Galder Reguera: “No he ocultado nada, porque no quería hacer trampas”
Foto: Elena Blanco

Cultura

Galder Reguera: “No he ocultado nada, porque no quería hacer trampas”

'Libro de familia' no es solo la reconstrucción de la historia familiar, es también un relato que se pregunta sobre las preguntas pendientes y sobre cómo formularlas

por Anna Maria Iglesia

Galder Reguera no conoció a su padre. Éste murió en Barakaldo la noche en que su mujer le anunciaba que estaba esperando su segundo hijo. Galder nació ocho meses después. No fue, sin embargo, un niño huérfano. Javi, el tercer marido de su madre, ejerció de padre. Ahora, cuatro décadas más tarde, el escritor vasco va en busca de aquel hombre al que nunca conoció y con el que, sin embargo, comparte mucho, casi todo. Libro de familia (ed. Seix Barral) es solo la reconstrucción de la historia familiar, es el intento de descubrir la identidad de ese padre al que solo se conoció por fotos, pero también es un relato que se pregunta constantemente sobre los límites de la escritura, sobre la legitimidad de indagar en las vidas de otros, sobre las preguntas pendientes y sobre cómo formularlas.

 

En Libro de familia no solo buscas descubrir quién fue tu padre, te interrogas también sobre la legitimidad que tienes para indagar sobre tu familia, sobre cómo escribir sobre ella, sobre qué contar y qué no.

El libro surge como necesidad. Muy pronto surge la necesidad vital de escribirlo por las circunstancias que aquí cuento y me tiro a la piscina. En lugar de contarla de forma lineal, opto por contextualizar la historia, pues no quiero que el lector se sienta ajeno al libro y, menos aún, quiero que se pregunte por qué le cuento mi historia. Por ello, opto hablar de ese contexto que explica la razón por la cual decido narrar mi historia. Asimismo, quería que el lector me acompañara en el proceso de descubrimiento de algunas cosas y es en este proceso que aparece la metaliteratura y las preguntas a la que te refieres. Aparece también la duda de si yo, en realidad, lo que estoy haciendo es parasitar mi historia para contar una buena historia.

¿Eras consciente de que tu historia daba para un libro?

Claro, siempre fui consciente, ante todo, porque lo he vivido en primera persona, de que tenía una buena historia. El otro día contaba medio en serio y medio en broma que, cuando tenía unos dieciséis años y, junto a mis amigos, quería pavonearme delante de la chica que me gustaba, siempre contaba que había nacido después de que muriera mi padre, que falleció la misma noche en la que mi madre le dijo que estaba embarazada de mí. Cuando contaba esta historia, me convertía en el centro de las miradas y es que, como decía, sabía que tenía una buena historia a mis espaldas. La cuestión, sin embargo, era si escribía el libro para conocer a mi padre o si quería conocer a mi padre para escribir un libro. Este sentimiento estuvo presente durante el proceso de redacción de todo el todo el libro, preguntándome constantemente sobre el sufrimiento que podía causar y sobre la utilidad del texto. Como te puedes imaginar, no quería causar ningún daño y, por esta razón, cuando mi hermana me llama y me pide que deje de hacer preguntas a mamá porque le hace daño revivir el pasado, abandono momentáneamente el libro.

Y es que no se puede olvidar que la historia de uno siempre implica a terceras personas.

Yo creo que cualquier novela de carácter biográfico tiene que contar la historia del propio autor y hacerlo de forma honesta, sin engañar a los lectores. Entre las novelas de autoficción que he leído recientemente, más de una me ha decepcionado, pareciéndome incluso desagradables, porque me daba la impresión de que al autor no le correspondía narrar la historia que me estaba contando o que tergiversaba los hechos en beneficio de la novela. Escribiendo Libro de familia, mi mayor miedo era que el lector se preguntara por qué estaba yo contando esta historia. Para evitar esta circunstancia, he intentado ser muy explícito en mis razonamientos para, precisamente, evitar así la cuestión sobre mi legitimidad para contar mi historia familiar. Dicho esto, mientras escribía, la pregunta sobre hasta qué punto me pertenecía la historia que estaba escribiendo me ha perseguido, sobre todo, en ciertos momentos como cuando cuento los malos tratos que sufrió mi madre. Este es un tema que tenía que salir en el libro y es necesario que el lector comprenda la razón por la cual es necesario tratarlo.

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Imagen vía Seix Barral.

Entre otros motivos, porque contarlos es una forma de denunciarlos, de no esconderlos tras la puerta de casa.

Estoy convencido de que, en el caso de los malos tratos, hay que revindicar a la víctima como una figura importante dentro del hecho público. No tiene que quedarse dentro de la esfera privada. El problema es que muchas veces no se habla de temas como el maltrato por la incomodidad que todavía hoy suscitan. No creo que cuente nada en el libro que no sea contables. Evidentemente, hay cosas y detalles que me guardo para mí. Cuento la experiencia de malos tratos que sufrió mi madre, sin ser excesivamente explícito en determinados episodios.

