Lavar, cortar, peinar y muerte
Foto: Adam Winger| Unsplash

Sociedad

Lavar, cortar, peinar y muerte

por Inma Garrido

Saber idiomas te da grandes satisfacciones: puedes viajar por el mundo, ver películas en versión original y gozar de esa experiencia orgásmica que es salir de la peluquería sin llorar.

Es que no hay cosa más gratificante que entenderte con la gente y más si esa gente es tu peluquero. Está científicamente demostrado que cuando uno se matricula en la escuela de peluquería, comienza a hablar el idioma del gremio y olvida el español. Al idioma que hablan los peluqueros le pasa como al catalán: crees que es casi igual que el español hasta que la historia va contigo, y entonces ves que no, que ahí está fallando algo porque tú dices una cosa y el otro hace lo que le sale de su navaja desfiladora.

Las matemáticas en «idioma peluquero» tampoco son iguales que las nuestras. Su sistema decimal va un poco como el tallaje de Zara, a su puta bola. Dos milímetros nuestros son dos palmos suyos; tres dedos son tres cuartas; y ese corte de 9,99 euros que anuncian en la puerta, al cambio de la moneda que sea que usen en el reino de los peluqueros siempre va a salirte por 35 más el eurito que le dejas de propina. Que ellos siempre creen que se lo das para que se tomen un café, pero en realidad se lo dejas para que ahorren y se compren unas gafas. 

El que llamó «salón de belleza» a las peluquerías era un cachondo integral y me gustaría preguntarle a qué vino tanto recochineo. No me siento más fea que cuando salgo de una peluquería, de hecho, siempre salgo deseando llegar a casa para lavarme la cabeza. Lavarme la cabeza sin dolor, todo sea dicho. Porque esa es otra cosa que sólo pasa en las peluquerías: que es alucinante que alguien que ha estudiado para lavarte la cabeza necesite arrancártela del cuello para aplicarte el champú. 

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Risas nerviosas que le dicen. | Foto: Adam Winger | Unsplash.

Cada vez que me dicen «vamos al lavacabezas» se me encoje el estómago. Me da casi tanto miedo como la palabra «colonoscopia». ¿A alguien no le cruje el cuello en eso? Es incomodísimo y solo quieres que acaben, pero ellos están empeñados en alargar el trance dándote masajes que no vienen para nada a cuento y haciéndote preguntas a cuál más estúpida: «¿Qué tal está el agua?», preguntan. «Pero ¿no la notas tú? ¿No te estás mojando tú las manos?», pienso yo. La primera vez que me lo preguntaron me tuve que girar a ver con qué me estaban lavando la cabeza, porque capaces son de lavártela con un palo. Otra pregunta que no me da ninguna seguridad es «¿con qué champú te lavo?». Bien empezamos, es como si llega el fontanero a casa, me saca un manojo de herramientas y me pregunta con cuál me desmonta el fregadero. 

Los peluqueros tienen otra habilidad que comparten con las esteticistas: meterse contigo cuando más indefensa y vulnerable te tienen. Una vez, estando yo en la camilla del centro de estética con mi tanga de papel, esa desconocida que me estaba depilando las ingles me empezó a hablar de mis «líneas de expresión». Aluciné bastante porque, por contexto, pensé que se refería a líneas de expresión en la zona que la tenía ocupada en ese momento. Empecé a pensar que a ver si cuando algunas chicas dicen «se me ríe a mí el chirri» era literal y yo acababa de descubrir que a mí también se me reía el chirri. 

Mientras estaba yo en este bucle de pensamiento filosofal, la esteticista me propuso unos pinchacitos de ácido hialurónico en la frente. Al decirme eso me salió del alma un «anda, coño, ¡que las arrugas son en la cara!» bastante aliviado y ella se quedó un poco desconcertada. 

En esto de empezar a meterte complejos que no tienes sólo por trincar una comisión son especialistas en Spejo’s, Marco Aldany y similares. Cuando te tienen con el pelo empapado, sentada en una silla que han levantado hasta dejarte los pies colgando como si fueses Monchito, el muñeco de José Luis Moreno, empiezan a decirte que tu pelo está muy debilitado, y que te falta nada para quedarte calva. Machacan un rato con el tema y cuando te ven aturdida, casualmente, allí tienen la solución para esa alopecia que sólo ven ellos: unas ampollas de placenta de morsa por 80 euros que ahora están rebajadas a la mitad. ¿Vas a quedarte calva por no pagar 40 euros, mujer?

Si tienes el pelo liso, te intentan convencer de que la tendencia en este lugar a 400 km de la playa más cercana son las ondas surferas. Para conseguir esas ondas, puedes comprarte una casa en la playa y aprender a hacer surf o gastarte 38 euros en una cera que venden ellos, así que tú verás.

Mientras intentan que te obsesiones con unas ondas que no tienes, a la chica con el pelo rizado de la silla de al lado le están ofreciendo un tratamiento de keratina, porque no hay nada más ideal que llevar el pelo como una japonesa habiendo nacido en Senegal. 

Un día fui echando la cuenta de todo lo que me estaba intentando colocar el chico que me atendía en Marco Aldany. Cuando llegó a 600 euros le dije que parase la Teletienda, que empezaba a pensar que en lugar de en una peluquería me había metido en un Ryanair.

No le hizo gracia mi broma. Y lo peor es que él tenía unas tijeras en la mano y aún le quedaba cortarme el flequillo. 

Inma Garrido

Periodista y editora freelance. Ahora escribe en la Guía Repsol, El Comidista y The Objective. Le gusta el flamenco, el jerez, comer y hablar de lo que come.