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Historia mínima de Venezuela: crisis, petróleo y telenovelas

Foto: Leslie Mazoch | AP Foto

Podríamos decir que la democracia es un sistema tan complejo como las relaciones de pareja. No solo hay que cuidarlas y estar en pro de la convivencia sino que también hay que evitar el drama innecesario. Crecí en Venezuela entendiendo que sus últimos 60 años de historia podrían equipararse a una telenovela, no solo por el melodrama edulcorado sino por la tragedia.

En España la telenovela venezolana más famosa fue Cristal. Un total de 18 millones de españoles se quedaron pegados a la televisión durante los 250 capítulos que duró el melodrama. Pero los personajes de Cristal serían dos memos al lado de algunos líderes políticos venezolanos. Sin embargo, los verdaderos protagonistas de la historia democrática de mi país podrían perfectamente ser el petróleo, la partidocracia y la corrupción. El petróleo se desvelaría como la protagonista guapa que convierte al país en un apetecible petro-Estado.

Historia mínima de Venezuela: crisis, petróleo y telenovelas

Imagen vía Editorial Turner

 

Según la historiadora Inés Quintero, una de las autoras del libro Historia Mínima de Venezuela -compilado por el escritor venezolano Elías Pino Iturrieta y reeditado por la editorial Turner en España en 2018-, las consecuencias positivas de la renta petrolera comienzan en los años cincuenta del pasado siglo.

Durante el régimen militar de Marcos Pérez Jiménez, “se construyeron obras de infraestructura de enorme impacto”, desde autopistas que conectaban a Caracas con otras regiones del interior del país, hasta grandes conjuntos habitacionales de interés social o académico como la Ciudad Universitaria de Caracas -Patrimonio de la Unesco-, así como numerosas instalaciones militares. Desde el año 48 al 58, se creó una política de puertas abiertas para recibir inmigrantes; casi medio millón se establecieron en territorio venezolano, en su mayoría italianos y españoles. Mi familia llegó a Venezuela desde Italia y España, enviando cartas hacia el continente europeo donde contaban que el dinero en Venezuela salía de debajo de las piedras. La pujanza económica de esos años no solo ayudó al establecimiento de los inmigrantes producto de las post guerras en Europa, sino que produjo, además, la composición de una fuerza de trabajo importante para la estructura social venezolana.

En 1957, sin embargo, comienza a fraguarse una oposición a la dictadura de Pérez Jiménez y un año después, el 21 de enero, se alcanza una alianza entre estudiantes, intelectuales, empresarios y políticos que convocaron una huelga general y se unieron a la fuerza militar para conminar a Pérez Jiménez a dejar el poder. El 23 de enero de 1958, en la madrugada, el dictador huyó del país rumbo a Santo Domingo para ser recibido por Rafael Leónidas Trujillo y luego establecerse en una España con Franco en el poder.

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Mario Vargas Llosa recibió en 1967 el galardón de manos de Rómulo Gallegos | Foto: PEDRO GARRIDO / ARCHIVO DIARIO EL NACIONAL

Ya a finales de los años sesenta, a 10 años del restablecimiento de la democracia, el crecimiento acelerado de las ciudades y la transformación de la población urbana se realizó en paralelo al aumento de la alfabetización en el país junto con una “actividad cultural institucionalizada, de la que constituyen significativos referentes la creación del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, la fundación del Instituto Nacional de la Cultura y Bellas Artes; la celebración del Festival Internacional de Teatro de Caracas”.

Desde 1968 se revitalizó la presencia de las mujeres en el campo laboral, institucional y político. Comenzaron las primeras organizaciones feministas en pro de los derechos civiles, la libertad sexual y la legalización del aborto. El crecimiento del Estado no solo era social, sino que su fortalecimiento se mantuvo durante la primera década democrática debido a la renta petrolera. Sin embargo, la sombra nos perseguía y el 80% de los ingresos venía de esa guapa protagonista.

