Haciendo justicia a don Miguel
Foto: Editorial Capitán Swing

Cultura

Haciendo justicia a don Miguel

En La doble muerte de Unamuno (ed. Capitán Swing), Luis García Jambrina y Manuel Menchón cuestionan el relato oficial en torno a la muerte del filósofo bilbaíno para hacerle justicia tras décadas de manipulaciones en torno a su figura y su relación con el franquismo

por Anna María Iglesia

La verdad no siempre acaba por saberse. Pensar que, antes o después, saldrá a la luz tiene más que ver con un acto de fe que con la constatación empírica y es que, como dijera Georg Simmel en su breve e iluminador ensayo El secreto y las sociedades secretas, el secreto es un elemento estructurador de la sociedad que se sustenta en el «conocimiento recíproco limitado». Para el sociólogo, el secreto es «una técnica sociológica, una forma de acción sin la que, atendiendo al ambiente social, no sería posible alcanzar determinadas metas». Estrechamente vinculado a dicho concepto está el de la mentira y es que no podemos olvidar que la ocultación no deja de ser una forma de engaño, en cuanto implica una revelación solamente parcial de la verdad. El poder necesita del secreto como también de la mentira, pero sobre todo necesita que la mentira sea percibida como verdad y, por tanto, como algo que no requiere ser cuestionado. 

Este es el punto de partida teórico de La doble muerte de Unamuno (ed. Capitán Swing) un ensayo escrito a cuatro manos por Luis García Jambrina y Manuel Menchón y que tiene su origen en el documental dirigido y escrito por el propio Menchón en 2020, Palabras para el fin del mundo. De hecho, los dos autores se enfrentan al relato en torno a la muerte del filósofo y escritor Miguel de Unamuno y a cómo éste fue utilizado por el franquismo para apropiarse de su figura y legado sabiendo de que resulta casi imposible saber exactamente qué sucedió el 31 de diciembre de 1936, fecha de fallecimiento del Unamuno, en su apartamento, pero conscientes de que es imprescindible cuestionar dicho relato, poniendo en evidencia la manipulación propagandística de la que fue y, en gran parte, sigue siendo víctima el filósofo.

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Imagen vía Capitán Swing.

En este sentido, los dos autores no dudan en definir a Unamuno como una víctima del franquismo. Es cierto, no lo es de la misma manera que lo fueron Federico García Lorca y tantos otros represaliados y cuyos cuerpos yacen todavía hoy en cunetas y en fosas anónimas —Unamuno reposa, de hecho, en un nicho en el cementerio de Salamanca, donde fue sepultado el día siguiente de su muerte. Sin embargo, sí lo es por todas las tergiversaciones y falsedades que no solo reescribieron sus últimos momentos de vida en aquel apartamento salmantino junto al joven falangista Bartolomé Aragón, sino que sepultaron en una cuneta su figura y su legado y, todavía hoy, ochenta y cinco años después de su muerte, «don Miguel sigue esperando en su nicho a que se le haga justicia». 

«Los militares golpistas necesitaban legitimarse con un discurso o relato que fuera convincente y justificara la sublevación frente a la legalidad democrática de la Segunda República»

Y es en un intento de hacerle justicia, que Jambrina y Menchón reconstruyen lo sucedido aquella tarde de final de año en el apartamento del filósofo, puesto que gran parte de las tergiversaciones que han envuelto hasta ahora la figura de Unamuno, sobre todo, en referencia a su relación con los sublevados tienen origen en esas estancias, ocupadas en aquel momento solamente por el filósofo y por Aragón. Y no se debe solamente al relato que el propio Aragón realizó de cuanto ahí hubo sucedido, así como de su relación con el filósofo, sino del hecho que «los militares golpistas necesitaban legitimarse con un discurso o relato que fuera convincente y justificara la sublevación frente a la legalidad democrática de la Segunda República». Y, para ello, no vacilaron en utilizar al autor de Niebla, intelectual que no había dudado en mostrarse abiertamente crítico con el gobierno republicano y que, según se difundió en aquellos días, se había mostrado cercano a los sublevados, a los que consideraba «la salvación de la civilización cristiana occidental». ¿Era realmente esta la opinión de Unamuno? No hay que olvidar que éste fue condenado al destierro en Fuerteventura por su oposición pública a la dictadura de Primo de Rivera y tampoco su abierto rechazo a toda forma de fascismo: en 1933 firmaría un manifiesto juntamente con Marañón, Ortega y Gasset y otros intelectuales en contra del fascismo y del nazismo; a raíz de este manifiesto, ese mismo año, los nazis lo tacharon de «encarnizado enemigo de la Alemania actual» y maniobraron para que no se le concediese el Premio Nobel; en distintos artículos, dedicó virulentas invectivas en contra de Mussolini y, asimismo, era más que conocida su opinión acerca de Millán Astray, fundador de la Legión, hacia quien mostró siempre un gran desprecio e indiferencia. 

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Imagen vía Capitán Swing.

