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Habermas: los 90 años de un pensador de la democracia

Foto: Frank Rumpenhorst | AP

Jürgen Habermas, un hito insoslayable en la filosofía y en la teoría social contemporánea, cumple 90 años este 18 de junio. No es tarea fácil compilar en unas pocas líneas la trayectoria de un personaje de su fuste intelectual.

Durante casi siete décadas en activo Habermas ha dado cumplidas muestras de ser un pensador original, vigoroso e influyente, probablemente el filósofo germano con mayor proyección internacional de las décadas finales del siglo XX y de las iniciales del XXI. Sus escritos han sido traducidos a más de cuarenta lenguas. Los libros dedicados a analizar y discutir su obra se cuentan por centenares y los artículos en revistas especializadas, por decenas de miles.

Habermas es de esos autores que en su juventud ya produjeron obras cumbres que a otros les hubieran permitido retirarse tranquilamente. Lo sorprendente es que luego mantuviera una gran productividad incluso sobrepasados los ochenta años, preso de un incesante activismo intelectual.

Prácticamente no pasaba año en el que no publicara algún libro, que no pronunciara una conferencia señalada o que no diera alguna entrevista que luego los periódicos más destacados competían por publicarlo.

‘Homo politicus’

El desarrollo de Habermas como homo politicus encuentra sus raíces en su experiencia personal de los primeros años tras el final de la Segunda Guerra Mundial cuando no era más que un adolescente. Su atenta escucha de las transmisiones radiofónicas de lo que sucedía en el juicio de Nuremberg y el impacto que sufrió al conocer la inhumanidad de un régimen totalitario y criminal le despertó la conciencia política.

Desde los tiempos de la liberación del suelo alemán efectuada por las tropas aliadas (Habermas evita siempre hablar de ocupación), esa noción contiene para él connotaciones sumamente positivas: “Democracia era para mí la palabra mágica”, afirma en un esclarecedor texto sobre los orígenes biográficos de sus motivaciones políticas e intelectuales. Democracia es, de hecho, el hilo conductor que recorre su monumental obra.

En particular, del manejo que la clase política de la joven República Federal hacían del legado del régimen nazi criminal dedujo con asombrosa anticipación los déficits que se avecinaban en la construcción de formas de vida democráticas en Alemania, déficits que sólo llegaron a ser compartidos masivamente en virtud de las intensas movilizaciones estudiantiles de finales de los años sesenta.

Pero a pesar de toda la distancia crítica que Habermas ha tomado una y otra vez con respecto a las condiciones sociales y políticas para poder pensar críticamente sobre ellas, siempre se vio a sí mismo como un participante activo en la vida social y política no sólo de su país, sino también, sobre todo a partir de los años ochenta, de Europa.

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Ludwig Friedeburg, Max Horkheimer, Willy Brundert y Juergen Habermas (desde la izquierda) en el funeral de Theodor Adorno el 13 de agosto de 1969. | Foto: KURT STRUMPF | AP Images

Nociones de democracia

“Democracia” es ciertamente un término enormemente polisémico que se ha prestado a múltiples interpretaciones a lo largo de la historia.

Entre el amplio abanico de posibilidades, la noción de democracia adoptada por Habermas, en la medida en que considera inseparables las ideas de autonomía política y libertad igualitaria, habría de ser catalogada como una versión fuerte o radical de la misma. El énfasis lo coloca en el refinamiento y extensión del ideal participativo y deliberativo.

Como en alguna ocasión reciente ha dicho, “si no queremos declarar con todo descaro que la democracia es un mero decorado”, no podemos dejar de contemplar con escándalo la “disolución de la política en la conformidad con los mercados” y poner remedio a esta deriva.

Habermas se muestra convencido de que para esto último los ciudadanos tendrán que disponer de mecanismos eficaces para ejercer control e influencia directa y permanente en todos los niveles en que se toman decisiones que afectan a la comunidad humana. Detesta el sesgo burocrático de tantas democracias contemporáneas en que tales decisiones se negocian sin transparencias como compromisos entre poderes fácticos. Su propia filosofía se ha centrado en aclarar las condiciones en las que tanto las cuestiones morales como las políticas pueden ser respondidas de manera racional por las propias partes implicadas, por todas y sin exclusión.

También en España la comprensión habermasiana de la racionalidad práctica y de la democracia ha ejercido una considerable influencia teórica, no tanto – por desgracia – en el plano práctico.

De hecho, y desbordando el marco académico, la obra de Habermas ha contribuido a la configuración del lenguaje político de la España democrática.

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Emmanuel Macron (en el centro), el ex ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel (a la izquierda), y el filósofo Juergen Habermas (a la derecha), llegan para un evento de la Hertie School of Governance para discutir el futuro de Europa en Berlín. | Foto: Markus Schreiber | AP Images

Compromiso con la reflexión

Esta ascendencia intelectual fue ratificada públicamente en 2003 con la concesión del Premio Príncipe de Asturias para Ciencias Sociales. Así, en la exposición de motivos de dicha distinción, se afirma literalmente: “El jurado reconoce el compromiso de J. Habermas con la investigación y la reflexión crítica sobre las teorías de la sociedad moderna y los problemas del hombre actual, en busca de soluciones prácticas para el impulso de la democracia presente y futura”.

Una efeméride biográfica tan señalada como es este redondo cumpleaños es buena ocasión para evocar su aportación a la comprensión de las sociedades del capitalismo tardío y del mundo en globalización. Sus lúcidos diagnósticos sociales, sus posiciones públicas sobre cuestiones controvertidas, y sus contribuciones a la filosofía moral y política han hecho de Habermas una referencia insoslayable en el mundo contemporáneo.

Habermas ha logrado tejer a su alrededor un fino entramado de relaciones intelectuales rigurosas y exigentes dentro y fuera de su país, una labor trabada en conversaciones y en lecturas, así como en una rica diversidad de rituales académicos, desde sus proverbiales coloquios hasta la dirección de múltiples tesis doctorales en donde su intervención siempre era una fuente de inspiración y estímulo.

Además de todo ello, Habermas es el brillante ejemplo de un hombre que combina el papel del ciudadano y el del filósofo de una manera sobresaliente. Es a la vez filósofo académico e intelectual comprometido, teórico de la esfera pública y activista en ella. Firme partidario del uso público de la razón, su vida entera es plasmación de ese afán.

Habermas brilla en un mundo donde los intelectuales públicos son una especie en peligro.

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El 11 de septiembre de 1980, el sociólogo y filósofo Juergen Habermas recibió el Premio Adorno. | Foto: KURT STRUMPF | AP Images


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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