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Gonzalo Torné: La idea de que existe una lengua que va de Cervantes a Borges es insostenible

Foto: Gonzalo Torné | Cedida por la editorial

Pocos narradores pueden presumir de exquisita prosa del novelista y editor Gonzalo Torné. Desde que publicara Hilos de sangre, Torné se ha consagrado como uno de los más destacados escritores de su generación. Ajeno a las modas, ha construido a lo largo de estos años una narrativa sólida, con una serie de personajes recurrentes que volvemos a encontrarnos en El corazón de la fiesta (Anagrama), una novela sobre el dinero, el desprecio y la identidad.

 

Hace unos días, en un tuit afirmabas que no puede haber una buena novela si no hay interés por el ser humano.

Sí, hablamos mucho de proyectos, de técnica, de estilo, de tema... Pero las novelas son una serie de observaciones relacionadas sobre la vida y sus vivientes. Incluso novelas tan vanguardistas como las de Virginia Woolf o las de James Joyce están plagadas de esa clase de observaciones. Los temas son importantes, pero valen muy poco si no se relaciona con esa masa de agitación vital que no se puede resumir ni explicar de antemano, que el lector debe atravesar como atravesaría una experiencia. Puede ser un interés distante, muy mediado, ajeno a la vida social (centrado en criaturas imaginarias)... pero si no sintiese curiosidad por los seres vivos y por lo que puede ser de ellos en determinadas circunstancias no podría ponerme a escribir. Es el motor de todo lo demás.

En El corazón de la fiesta encontramos personajes que hemos conocido en tus anteriores novelas. ¿Esta repetición responde a una voluntad de indagar en determinados sujetos y ahondar en determinados aspectos del ser humano?

De adolescente solo leía tebeos de superheroes y me gustaba mucho cuando un personaje que había vivido sus aventuras en su propia serie visitaba otra serie que yo coleccionaba y luego regresaba a su vida, y así hasta que volvían a encontrarse. Esta sensación universo compartido me chiflaba e intenté trasladarla a las novelas. Hilos de sangre se abre con un personaje que se llama Bodel del que no hemos vuelto a saber nada pero que protagonizará su propia novela. No tiene nada de original, suelen citarme a Balzac (aunque la sobreexplotación de un personaje se remonta a Homero), pero lo mío no responde a un proyecto detallado sino a una especie de apuesta que no sabía si iba a salir bien. A diez años vista lo de repetir personajes se ha ido llenando de contenido. Al aparecer a veces como narradores y otras como destinatarios me ayudan a indagar en cuestiones que me interesan mucho: ¿de quién son las historias? ¿cómo cambian los relatos según el interés y el estado de ánimo de quién lo cuenta y la disposición de quién lo escucha? Y también ha empezado a interesarme algo que no estaba previsto: acostumbramos a concentrar las vidas de los personajes en unos pocos años de trabajo, cinco o veinte años de su vida nos cuestan a nosotros uno y medio. Pero gracias a que saltan de una novela a otra los últimos siete años de vida de Clara y Joan-Marc me han ocupado a mí diez años de escritura. Esta inversión afecta seguro a mi manera de escribir sobre ellos, hay un poso de confianza, de familiaridad, importantísimo para El corazón que no hubiese podido improvisar. Y que si todo va bien revierte sobre el lector sin necesidad de pasearse por mis novelas anteriores.

Uno de los temas de esta novela es el replegarse en la esfera privada, cosa que hacen Clara y Joan-Marc, ajenos a esa historia con mayúsculas que se escribe en la esfera pública.

Hilos de sangre planteaba un contraste entre la gente de mi generación, mayoritariamente despolitizada, y la generación a los que les había pasado una guerra civil por encima, de manera que una misma acción tenía consecuencias distintas. Un chivatazo o una indiscreción que entre las personas de mi edad se resolvía en un enfado privado para mis abuelos podía terminar en una ejecución. El corazón de la fiesta retoma este asunto de la moral despolitizada para examinar las consecuencias de esta retirada, de dejar el espacio público en manos de los políticos, examinar qué habían hecho con nuestra dejación de funciones, con nuestras ganas de quedarnos tranquilos en casa. La democracia si no la haces te la hacen y desentenderse ha tenido sus consecuencias, ¡vamos si las ha tenido! La política me da mucha pereza y lo de replegarme en la esfera íntima tiene todas mis simpatías, pero a la vista de cómo los políticos profesionales nos han robado y erosionado nuestras condiciones de vida quizás no fue tan buena idea.