Y tan cuestionable es la atribución a Unamuno de aquella frase acerca de los sublevados y su papel redentor como lo es también la relación de admiración y respeto mutuo entre el filósofo y el joven Bartolomé Aragón, que, apenas un mes antes de visitar al salmantino, este se hallaba en Huelva dando el discurso inaugural del curso escolar, en el que no dudó en defender la quema de libros que esa misma noche ahí tendría lugar. Haciendo referencia al famoso capítulo VI escrito por Cervantes, Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería del ingenioso hidalgo, Aragón decía con orgullo a los estudiantes ahí presentes: «A pesar de que pueda haber quien piense que el acto de quema simbólica que realiza esta noche Falange es un acto exótico de importación, por recordar quizás la quema reciente de los estudiantes de Heidelberg o la de la plaza berlinesa del Reichstag, hemos de decirles que no conocen o han olvidado lo mejor de nuestra literatura». El uso manipulador que tanto Aragón como Falange hacen del famoso capítulo de Don Quijote de la Mancha para justificar la quema es más que llamativo y, sin duda, no hubiera sido pasado por alto por Unamuno, alguien que, como recuerdan los dos autores del ensayo, «hizo del quijotismo nada menos que una filosofía, una metafísica, una lógica, una ética, una estética, un modo de conocimiento y hasta una religión, una especie de síntesis de cristianismo y de ese misticismo de la libertad propio de don Quijote, al que Unamuno consideraba nada menos que el Cristo español». Frente a esto, ¿cómo poder creer que Aragón sintiera una sincera admiración por el filósofo español? Resulta, aún más si cabe, difícil de creer si tenemos en cuenta de que entre los libros perseguidos por la Falange encontramos los del propio Unamuno: títulos como La agonía del cristianismo, Del sentimiento trágico de la vida, San Manuel Bueno, mártir o Contra esto y aquello no se salvaron de la quema. 

«Unamuno hizo del quijotismo nada menos que una filosofía, una metafísica, una lógica, una ética, una estética, un modo de conocimiento y hasta una religión»

¿Qué hacía, por tanto, Bartolomé Aragón en casa del filósofo? ¿A qué se debía en realidad su visita? Y, sobre todo, ¿por qué, tras constatar la muerte de Unamuno, Aragón salió gritando del apartamento diciendo que él no había hecho nada? Resulta algo paradójica esa necesidad de defenderse antes de ser acusado de nada. ¿Acaso temía que, como, finalmente sucedió, circulara el rumor de que Unamuno no había muerto de forma natural? De hecho, los rumores en torno al envenenamiento del filósofo −hecho que ha quedado solamente en un rumor– solo pueden entenderse si se considera que éste murió solo, con la única compañía de un enemigo. ¿Era Bartolomé Aragón ese enemigo? Dejando de lado el tema del envenenamiento, de lo que no hay duda es de que Aragón distaba mucho de ser un amigo o un discípulo fiel. Asimismo, el hecho, más o menos fortuito, de ser el único testigo de la muerte de Unamuno fue hábilmente utilizado por él y, consecuentemente, por Falange para apropiarse de la figura del escritor. De hecho, nada más saberse la noticia de su fallecimiento, una engrasada y presta maquinaria se puso en marcha para poner a Unamuno al servicio ideológico de los sublevados. Prueba de ello es que la misma noche del deceso, Giménez Caballero les dijo a sus compañeros de la oficina de Prensa y Propaganda: «Las máquinas de escribir tienen que disparar toda la noche como ametralladoras».

Según Jambrina y Menchón, la orden provenía de Millán Astray, «el gran director de escena», el responsable de poner en marcha toda la maquinaria necesaria para reescribir no solo los últimos instantes de vida del filósofo, sino sobre todo para quitarle a este la voz y convertirlo en algo que nunca fue. Unamuno, en efecto, fue enterrado en el cementerio de Salamanca como si se tratara de un falangista, idea que se perpetuó en los días siguientes a través de distintos artículos y noticias que no hacían sino reforzar esta falsedad. En efecto, el periódico La Provincia publicó que Unamuno había dado 50.000 pesetas al ejército sublevado, cuando, en realidad, fueron 5.000 las pesetas que el salmantino dio y no por voluntad propia, sino porque fue obligado a ello. Resulta difícil pensar en una mera errata, sobre todo porque en el artículo se repite la cifra errónea a la vez que se hace énfasis en la voluntariedad del pago. Falsedades de este tipo permitieron a los franquistas tallar una imagen más que conveniente de Unamuno y, de hecho, no dudaron en «servirse de él y en profanar su memoria cada vez que se les presentaba la ocasión» hasta el punto de dar su nombre a un campo de concentración que estuvo operativo desde junio de 1939 hasta diciembre de 1942.

Con La doble muerte de Unamuno, Luis García Jambrina y Manuel Manchón deconstruyen todas las falsificaciones e intencionadas tergiversaciones que rodearon la muerte del filósofo de Bilbao y permitieron al franquismo secuestrar su figura y legado, secuestro que, en parte, sigue todavía vigente a la espera de que se le haga finalmente justicia. Para ello, es imprescindible cuestionar el relato oficial, revisar los datos y, sobre todo, sacar a la luz las distintas omisiones, tan interesadas como las tergiversaciones, como puede ser la defensa por parte de Unamuno de José Rizal, al que menciona frente a Millán Astray en el famoso discurso pronunciado en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre del 1936. 

Anna María Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.