Aprovéchate hoy, nena
Foto: Tom Hermans| Unsplash

Sociedad

Aprovéchate hoy, nena

A un mercadillo tienes que ir con ganas de hablar. Hablar con quien has ido, con quien te encuentres, con el vendedor. No basta con que preguntes el precio o le pidas tu talla, tienes que contar alguna historia personal. El mundo y el comerciante necesitan saber tu vida

por Inma Garrido

Los mercadillos, cuanto más eclécticos, mejor. No me gustan esos mercadillos preciosos que salen en postales ni los que recomiendan las revistas culturales. No quiero que en nuestras ciudades haya ese tipo de mercadillos ordenados, con puestos de artículos de diseño, guirnaldas cuquis y bandas de jazz amenizando tu paseo, ¿qué somos, Centroeuropa? 

Me gustan los mercadillos donde lo mismo te encuentras zapatos en montones y retales de saldo que puestos de hortelanos vendiendo ajos, tomates y lo que haya dado esta semana su huerta. Mercadillos que llevan por nombre el día de la semana en que se celebran: el martes, el jueves, el viernes…

En estos mercadillos siempre hay secciones, hay un orden en el caos. Está el club del gourmet, con sus frutas y verduras a buenos precios, embutidos, puestos de frutos secos, especias y caramelos. Allí te encuentras «al de las aceitunas» y algún puesto humilde de dulces hechos en un horno familiar. 

Cerca de la sección gastronómica suelen estar los puestos —o el puesto— de ferretería, droguería y menaje, donde lo mismo un señor con un micrófono diadema te vende un pelazanahorias, que puedes encontrar jaulas y botijos. Bien próximo a los puestos de menaje, está la ropa para la casa, con sus mantas zamoranas y sábanas de franela para los más clásicos o fundas nórdicas estampadas que ríete tú de la psicodelia del acid house.

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Foto: Jorge Franganillo | Unsplash.

Las calles más ruidosas suelen ser las de los puestos de bragas, calcetines, pijamas, fajas y otras joyas de la lencería fina con su bien de encaje. No subestimes nunca a estos Marks & Spencer patrios, puesto que te puedes encontrar ropa interior que, no será la más apropiada para tus noches tórridas, pero esas prendas de algodón son la creme de la creme del confort. ¿Y lo bien que salen de precio? ¡A un euro, tres bragas a un euro!

Si sigues los gritos del «aprovéchate hoy, nena», llegas a la sección moda y complementos, que suele ocupar grandes extensiones. Aquí puedes comprarte unas gafas de sol, bolsos y zapatos de plástico del bueno. También tienes batas o jerseys, ropa de trabajo, abrigos y hasta trajes para bodas y eventos. En estas paradas a veces venden modelos icónicos. Acuérdate de cuando los mercadillos de España se llenaron del traje chaqueta blanco que llevó en su pedida de mano Doña Letizia.

Ve con cuidado cuando camines por la zona de decoración, no sea que le des una patada a un dálmata de porcelana a escala real. No te van a denunciar por maltrato animal, pero lo mismo tienes que pagar una pasta por el perro y, ya sabes, no compres, adopta.

Algunos mercadillos tienen una milla de oro. Su calle Serrano o Paseo de Gracia con puestos de Cuchi, Pior y Calvo Klein… en esta zona son falsos hasta los melones.

Pero, sin duda, lo que más me gusta de los mercadillos es cómo te tienes que comportar tú como comprador o qué tienes que esperar del vendedor.

Aprovéchate hoy, nena

Foto: Chuttersnap | Unsplash.

A un mercadillo tienes que ir con muchas ganas de hablar. Tienes que hablar con quien vayas, con quien te encuentres y con todo el que esté vendiendo algo. Habla, porque como no hables no te van a atender bien. Y lo mismo hasta te inflan el precio.

Cuando te acerques a un puesto, interésate por algo. Pregunta «qué vale», si da mucha talla y si no se te ocurre qué decir, queda muy resultón preguntarle al vendedor si vendrá la semana que viene.

Si realmente quieres comprar algo, no basta con que preguntes el precio o le pidas tu talla, tienes que contar alguna historia personal. El mundo y el vendedor necesitan saber tu vida. Cuenta por qué quieres comprar esa sartén o comenta en alto que te llevas otro paquete de calcetines porque son los mejores para las botas de trabajar del muchacho. Da igual que no haya ningún muchacho en tu casa, habla sin miedo ni medida, nadie va a pasar tu testimonio por el fact-checking.  

Lo más complicado de un mercadillo es probarte algo. En etapa pre-covid los vendedores te ofrecen su furgoneta para que te pruebes lo que quieras o puedes utilizar el baño de un bar o la casa de algún conocido como probador. Con la pandemia, te dicen que te lo lleves y si no te gusta, te lo cambian la semana que viene. También juegan la baza de darte su confianza y, aunque lo hacen de muy buena fe, a veces queda intimidatorio: «Llévatelo y te lo pruebas, conozco a tu madre». Es la primera vez que te ven, pero tienen un detector genético en la mirada. 

En los mercadillos hay auténticos genios del marketing. Anuncian su mercancía cantando, soltando algún chascarrillo o dándote argumentos de peso. Una chiquilla de 14 años me vendió un bikini diciéndome que hacía unas tetas increíbles. Realmente no me gustaba ese bikini, pero lo de las tetas increíbles me pareció muy buen claim. Aquel puesto no estaba en la milla de oro ni el bikini era de imitación, pero yo acabé dándole mis euros por unos melones falsos. 

Inma Garrido

Periodista y editora freelance. Ahora escribe en la Guía Repsol, El Comidista y The Objective. Le gusta el flamenco, el jerez, comer y hablar de lo que come.