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Guillermo Martínez: “Como decía Gombrowicz, parte de la gracia de la imaginación es poder verter vino nuevo en odres viejos”

Foto: Carlos Ruiz B.K. | Editorial Destino

Ensayista y narrador, el argentino Guillermo Martínez ganó el pasado seis de enero el Premio Nadal con Los crímenes de Alicia (ed. Destino), la segunda parte de su exitosa novela Los crímenes de Oxford, que fue llevada al cine por Álex de la Iglesia. Ambientada nuevamente en Oxford y con algunos personajes de la anterior novela, Los crímenes de Alicia gira en torno a unos asesinatos que tienen como leit motiv el diario y, más en concreto, las páginas arrancadas del diario de Lewis Carroll. ¿Quién cometería dichos asesinatos en nombre del autor de Alicia de las maravillas? ¿Qué claves matemático-filosóficas están detrás de dichos asesinatos? Estas son algunas de las preguntas que nos plantea Martínez en una novela, donde la matemática, pero también la lingüística y la filosofía del lenguaje, vuelve a convertirse en material literario.

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La idea de Los crímenes de Alicia nace del descubrimiento de los diarios de Lewis Carroll, de los que sus familiares arrancaron unas páginas, y de las notas acerca de su discusión con Alice Liddell. ¿Qué descubrió de nuevo en aquellos diarios y por qué la familia decidió arrancar algunas de las hojas?

Efectivamente, la novela tuvo origen en ciertas páginas que arrancaron las sobrinas nietas de Carroll. El contenido de esas páginas lo guardaron en un pedazo de papel, que fue descubierto en el año 1994. A partir de la frase que anotaron las sobrinas como resumen de la discusión de Carroll con los papás de Alicia Liddell yo pude inferir una historia oculta en la vida de Carroll, pero la clave de esa historia la doy al final de la novela, entonces no la adelantaría ahora.

Guillermo Martínez: “Como decía Gombrowicz, parte de la gracia de la imaginación es poder verter vino nuevo en odres viejos”

Foto vía Editorial Destino.

Carroll es un autor discutido por las acusaciones que se le han hecho con respecto a su obsesión con menores, empezando por la propia Alice. Su caso nos plantea la pregunta acerca de la recepción de las obras y los autores. ¿Cree que elementos extraliterarios interfieren hoy en nuestra lectura de Carroll y en su valoración literaria?

Yo creo que los elementos biográficos y extra-literarios no deberían interferir en la lectura. Creo que es absolutamente necesario separar a la criatura artística del creador en carne y hueso y, de hecho, dediqué una novela entera a esta cuestión. Se titulaba La mujer del maestro, donde hablaba de la vida privada de los artistas en relación con su obra. Si nos pusiéramos a indagar en la biografía de todos los grandes autores, seguramente descubriríamos cosas tan horrorosas que nos harían liquidar bibliotecas enteras. Por poner algún ejemplo: la relación de Lawrence Durrell con su hija incestuosa, que terminó suicidándose; las declaraciones de Borges sobre los indios y sobre los negros, su saludo a la dictadura de Pinochet…. En definitiva, creo que muy pocos autores pasarían los diferentes raseros y filtros que cada época les exige como personas. La literatura es algo así como una radiografía de la complejidad y de la oscuridad de la naturaleza humana, no hay naturaleza humana sin maldad y, por tanto, no nos tiene que asustar ni alejar el hecho que los autores que amamos, que veneramos, que consideramos próceres literarios tengan, como seres humanos, flaquezas, debilidades, vicios, temporadas en prisión, drogas o cualquier otra clase de conducta que no parezca apropiada a tal o cual época.

En La razón literaria, encontramos el ensayo “Series lógicas y crímenes en serie”. ¿Hasta qué punto el origen de Los crímenes de Alicia está no solo en su anterior novela, Los crímenes de Oxford, sino en una reflexión literaria más amplia y que tiene que ver con las series lógicas en la filosofía, el lenguaje y la literatura?

Excelente pregunta. Exactamente la clave filosófica que une Los crímenes de Oxford con esta novela es la reflexión sobre las series lógicas iniciada por Wittgenstein y continuada por Willard Quine, que es el lógico que se menciona en Los crímenes de Alicia en relación al experimento sobre la traducción radical y al experimento del conejo y la palabra “gavagai”. La reflexión de Wittgenstein y Quine nos conduce a la gran pregunta sobre cómo se forma el sentido a través del lenguaje. En otras palabras: aun si una persona señala a un conejo y repite la palabra “gavagai” no puede estar seguro, por mucho que le digan que sí, de que aquello que señala y la palabra “gavagai” son lo mismo. Es decir, no puede estar seguro si la palabra designa realmente el objeto o si, por lo contrario, lo único que se obtiene es algo parecido a cuando estornudamos y alguien nos dice “salud”. La palabra “salud” no corresponde al estornudo, aunque un aborigen podría creer que sí al verla repetida cada vez que alguien estornuda. Por tanto, es una cuestión muy misteriosa el cómo se forma el significado que todos, en una misma comunidad, le atribuimos a las mismas cosas, porque, a penas uno trata de encontrar la regla de conformación, se da cuenta de que toda regla es insuficiente.