Gonzalo Torné: La idea de que existe una lengua que va de Cervantes a Borges es insostenible

Imagen vía Editorial Anagrama.

Clara hereda un piso de su abuelo franquista y lo convierte en una especie de hogar de acogida. ¿Se podría hablar de un intento de subsanar ese sentimiento de culpa debido a una herencia “envenenada”?

En el debate sobre si la transición española fue ejemplar, lo mejor posible dadas las circunstancias o una componenda chapucera hay una situación que me interesa mucho, la de esas personas que están a favor de recuperar la “memoria histórica” pero que heredaron pisos, negocios o tierras beneficiándose por el franquismo. Clara se da cuenta que el mismo entorno que se preocupa por las reparaciones públicas se desentiende de las restituciones privadas. No diría que Clara se siente culpable, pero nota el peso de la responsabilidad, no quiere especular con ese piso, así que se le ocurre convertirlo en una casa de cuidados, donde refugiar a amigas que necesitan un descanso, pese a que casi todas las fibras de su piel le piden refugiarse en el individualismo.

En frente de Clara vive Violeta, una joven proveniente de la clase obrera, castellanohablante.

Sí, el grueso de la novela es un “intercambio” entre Clara y Violeta. No quería que fuese un diálogo o una conversación, porque ya hay muchas novelas así. La novela se construye sobre la narración de Violeta, que se ve interrumpida por los comentarios de Clara que van dirigidos a un tercer personaje, un novio con el que duda si volver o desprenderse para siempre. No tengo ni idea de como se llama esta manera de narrar porque no la había visto nunca, ¿conversación desplazada? ¿Monólogo interrumpido por un reported speech? En narratología se inventan nombres muy ingeniosos, no sé. Durante muchos meses duré si me iba a salir bien, pero es la clase de dificultad que imanta al resto, cuya solución te anima a seguir adelante. Así que pese a las tensiones sociales entre las dos, me temo que la cosa nació como un “desafío técnico”.

Lo interesante es cómo una mira y se mira en la otra.

Es una de las intrigas de la novela, ¿colaborarán, se despreciarán? Si las observamos de lejos Violeta y Clara tienen bastantes cosas en común: las dos son mujeres, de una edad parecida, han pasado mucho tiempo despolitizadas... Ninguna de las dos pertenece a la “clase trabajadora”, las dos manejan el catalán, pero se expresan mayoritariamente en castellano. Y a la que acercamos la mirada empiezan a multiplicarse las diferencias: de educación, de cultura, de expectativas...

El desprecio de clase es otro gran tema de la novela, pero también el identitario y el cultural, es uno de los temas centrales de la novela.

Es muy difícil construir una identidad sin despreciar a otro o sin sufrir su desprecio: somos lo que somos porque no queremos (o no nos dejan) ser otra cosa. Es un fenómeno muy amplio que va desde las rivalidades locales hasta los genocidios, con una serie de innumerables estaciones intermedias. Parto de un tópico: la desconfianza entre los catalanoparlantes hacia los trabajadores castellanohablantes, pero las cosas se complican enseguida. Joan-Marc es un aristócrata muy venido a menos que desprecia a los burgueses catalanes, a Violeta la Primera Familia la ven como a una “choni”, pero ella a su vez se siente por encima de las inmigrantes latinoamericanas. La narración traza una especie de cadena del desprecio, la dificultad de mirarse a la altura de los ojos, la pesadilla de calcular de manera más o menos tácita si nuestra “posición” nos situa, ya de entrada, por encima o por debajo del interlocutor. Una exploración del cainismo.   

