Te soy sincera
Foto: Intricate Explorer| Unsplash

Sociedad

Te soy sincera

Nunca verás a nadie decir nada agradable antes o después de un «te lo digo como lo pienso, no te molestes»

por Inma Garrido

A la gente que se autodefine como muy sincera le tengo más miedo que a un nublao. Todos conocemos a alguien así, «muy sincero», y todos sabemos que no hablamos de personas que aman la verdad, no. Hablamos de individuos que confunden la verdad, su verdad, con no tener filtro.

Esa gente que hace gala de su sinceridad, que tiene como mantra «decir las cosas como las piensa», no es de fiar. No lo es porque normalmente lo que piensa es lo primero que se le ocurre y rara vez un pensamiento sin reflexión es interesante. La gente que se autodefine como muy sincera nunca es constructiva ni hará nuestra vida mejor. Alguien que te anuncia que te va a decir la verdad, no te va a desvelar algo que quieras escuchar, por ejemplo, cómo inflarte a gofres sin engordar. No, normalmente eso que dice como lo piensa siempre es su opinión sobre ti y siempre es negativa y tóxica. 

Tras un «yo soy una persona muy sincera y te voy a decir lo que pienso», agárrate los machos. Nunca verás a nadie decir nada agradable antes o después de un «te lo digo como lo pienso, no te molestes». Nunca. Básicamente porque cuando alguien se ve con la fuerza de decirle a otro aquello que piensa, cuando lo que piensa sabe que es doloroso, es porque en ese momento ve al otro débil y con poca capacidad de responderle otra verdad igual de cruel. 

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«Sí, sí, todo bien. Gracias por la sinceridad». | Foto: Filip Mroz | Unsplash.

Quizá estos hijos de la sinceridad también piensen cosas buenas y amables. Es posible que también tengan pensamientos que refuercen la autoestima de su interlocutor, pero por alguna extraña razón cuya teoría aún no tengo elaborada, siempre encuentran la manera de que te lleves puesto algún comentario de mierda. Si les presentas a tu novio, y les has pillado con el día bueno, quizá te brinden algunas palabras cariñosas. Entonces te dirán «qué simpático es y qué guapo. (Pausa dramática). No pegáis nada». Pim pam. Que entre el siguiente.

Esa devoción que proclaman hacia la verdad es falsa. Si les gustase la verdad, les gustaría siempre la verdad. Toda la verdad, la suya y la de los demás, pero no es así. Las personas que se autodefinen como sinceras son de la misma calaña que las personas que se autodefinen como bromistas, su virtud sólo tiene un carril y es de un único sentido: de ellos hacia los demás. No intentes nunca hacer lo mismo con ellos, porque, como alguien que circula en dirección contraria, te acabarás llevando un piñazo y encima la razón no estará de tu parte.  

Juan Cruz en su libro Contra la sinceridad dice algo muy cierto, que todos hemos dicho en algún momento eso de «no quiero molestarte, ya sabes que te lo digo con total sinceridad». Y ninguno estamos libres de haber dicho lo que nos parecen los otros porque creemos que necesitan nuestro juicio. Un juicio que no nos han pedido y ha hecho daño. La clave está en saber darse cuenta de cuándo esa sinceridad no es una virtud sino más bien un defecto.

De lo que se trata no es de ponerse una máscara y ocultar las cosas, sino de encontrar la manera de decirlas, no dar más datos de los necesarios y tener el don de la oportunidad. Vamos, de tener empatía. Pido disculpas por el tono autoayuda, pero citando una frase de la que no conozco su autor, amigos sinceros, la sinceridad sin empatía es crueldad. 

Inma Garrido

Periodista y editora freelance. Ahora escribe en la Guía Repsol, El Comidista y The Objective. Le gusta el flamenco, el jerez, comer y hablar de lo que come.