Es interesante cómo te planteas la posibilidad de ir a buscar al maltratador y rendirle cuentas.

Me lo planteo como hijo, pero también como escritor. Como narrador, sabía que podía tener una gran potencia narrativa la escena del hijo que, años después, se planta frente al maltratador de su madre y se encara. Sin embargo, como digo en el libro, no quería convocar al diablo; ni tan siquiera pongo su nombre, aunque sé como se llama y tengo su teléfono. Podría llamarlo ahora mismo, pero no es lo que quiero. Es cierto que, al inicio, tanto mis hermanos como yo tuvimos la tentación de ir a buscarlo, pero llegamos a la conclusión de que no nos aportaría nada. Al contrario, nos convertiríamos en lo que él era y entraríamos en un espiral de violencia totalmente absurda. Además, yo sería completamente incapaz de darle un guantazo a un hombre que ya tiene una edad, a pesar de todo lo que ha hecho. 

Una de las preguntas claves del libro es qué es un padre, qué significa ser padre.

Si me hubieras hecho esta pregunta antes de escribir este libro, te habría contestado que un padre es aquel que está ahí. Sin embargo, escribiendo este libro me he dado cuenta de que la biología tiene su peso. Yo soy hijo de mi padre, ante todo, porque me parezco mucho a él. A pesar de morir antes de nacer yo, su persona estuvo siempre muy presente a través de vías indirectas. En el libro hablo de la importancia que tuvo la música para mí en este sentido: yo heredé sus discos y, con quince años, escuchaba la música que él escuchaba, como los Beatles o Pink Floyd. En Bilbao, vino a la presentación Aitor, que vivía en la puerta de al lado de nuestra casa de veraneo. Cuando yo era pequeño, mis primos y yo nos quedábamos esperando en la puerta a que saliera Aitor con su moto y le pedíamos que, por favor, nos diera una vuelta. Y él siempre lo hacía: me subía en su moto y dábamos una vuelta. El otro día, en Bilbao le confesé a Aitor que mi pasión por las motos la había heredado de él. Entonces, Aitor me confesó que él había heredado esa misma pasión de mi padre, en cuya moto se subía cuando era pequeño. Me pareció muy bonita esta historia, que revelaba, una vez más, que lo que yo soy está en cierta medida marcado por lo que fue mi padre.

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Imagen familiar | Foto: Juan Luis Goenaga | Cedida por el autor.

Si bien es cierto que lo biológico tiene su peso, lo que se ver a través de Libro de familia es que hay muchas formas de ser padre y, por tanto, muchas definiciones de lo que significa un padre.

El problema aparece cuando decimos que la familia es esto o que un padre es esto otro, porque mucha gente se queda fuera, se queda excluido. Y esto pasa ya no solo a la de definir estos dos términos, sino con muchos otros. Por ejemplo, ¿qué entendemos por un “hombre”? Hasta hace nada, se asumía que un hombre es aquel que no llora, que es muy fuerte, que tiene una gran voz, que se dedica a un trabajo de verdad y de éxito… Si tú no cumples con estas características, te quedas fuera de la definición y te conviertes en un raro. Por esta razón es muy importante la pelea terminológica en la definición de conceptos como el de matrimonio o el de familia, que no deja de ser un grupo de personas que se considera como tal. A partir de aquí, dentro de familia cabe todo.

La dificultad es conseguir un consenso, pues, como sucede en el caso de la “familia”, son muchos los que abogan por una definición restrictiva en la que solo se contempla el padre, la madre y los hijos.

El consenso hay que lucharlo, porque la terminología es importante. Cuando Platón hablaba del ser humano se refería al varón griego. El extranjero era el bárbaro y la mujer no era considerada un ser humano. Y lo que tenemos que hacer es pelear para que, cuando se hable de ser humano, se aluda a todas las personas y no solo a un determinado grupo.

Volvamos a ese elemento biológico del que hablabas y a ese Galder niño que buscaba tener un parecido con su padre, al que nunca conoció.

Busqué mucho, a través de fotos, qué tenía yo de parecido con mi padre, sobre todo a partir del día en que mi tío me dijo que no era hijo de mi padre. Esa frase, de una crueldad innecesaria, me generó una duda enorme y recuerdo, con mucho sufrimiento, cuando, después de escuchar aquella frase de boca de mi tío, regresé a casa y miré con sospecha a mi madre. Ella siempre nos ha dado mucho amor y yo me sentía muy mal por sospechar de ella. Al mismo tiempo, me sentía completamente incapaz de contarle lo que me había dicho mi tío y preguntarle si era verdad. De hecho, no fue hasta hace poco, durante esas conversaciones que tuve para poder escribir el libro, cuando le conté lo que me había dicho mi tío y cómo aquella frase me generó una serie de dudas, que yo trataba de borrar buscando un parecido físico entre mi padre y yo.

Lo que vemos a través de tu relato, es que las familias pueden ser protectoras, pero también afligir mucho daño.

