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Gregorio Luri: "Hay que aportar a la imagen de España algo más que el fulgor de las espadas"

El filósofo navarro publica un nuevo libro donde defiende la utopía conservadora y reivindica la herencia de la Escuela de Salamanca

Foto: Cortesía de Gregorio Luri

Cuando habla, tiene la cualidad del maestro: se acerca, te explica, pone ejemplos, crea imágenes. El filósofo Gregorio Luri ha publicado un libro que, por sí solo, ya delata sus intenciones: La imaginación conservadora (Ariel). Un libro que es “una defensa apasionada de las ideas que han hecho del mundo un lugar mejor”, como resume el subtítulo. Un libro que reacciona contra los reaccionarios y pide calma a los revolucionarios. Claro que estas palabras, por supuesto, nunca saldrán de su mano.

 

Estamos viendo que hay muchos intelectuales liberales, véase Vargas Llosa o Escohotado, y sin embargo hay mucho silencio académico con el conservadurismo.

Es un hecho que difícilmente se puede ignorar. Es una singularidad del pensamiento español y del conjunto de la política española, en varios sentidos. En Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, en cualquier parte, el conservador es un personaje habitual del panorama político e intelectual. Y eso tiene como consecuencia que, cuando están escribiendo sobre cualquier tema, tienen siempre presente su propia tradición. Lo que nos caracteriza a nosotros es, por una parte, que nadie quiere ser conservador. Y que, como nadie quiere ser conservador, la propia tradición de pensamiento conservador está ignorada. Eso hace que tengamos más presente a un pensador de segunda categoría francés que a la gente de la Escuela de Salamanca. Es bastante infantil y ridículo y pueblerino que nuestros alumnos de Bachillerato puedan llegar a la universidad sin saber qué era la Escuela de Salamanca.

 

¿Qué significa ser conservador en España?

En España no tenemos tantos pensadores como para decir que tenemos una tradición de pensamiento conservador. Tenemos pensadores que son figuras notables, pero eso no ha estado acompañado de una tradición suficientemente rica. Eso se intenta con cierto éxito con Cánovas y es continuado por Maura en un primer momento. Después no da tiempo a articular un pensamiento conservador. Lo que hace el franquismo cuando llega al poder en España, necesitado de construir una ideología que arrope su poder, es echar mano de lo que tiene. Se apropia de autores que, por cuestiones biográficas, no pueden ser franquistas porque desaparecieron antes. Qué se yo: Vázquez de Mella, Donoso, Menéndez Pelayo. Incluso Maeztu, que fue asesinado en el 36. Como se los apropian ellos, decimos que son franquistas. Y aceptar eso es legitimar la usurpación franquista de su pensamiento. Por eso he intentado dialogar con ellos ignorando totalmente lo que hace el franquismo con ellos, que no me interesa especialmente. Cuando te quedas sin una tradición viva, falseas confundiendo conservador con reaccionario o militarista.

 

¿Cuándo deja un conservador de serlo?

Yo diría que es más fácil que un progresista pase a ser conservador por una razón sencilla: a diferencia del reaccionario, el conservador no puede ser un dogmático. Digamos que sabe lo suficiente para no ser un escéptico, pero no sabe tanto como para permitirse ser dogmático. Como asume que no hay una ciencia de lo político, intenta apropiarse de todo aquello que puede contribuir a la prudencia como elemento de gestión de la realidad. El progresista sí que es un dogmático, y no lo digo con intención agresiva. El progresista cree que la historia colabora con sus ideas, que hay un movimiento histórico y él está en la vanguardia de ese movimiento histórico. Me parece que el conservador difícilmente puede defender eso. Cuando al progresista se le hunde eso, es muy fácil que su propio escepticismo con respecto a la soluciones que defendía lo lleve al campo conservador.

 

¿Hay mucho conservador disfrazado en la izquierda?

