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Cuando las frambuesas eran de La Granja

Foto: Glen Carrie | The Objective

Llega el mes de junio y quienes andamos ya por una edad, ¡ay!, bastante provecta recordamos que hace medio siglo éste era el momento en que los madrileños nos preparábamos para el placer de la temporada: ¡Por fin iban a llegar las frambuesas! Y no llegaban de cualquier sitio, ni siquiera de muchos sitios: en aquellos tiempos anteriores a los océanos de invernaderos de plástico y a las importaciones de lugares remotísimos, nuestras frambuesas era de La Granja de San Ildefonso, que con su fresco clima en la falda de Guadarrama tenía una vieja tradición de huertas de las que salían frutos delicadísimos y fragantes.

Es cierto que en aquella época era mucha más restringida la selección de productos disponibles, y mucho más corta su temporada. Pero, a cambio, el origen –algo de lo que tanto se habla hoy- estaba mejor definido, y existía un escalafón de calidad, o quizá de mera preferencia, entre un origen y otro. Las frambuesas, de La Granja; las judías blancas, del Barco de Ávila; los garbanzos, de Fuentesaúco; los melocotones, de Calanda… y los chorizos, de Cantimpalos, que no sólo lo vegetal estaba precisamente localizado.

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¿De Navarra o de Perú? | Foto: Stephanie Studer | Unsplash.

Desde luego que existían los engaños y los trucos, y todos éramos ya conscientes que las escasas angulas “de Aguinaga” también llegaban del Miño y del Guadalquivir (y eran magníficas también las gallegas y las andaluzas). Pero la definición del origen de los productos, en conjunto, era muy superior a lo que hemos ido conociendo más tarde. Y su temporada mejor estaba clara: frambuesas en junio, tomates en agosto…

Cuando, bajo la misma marca navarra o riojana que conocíamos perfectamente, empezamos a encontrarnos espárragos completamente fuera de temporada empezamos a darnos cuenta de que el juego había cambiado. Las empresas invirtieron en el Perú y ya tuvimos espárragos frescos todo el año. Y no digamos la horticultura bajo plástico de Almería, ni toda la fruta que nos llega de la lejana China.

No vamos a pretender echar marcha atrás, pero nos gustaría ver más productos de temporada y de un origen prestigioso que verdaderamente los hace diferentes. Con la conciencia gastronómica que ha ido creciendo, seguro que tendrían un mercado decente, que permitiría vivir a los productores e incluso aumentar su número. Porque el prestigio significa poder vender a un precio más alto, y sin la menor duda existe un público para ello. No masivo, pero lo exquisito y elitista nunca ha sido masivo…

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