Sí, es verdad. La familia puede ser tu mayor protección, pero también la mayor fuente de dolor. Viendo la película Bohemiam Rapsody, le decía a mi mujer que, si tuviera un hijo como Freddy Mercury, lo adoraría y, entonces, ella me preguntaba qué pasaría si mi hijo fuera militar, torero o agente de bolsa. Pues no sé… Lo que quiero decir con esto es que la familia puede ser fuente de dolor, tú puedes triunfar a nivel laboral, pero puedes ser muy desgraciado a nivel personal porque tu familia te rechaza. Yo he crecido en medio de tres grupos familiares, los Olabarri, los Reguera y los Riaño. Cada uno de estos apellidos representan un tipo de familia distinto: los Reguera son la familia que te genera dolor, los Olabarri son aquella que te protege y los Riaño son aquellos que, con sus altos y sus bajos, terminan por estar siempre ahí.

Para escribir sobre esa familia tan cercana, ¿tuviste que distanciarte emocionalmente de ella?

Andoni Egaña, el gran versolari, dice que un verso tiene que transmitir un sentimiento que aquel que lo escribe no debe sentir. Así que esa distancia de la que hablas es imprescindible: si tú escribes desde el sentimiento, seguramente no consigas transmitir bien lo que quieres contar. Por esto, he intentado ser muy contenido a la hora de escribir, sobre todo cuando abordaba determinados episodios como el de la muerte de mi padre.

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Imagen familiar de Carmen y Luis, padres de Galder. | Foto: Luis Brox | Cedida por el autor.

En cuanto al episodio de la muerte de tu padre, ahí reconstruyes un hecho del que tú no fuiste testigo y, en cierto, modo debes recurrir a la ficción para poder narrarlo.

Todo escritor utiliza los recursos de la ficción desde el momento en que cuenta unas cosas y no otras. En el momento en que tú relacionas dos hechos y no un tercero ya estás estableciendo un relato, pero ¿es un relato de la verdad? ¿Qué es la verdad? Si hablamos de la verdad como la relación del relato con los hechos, debemos preguntarnos sobre qué hechos. ¿Todos los hechos? Ahora se habla mucho del relato sobre el conflicto vasco; bueno, si coges un libro que te cuenta solo la mitad del relato, no puedes decir que miente, pero solo cuenta una parte. Es necesario confrontarlo con otros hechos para tener supuestamente el conjunto del relato. Y digo supuestamente, porque ¿dónde ponemos el límite de dicho conjunto? En realidad, es imposible, pues, como en un relato de Borges, solo en el infinito habría la verdad. Personalmente, más que en su relación con los hechos, creo en la verdad como consenso, tal y como la define Richard Rorty. Para él, la verdad como representación es una metáfora gastada, mientras que la verdad como consenso es la que está realmente vigente. ¿Cuándo se estableció como verdad científica que la tierra era redonda? Cuando se establece un consenso fuerte, según el cual no es necesario volver a hablar del tema, porque no hay dudas acerca de ello. Es por este motivo que a los terraplanistas no se les tiene en cuenta, porque hacerlo significaría abrir en un debate sobre una verdad en torno a la cual hay un consenso general.

Sin embargo, a lo largo de la historia cambian las verdades como cambian los consensos.

Claro, en un momento histórico se asumían como verdades hechos o cuestiones que, con el tiempo, se han revelado como falsas. Sin embargo, funcionaban en su momento porque, por consenso, eran asumidas como verdades indiscutibles. Volviendo al libro, la verdad literaria reside en los hechos que cuentas. Creo que es esencial ser honrado y no ocultar hechos, aunque éstos puedan afectar a la narración. Yo no he ocultado nada, porque no quería hacer trampas. Cuando empecé a escribir Libro de familia, me di cuenta de que no podía ocultar, en beneficio de la narración, la existencia de Javi, que había ejercido de padre durante toda mi infancia. Omitir el dato me hubiera permitido construir un relato en torno al pobre niño huérfano, pero esa no era mi historia. Yo siempre he tenido un padre y tenía que decirlo. Por esto, en seguida que pude introduje a Javi en la narración.

En este sentido, hay algo de periodístico en tu libro, hay una voluntad de documentarlo todo.

Sí y, en efecto, el primero al que le enseñé el manuscrito fue Ander Izagirre, quien me ayudó muchísimo a la hora de pulir la parte más de reportaje del libro. Ander es un tipo brillante al que admiro muchísimo. Siempre digo que es el mejor de Euskadi, el número uno. Lo que pasa es que escribe sobre el Tour de Francia. Y ahí está su gran maestría: hacer un libro maravilloso sobre un tema que, por ejemplo, a mí no me interesa nada. Y, como te decía, Ander me ayudó a eliminar muchos de los datos que había en el libro. Tenía la necesidad de que el lector me creyera y, por esto, le abrumaba con datos, pero Ander me mostró que no era completamente necesarios darlos y me dijo una cosa muy interesante: “Si estuvieras acusando a alguien de un delito, tendrías que dar todos estos datos, porque funcionarían como pruebas del delito. Sin embargo, este no es tu caso”. Y tenía razón.

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.