Beethoven y compañía. Una cita con los grandes compositores sin salir de casa
Foto: Eduardo Machicado, anfitrión de las Flaviadas por Álex Ayala Ugarte

Cultura

Beethoven y compañía. Una cita con los grandes compositores sin salir de casa

por Álex Ayala Ugarte

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Las Flaviadas —un encuentro semanal entre amantes de la música clásica que lleva celebrándose más de cien años— se han adaptado a la cuarentena y se han globalizado. Ahora, pueden escucharse en formato podcast a través de Mixcloud.

 

Eduardo Machicado Saravia tiene los ojos azules de los marineros eslavos, la media melena blanca y peinada hacia atrás de los directores de orquesta, unas gafas de varilla fina, que suele colocar más cerca de la punta de la nariz que de la mirada, y setenta y nueve años, y una dura competencia en estos tiempos de pandemia y confinamiento en los que la música cotiza al alza. Eduardo compite todas las semanas contra un repertorio amplio y diverso. Contra la versión de Agapimú de Ojete Calor y su calcetín que canta y su toque kitsch y desenfadado, que se siente como el aire fresco al abrir la ventana. Y contra el 20 de abril del 90, de los Celtas Cortos, una canción que nos sirve para decantar nostalgias y para recordar que aquel pasado de los noventa, como cualquier otro tiempo pasado, fue mejor que este. Y contra el Resistiré, del Dúo Dinámico, que no ha dejado de sonar en bucle durante este reality show inesperado que nos ha conminado a todos a permanecer enclaustrados. Y contra las actuaciones “en vivo” de Lady Gaga, los Rolling Stones o Paul McCartney para recaudar fondos, que son ideales para los sibaritas que las prefieren a la música grabada. Y contra las armónicas y guitarras que se escuchan a la hora de los balcones en balcones rebosantes de manos que nunca antes habían aplaudido tanto. Y contra el bel canto de los tenores de barrio. Y contra la voz de ausencia de Johnny Cash cuando canta Hurt como si hubiera resucitado y te dice en inglés a través de YouTube: “si pudiera empezar de nuevo, a millones de millas de aquí, me mantendría alejado del resto”.

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Eduardo Machicado es el hijo del fundador de las Flaviadas. Casi todo en el salón de las Flaviadas es un guiño a la música clásica. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Eduardo compite contra todos ellos gracias a su voz tremenda, de garganta profunda, desde una trinchera repleta de discos, amarrado a un micrófono con el que presenta las obras de Rachmaninov, Dvorak, Haydn y otros grandes compositores. Lo hace a través de la plataforma Mixcloud, en sesiones de una hora y media que su hija Cristina sube los sábados para disfrute de los internautas.

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Uno de los discos en la tornamesa donde se reproducen. | Archivo FFMV.

A estos encuentros semanales con la música clásica —que, desde que se inició la cuarentena, tienen lugar en cualquier casa, a cualquier hora y a través de ordenadores, iPads y móviles—, los llaman Flaviadas. La Flaviada del pasado 4 de abril, la primera virtual desde que se decretó el encierro, empezó con la voz de Eduardo Machicado en primer plano y el ruido áspero de la aguja al tocar el disco como fondo sonoro. “Cada sábado las puertas de la casa de la música se abren en el barrio de Sopocachi, en La Paz, Bolivia. Un salón, una chimenea y ocho mil discos convertidos en una tradición. Esta es la temporada de las Flaviadas de la cuarentena del Covid-19”, dijo con la modulación de locutor que lo caracteriza. A continuación, dio paso al concierto para violín y orquesta número dos de Mozart, y uno hasta podía imaginárselo a un costado de la tornamesa Stanton Direct Drive que utiliza para reproducir los vinilos, inmerso en sus anotaciones.

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Eduardo Machicado en el rincón que solía ocupar su padre. | Foto cedida por Sofía Bensadon.

Hasta el pasado mes de marzo, cuando todo era más o menos como había sido siempre, y no se hablaba aún ni de “nuevas rutinas” ni de “nuevas normalidades”, la anormalidad ya era la tónica en la casa de la música: en la casona que Eduardo Machicado comparte con su esposa y su hija. Allí, cada sábado, de 18:30 a 20:30, se reunían melómanos de todas las edades para escuchar piezas de Paganini, Prokófiev, Verdi o cualquier otro de los compositores que se anunciaban, semana tras semana, en la pizarra de la puerta de la entrada.

