Instrucciones para juzgar un libro por su portada
Foto: Carolina Freire Vales| The Objective

Cultura

Instrucciones para juzgar un libro por su portada

No se juzguen la próxima vez que juzguen a un libro por su portada, por las ganas de colocarlo en su estantería y de verlo cada mañana. El trabajo detrás bien merece ese toque de frivolidad

por Carolina Freire Vales

Hay de todo, y demasiado de cada cosa. Muchas personas, muchos bares, millones de series, muchos libros –más libros que lectores–. Por eso la vida consiste, para todo y para todos, en superar filtros. El de la primera impresión como base del juicio, ese algo que suscita una mirada de interés. El del paso del tiempo, el más complicado, pues pone a prueba la calidad y el esmero. Igual que los desconocidos en un bar, ahí, desde la estantería, los libros nos dicen algo cuando todavía no hemos vuelto la primera página, incluso si no conocemos a su autor. Algo que nos mueve a escogerlos, a leerlos y a querer conservarlos. Como siempre que la saturación impera, cada detalle cobra especial valor. Detrás de cada buen escritor, además de un buen editor, está quien asegura la conexión con el lector en ese primer vistazo, quien hace de la cubierta una carta de presentación. Quería saber cómo funcionaba esto, y así poder seguir juzgando a los libros sin conocerlos, pero con conocimiento de causa. Así que hablé con varias casas.

El diseño de las cubiertas es el sello de identidad de toda editorial, eso que provoca que quien entra en una librería reconozca sus colecciones de inmediato y las asocie con ciertas cualidades y garantías. Impedimenta busca que se les considere exquisitos, gozosos, curiosos, selectivos, fiables e innovadores. Alianza quiere que se sepa que en su colección no hay libros prescindibles, que en su selección impera el interés y el rigor y que el lector puede estar tranquilo: está comprando con criterio. Libros del K.O. grita veracidad, audacia, talento y calidad periodística. Errata Naturae quiere transmitir compromiso, sostenibilidad y cuidado con las portadas de sus libros. En Alfaguara persiguen proyectarse como creativos y flexibles, pero a la vez rigurosos. 

«Es mi responsabilidad hacer que el libro sea fácil de abrir, agradable de leer y que luzca bello. Que tenga un papel en el que uno pueda anotar fácilmente sus ideas respecto al texto leído. Que envejezca bien, que se pueda guardar en el bolsillo del abrigo sin dañarlo, que luzca bonito en la estantería», explica Enrique Redel, desde Impedimenta. Valeria Ciompi, desde Alianza, se pronuncia en lineas similares: «Somos artesanos de la cultura, aunque pertenezcamos a una de las mayores industrias culturales de nuestro país. Ese equilibrio entre el oficio y el negocio es lo que lo hace apasionante».

Las cubiertas de Impedimenta parten de una maqueta base que tardó varios meses en estar afinada y a la que traicionan con cada nuevo libro, pero «manteniendo el espíritu y unas contraseñas reconocibles». Una ilustración enmarcada en un fondo negro, con ese toque de elegancia que da el papel verjurado, que, además, es en el que mejor funcionan las ilustraciones. Cada cubierta comienza a diseñarse con estas certezas y desde la búsqueda de referencias e inspiraciones. Habitualmente tardan un mínimo de dos semanas en escoger la imagen del libro y en adaptarla al modelo. Algunos ejemplos: en la portada de Botchan, de Natsume Soseki, juegan con la sugerencia de colores y formas: el que un bulbo rojo recuerda a la bandera de Japón. Otras veces se decantan por transmitir emociones, como en el caso de las figuras adolescentes torturadas de El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac, o buscan una imagen descriptiva del lugar en que se desarrolla la acción, como en el caso de A lo lejos, de Hernán Diaz. «No nos importa trabajar mucho en este capítulo, porque sabemos que se trata de nuestra carta de presentación, y porque finalmente muchos de los impulsos de compra tienen que ver con la presentación, además de con el título en sí», afirma Redel.

 

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En Impedimenta, para cada libro, presentan cinco o seis cubiertas diferentes y escogen la más redonda. 

Los libros de Alfaguara también parten de un modelo: un rectángulo sobre otro, el logo en la esquina superior izquierda y el título y autor en tipografía Garamond. No ha cambiado mucho desde 1977, cuando Enric Santué –entonces diseñador– trabajó mano a mano con Pedro Salinas –entonces editor– para construir una personalidad que pudiese perdurar en el tiempo. Ahora el acabado es distinto y en el rectángulo hay una fotografía, pero la forma esencial y el reclamo a «lectores tranquilos, que aprecian el silencio, la lentitud y la excelencia serena» que se perseguía entonces –cuenta el diseñador Alberto Corazón aquí– se mantiene.