Un tema recurrente en la literatura española, sobre todo en un autor como Benet.

Prefiero hablar de desprecio que es un sentimiento más de estar por casa, una miseria cotidiana. El desprecio es la resistencia a la que deben sobreponerse los diversos intentos de reconciliación y colaboración que exploran los personajes.

Si hablábamos del cainismo, ahora toca hablar del Bastardo, figura muy shakesperiana.

Al principio el Bastardo se parecía más a Faulconbridge y a Edmundo, sus predecesores literarios: ambicioso, cínico, traicionero... pero a medida que el descaro de Violeta iba en aumento tuve que modular su carácter o me quedaba sin novela en la página cuarenta. De manera que todas estas cualidades “bastardiles” se fueron trasvasando al benjamín de los Masclans (Yúnior) y el Bastardo se quedó como es ahora, una suerte de sereno conformismo civilizado. La decisión se impuso por motivos estructurales, pero que el Bastardo no se comportase como un “bastardo de libro” me permitió incidir en un asunto que recorre toda la novela: la tensión de los rasgos identitarios visto desde dentro. Me explico: yo soy varón, pero no me siento representado por lo que dicen o hacen todos los varones, aunque exista una predisposición estadística; tú igual eres feminista, pero no por eso tienes que pensar como te dicen que tienen que pensar una feminista con altavoz, aunque compartas intereses. Y lo mismo sucede con “independentista”, “charnego”, “clase media”, “homosexual”, “nórdico”... Lo que quieras. Desde fuera la identidad convence, incluso podemos ofrecer en público una interpretación plausible, pero desde dentro nada encaja sin tensiones: una manga es demasiado corta, el cuello aprieta, a la pernera le conviene un dobladillo... Las “identidades” nos representan y no nos representan. No sé si soy capaz de transmitir lo apasionantes que son estos desajustes para un novelista.

Otro de los grandes temas de la novela es el dinero, al que la literatura inglesa ha prestado mucha atención, empezando por Jane Austen y siguiendo por Henry James.

La primera novela importante de Austen empieza con un matrimonio desheredando a unos parientes, convenciéndose (en una inolvidable mezcla de euforia, sentido del deber y crueldad) de que será lo mejor para ellos dejarles sin una libre. Y antes... DeFoe y Fielding no hablan de otra cosa, y no digamos ya Dickens o G. Eliot. El dinero es omnipresente, pero como un elemento regulador de la vida social. Como un agente externo. Lo que no se ha hecho tanto es describir como suena el dinero en nuestra cabeza. Woolf y Joyce interiorizaron la novela, el micrófono que Joyce sumerge en la cabeza de Poldy Bloom registra voces dirigidas a su mujer, a sus enemigos, a su padre... ¿Y si convertimos el dinero en un personaje más de esa obra sonora que representamos a diario en nuestra mente? Una voz atosigante, de la que uno no puede liberarse. ¿Cuánto espacio de nuestro disco duro cerebral dedicamos a diario a pensar, soñar, preocuparse, codiciar, sufrir o disfrutar del dinero?

Y otra de las preguntas que surge y que se plantea la novela es por qué roban quienes no lo necesitan.

¿Te acuerdas del periodo mágico que encendías la televisión, cualquier cadena, y aparecía un político corrupto? De todas jerarquías y en todas las comunidades autónomas. Un desfile. La novela está ambientada en Cataluña, pero no deja de ser un caso particular de un movimiento estatal muy amplio, casi una unidad de destino: la casa común del latrocinio. Todos damos por hecho que lo hacían por dinero y que el ansia de dinero lo justifica todo. Pero eran personas con prestigio, poder y una vida solucionada y mira como han terminado la mayoría: en la cárcel, enfermos, ridiculizados... ¿Les compensa? En algunos casos tengo la impresión que sí. Así que no se trata solo de dinero, de la cantidad de dinero contable. Hay otros aspectos: poder, euforia, impunidad, miedo, dependencia... sobre los que la novela revolotea.

Narras la corrupción, pero sin satirizarla.

