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Gata Cattana, luces fuera

Foto: El Conde de lo Trágico | Flickr

El 17 de noviembre de 2017 salió al mercado el álbum Banzai, de Gata Cattana. Una bomba musical de poesía cantada, un nuevo rayo de luz en el rap nacional. “El nuevo milenio me ha pillado en medio gritando ¡banzai!”, cantaba en el sencillo. “Y yo que era aguanieve he acabado ardiendo”. Banzai, como el grito de los samuráis antes de la batalla o después de ella: antes de la victoria o como desahogo frente a la muerte que acecha. El LP salió a título póstumo; Gata Cattana murió el 2 de marzo de 2017 con 25 años.

Gata Cattana, por supuesto, era el nombre musical de Ana Isabel García, que nació en Adamuz, un pueblo de Córdoba, entre libros y con la aspiración genuina de ser poetisa, que no poeta —ella misma añadió el matiz, cargado de reivindicación—. En sus canciones hay referencias constantes a los autores que leyó, con Federico García Lorca por encima del resto, y la voluntad política de hacer ruido y señalar con el dedo un sistema que conoció como injusto. Ella, que era politóloga, colmaba sus canciones de protesta contra el poder y sus amigos bromeaban con que llegaría a presidenta de la III República.

“Le faltó un año, un par de años, para convertirse en una bomba”, dijo su madre en una entrevista para PlayGround. Un año o dos para llenar salas, agotar ediciones de sus poemarios, para que la escucharan por hacer la música que quiso en cada momento: a ratos rap con flamenco, a ratos rap trapeado. Siempre ella misma, que reconocía el rap como el fenómeno más interesante de la poesía en décadas, igual que lo hicieron otros antes.

“Creo que el rap y el spoken word son la nueva poesía”, declaró en una entrevista para Neo2. “El spoken word con el verso libre y la frescura que le caracteriza, y el rap como el único gran valedor de la rima actualmente. Aunque son procesos distintos, y se emplean recursos diferentes, creo que el rap (el buen rap) tiene mucho de poesía. Hay que saber jugar con la métrica y el ritmo de las palabras, con el ingenio, y son composiciones bastante complejas. Si Góngora y Quevedo hubieran vivido en el siglo XXI, serían raperos”.

Pero Ana solo era Gata Cattana cuando cantaba; cuando escribía, y quiero decir cuando escribía para publicar en texto, la firma que utilizaba habitualmente era Ana Sforza. El éxito caminaba en su misma dirección, solo que a un ritmo pausado. Cuando lanzó el poemario La escala de Mohs —como la escala de dureza de los minerales— consiguió vender unos 700 ejemplares, casi todos a amigos y conocidos, como cualquiera cuando comienza. Ahora, sin embargo, al cumplirse dos años de su muerte, cuando su muerte la ha transformado en algo más que una firma, la editorial Aguilar —integrada en el gigante editorial Penguin Random House— recupera la obra con unas críticas fabulosas y una reseña a medida: “Estos poemas son una unidad de medida de nuestros principios, como personas y como sociedad, un libro que nos pregunta salvajemente por lo que creemos y nos creemos”.

Hay tanta fuerza en sus poemas como en sus canciones, que no solo eran políticas —a menos que todo sea política—. Había amor, fraternidad y una sensibilidad sincera. Basta con escuchar Atlanta: “Yo te resucito en mi cuarto/ escribiendo sonetos destos’/ pensando en el mar y en los días/ en que el planeta era nuestro/ porque era nuestro”.

Muchos artistas lloraron su muerte. Probablemente la despedida más dulce se la dedicó La Mala Rodríguez: “Querida Ana, allá donde estés deseo hayas encontrado las respuestas a las preguntas que te hacías”.

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