Héctor Abad Faciolince: "En la escritura de un diario hay más oscuridad que luz, más insatisfacción y fracaso"
Foto: Elisabeth Salas

Cultura

Héctor Abad Faciolince: "En la escritura de un diario hay más oscuridad que luz, más insatisfacción y fracaso"

El escritor colombiano expone su vida íntima en 'Lo que fue presente', una recopilación de los diarios que escribió durante 21 años

por Carolina Freire Vales

El padre de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) era epidemiólogo, pero –cuesta imaginarlo– esto no era relevante cuando hablamos. Vivía esto que empezaba a dibujarse en Madrid como un espectador interesado, algunas presentaciones y otros eventos se habían cancelado, ninguno sabíamos bien qué pensar. La vida seguía y hablamos de ella y de la escritura, de exponerse ante los demás y de estudiarse a uno mismo.

Lo que importaba entonces era Lo que fue presente, la recopilación de sus diarios que publica Alfaguara, y que Héctor Abad empezó a escribir a finales de 1985 para dejar por escrito que era incapaz de escribir. Desde que era un estudiante de 27 años hasta que publicó su obra más aclamada, El olvido que seremos (2006), todo queda registrado en estas páginas que ahora salen a la luz, con sus luces y sus sombras. Más sus sombras que sus luces.

Hector Abad Faciolince: "En la escritura de un diario hay más oscuridad que luz, más insatisfacción y fracaso"

Fuente: Penguin Random House

Repites mucho que cuando vives, no escribes; pero también asoma a veces la idea de que si no vives, si no sufres, no escribes. ¿Cómo se resuelve este dilema?

Cuando la vida es muy intensa, ya sea en felicidad o infelicidad, generalmente se suspende la escritura. En la felicidad te dedicas a gozarlo y la infelicidad te impide escribir, o pensar. En todo caso, la felicidad es más propensa a no escribirla, mientras que la infelicidad, después del pico más alto, como te deja más solo y aislado, es un momento en que escribes más.

Para escribir cualquier cosa conviene haber vivido intensamente tanto la felicidad como la infelicidad, porque es con esa experiencia y con el recuerdo con lo que se nutren tus historias. Pero en la escritura de un diario hay más oscuridad que luz. Más insatisfacción y fracaso.

El diario es una crítica constante hacia ti mismo. Según se mire, ese juicio, a veces destructivo, puede ser una fuente de empuje o de bloqueo. 

Cuando fui pasando a limpio los diarios la sensación no era agradable. Tenía mucho de mis experiencias pasadas, de cuando era creyente en el catolicismo y, después, en el psicoanálisis.

En la confesión, los católicos van a contar sus pecados. En el psicoanálisis, sus problemas. Los diarios fueron, durante los primeros años, un sustituto a estas dos creencias.

A medida que esa persona que escribió sus diarios, que se llama como yo, va creciendo, afortunadamente se va alejando un poco de sí misma y empieza a mirar más hacia fuera: los sitios a los que va, las personas a las que conoce. Al principio está obsesionado con intentar entenderse.

 ¿Por eso la tercera persona para hablar sobre ti mismo hacia el final de los diarios?

 Es lo que hacía el escritor Elias Canetti muchas veces para hablar de si mismo. Me pareció una buena solución, pero no fue algo consciente. Poco a poco la obsesión se desplazó del yo al yo que mira a los demás.

Hablas mucho sobre la memoria y el olvido, y me pregunto qué opina de la nostalgia alguien que aspira a “vivir sin recordar”. 

[Olvidar] es una condición de mi cerebro, de mi incapacidad de almacenar muchos datos. Sin pretenderlo, olvido mucho. La nostalgia puede existir, porque uno tiende a olvidar más lo malo que lo bueno. En general yo he vivido en el presente y en el futuro. Cuando era más joven, vivía en la pregunta por el futuro y, ahora que estoy casi viejo, vivo en el presente con la conciencia clara de que el futuro es escaso y el pasado se me borró. Tal vez empecé a escribir diarios porque quería que el viejo que iba a ser pudiera al menos revivir ciertas cosas, porque de otra manera no habría tenido acceso al pasado. Lo único triste es que en esos diarios aparezca más lo oscuro que lo luminoso y feliz.