Quien escribe una sátira está convencido de tener razón, no tiene ninguna necesidad considerar en serio las motivaciones ajenas, de manera que corre el riesgo de terminar hablando solo en un rincón. Yo estoy convencido de tener razón y desconfío de los colegas que se ponen a escribir sin una montaña de razones acumuladas, pero no tengo ningún interés en hablar con la pared, así que prefiero dejar entrar “razones” distintas, incluso contrarias: afinar y volverlas atractivas, y que trabajasen para mis intereses, porque no creo mucho en “dar voz” a nadie, pero si en “quitar la voz” a quienes suelen acapararla. La parodia era otro riesgo que he tratado de evitar, te situa en una posición de superioridad a cambio de destensar el juicio y de infantilizarte, mi impresión es que termina asimilando por la vía de una ternura barata lo que pretendía “denunciar”. Igual por eso se producen tantos programas de parodia política: propagan las ganas de irte de cañas con quien está deteriorando tus condiciones de vida.

Antes te preguntaba sobre el desprecio. El acento y el habla se convierte en un motivo de rechazo o de aceptación social.

Cuando vives un tiempo en el extranjero te das cuenta de la cantidad de información que sacamos del acento de nuestros interlocutores. De repente te falta un arma interpretativa, y pasado el susto, la verdad es que supone un descanso, casi una alegría: ves a los otros con más libertad, casi diría con más generosidad. Y también te sientes menos expuesto: el acento es una especie de exposición involuntaria de la clase de dónde vienes, del nivel de tu educación, de tu red de intereses culturales, de tus expectativas vitales... Violeta está despolitizada, pero cuando llega a Barcelona se dibuja un mapa de la ciudad a partir de los acentos que se respetan y los acentos que hacen reír a sus compañeros. Se da cuenta de que el acento abre y cierra puertas, que establece distinciones en grupos que parecían homogéneos como el de los catalanohablantes: dentro del idioma común (de la caja de la sintaxis) los acentos modulan complicidades y rechazos. De manera que uno de los rasgos más inocentes del mundo (en qué tono hablas tu idioma materno) se convierte casi en una profecía laboral, en una presunción sobre tus gustos e intereses, en un apriorismo moral. La dificultad técnica de ser sensible al acento es que en las novelas, no puedes imponer el “sonido” como en una película o en una canción.

Introduces palabras y expresiones en catalán. ¿Una novela sobre Barcelona tendría que tender inevitablemente al bilingüismo?

No tengo ninguna teoría, ni siquiera una hipótesis, sobre cómo deben escribirse las novelas sobre Barcelona. Parlotear como un legislador loco sobre medio millón de escritores potenciales, ¿te imaginas? Sé lo que me propuse yo desde el principio. La idea de que existe una lengua que va de Cervantes (más atrás ya no se atreven) a Borges es insostenible. El idioma de Borges se parece poquísimo al de Cervantes, la lengua siempre está cambiando, y el idioma literario trabaja contra sí mismo, a favor de su propia supervivencia. Mi castellano es bastardo, admite construcciones calcadas del catalán y suelo dejar pasar palabras cuando me vienen así a la lengua, pero en lugar de “corregirlo” a favor de una pureza o de una corrección en la que no creo he intentado emplear esa fuerza para mis intereses.

Ante tanta autoficción y novela de no ficción, reivindicas la vitalidad de la ficción para hablar del individuo con su complejidad.

Creo en la novela como en un sistema de frases estructuradas que se aleja de la vida para ofrecer una imagen veraz de la complejidad de estar vivo. Aunque no siempre estoy convencido de mi capacidad para escribirlas, siempre estoy seguro de que es la única clase de novela que me interesa leer. En estos diez años he visto agotarse unos cuantos modelos alternativos (el fragmentarismo, el name-dropping cultural, el revival rural, la sentimentalidad social...) pero la conveniencia de ofrecer una réplica adulta a la locura, exigente y fascinante, de existir en un tiempo y en una sociedad determinadas sigue aquí, y va a seguir estando siempre. ¿Cómo íbamos a prescindir?

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