La vendimia y otras historias de glamour
Foto: Markus Winkler| Unsplash

Sociedad

La vendimia y otras historias de glamour

La vendimia es uno de los trabajos más duros que hay, pero gracias a las anécdotas con los compañeros se hace soportable

por Inma Garrido

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Todavía no ha amanecido, pero ya hay trajín en el pueblo. Fuera se oyen las conversaciones de los jornaleros que esperan en la puerta del bar a que vengan a buscarlos para llevarlos a la viña. Los días de vendimia en La Mancha se abren oliendo a mosto y pan caliente. Pan recién hecho que las mujeres compran por sacos para el almuerzo de las cuadrillas.

El camino a la viña es algo parecido al camino al matadero. Encajonas en el asiento del coche ese cuerpo de jota que te dejó la peonada del día anterior. Cierras los ojos para intentar rascar dos minutos más de sueño, pero el cuerpo sigue a lo suyo, quejicoso como una puerta oxidada por la paliza que le diste ayer. La mano derecha te duele de hacer fuerza con la tijera. Y la mano izquierda reclama su reconocimiento porque la espuerta le ha dejado dos ampollas de recuerdo. En ese trayecto en el que tú piensas que morirse hoy mismo tampoco estaría tan mal, la cafeína ya le ha dado cuerda a la lengua de alguno, que habla tanto y tan rápido que parece que le hace ilusión ir a dejarse el lomo: Que si a ver si a las dos hemos terminado ese pico. Que si hoy parece que no nos va a llover. Que si este año la uga no trae grado. Que si Antonio, date la vuelta que nos hemos olvidado el agua.

Acabas de llegar a la viña. Te esperan más de 8 horas cortando uva bajo el sol, o bajo la lluvia, o bajo todo a la vez. Comiendo polvo o arrastrando barro, siempre hay premio. Qué ilusión la vendimia. ¿No te hace ilusión? Pero si vendimiar es maravilloso.

Maravilloso no es, de hecho, es uno de los trabajos más duros del campo, pero en la vendimia se aprende mucho. A convivir lo primero. Entras en contacto con gente de tu mismo pueblo con la que nunca habías hablado, o trabajas durante días con personas de lugares que no sabías ni ubicar en el mapa. Acabas entendiendo cómo se sigue el hilo de cepas hasta el remolque; aprendes que un conejo con tomatosis no es un conejo con tomate, sino el que está enfermo de los ojos (mixomatosis)— y diagnosticas de un vistazo el oídio en la vid. Y por el mismo precio, te llevas un taller intensivo de lengua española. Porque cada día aprendes una palabra, un refrán y alguna expresión local.

Pero la verdadera magia surge cuando el trabajador extranjero que no habla español y ese hombre de campo —que cree que hablar idiomas es hablar en el suyo, pero más alto— entran en conversación. En ese momento, la viña es la escuela de idiomas más divertida del mundo.

Acababan de llegar a Horcajo de Santiago unos chicos de Rumanía. Buscaban trabajo y sabían poco español, así que fueron a vendimiar a la casa de un hombre que tenía un acento horcajeño tan marcado que no parecía de Horcajo. Para que nos hagamos una idea, este hombre una vez se dirigió a mi sobrino —que entonces tendría unos cuatro añitos— y la cosa fue algo así:

—Pasa machooo, ¿ande tasjao atuelo? —[Traducción: Hola, niño, ¿dónde te has dejado a tu abuelo?].

—Yes –contestó mi sobrino.

—¿Por qué le has dicho “yes”? —le preguntó mi madre.

—Porque me ha hablado en inglés.

El hombre, que pese a lo que creyó mi sobrino, no hablaba inglés y pese a lo que pueda pensar el lector, tampoco sabía árabe, tenía ese vicio manchego de ejercer de anfitrión cebando a sus invitados. Así que ahí estaba él intentando ofrecer comida a sus vendimiadores rumanos con estas palabras:

—¡Venga, hostia, arréate otra tajá! —decía gritándoles mucho con cara de enfado amistoso.

Los chicos, que a duras penas hubiesen entendido un mensaje sencillo como “coge más”, no sabían si les estaba regañando por haber hecho algo mal durante la comida; si les estaba invitando a otro plato o si les estaba anunciando que morirían en dos minutos porque habían sido envenenados. Los muchachos se quedaron varios años en el pueblo, acabaron hablando español con muchísima fluidez y era graciosísimo verlos usar perfectamente el léxico de su mayoral, que fue también su primer profesor de español para extranjeros.

La vendimia y otras historias de glamour

La vendimia es uno de los trabajos más duros del campo. | Foto: Lambros Lyrarakis | Unsplash.

Los que nos criamos en un pueblo vitivinícola, si no estábamos en el lado de los que iban a vendimiar, estábamos en el lado de los que esperaban la llegada de los tractores cargados de uva para colgarse del remolque a robar un racimo. Las uvas daban igual. Lo que contaba era la emoción de correr detrás del tractor en marcha y coger algo. También estaba el reto de esquivar el palo de los vendimiadores que iban en el remolque impidiendo que eso pasara. El Securitas Direct del mundo rural.

La fiesta de la vendimia en pueblos como el mío no tenía el empaque que se ve en otros lugares o en películas como ‘Un paseo por las nubes’, donde Aitana Sánchez-Gijón y sus amigas pisaban uva con un ritmo que ríete tú de las coreografías de las Papá Levante. En Horcajo, las fiestas de la vendimia adquirían otra dimensión: las organizaba la Discoteca Eros (lo sé, a mí también me encanta el nombre), y consistían en un concurso de racimos. La dinámica era complicada: Quien traiga el racimo que más pese, gana. Allá que fueron unas chicas con un racimo que hubiese sido no el primer premio de aquel concurso, sino Record Guinness de los racimos gordos, si no fuese porque se empezó a desmoronar y se le salieron unos sospechosos hilos de alambre.

Tampoco eran las únicas trampas que se hacían en la vendimia. En las cooperativas se hacían apuestas a ver quién era este año el primero que averiaba la tolva por echarle un pedrusco al remolque para que pesara más. Y no había año sin su cafre. Además del peso, el grado también es un factor que determina el precio al que se paga la uva, así que corría la leyenda de que había gente que le añadía a la carga unos litros de agua con azúcar.

Los recuerdos funcionan así, algo pasa una vez y lo rememoras hasta la saciedad salpimentado al gusto. Lo que no se me olvida, y su recuerdo permanece fiel e intacto es ese dolor de cuerpo cuando vendimias. Por eso, cuando tomo vino, mi primer pensamiento es para ese trabajo. Después vienen los sabores a frutos rojos, madera o aromas de pitiminí. Pero lo primero es lo primero.

Inma Garrido

Periodista y editora freelance. Ahora escribe en la Guía Repsol, El Comidista y The Objective. Le gusta el flamenco, el jerez, comer y hablar de lo que come.