No, no, no. Solo que la izquierda triunfante, en el momento en que hace una revolución, inevitablemente se hace conservadora. De hecho, todas las revoluciones se han pretendido justificar a sí mismas como una lucha contra el poder y todas han acabado con un incremento del poder. Si quisiéramos hacer una Historia del poder en los últimos dos siglos, nos saldría la Historia de las revoluciones. Eso conduce al dogmatismo. Pero, independientemente de esto, creo que la izquierda puede ser conservadora porque está en su esencia ser futurizadora.

 

¿Cuál es la ambición del conservador?

Si utilizamos la metáfora de la barca como nave del Estado, que es tan antigua como Platón, ¿cómo se la imagina el progresista? Se la imagina como una nave que está haciendo una travesía que tiene una meta. Esa meta en los últimos años se ha hecho más difusa, pero en todo caso está convencido de que camina hacia el futuro, porque además los vientos de la historia son vientos que inflan sus velas. El reaccionario está intentando hacer una ciaboga, de tal manera que puede apuntar con la proa hacia el puerto del que ha salido… y tiene esos vientos en contra. Está denodadamente empeñado en volver atrás. Digamos que el progresista vive en un aún no, el reaccionario vive en un melancólico ya no… y la idea del conservador es mantener el barco a flote. Yo diría que el gran lema del conservador es el que encontramos en el escudo de Estados Unidos: E Pluribus Unum [De muchos, uno].

 

El conservadurismo es otra utopía, en cualquier caso.

Efectivamente. Nada te garantiza que tus buenas intenciones sean correspondidas por la realidad. Decía Horacio que, por mucho que intentes expulsar a la naturaleza, la naturaleza siempre regresa. Las malas hierbas siempre estarán ahí. Entonces mantener el esfuerzo sabiendo que las malas hierbas van a estar siempre ahí es lo que te permite reconciliarte con la realidad, no dedicarte a darle patadas cuando no está a la altura de tus expectativas. El conservador sabe que todas las causas políticas pueden ser nobles, pero todas son imperfectas.

 

¿Qué se ha propuesto con este libro?

Me he propuesto básicamente dos cosas. Primero, la afirmación de que el hombre es un animal político, no solo un ciudadano. Segundo, demostrar –lo habré conseguido o no– que el diálogo con nuestra tradición era capaz de producir un chisporroteo intelectual. Si eso es cierto, entonces habré conseguido mi objetivo. Porque es falso que el pasado esté superado; lo estaría si estuvieran agotadas sus posibles vías de desarrollo. Pero, si analizas la Escuela de Salamanca, ves que mientras en el resto de Europa la legitimidad del soberano se sostenía por una concesión de Dios, en España se negaba. La Escuela de Salamanca decía que la única legitimidad para la soberanía se encuentra en la constitución del ser humano como animal político, ya que estamos condenados a vivir juntos: es soberano quien mejor nos garantiza la convivencia. Por eso sostiene Mariana que es legítimo envenenar al rey. ¡Los libros de Suárez se quemaban en París y Londres! En España, Martín Azpilicueta está dialogando con Carlos V, y Suárez y Mariana con los Austrias sobre los límites de la soberanía real. Esa es una reflexión que puede ser perfectamente desarrollada para el presente.

Lo que defiendo es que, aunque el progresista no quiera verlo siempre, habitamos en mundos de segunda mano. En este mundo de segunda mano, los que nos han precedido han hecho grandes cosas. También terribles, pero yo me guiaré siempre por aquellas que puedan tirar de mí hacia lo alto. Y voy a defender una tesis polémica: creo que la imagen de España se ha construido más a partir de hazañas militares que de hazañas filosóficas. Es exactamente lo contrario a lo que ha pasado en Francia, donde los filósofos son los que articulan. Si piensas en España, te vienen a la cabeza Hernán Cortés, los Reyes Católicos. No pensamos en Suárez o en Mariana. Hay que comenzar a aportar a la imagen de España algo más que el fulgor de las espadas. Me parece esencial.

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