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El presidente Carlos Andrés Pérez, saludando el 1º de enero de 1976 después de nacionalizar la industria petrolera | Foto: AP

 

A principios de los años setenta estalló el famoso boom petrolero en Venezuela, coincidiendo con la Guerra del Yon Kippur, cuando se elevaron los precios del petróleo de 10 a 14 dólares el barril, el precio más alto alcanzado por el crudo hasta entonces. Este período histórico coincide con los 25 años del establecimiento democrático en Venezuela y con la primera gestión presidencial de Carlos Andrés Pérez (CAP).

Con la distribución de la renta petrolera se lograron resultados cuantitativos importantes en materia de acceso a la educación, salud, vivienda, trabajo y cultura, pero sin llegar a crear la igualdad de oportunidades. El estancamiento del sector agrícola y las condiciones de vida en el campo, la escasez de servicios en zonas rurales y los bajos salarios eran la contraposición al boom económico que se palpaba en las grandes ciudades venezolanas.

Pérez disfrutó de ese momento auspicioso, respaldado por una gran popularidad entre la población. Nacionalizó la industria petrolera y la del hierro, haciendo al Estado dueño de la única actividad que efectivamente mantenía al país. Durante su mandato no solo los venezolanos aumentaron su optimismo; el gasto público lo hizo a la par con un incremento del 250% sobrevaluando la moneda por los altos niveles de consumo y acrecentando las importaciones, lo que ocasionó un desbalance comercial de gran escala.

El aumento del gasto y despilfarro sin estrategia a largo plazo evidenciaba lo que vendría: desajustes económicos y la primera aparición de la corrupción como antagonista de la telenovela rosa.

 

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Carlos Mata y Jeannette Rodríguez, actores protagonistas de Cristal | Foto: IMDB

Carlos Andrés Pérez terminó su primer mandato y pasaron dos gobiernos más. Nací en 1983, el año del llamado “Viernes negro”. Para los que llegamos al mundo en ese año nuestra telenovela podría ser Leonela, una metáfora de lo que las políticas económicas le habían hecho a nuestra economía: una violación de las oportunidades, el agotamiento del modelo económico y una partidocracia que cada día se hacía más feroz. Mi generación se convertiría en la primera hija de la devaluación: fue ese 18 de febrero de 1983 cuando el expresidente Luis Herrera Campins decretaba el control cambiario y el 4,30 bolívares por dólar se disparaba. Pero como en toda telenovela hay reveses inesperados, este no sería el control cambiario más sonado en esta historia mínima.

Del año 83 al 88 se produjo una caída en el precio del petróleo de 29 a 13 dólares el barril, y a esto se une una gran deuda y una moneda devaluada, según explica Quintero en Historia mínima de Venezuela. El modelo económico basado en la protagonista de la telenovela ya no tenía el rating de antaño, afectando directamente a las políticas sociales del país. Sin embargo, los gobiernos de Herrera Campins y Jaime Lusinchi no introdujeron cambios dentro de ese modelo.

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Urnas hacia el cementerio durante ‘El Caracazo’ | Foto: Francisco Solorzano / AVN vía El Estímulo

 

A finales de 1988, mi abuela española me llevó a un mitin de Carlos Andrés Pérez, justo debajo de nuestra casa. Yo tenía 5 años y las calles estaban repletas de gente y de banderas blancas con el logo de un partido político. Recuerdo que ese día volví a casa con un muñeco tentetieso con la figura de Carlos Andrés. Días después, Pérez fue reelegido como presidente esperando que los tiempos del boom petrolero volvieran a abrirle los brazos a nuestro país.

Dentro del sistema bipartidista venezolano, con rigideces internas y poca apertura al cambio, el reelecto presidente tuvo que tomar medidas económicas impopulares que desembocaron en disturbios violentos con un saldo de 300 muertos, el llamado ‘Caracazo’. Estos disturbios ocurrieron en febrero de 1989, el mismo año en el que la telenovela Rubí se estrenó en España. Las protestas por las nuevas medidas económicas tomadas por el presidente eran diametralmente opuestas al argumento de esa telenovela: en ella, ningún joven rico salvaría a una chica que vende periódicos en la calle, ninguna subida de petróleo nos devolvería los años de la bonanza económica y faltaría poco para que en la trama nacional apareciera un “héroe”, un protagonista de telenovela que le hiciera frente a la endeble figura de Pérez.