Escribir el diario, ¿te ha ayudado a evitar que el cerebro endulzase lo que sucedió, a revivir las cosas tal y como habían pasado?

Creo que sí. Desconfío de los libros de memorias escritos retrospectivamente, con la confianza en la buena memoria. Creo que son bastante mentirosas y complacientes porque el ser humano tiene una capacidad muy grande de endulzar el pasado, como dices. Técnicamente se llama disonancia cognitiva, es la capacidad de dar un contexto casi siempre ficticio a las cosas que hiciste para justificarlo y no sentirte mal. Los diarios impiden ese ejercicio porque en ellos están las circunstancias.

¿Crees que sin los diarios estarías viviendo tu pasado de una forma distinta?

Sí. Si en este momento me preguntaras por la separación de mi primera mujer, le daría mucho peso a faltas de ella que no son ciertas. A decir que era una persona sosa y aburrida y que yo no tenía otra alternativa que irme. En los diarios me doy cuenta que soy yo el que se aburre, que no tengo ningún derecho a culparla de mi desamor.

También me llamó la atención cómo describes el sentimiento de ser extranjero. Cómo la cultura en la que naciste te impregnó de por vida a pesar de haber vivido casi tanto tiempo fuera de Colombia como dentro.  

Cuando yo me fui de Colombia, después del asesinato de mi padre, me fui humillado, triste. Quería dejar atrás ese país y hacer otra vida en otra parte. Jódanse, adiós. Hice todo lo posible por integrarme en Italia, hablaba italiano de manera que me camuflaba prácticamente con los nativos. Pero siempre había algo. Una pequeña falla, una manera de ser, los dibujos animados que veía de niño… un vacío. Siempre llegaba, sobre todo en invierno, una sensación de que me hacía mucha falta el trópico. Creo que hay algo en nosotros que crea un troquel en tu cerebro y te hace añorar lo más familiar. En mi caso era sobre todo el sol. También esa comprensión inmediata que se da en la lengua madre. Una vez leí que uno es del sitio donde hizo el Bachillerato. Hasta con los españoles me pasa, que no estoy muy seguro de entenderles perfectamente bien aunque entienda todas las palabras. Pero yo no soy nada nacionalista. Me encanta viajar, vivir en otras partes. Pero al mismo tiempo me doy cuenta de que ser extranjero permanentemente es difícil, es un hándicap. A veces es bueno. Por ejemplo, es bueno estar en España y que la política española no me importe casi. Cuando estoy en Colombia todo me duele.

Dices que fuera de Colombia vivías bien, apacible, pero que nada te llegaba nunca a remover las emociones como tu país.

Eso es como cuando el hijo de un amigo tuyo se vuelve drogadicto y se jode la vida. Te duele, te parece muy triste, pero cuando le pasa a tu propio hermano o a tu propio hijo es más jodido.

Los diarios se cierran cuando publicas El olvido que seremos y cuentas la historia de tu padre, quien una vez dijo que sería recordado gracias a ti. ¿Se ha cumplido su profecía?

Esa es una lucha condenada al fracaso, pero es una lucha bonita. Todos sabemos cómo termina la vida, y sin embargo los seres humanos, algunos, los más afortunados, vivimos con entusiasmo. Como si pudiésemos combatir lo que va a pasar finalmente. Es una ilusión, pero vivir combatiendo esa ilusión le da algún sentido a la vida. Siempre en el horizonte está el fracaso definitivo: nos vamos a morir y se van a morir las personas que más queremos. Sin embargo, mientras tanto, trabajamos con fuerza, vivimos con alegría, como poniendo eso entre paréntesis. Es lo bonito del ser humano. Todo es más o menos inútil, lo que yo hice, lo que hizo mi hija, que es tan bonito… pero en esas cosas inútiles hay belleza. Entonces, algo queda.