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Nadie quiere hablar con Gus Van Sant, solo postales de recuerdo

Foto: Taylor Jewell | AP

Gus Van Sant entra con paso lento, con la mirada puesta al frente. Al fondo del auditorio de la Casa Encendida, lleno en tres cuartas partes, hay una mesa y una tarjeta con su nombre. Allí se sienta Van Sant, de 65 años, nacido en Kentucky, que ha rodado 16 películas –esta última, la que presenta en Madrid, No te preocupes, no llegará lejos de aquí, con Joaquin Phoenix–, que tiene un tono rojizo en su piel holandesa y los ojos asustados, levemente tristes. Lo acompañan Lucía Casani, directora del centro, y Matthieu Orléan, productor de la exposición exclusiva que aquí se organiza.

Casani hace una pequeña introducción de la muestra –abierta del 22 de junio al 16 de septiembre–, que “explora su universo creativo”, indaga en personajes que anhelan la libertad, que la persiguen hasta la destrucción. Orléan vino desde París, donde trabaja en el Museo de Cine, para que esta exposición fuera posible en Madrid. Conversa con cierta fraternidad con Van Sant e incluso cruzan miradas de complicidad. “Traté de saber más sobre su trabajo y sobre el hecho de que estudiara Dibujo y Diseño”, confiesa Orléan. “Sobre sus colores… y las constelaciones que lo unen con otros autores”.

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Lucía Casani, Gus Van Sant y Matthieu Orléan, en la presentación de la muestra. | Foto: J.R.P. | The Objective

El acto es abierto y el público interviene a los pocos minutos, apenas alcanzado el cuarto de hora, para hacer preguntas al cineasta, que poco a poco se va soltando, que combina frases sentenciosas con largas explicaciones y que parte desde el origen de todo. “Comencé con la pintura de pequeño”, dice. “Las fotografías eran para las películas, sobre todo en los 80 y los 90, para buscar imágenes. No teníamos internet, así que fotografiaba a los actores para los casting. Sin vocación artística. También fotografiaba localizaciones”.

Su método de trabajo ha variado poco desde entonces: se puede apreciar en la cantidad de retratos que cuelgan de las paredes, centenares: Daniel Day-Lewis, River Phoenix, Uma Thurman, Nicole Kidman, David Bowie. El recorrido es imponente. Una mujer del público, con la voz entrecortada, le pregunta con curiosidad por el arte con el que más se identifica, le pide una descripción artística de sí mismo. Y Van Sant, encogiéndose de hombros y hasta en dos ocasiones, responde que no lo sabe: “No tengo respuesta”.

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Fotogramas expuestos de varias películas de Van Sant. | Foto: J.R.P. | The Objective

Es cierto que el director norteamericano parece más interesado en hablar de las circunstancias que lo acompañaron hasta la cumbre, de su paso por Europa y los tiempos en que pensó que nunca le llegaría la oportunidad. “En los 70 era estudiante y vivía en Providence, pasé tres meses en Europa”, comienza, con una ligera sonrisa. “Recuerdo que estuve un día en Madrid para ir al Prado. Los 70 en Europa fueron geniales. Entre el 75 y el 80 estuve buscando trabajo en Los Ángeles, y luego fui a Oregon tratando de abrirme camino, aprendiendo, buscando la forma de hacer películas. Sin esperanza”.

De aquellos tiempos nació Mala noche, estrenada en 1985, que define con seriedad como su “primera película fallida”. Pero Van Sant, que solo asume los errores, afirma que no tiene títulos predilectos, que guarda la misma relación con todos ellos. Y en esa filmografía tan ilustre y perfecta hay cintas que han marcado dos décadas: Cowboy de medianoche (1989), Mi Idaho privado (1991), El indomable Will Hunting (1997), Elephant (2003), Last Days (2005), Mi nombre es Harvey Milk (2008).

Tiene anécdotas de algunas que no hemos incluido, como Thanksgiving Prayer, que es un corto de apenas dos minutos con William Burroughs, poeta del fenómeno beat, loco y genial. Van Sant cuenta que aquella corriente cultural le atravesó cuando era joven, particularmente los libros de Jack Kerouac, del mismo modo que lo hace hoy: con “esos personajes que viajan de un sitio conociendo a otras personas y teniendo aventuras juntos”. Van Sant habla de Burroughs con luz en los ojos, como muchos aquí –aficionados y estudiantes de cine– observan al cineasta ahora.

Ese espíritu beat está en muchas de sus películas, como Mi Idaho privado, protagonizada por Keanu Reeves y River Phoenix. El mayor de los Phoenix fue uno de los mejores actores jóvenes de los 80 y 90. Hollywood lo adoraba, lo compararon con James Dean, su personaje en Cuenta conmigo es memorable. En 1993, River Phoenix murió a los 23 años por una sobredosis durante una fiesta. Su hermano Joaquin, de 19, estaba con él, fue quien llamó a emergencias, quien lo sacó en brazos a la calle. Murió menos de una hora después en el Cedars-Sinai de Los Ángeles.

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River Phoenix (izq.) en una fotografía de ‘Mi Idaho privado’, de Gus Van Sant, incluida en la exposición.

“River estaba entusiasmado con participar en una película independiente”, recuerda Van Sant. “Siempre había trabajado en Hollywood, pero no se sentía cómodo allí. Se había criado en un entorno hippy. No llevaba bien la fama ni ser cada vez más conocido”.

El cineasta comparte algo de esa esencia. Se intuye en su carácter serio pero cercano, en sus maneras y su vestuario improvisado: una vieja cazadora, una camiseta básica y deportivas. Dice que cuando viaja observa los edificios y las ciudades, se imagina las vidas de la gente, se esfuerza por conocerlos, piensa en si sería un buen lugar para mudarse.

Y en cuanto concluye el acto, se forman colas inesperadas de aficionados que le piden una fotografía, una firma en el póster, una firma en el cuaderno. Van Sant cumple diligentemente con cada petición mientras fuera del auditorio le esperan los fotógrafos y los curiosos, la sala exterior se va estrechando en el paso hacia la sala de exposiciones, donde está previsto que el admirado cineasta haga el recorrido junto a los asistentes.

En la sala le esperan más flashes. Gus Van Sant mete sus manos en los bolsillos de su cazadora blanco roto, en actitud de posado. Alrededor y en las paredes cuelgan fotografías de sus castings, escenas de sus películas, pinturas, viejas anotaciones y storyboards: el trabajo de una vida. Todas las miradas están puestas en el autor. Van Sant posa sin sonrisa. No parpadea en dos minutos, se frota los ojos, las manos regresan a los bolsillos.

Van Sant da media vuelta y, sin visitar su obra, abandona la sala. Los asistentes lo acompañan. Van Sant es un hombre atento. Pero esta mañana la gente no quiere hablar con él: solo una postal de recuerdo.

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