños son aburridos, no como en las películas. Es prácticamente imposible encontrar en ellas un vecino interesante”. Existe un sector crítico ante la idea romántica, idealizada y burguesa, dicen, de irse a vivir al campo. Las cosas, luego, no son tan bohemias como parecen ser. Pero usted incluso fue pastora.

Ser pastora no es ser bohemia, créeme (risas), o al menos no coincide con la imagen de bohemia que yo tengo y que agoté literalmente durante mi época en Barcelona y Berlín. Sólo puedo decirlo de un modo: vivir sola en el campo es la hostia. Es un aprendizaje diario, y si perseveras un tiempo hay mucha brutalidad. Si realmente te instalas ahí con tus dos manos como toda cobertura y la necesidad de conseguir trabajo, comida, compañía, te va a cambiar radicalmente. A mí esa soledad tan agresiva básicamente me endureció de una forma muy peculiar: me hizo consciente de mis debilidades, no de mis vulnerabilidades, así como de mi poder para no herir y sanar.

¿El aislamiento es bueno para inspirarse? Hay creadores que dicen que el estrés, la dispersión y la frustración las lleva uno allá donde vaya.

Yo necesito cierto aislamiento para crear, y soledad. Vivir en familia es chulo, pero es cierto que atenta contra la soledad. Y vivir en comunidad es práctico, aunque no deja de recordarme que en realidad todo está viniéndose abajo. Estrés, dispersión, frustración… creo que de momento las mantengo a raya y espero poder hacerlo en cualquier lugar.

Mucha gente ha empatizado con su protagonista. ¿Tantas almas solitarias y asociales hay en el mundo y no lo sabíamos?

Se me remueve algo por dentro sólo con pensarlo, un algo bohemio en un sentido distinto al de antes, especial. Quien haya empatizado con la protagonista de Permafrost sabe lo que es sentirse solo… ¡Ha gozado de ese derecho fundamental! Esto ha hecho que me sienta muy cercana a lectoras y lectores con los que me he cruzado en algún momento, y la verdad es que me estimula y me consuela a la vez.

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“La soledad me hizo consciente de mi poder para no herir y sanar”. | Foto: Diana Rangel | The Objective.

En las entrevistas que ha concedido ha dejado claro que no tiene muchos amigos, ni habilidades sociales. Tampoco parece que los eche de menos o los necesite. ¿Comprende que esto signifique una rareza (o un atrevimiento) en una sociedad donde se dan amistades cada vez más superficiales y numerosas, multiplicadas además por los “amigos” en redes sociales?

Sí, creo que me faltan habilidades para hacer amigos. Una vez, intentando analizar por qué me sucedía esto, me di cuenta de que a lo largo de mi vida había ido convirtiendo a posibles amigas en amantes, y en mi caso esto mataba la amistad porque me alejaba de ellas en cuanto se terminaba la relación. Ahí hay algo que debería trabajar, porque aunque no me interesan todas estas amistades que se dan en las redes sociales, sí que me gustaría poder contar con algún buen amigo o amiga, a pesar de que no me sienta desgraciada por no tenerlo.

Su protagonista, digamos, no tiene ninguna dificultad en entretenerse sola. ¿No hay hoy en día, ante tanta prisa y posibilidades de ocio, un miedo a aburrirse, a la pausa, a quedarnos solos con nosotros mismos?

Creo que sí existe este miedo. Como llevo años meditando, me basto a mí misma para entretenerme y mantengo mis espacios de soledad, no tengo problema al respecto, pero esta hiperconectividad actual creo que nos aísla y nos vacía por dentro. No nos permite conocernos y, si no nos conocemos, ¿cómo vamos a establecer vínculos reales con alguien? ¿Cómo vamos a luchar por lo que deseamos de verdad? Si no nos respetamos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a respetar al resto?

¿Forma parte de esa “búsqueda de la perfección”, como le ocurre a la hermana de la protagonista, el mantenernos siempre ocupados (o parecer que lo estamos)?

Puede ser, parece que la perfección es algo relativo a una imagen de nosotros que queremos dar, no a una conciencia que queramos tener y cuidar. ¿Quien quiere ocupar su tiempo pudiéndolo simplemente vivir? Creo que es algo que depende más de la actitud con la que vivimos que de los actos que llevamos a cabo en nuestra vida.

No sé si ese tedio sintomático de una generación -del que ha hablado- que nos lleva finalmente al vacío existencial que vemos en Permafrost tiene que ver con la presión de enfocar nuestra vida con un fin utilitario (percibo esto en el interés de la protagonista por las Bellas Artes y en el sermón de la madre, empeñada en que consiga un trabajo “de verdad”).

