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Idlib: la última gran batalla contra el terrorismo en Siria

La región de Idlib es uno de los últimos bastiones rebeldes en Siria. Aquí siguen luchando grupos contrarios al Gobierno de Bashar Al Assad y facciones terroristas como Tahrir al Sham y Jabhat Al Nusra

Foto: Rodrigo Isasi | The Objective

Tras cruzar varios checkpoints militares -al quinto he dejado de contar- llegamos a una base improvisada en una vivienda, cerca de Khan Sheikhoun, en Idlib. Allí nos recibe el general del Ejército Árabe Sirio encargado de toda la región.

“¿Estás seguro de que eres español? Pareces sirio”, bromea. “Creo que sí”, respondo. De repente, el sonido de un disparo de mortero interrumpe la conversación. Tiemblan las ventanas y se hace el silencio. Otro nuevo disparo de mortero. Nadie sabe qué pasa, hasta que suena el teléfono del oficial. Esta vez son solo pruebas de tiro del Ejército sirio. No hay peligro, de momento. A apenas 50 kilómetros las fuerzas sirias siguen luchando contra los grupos rebeldes, y contra Turquía.

La región de Idlib es uno de los últimos bastiones rebeldes en Siria. Aquí siguen luchando grupos contrarios al Gobierno de Bashar Al Assad y facciones terroristas como Tahrir al Sham y Jabhat Al Nusra.

El Gobierno sirio, con el apoyo de Rusia, sigue bombardeando Idlib, una zona en la que se calcula que viven cerca de tres millones de personas, muchas de ellas desplazadas desde otras partes del país. Algunas fuentes cifran en más de 1.500 el número de civiles que han perdido la vida desde el inicio de la ofensiva en Idlib.

Un oficial me asegura que en Siria, antes de realizar un bombardeo, los helicópteros del Ejército sobrevuelan la zona y lanzan octavillas para avisar a la gente de que debe abandonar el territorio, pero reconoce que los terroristas utilizan a los civiles como escudos humanos y que “todos los ejércitos del mundo, incluido el sirio, cometen errores”.

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Foto: Rodrigo Isasi | The Objective

Con la escalada de la violencia en la zona, en las últimas semanas miles de personas se han visto obligadas a huir y refugiarse en campos en torno a la frontera sellada con Turquía. Naciones Unidas cifra en más de medio millón el número de ciudadanos que han huido, pero desde las filas del Ejército sirio me aseguran que son “cifras hinchadas para impresionar a Europa”.

Avanzamos por la Autopista M5, recién liberada por el Gobierno sirio y principal eje de conexión entre Alepo y Damasco, pero nos vemos obligados a dar un pequeño rodeo por un camino de tierra para no encontrarnos de frente con un convoy militar turco que está en la zona.

A apenas 500 metros de distancia una bandera turca ondea sobre un edificio. Es uno de los muchos puestos de observación turcos en la zona, actualmente rodeados por tropas sirias. Se respira un ambiente de calma tensa. No hay enfrentamientos directos en esta zona, pero nunca sabes lo que puede pasar.

Turquía es el nuevo actor en los combates en la zona. El Gobierno de Assad acusa al de Erdogan de suministrar armas a los grupos terroristas, algo que Turquía niega y reclama a sus socios de la OTAN una mayor implicación. Mientras, los combates contra los grupos terroristas y los enfrentamientos entre soldados sirios y turcos se suceden en la región, con miles de ciudadanos sirios atrapados en medio del conflicto.

Nos cruzamos con un camión que transporta un carro blindado que lleva dibujado en su lateral unas letras del alfabeto cirílico. Es ruso, sin duda. El país gobernado con mano de hierro por Vladimir Putin posee una potente base militar en la ciudad siria de Latakia, a unos 130 kilómetros de aquí.

El oficial militar que me acompaña me remarca que quien ha liberado la zona y lucha contra el terrorismo y Turquía es el Ejército sirio: “Aquí no hay soldados de Irán” dice, “del país persa solo recibimos munición o material electrónico, como radios”.

A lo largo de la carretera no dejamos de cruzarnos con carteles con letras blancas en árabe sobre un fondo negro. Son los mensajes que dejaron los grupos yihadistas que hace menos de un mes ocupaban esta zona. “Enséñanos tu barba” se puede leer en uno. “La democracia es contra dios”, en otro.

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En el cartel se puede leer: "Enséñanos tu barba". | Foto: Rodrigo Isasi | The Objective

Nos detenemos en medio de la carretera. El oficial quiere enseñarme unos túneles excavados en la roca que hasta hace unos pocos meses estaban ocupados por terroristas yihadistas. Una cocina, salas de descanso, tubos de respiración, agujeros en la pared de ladrillo de la entrada para colocar la ametralladora y unas hojas de Corán en el suelo. Ese es el rastro que queda de los yihadistas aquí. Eso, y su ideología extremista y comportamiento agresivo que la población no va a poder olvidar.

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Foto: Rodrigo Isasi | The Objective

Es la última parada antes de llegar a nuestro destino final, Maárat an-Numán , el pueblo sirio que fue liberado hace menos de un mes de manos del grupo terrorista Jabhat Al Nusra y consiguió salvar su patrimonio arqueológico de la destrucción yihadista porque sus ciudadanos escondieron bajo tierra las piezas de gran valor histórico. Pero esa, es otra historia que merece un reportaje para ella sola.

Mientras termino de escribir esta crónica desde mi hotel en Damasco, y tras haber sufrido al menos cuatro cortes de luz en apenas unas horas, el sonido de una explosión, seguido de ráfagas de disparos, me hace parar. Son las 23:45 horas del jueves 13 de febrero. Poco después sabré que se trata de un ataque que el Gobierno sirio atribuye a Israel. No es el primero, hace varios días hubo otro ataque similar.

Supongo que a mí me sorprende, pero aquí la gente está acostumbrada. “Una explosión, unos disparos, no pueden hacer que te quedes en casa. La gente tiene que hacer su vida”, me dice el guía del Ministerio de Información que me acompaña.

Me viene a la cabeza la imagen de un anciano que vi el otro día apenas unas calles más allá de mi hotel en Damasco. Se arrastraba por el suelo y le faltaba media cara, incluido el ojo izquierdo. Supongo que lo perdió en la guerra, pero no me atreví a preguntar.

En Homs, Khaled, un hombre de 37 años que regenta una tienda de venta de oro en el zoco reconstruido por el Gobierno sirio, me cuenta que perdió a su hermano en la guerra. Me lo dice sin pestañear, sin gesto alguno en su cara y sin querer recordar en profundidad como era la vida en Homs bajo la opresión del Estado Islámico. “Ahora, bajo el control del Gobierno sirio, todo es mucho mejor”.

Ellos son los rostros de una vida marcada por la guerra, por la maldita guerra.

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