A ver si nos vemos
Foto: Estee Janssens| Unsplash

Sociedad

A ver si nos vemos

Eres una persona, no un festival. Deja de programar agenda como si fuese un cartel

por Inma Garrido

Me costó un poco entender que el «a ver si nos vemos» no es literal. Así que ahí estaba yo, como alguien falto de entendimiento, de cariño, de amigos, o de todo junto, llamando a gente —que muchas veces ni fu ni fa— tras el «a ver si nos vemos». Lo hacía porque no hay cosa que menos me guste que una persona sin palabra. Y si habíamos dicho que a ver si nos vemos, por mi parte que no quede. 

Sabía, claro, que un «a ver si nos vemos» era una forma de hablar. El equivalente al «¿qué tal?» vacío que abre un encuentro. Lo que me despistaba era cuando ese «a ver si nos vemos» iba acompañado de manos en los hombros, mirada fija a los ojos, y rematado con un «pero de verdad, ¿eh?». Luego vi que no, que el «a ver si nos vemos» nunca es de verdad. 

Después de este aprendizaje, intento no ser yo la que vuelva a llamar, porque las excusas peregrinas que ponía la gente me hacían sentir fatal. Muy tonta y muy pesada. Muy falta de entendimiento, de cariño, de amigos, o de todo junto. Y ya ves tú, que se sientan mal ellos, que son los que están quedando mal.

Había otra cosa que me añadía carga a esa mala sensación que se me quedaba, que es lo poquísimo que me gusta hacer planes con la gente. No me refiero al hecho de ver a gente, que con eso no tengo ningún problema, sino al acto en sí de quedar, de acordar un día. 

La gente es muy pesada para quedar. Necesitas mínimo una hora de tu vida para que ellos encuentren un rato en la suya. Vienen por su propia voluntad a proponerte veros y te cuentan su agenda entera: «el lunes no porque tengo gimnasio; el martes es que he quedado con ligue de Tinder que estamos ahí a ver qué pasa; el miércoles voy a un concierto; el jueves tengo viaje de trabajo; el viernes quedé para cenar con». Mira, Obama, búscate un hueco en tu agenda en silencio y cuando lo tengas, me llamas. 

También me da mucha pereza la gente que tiene ya todo programado a dos, tres, cuatro y más semanas vista. En «todo» se incluye lo mismo una escapada de fin de semana que quedar a tomar un café. Chico, que eres una persona, no un festival. Deja de programar agenda como si fuese un cartel. Deja de vivir colgando SOLD OUT.

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«Tal vez tenga hueco para un café en octubre». | Foto: Stil | Unsplash.

Cuando viví en Barcelona, noté que esto era una práctica muy habitual. Y a mí, que me encanta improvisar, es algo que me costó muchísimo de los catalanes. Llamabas a alguien para tomar un café y te daba audiencia para dentro de dos semanas. Pensé que no les caía bien, pero cuando vi que también hacían eso entre ellos, mi conclusión fue que son robots y necesitan un mínimo de tiempo para que les programen el chis de «tomar café», «ir a un concierto», «relacionarme con gente fuera de mi círculo habitual» o lo que sea que estéis acordando hacer.

Con un grupo de amigos catalanes que tuve se llegó a dar la situación más extrema de la planificación que he experimentado nunca. Para vivir la vida intensamente, que nuestros días no fuesen todos igual y no cayésemos en esa sensación de loop infinito que te aplasta y te convierte en un ser gris, mis amigos se inventaron «el trencarrutines» (el romperrutinas). El trencarrutines consistía en quedar los martes para cenar pizza en casa de uno del grupo. Siempre los martes, siempre pizza y siempre en la casa de la misma persona. Porque había que romper la rutina, claro. Si alguien quiere copiar esta pedazo de idea, suya es, está sin patentar.

Hacer planes me desespera, pero hacer planes menores (algo que no requiere ni mucho tiempo, ni dinero, ni logística) a más de cuatro o cinco días vista me parece una pérdida de tiempo: Primero pierdes el tiempo buscando un hueco para ese plan y después lo pierdes buscando una excusa para cancelarlo el día antes. Seamos sinceros: los planes menores agendados a largo plazo te apetecieron en su día, pero cuando se acerca la fecha te hacen la misma ilusión que un tiro en la rodilla. 

Lo peor es cuando quien te lo cancela se siente en la obligación de entablar una conversación-excusa para contarte lo mal que le sabe y lo mucho que le apetecía. Más tiempo perdido. Y en este punto, viene algo que me da más rabia aún que el «a ver si nos vemos» insincero: el «busquemos otro día». Búscalo tú y ya me cuentas, yo estoy aquí, tan ricamente, mirando el techo.

Inma Garrido

Periodista y editora freelance. Ahora escribe en la Guía Repsol, El Comidista y The Objective. Le gusta el flamenco, el jerez, comer y hablar de lo que come.