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Antes del confinamiento, una pizarra anunciaba el repertorio de la semana. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Allí, aún siguen los sillones en forma de hilera donde no se permitían los teléfonos móviles y aún hay un busto de Mozart y retratos de Beethoven (uno de ellos, tallado en madera) y un conjunto de vitrales con rostros de compositores. Allí también están los miles de vinilos que Machicado mencionaba en el podcast: de 78 y 33 revoluciones por minuto, protegidos por fundas de cartón y por estuches de cuero, con música clásica, conciertos populares, discursos y conferencias. Allí, antes, los invitados a veces cerraban los ojos para dejarse llevar por la misma música de Wagner que alimentaba las ganas de Woody Allen de invadir Polonia en Misterioso asesinato en Manhattan; o por los nocturnos de Chopin que escuchaba García Márquez cuando escribía los episodios más reposados de sus novelas; o por la sonata “incomprendida” de Liszt que, supuestamente, hizo adormilar a Brahms en su primer encuentro. Allí, el salón donde se oía esa música tan llena de historias luce hoy como la panza vacía de un cachalote. Y a lo que se invita ahora, durante la cuarentena, es a apretar el play de los podcast de Mixcloud (para que no se pierda el latido de una tradición que tiene más de cien años) y a compartirlos en los balcones con altavoces.

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El salón de las Flaviadas casi vacío. Al fondo, Eduardo Machicado Saravia. | Foto cedida por Sofía Bensadon.

La primera Flaviada, según Flavio Machicado Viscarra —el padre de Eduardo Machicado y el padre de estos encuentros sonoros—, fue improvisada, en 1916, cerca de Harvard, donde estudiaba, una noche en la que recibió una ovación cerrada mientras disfrutaba de un disco de música clásica al lado de su ventana. Aquel “concierto” por accidente se convirtió pronto en una rutina. Y en 1922, don Flavio retornó a Bolivia y comenzó a abrir las puertas de su casa para que vecinos, artistas, curiosos y polemistas compartieran su afición por la música clásica.

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La pajarita era uno de los símbolos de identidad del creador de las Flaviadas. | Archivo FFMV.

“Antes, las Flaviadas empezaban a las nueve de la noche y a las dos o tres horas se hacía un break y mi madre servía un té y unos pastelitos”, recuerda Eduardo. Y en ocasiones, la velada continuaba hasta las cinco de la mañana: hasta que sonaba una cantata de Bach con la que se daba por terminada.

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Eduardo Machicado con algunos de sus discos. Hay alrededor de ocho mil en la casa. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Entre los visitantes ilustres que han escuchado óperas, réquiems y sinfonías en la guarida de los Machicado, ha habido escritores, exiliados de la Guerra Civil española, anarquistas, y hasta un judío que pasó por Auschwitz. Y, sobre todo, ha habido músicos: muchísimos músicos. Entre ellos, el famoso director estadounidense Leonard Bernstein o el pianista alemán Wilhelm Backhaus, que debutó en Londres a los dieciséis años, o el director de orquesta español Pablo Casals, que mantuvo correspondencia con Flavio.

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Antigua ilustración que resume la esencia de las Flaviadas. | Archivo FFMV.

En 1986, tras varias décadas de supervivencia en Bolivia, y de revoluciones y dictaduras y estados de sitio que no lograron acabar con estos encuentros, la familia Machicado despidió al creador de las Flaviadas con un velorio en el que se escucharon las melodías que más le gustaban, y desde entonces Eduardo se hace cargo de armar el programa semana tras semana —y de aderezarlo con sus comentarios, chascarrillos y anécdotas—.

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Entre las obras de los Machicado hay sinfonías, óperas y traviatas. Las Flaviadas son Patrimonio Cultural Inmaterial de La Paz desde 2014. | Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective.

Eduardo, al igual que su padre, trata de hacer malabares para que incluso las obras más importantes no suenen más de una vez al año. Pero dice que no ha tenido mucho éxito. “Él se ordenaba apilando en el suelo los discos que ya había usado”, nos cuenta. “Y yo, en cambio, los devuelvo a su sitio”. Eduardo se conforma con organizar sus notas a tiempo, encenderle una vela a su padre antes de cada Flaviada y repasar una enciclopedia con las fechas de nacimiento y de muerte de los compositores. Y además, como se han quedado sin tinta para la impresora en mitad de la pandemia, escribe los guiones a máquina. De lo tecnológico, entre tanto, se encargan, su hija Cristina, su hijo Eduardo —que echa una mano desde Inglaterra— y un editor de sonido, Isaac Rivera.

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Las Flaviadas de la cuarentena se pueden escuchar en línea a través de Mixcloud. | Imagen cedida por Sofía Bensadon.

La programación de esta temporada virtual —y antivírica— de las Flaviadas se actualiza regularmente en las cuentas de Facebook, Twitter e Instagram, donde además hay fotos de don Flavio luciendo una pajarita; y de la fundación que lleva su nombre; y de los miles de libros de su biblioteca; y otras donde vemos a Eduardo Machicado, junto a sus vinilos, debajo de una consiga: esta cuarentena “las Flaviadas se van para tu casa”; y otras donde hay flores; y otras con comentarios que dicen: “estaré presente, gracias”. Como si la música de los compositores muertos estuviera rabiosamente viva. Como si sus arias y sus allegro ma non troppo fueran el único camino posible para no perderse.

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Programación de mayo de las Flaviadas.