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Foto: Carlos Ruiz vía Editorial Destino.

Usted es autor del ensayo Borges y las matemáticas, ¿cómo ha influido el autor de El aleph en su concepción de la literatura y, más en concreto, en su uso de la matemática como materia literaria?

En realidad, yo leía a Borges desde la adolescencia y no había percibido el elemento matemático que hay en todas sus obras. A raíz de una conferencia que me propusieron sobre este tema, releí su obra buscando los elementos matemáticos y me sorprendió ver que, efectivamente, en toda su obra hay algo así como 180 citas matemáticas y, sobre todo, hay algunas ideas matemáticas que el germen de ficciones. Por ejemplo, en el cuento El disco, La biblioteca de Babel, La lotería de Babilonia y, sobre todo, en El libro de arena, Borges toma ideas de la matemática y la transmuta en ficciones. Esto es la parte que más me interesó de su obra y el motivo por el cual escribí Borges y la matemática. Dicho esto, Borges influyó en mí en lo referente al estilo literario, en mi gusto por el clasicismo, en la concisión y la precisión en la elección de adjetivos, en la búsqueda de adjetivos en contra del lugar común… En fin, hay manera de adjetivar en Borges muy característica y muy exigente que, probablemente, proviene de su experiencia como poeta y este estilo suyo tan característico está presente en buena parte de la literatura argentina. En este sentido, Borges ha sido un maestro en cuanto al estilo literario, pero también un gran maestro de lecturas.

Decía en una entrevista Borges “en el género policial hay mucho de artificio: interesa saber cómo entró el asesino entre un grupo de personas artificialmente limitado, interesan los medios mecánicos del crimen y estas variaciones pueden ser infinitas. Una vez agotadas todas las posibilidades, la novela policial tiene que volver al seno común de la novela”. Como autor de novela negra, ¿cómo se enfrenta usted a un género tan codificado para darle la vuelta, para no quedar atrapado en el “artificio”?

Sí, junto a esta cita de Borges se podrían dar muchas otras en las que él comenta que prefiere el género policial antes que la novela psicológica y en las que se burla de las novelas de Dostoievski. Había en Borges una dualidad, incluso, él defendió la novela policial como el reducto de la trama. Sobre la cuestión del artificio, como él mismo dice y yo suscribo completamente, toda literatura es artificio. No hay literatura sin artificio, incluso lo hay en las novelas que parecen escritas con las vísceras, con la sangre o con la metáfora escatológica que cada escritor quiera dar para reafirmar la pasión que le ha movido desde las entrañas. En toda novela hay y debe haber un elemento de transición y de reflexión para que aquello que se siente sea sentido por los demás. Siempre hay una intermediación del intelecto que elige entre las formas posibles aquella que te permite expresar mejor lo que sientes. Para mí, no hay pasión sin algún tipo de cálculo racional de la misma manera que en los cálculos racionales, en la matemática, hay siempre intensas pasiones por debajo que tienen que ver con la voluntad, con la persistencia, con los fracasos y las búsquedas. El de la pasión y el de la racionalidad no son mundos contrapuestos y, como te decía, en toda literatura hay artificio. Parte de la gracia de la imaginación es, como decía Gombrowicz, poder verter vino nuevo en odres viejos; es decir, lograr usar las formas literarias y los géneros que son finitos para encontrar variantes originales

El título de su novela apunta directamente a Alicia en el país de las maravillas, sin embargo, su interés por Carroll se afianzó tras la lectura de Lógica sin pena, texto para el que escribió un prólogo. ¿Qué hay en su novela de este título de Carroll?

Bueno, en realidad el prólogo de Lógica sin pena es el que me condujo a indagar en la biografía de Carroll y el que me llevó a la historia de los papeles arrancados en su diario íntimo, que es el núcleo de mi novela. Del libro Lógica sin pena quedan algunos acertijos, que también encontré en otras de las novelas de Carroll. Digamos que cogí de Lógica sin pena el espíritu de los acertijos.