Sí, yo percibo este tedio, este vacío, también he caído en ellos. Pero creo que la vida está para ser vivida, no usada, y la forma que yo he encontrado de hacerlo es luchar por hacer aquello que realmente me apasiona. Las grandes decisiones de mi vida las he tomado en cuestión de segundos y aunque no siempre ha sido fácil, al menos tengo la tranquilidad de saber que estaba haciendo lo que me pedía el corazón.

Hace poco se editó en España El placer de vivir sola, de Marjorie Hillis, publicado originalmente en 1936. Actualmente, en el momento de auge feminista que vivimos, goza de mucha actualidad y sin embargo el elevado precio de los alquileres está penalizando la vida independiente.

Es lamentable que política y economía nos obliguen a la familia, al rebaño. Tengo la impresión de que se nos educa para perseguir zanahorias toda nuestra vida, unas zanahorias preciosas, eso sí, divinas, suculentas. Parece que nos pasemos la vida corriendo sin saber tras de qué, quién coño sostiene las zanahorias, quién recoge nuestro preciado sudor. De vez en cuando se nos permite echarles un bocado y sí, nos cercioramos que hasta parecen de verdad. Lo que no vemos es el maldito camino por el que nos están entrenando a transitar. ¿Vida independiente? Por supuesto que se puede, con un corazón de leona y dispuesta a luchar. Vivir en pareja, tener hijos… debería ser una opción como cualquier otra tomada con conciencia y libertad, no obedecer a un empujón, al “ya toca” que he escuchado a menudo por ahí.

¿Es la crítica a la soledad tradicionalista y “profamilia” (entendiendo “familia” en el sentido heteropatriarcal de la palabra)?

Puede que en algunos casos sea así, aunque la soledad no sólo es peligrosa en relación al modelo de familia que indicas. La soledad tiene como amigo a un verbo muy peligroso: pensar. Y al pensar ocurren cosas muy raras, casi mágicas: de repente una se encuentra con que aparecen un montón de caminos que andan por ahí cerca o que hasta se cruzan con el camino por el que nos mandaron andar. Y ¡vaya por dónde! pensando un poco más una se da cuenta de que también puede ponerse a abrir caminos completamente nuevos allí donde no había nada. Eso es incluso más interesante, si cabe.

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“Al pensar ocurren cosas muy raras, casi mágicas”. | Foto: Diana Rangel | The Objective.

El de escritor es un trabajo solitario, pero usted parece una rara avis en el mundo de la literatura. En la era del networking, ¿se puede sobrevivir, y con éxito, sin amiguismo y redes sociales?

Pues de momento parece ser que sí… Qué raro suena esto de rara avis, haces que me vea como una especie de insecto (risas).

En una entrevista dijo que la soledad tiene implicaciones “a nivel político y económico”, por lo que no sabe “hasta qué punto interesa”. ¿Pero no nos quiere el sistema como individuos solos y aislados, incapaces de unirse para luchar contra las injusticias?

Individuos solos, sí, aislados, incomunicados de base y todo cuidadosamente disimulado bajo una malla de fascinante hiperconectividad. ¿Dónde ha quedado la comunicación real? ¿La que nace de esa soledad que alimenta porque no está llena de nada, como no sea del encuentro con una misma? Hay mucho ruido, ahí fuera, tanto que apenas podemos escucharnos a nosotros mismos. Me consuela saber que sí hay gente que aprovecha estas mismas herramientas del sistema para hacer algo tan heroico hoy día como luchar contra las injusticias. Y para ser sincera, no sólo me consuela, en realidad también me avergüenza, porque yo no lo hago. Yo solo escribo libros lo mejor que puedo.

¿Este miedo a las relaciones o al compromiso nos afecta social y políticamente en este sentido? Quiero decir, ¿nos desprotege frente a  estas injusticias sociales y económicas?

Pues no estoy segura, creo que depende de a qué tipo de relaciones o compromisos temas. La protagonista de Permafrost rehuye las relaciones personales, no quiere ser decisiva en relación a la felicidad o infelicidad de nadie. En el fondo creo que allí abajo hay una buena dosis de inseguridad. También yo la tengo, ¡qué caray! Pero es que resulta que estamos educando en las seguridades materiales y en las inseguridades emocionales. ¿Cómo hemos podido llegar a este punto? Ya lo dije antes… se está viniendo todo abajo.

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