Sociedad

Franceses en Madrid: no (solo) turismo de borrachera

No sabemos sin han venido a colapsar bares o museos, así que no perdemos nada por preguntarles

por Carolina Freire Vales

Los franceses y Madrid. Madrid y los franceses. Historia de un clásico amor-odio con unas elecciones autonómicas de por medio. Cada semana la opinión pública centra su atención en una polémica –últimamente con una nunca es suficiente–, y en estas últimas le ha tocado a nuestros adorables vecinos, que llegan en masa a Madrid a pesar de que la PCR negativa sea un requisito por tierra, mar y aire. Es la tierra prometida, el Ellis Island de la pandemia. «A emborracharse», dicen los unos. «Es por la cultura», dicen los otros. En las redes, memes. En la calle, como suele pasar, un poco de todo.

7:00 PM. El sol cae sobre la Plaza de Santa Ana, antaño hervidero de turistas. La primavera ha llegado a la ciudad para quedarse y la terraza es de nuevo deporte nacional. Casi parece un año normal. Antaño la conversación era un revoltijo indistinguible de acentos. Ahora las erres marcadas se elevan por encima del barullo. Los franceses llegan atraídos por esa promesa de libertad de la que hablábamos. Y no todo es la fiesta –y ya no digamos la cultura–. «Vine para sentir que estoy viviendo mi vida; porque en Francia no podía tener una vida personal, profesional, o mucho menos social», explica Norman Mzour.

Norman Mzour llegó hace poco menos de un mes dispuesto a pasar un fin de semana de diversión. Lo hizo –culpable–, pero lo que lo invitó a quedarse no fueron tanto las copas sino las perspectivas laborales. Ni siquiera domina todavía el español, pero tiene más oportunidades en empresas españolas en las que piden francoparlante que en Francia. «Cuando estás confinado, sientes que nada de lo que haces tiene sentido. Da la sensación de que tu vida no avanza. La gente no tiene trabajo, no encuentra trabajo. Todo el mundo puede estar confinado una vez, pero cuando lo estás la segunda y la tercera, pierdes la esperanza de decirte a ti mismo que cambiará. Entras en un círculo vicioso y tienes dos opciones: te quedas y tienes fe o te buscas otras opciones: te vas».

Su amigo Remi Repetti vive una situación similar. Trabajaba en Disneyland Paris de recepcionista hasta que perdió su trabajo, por razones obvias. Allí se mezcló con gente de todas partes y decidió que los españoles eran quienes más le gustaban para convivir. Eso, añadido a que tiene familia en Alicante, hizo de España el lugar propicio al que acudir en busca de opciones. Tras un intento fallido, esta semana tendrá su segunda entrevista de trabajo. «Aquí me siento seguro respecto al COVID y también respecto a la gente. Sois más abiertos, más agradables, más respetuosos», explica.

Más terrazas, más franceses, una conclusión: reina el desconocimiento y la ingenuidad. No todos vienen, como Remi y Norman, en busca de un salario. El «turismo de borrachera» es también una realidad, pero no es tanto la desconsideración o la irresponsabilidad deliberada lo que les lleva a comprarse un vuelo, pagarse una PCR y alquilar un Airbnb en Madrid. Es, más bien, eso: ingenuidad.

Inés Chartier (20 años) ha venido a visitar a dos de sus amigas, que estudian en una escuela de negocios francesa en Madrid. Lleva aquí ya una semana y considera que la ciudad «es un buen sitio al que venir de vacaciones porque hay más libertad, menos restricciones, hace buen tiempo y la gente es muy agradable». Incluso salió de fiesta. Todo el fin de semana. Y no sabes qué divertido, y cuánto echaba de menos una buena fiesta.

Se queda en el apartamento de sus amigas Andrea Nolan (también de 20 años) y Victoire Sani (19), que llevan aquí estudiando ADE desde septiembre y están muy felices de estar aquí y coinciden en que las restricciones son mejores y aclaran: «Es que en Francia está todo cerrado, ¿sabes? No podemos hacer nada». Nolan va un paso más allá en este optimismo extranjero: «Como soy francesa es más fácil pues, no sé, saltarme las normas y quedarme hasta más tarde del toque de queda. Y, bueno, es divertido. Lo estoy disfrutando», confiesa. Mi familia y mis amigos me dicen que no es bueno hacer esto, pero como siempre estoy de fiesta con la misma gente, con gente de mi escuela, no es para tanto».

«Creo que la pregunta es más por qué nos fuimos de Francia que por qué vinimos a Madrid», dice Norman Mzour. Puede que el orden de los factores cambie según el sujeto. «Vine para sentir que estoy viviendo mi vida», alega también. En eso, todos coinciden. Él es consciente de la situación: «Quizás para vosotros, los españoles, seamos demasiado intrusivos. Sé que hay muchos franceses que vienen por las razones indebidas y entiendo que sea problemático para los locales. Pero cada uno viene por sus motivos. Por lo menos para mí es una oportunidad y no creo que la convierta en un problema ni para los locales ni para mí», argumenta. Otros, no lo son tanto. Hay de todo, y a eso veníamos. A exponer la situación. Aquí queda una muestra de ello, media docena de nombres y caras e historias para contextualizar la polémica.

Carolina Freire Vales

Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.