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Gran Bellotada Ibérica: ¿buena voluntad o criterio científico?

La restauración de ecosistemas no tiene que basarse en tópicos. No por plantar árboles estamos ayudando a recuperar un ecosistema, puede ser hasta contraproducente

Foto: Pixabay | Pixabay

Durante Una noche en la Ópera, Groucho Marx está pidiendo a un camarero distintos productos para comer, terminando cada petición con un “y también dos huevos duros” a petición de su público. El absurdo que inspira dicha escena es similar al que nos recorre a muchos profesionales (científicos y divulgadores), dedicados al mundo de la restauración de ecosistemas, con iniciativas como La gran bellotada ibérica, que quiere plantar 25.000.000 de bellotas por toda la Península Ibérica. ¿Volveremos a ver ardillas viajando de Pirineos a Tarifa sin tocar el suelo?

En los últimos 50 años en España, el 45% de los servicios ecosistémicos evaluados se han degradado o se usan de forma insostenible. Es evidente que se necesita reformular el uso de los espacios naturales y hacer un esfuerzo en la restauración de nuestros ecosistemas y sus servicios o funciones. Debido a ello, y siguiendo los informes de Comunicación de la Comisión Europea, se incorpora el concepto de Infraestructura Verde al ordenamiento jurídico español y se elabora una Estrategia Estatal de Infraestructura Verde, y de la Conectividad y Restauración Ecológicas con las bases para asegurar, entre otras, la conectividad entre espacios naturales y la restauración de ecosistemas degradados.

El reto que se plantea en la actualidad es dar respuesta a un problema ambiental de manera rápida, coordinada y con bases científicas y técnicas sólidas. Hemos perdido mucho tiempo discutiendo cómo abordar las consecuencias del cambio climático y las acciones para mitigarlo de manera global, por lo que urgen respuestas locales efectivas. Si no es así, llegarán otros a darlas, quizá con buena intención, pero sin las necesarias bases científicas y técnicas. También se hace necesaria la evaluación de la efectividad y eficacia de estas medidas en el tiempo.

Deconstruyendo mitos

El primer paso para un avance social en gestión del medio natural sería desmontar los grandes mitos adquiridos y heredados en el tiempo, como la definición de calidad de paisaje que contempla vastos espacios con densa y alta vegetación, aguas cristalinas y picos poblados con grandes mamíferos. Esta visión tiene relación con conceptos clásicos de ecología o estándares de calidad de paisaje, donde el súmmum es una vegetación climática dominada por grandes árboles (robles, hayas y arbustos típicos de cada zona).

Se han realizado innumerables actuaciones en materia de restauración hidrológico-forestal en toda la Península Ibérica desde finales del siglo XIX, incluyendo repoblaciones (pinares) cuya gestión, en general, es insuficiente. Es necesario aprender de estas experiencias, tanto si se hicieron bien como si se cometieron errores (en sentido amplio), evitando la discriminación en “especies buenas y malas”. Tenemos un gran conocimiento de nuestro territorio, de las debilidades (vulnerabilidad) y de la capacidad de recuperación natural del ecosistema tras una perturbación (resiliencia), que debe ser implementado en la gestión de nuestro territorio.

Es fácil encontrar en nuestra sociedad otros mitos y bulos que se repiten a lo largo del tiempo. Así, la historia de que el geógrafo griego Estrabón –al que se le atribuye decir que una ardilla cruzaba España “de árbole en árbole”– define la Península Ibérica como un territorio frondoso cubierto de bosque primigenio virgen es uno de los que más arraigo tienen.

Pero no, en su publicación no hace referencia a ninguna ardilla, es más, la describe como una tierra de topografía áspera y difícil con montañas, bosques y llanuras de suelo pobre.

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Foto: Madison Nickel | Unsplash

De hecho, nuestros ecosistemas, debido a su evolución, han desarrollado adaptaciones a incendios, sequías y otras perturbaciones que los hace resilientes. Sin embargo, el uso y gestión histórica del territorio provoca que muchos se encuentren actualmente muy degradados.

Esta dinámica de nuestros territorios y paisajes nos llevan a concluir, tanto ambiental como moralmente, que no se puede llenar la Península Ibérica de árboles.

En la diversidad de ecosistemas ibéricos encontramos muchos valiosos, pero no arbolados, como los de zonas gipsícolas en ambiente semiárido en el Sudeste y centro, los brezales atlánticos y mediterráneos, amplios herbazales de zonas húmedas como Doñana o Las Tablas de Daimiel. Estas comunidades vegetales no arboladas son dignas de mantener, conservar y mejorar, como se está haciendo en muchos casos mediante su inclusión como Espacios Naturales Protegidos. Además, nos proporcionan biodiversidad y servicios ecosistémicos que se verían degradados al introducir especies no adaptadas a estas zonas, como sería el caso de arbolar o cambiar este tipo de vegetación.

Sin embargo, la superficie forestal arbolada en España ha aumentado un 30% en los últimos 25 años, pero el abandono y la falta de gestión sostenible genera problemas de vulnerabilidad al cambio climático de nuestros ecosistemas.

Por tanto, plantar árboles donde sea y como sea es una falacia, que no tiene por qué ser cierta, y debe ser conocido por nuestra sociedad. Un buen punto de partida para conseguir los objetivos propuestos sería empezar a gestionar de manera correcta las masas arboladas existentes, en lugar de pensar en plantar nuevos en toda zona desarbolada.

La gran bellotada

Ante la falta de recursos profesionales en restauración de ecosistemas se alzan movimientos ciudadanos llenos de buena voluntad, cuya finalidad es mejorar nuestro medio ambiente, pero con poco criterio técnico para gestión y coordinación de estas acciones.

No es nueva la aparición de propuestas o proclamas para forestar áreas incendiadas o “limpiar” ríos y montes, pero una mala base científica puede llevar a la consecución de objetivos opuestos a los propuestos, especialmente en áreas donde otro tipo de vegetación es la ideal.

En redes sociales se están promoviendo iniciativas de este tipo, más árboles igual a menos cambio climático, donde se propone una buena idea, ya que hace visible un problema ambiental y busca soluciones locales (plantar semillas de árboles autóctonos). Sin embargo, falla en comunicar que ni en todos sitios hacen falta árboles, ni todos los ecosistemas son arbolados. Esto puede inducir a confundir restauración con forestación (aunque ambas puedan implicar mejora de servicios ecosistémicos).

Creemos que la solución debe basarse en acciones coordinadas con una planificación básica y no debe predominar la opción del “porque quiero, donde quiero y como quiero”, ya que, ante esta falta de criterio científico-profesional, solo cabría añadir “y dos huevos duros”.


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation

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