Después de varios años conspirando, la madrugada del 4 de febrero de 1992, mis ojos de 9 años verían por la televisión cómo un tanque de guerra intentaba derribar la puerta del Palacio de Gobierno. Un militar del ejército, hasta ese momento desconocido por los venezolanos, intentaba con sus compañeros derrocar al presidente Pérez y su gobierno. La operación militar tuvo éxito en varias zonas del país, pero no en la capital, precisamente la que tenía encomendada el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías.

 

El fracaso de Chávez ese 4 de febrero fue paradójicamente su mayor triunfo, el lanzamiento al estrellato. La línea es muy fina entre la telenovela y la realidad en la vida de este nuevo personaje cuando posa frente a las cámaras de las principales televisoras del país; un mensaje marcaría su éxito: “Por ahora, los objetivos planteados no han sido logrados”.

El protagonista de nuestra telenovela, el “héroe”, había nacido. Como afirman Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka en su obra Hugo Chávez sin uniforme (Debate, 2004), ese mensaje “es casi una amenaza, es deslizado como una promesa o un final de película de suspenso. Es un continuará… Las televisoras repiten el mensaje una y otra vez, sin saber que se convertirá en una auténtica y eficaz promoción del comandante Chávez”.

Otra intentona golpista veríamos ese año, sería contenida, no así el plan para destituir al presidente Pérez quien finalmente sería juzgado por malversación de fondos públicos. De esta forma se debilitaba el sistema político bipartidista creado en 1958; la partidocracia había jugado tan fuerte su papel en la telenovela como Lupita Ferrer en Cristal, sin embargo, había llegado un nuevo personaje a la arena política, el posible salvador.

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Los ojos de Chávez, la propaganda chavista pop estilo Orwell | Foto: REUTERS/Jorge Silva

 

Hugo Chávez fue encerrado, pero durante la campaña presidencial de 1993 todos los candidatos prometieron indultarlo si ganaban, debido a la creencia de que el golpista era más peligroso preso. Ese año, Rafael Caldera ganó la presidencia de Venezuela y procedió al indulto. Seis años más tarde, el 2 de febrero de 1999, Hugo Rafael Chávez Frías era juramentado para el periodo 1999-2004, luego de disputarse la presidencia con una politóloga ex Miss Universo y dos representantes de los partidos acabados; con un barril de petróleo a 12 dólares y un 45% de popularidad. Este nuevo capítulo de la telenovela acababa con la partidocracia y se valdría nuevamente del petróleo para enroscarse en el poder: 145 dólares por barril en el año 2008. Llegaban los años del populismo y la pérdida paulatina de la democracia. Un eterno retorno.

En 1999, yo apenas tenía 16 años. Con un boom petrolero como este, Chávez se embarcó en una serie de polémicas y ambiciosas reformas del gasto social que más que mejorar de manera consistente las vidas de una población marginada en Venezuela, se invirtieron en retórica populista y cayeron en manos de la corrupción y la absoluta incompetencia.

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El fusil como destino | Foto: Federico PARRA / AFP

 

Hoy, 20 años después, el legado y el mandato instaurado por Chávez continúa con otro nombre. Nuestra historia mínima pasó de telenovela a tragedia griega.

 

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La lectura del libro Historia Mínima de Venezuela ha impulsado esta breve crónica personal de la historia de mi país, sin incluir sus últimos 20 años, que han sido tan mediatizados. Este es un relato con el que algunos o muchos puedan sentirse identificados. Invito al lector a conocer la historia de Venezuela, ese territorio que muchos han considerado un país rico pero que hoy sufre una profunda crisis política y humanitaria.

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