«Es importante que el lector sepa quién hay detrás de cada título y este respire el aire de la editorial», apunta Marta Borrell, directora creativa de Penguin Random House (al que pertenece Alfaguara). Cuando hay suerte, la cubierta puede estar lista en una semana; pero, a poco que el proceso se complique, ya se ponen en unos cuatro meses. «Ayuda a reducir tiempo ser muy certeros en el análisis previo del mercado y del autor», explica Borrell.

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Cubiertas de Alfaguara: del diseño de Enric Santué en los 70 al actual.

Al otro lado del espectro está Libros del K.O., donde hay ley, pero no orden. Cada libro es un mundo y el tiempo de diseño para cada cubierta varía enormemente porque se adapta al tema y al tono de la obra. No hay una persona a cargo del diseño de sus libros, escogen un diseñador para cada ocasión –aunque algunos repiten– e intentan darles visibilidad a diseñadores jóvenes nacionales como María Castelló, Susanna Martín o Marc G. Sala. Tampoco hay exactamente una jerarquía a la hora de tomar decisiones, si no un triángulo creativo autor-editor-diseñador. 

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Varias portadas de Libros del K.O., cuya estética se adapta totalmente al tema y tono de la obra.

Alianza opta por otra estrategia y utiliza el diseño de la cubierta para diferenciar entre sus distintas colecciones y para expresar lo que une a los libros de cada una. Fueron ellos quienes, en los 60 y con el diseñador Daniel Gil, cambiaron las reglas del juego de las portadas. Sus cubiertas pasaron a la historia. Manuel Estrada, el hombre detrás de los diseños de ahora, decidió mantener su esencia para la colección de bolsillo, pero incorporó un toque diferente: usar una tipografía distinta para cada portada para conseguir que formasen parte de la imagen integral. «Hay un equilibrio en un título bien compuesto que se acerca a esa idea de la proporción áurea. La tipografía es un arte y un oficio antiguo que no deberíamos perder», afirma Valeria Ciompi.

Detrás de cada cubierta de Alianza hay un equipo que lee el libro, reflexiona acerca de lo que transmite y elige lo que quiere destacar. Después vienen las pruebas y los ajustes. Es un proceso que puede durar de un par de semanas a tres meses. «Una cubierta tiene que atraer al que no ha leído, proporcionándole alguna pista sobre el contenido y el tono, y tiene que satisfacer después de la lectura. Nada fácil como reto», concluye Ciompi.

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Portadas de Daniel Gil para la colección de bolsillo de Alianza, en los años 60.

En Alianza Lit, los autores son los protagonistas y miran al lector desde la cubierta de sus obras. Valeria Ciompi, editora, explica que los que entran en esta colección «pueden ser desconocidos hoy pero con posibilidad de ser los clásicos de mañana». Se trata de una apuesta arriesgada por parte de la editorial, y eso han querido expresar en las cubiertas, «un juego respetuoso pero que puede rozar  el impudor». Con ello también quieren expresar que se hacen responsables de la apuesta.

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Portadas de la colección Alianza Lit, donde el autor –y la apuesta de la editorial por el mismo– es protagonista.

A veces, estas casas fichan a escritores con los que la relación continúa por muchos años y muchas obras. En este caso, son como de la casa, y acaban creando su propia estética dentro de ella. En Impedimenta ha sucedido varias veces: las fotografías coloreadas de Mircea Cărtărescu, los collages de Teresa Ettel para las cubiertas de Dubravka Ugrešić, los cuadros de Dennis Sharazin para los libros de Tatiana Țîbuleac, los grabados anatómicos animales para la Biblioteca del Siglo XXI de Lem o las ilustraciones publicitarias vintage para los libros de Edmund Crispin. Las cubiertas no sólo hablan de la relación entre el libro y el lector, también de esa entre autor y editorial. 

Lo cierto es que la belleza hace de la vida un camino más ligero y agradable. Quienes la crean o la persiguen adoptan una posición ante la existencia: la elevan de la llanura a la que está condenada. No se juzguen la próxima vez que juzguen a un libro por su portada, por las ganas de colocarlo en su estantería y de verlo cada mañana. El trabajo detrás bien merece ese toque de frivolidad.

Contexto

    Carolina Freire Vales

    Del salitre del norte y también del asfalto madrileño. Me metí en esto para saciar curiosidades, empezando por la mía.