Hacer vino es cosa de mujeres
Foto: Armando Castillejos| Unsplash

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Hacer vino es cosa de mujeres

La profesión de enólogo está produciendo una promoción tras otra de enólogas apasionadas, con esa sensibilidad a menudo superior a la de los hombres, y el número de bodegas con una mujer a la cabeza de sus operaciones

por Víctor de la Serna

El sexismo, o machismo, del mundo del vino fue un latiguillo muchas veces repetido hace años. Algo así como la alta cocina: los chefs eran todos hombres. La dureza de los trabajos en viña, bodega o cocina de restaurante –que no es el fogón de una familia- tenían que ver con esa situación, pero a través de la Historia es cierto que hay oficios que con el pretexto de su dureza acabaron cerrados a las mujeres por encima de cualquier consideración.
Eso sí, a la hora de vendimiar bien que vendimiaban las mujeres, y –sobre todo en las viejas viñas plantadas en vaso, donde los racimos están cerca del suelo- no hay mejor seguro de pillar un lumbago que unas horas doblado, o doblada, recogiendo uvas…

El caso es que el dicho del vino como mundo de hombres se prolongó con bastante justificación y, ahora que mucha más gente en España vive en las ciudades y desconoce los trabajos del campo, los cambios no se ven tanto, salvo si uno es un aficionado serio o un profesional del vino.
Los que conocen aún de cerca este sector saben que uno de los factores decisivos de la renovación del vino español, en el sentido de un regreso a los métodos artesanales sin agresiones químicas, de puesta en valor de las viñas excepcionales elaborando su fruto aparte, de búsqueda de una bebida más natural y a la vez más pegada al terreno y reveladora de sus orígenes… han sido las mujeres. Junto a muchos hombres, claro, pero la profesión de enólogo –sucesor de los viejos jefes de bodega con una formación científica profunda– está produciendo una promoción tras otra de enólogas apasionadas, con esa sensibilidad a menudo superior a la de los hombres, y el número de bodegas con una mujer a la cabeza de sus operaciones.
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Foto: David Kohler | Unsplash.

No es un hecho repentino, y ya teníamos algunas enólogas veteranas, encabezadas por Isabel Mijares, discípula de los grandes gurús de la Universidad de Burdeos como Émile Peynaud. Mijares ha destacado más en la enseñanza y el asesoramiento que en la dirección de bodegas, aunque ha logrado cosas tan peculiares como hacer vino a miles de metros en los Andes bolivianos.
De la siguiente generación es Ana Martín Onzain, una vasca activa en toda España pero a la que se debe el decisivo salto del txakoli, de vinillo ácido de taberna a gran vino blanco. Y no olvidemos que la mantenedora de las esencias de la más clásica bodega riojana, López de Heredia, es hoy Mercedes López de Heredia, su enóloga, acompañada de su hermana la directora María José López de Heredia.
Hoy en día vemos a tantas alumnas como alumnos en las escuelas de enología españolas, y sus jóvenes generaciones están plagadas de estrellas: endenominaciones y bodegas famosas, entre otras Mireia Torres, de Familia Torres (y, en particular, de sus vinos del Priorat y de las históricas viñas de Jean Léon), María Vargas, de Marqués de Murrieta, María Larrea, de CVNE, Sara Pérez, de Mas Martinet y Venus-La Universal.

En zonas menos históricas quizá sea aún más notable el trabajo pionero de las mujeres: Verónica Ortega (Bierzo), Julia Casado (La del Terreno, Bullas), Bibi García (Cortijo Los Aguilares, Málaga), Rosalía Molina (Altolandón, Manchuela), Isabel Salgado (Fillaboa, Rías Baixas)… y una larga lista. Aquello del “vino femenino” ha cambiado de sentido. Entre otras cosas, porque a las enólogas no les gustan los vinos enclenques.

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.