Tanto Alicia en el país de las maravillas como Tras el espejo son novelas que, lejos de ser lectura infantiles o juveniles, son extremadamente complejas. ¿En esta segunda novela, donde volvemos a encontrar los mismos personajes, busca plantear también distintos niveles de lectura?

Coincido con las dos afirmaciones. Por un lado, el volver a leer Alicia en el país de las maravillas mientras escribía esta novela me permitió ver este segundo plano que me había pasado inadvertido al leer la novela de Carroll siendo niño. Me refiero al plano de la angustia del adolescente que aprendió en la infancia reglas en las que cree firmemente y con las que cree poder afrontar el mundo adulto, pero que, en cuanto sale al mundo adulto, se encuentra con la arbitrariedad, el despotismo, el caos, la paradoja, un lenguaje que no es lo que parecía. En definitiva, la angustia del adolescente que se encuentra con la incertidumbre del mundo real en el que se mueven los adultos. Esto da pie a una cantidad de escenas angustiantes, que yo tomé como inspiración para pensar los crímenes; pienso en escenas como en la que el llanto de Alicia que se convierte en río que está a punto de ahogarla o en la que se nos describe un pozo sin fin. Todas ellas son escenas que aluden a posibles muertes. Por lo que se refiere a los niveles de lectura, en esta novela hay una discusión sobre el lugar teológico que queda en los fundamentos de los matemáticos en relación a si la matemática es platonista o hay grados de libertad. Hay una reflexión sobre cómo se forma el sentido y sobre como la formación de sentido es un malentendido gracias al cual nos entendemos; hay una discusión sobre las aristas biográficas de Carroll y sobre hasta qué punto podemos comprender un ser humano a través de sus biografías.

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Foto: Carlos Ruiz vía Editorial Destino.

Cuando se publicó En el nombre de la rosa, la novela de Eco fue definida como un “best seller de calidad”. ¿Qué le parece dicha etiqueta y hasta qué punto cree que pueda utilizarse para definir sus dos novelas ambientadas en Oxford?

Las etiquetas nunca despiertan demasiada simpatía a ningún escritor, pero, en todo caso, me gustaría más la etiqueta de “long seller”, porque mi novela Los crímenes de Oxford se siguió vendiendo, por lo menos en Argentina, a lo largo de estos quince años. Sobre la cuestión de la calidad, hay un largo malentendido, que posiblemente va a ser tema de mi próxima novela. De todas maneras, es mejor ser un best seller de calidad que un best seller infame.

En su texto Un ejercicio de esgrima leemos: “Tabarovsky cierra su ensayo afirmando que el sitio de su “literatura de izquierda” es un sin lugar y desde ese sin lugar se autoproclama para un ideal estoico: él es, o quiere ser, ‘el escritor sin público’. Muy impresionante. Sólo que apenas puso punto final a esta frase ya estaba recorriendo todas las redacciones y  los estudios de televisión con su ‘literatura de izquierda’ bajo el brazo, buscando el mayor lugar posible, la máxima difusión”. ¿El obtener grandes ventas, como las tuvo usted con Los crímenes de Oxford, pone bajo sospecha a obras literarias, a las que se les niega el beneplácito de la crítica y de la academia?

Ya argumenté largamente acerca de la cuestión de las ventas y la calidad literaria en mi ensayo Un ejercicio de esgrima, al que me remito para quien quiera leer con más profundidad acerca de estos temas, pero, la verdad, es que en mi caso, a lo largo de mi carrera,  me he encontrado con buenas críticas, con críticos que supieron leer la profundidad que yo he querido darle a cada uno de mis libros. Hay que tener en cuenta que hay distintas maneras de leer un libro: a los clásicos, como decía Borges, se los suele leer con “previo fervor”, todos están seguros de que tienen que encontrar algo en ellos que tiene que ser necesariamente maravilloso o sublime y de que, si a alguien no le gustó tal o cual clásico, el problema está en ese alguien y no en el libro. Muchas veces, con los libros que tienen muchas ventas, se produce el fenómeno contrario: por definición hay que odiar este libro, nada de lo que se me diga me puede convencer de que hay algo por debajo de la trama, toda su supuesta profundidad es un truco para convencerme de algo de lo que no quiero ser convencido….

Ahora que acaba de ganar el Premio Nadal, con la segunda parte de Los crímenes de Oxford, ¿cómo se enfrenta ante las suspicacias que despiertan los premios literarios?

Yo estoy muy orgulloso y feliz de haber ganado un premio literario en el que el último argentino que anotó su nombre fue Juan José Saer con La ocasión. Con esto tengo bastante, como dice la canción española.

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