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Jack London y el surf: El escritor que llevó un deporte de reyes a California

Foto: La leyenda del surf Duke Kahanamoku en Waikiki | Sports Illustrated

No fue el primer haloe (no nativo) en cabalgar las olas de kilómetro y medio de longitud de Hawaii con su rugir furioso y sus espumeantes crestas, pero sí quien mejor y con mayor entusiasmo describió el surf o ‘he’e nalu’ (deslizarse sobre las olas) como un “deporte real para los reyes naturales de la Tierra”.

 

Cuando el escritor y aventurero Jack London llegó junto a su esposa y su tripulación a las costas de Hawaii a bordo del Snark, el velero con el que pretendía cruzar el mundo durante siete años, lo hizo para salvar la vida. Poco podía imaginarse que acabaría dominando en poco más de un día aquel mismo oleaje que había amenazado constantemente con engullir su embarcación y que lo haría sobre una tabla.

Jack London y el surf: El escritor que llevó un deporte de reyes a California

Jack London y su esposa Charmain en Waikiki. Vía Surf Simply.

Pero vayamos por partes –las que le faltaban al defectuoso Snark-. A principios de 1900 un joven y ya afamado Jack London invirtió gran parte de la fortuna que consiguió con ‘La llamada de la selva’ (1903) en encargar la construcción de un velero que con el tiempo se convertiría en legendario –en el más amplio y no poco catastrófico de los sentidos-. Había estado leyendo las aventuras del capitán Joshua Slocum, que había navegado durante siete años alrededor del mundo y decidió emularlo en compañía de su segunda esposa, Charmain, y una tripulación sin demasiados conocimientos náuticos. Nada más salir de puerto de San Francisco se estropearon las letrinas; el motor estalló; el Snark navegaba de lado y estuvieron a punto de naufragar.

Conseguir llegar a Hawaii fue casi milagroso y durante el tiempo en que reconstruían el velero, Jack London, sentado en la playa contemplando “aquel infinito ejército del mar”, vio a los primeros kanakas locales remontar las enormes olas sobre sus tablas y se quedó maravillado. Se preguntó: “¿Qué posibilidad hay de ganar a una ola? Ninguna. Un ego menguado”. Pero ahí estaba, ante sus ojos, emergiendo de la espuma “un Mercurio bronceado. Sus talones están alados y en ellos está la rapidez del mar”. Y así lo recogió en un largo ensayo, ‘A Royal Sport’ (1907) y también en su celebrado libro ‘La travesía del Snark’ (1911), donde cuenta sus dos años de aventuras por el Pacífico.

 

Otros escritores, como Mark Twain y Agatha Christie, también se sintieron fascinados por el surf y lo practicaron con mejor o peor suerte.

 

Si London hubiese llegado un siglo antes a Waikiki no hubiese sabido qué era el surf; estaba prohibido. Desde que en 1778 la tripulación del capitán James Cook llegase al archipiélago –él se quedó, fue la merienda de una horda de caníbales; curiosamente, al principio lo confundieron con Lono, dios del surf– y luego fuese colonizado y los misioneros calvinistas arribasen para borrar su religión, los hawaianos dejaron de deslizarse sobre las olas. Porque hay un antes de Cook y un después de Cook, igual que hay un antes y un después de London; y en ese antes de Cook, los nativos hacían rituales para bendecir las olas y los nobles tenían playas privadas y tablas de hasta siete metros y así hacían notar su poder a su pueblo, que surfeaba pero con tablas más pequeñas. Un deporte de reyes y de siervos.

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La escritora Agatha Christie practicando surf en Sudáfrica. Vía Surfer Today.

 

Otros escritores también se sintieron fascinados por el surf, entre ellos Mark Twain y Agatha Christie. A Christie se le daba bastante bien; el padre de Tom Sawyer, sin embargo, lo intentó una vez en 1866 y acabó cayéndose de la tabla. “Perdí el contacto con la tabla y me caí. La tabla llegó a la orilla en medio segundo, pero sin su carga, y yo me golpee contra el fondo al mismo tiempo”, explicaba.

A partir de 1840, algunos años antes de que Hawai fuera anexionada por Estados Unidos, multitud de periodistas y escritores llegaron a la isla atraídos por libros como el de Slocum y empezaron a denunciar la situación que vivían los nativos, participando ellos también del resurgimiento del surf. Y aunque pasaría aún más de un siglo para que los Beach Boys cantaran aquello de Everybody’s gone surfin. Surfin USA, a London se le reconoce hoy como uno de los cuatro hombres que trajo el surf a California.

 

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Se llevó el surf, sí, pero a cambio dejó un gramófono en las Islas Marquesas. Vía Jack London Aventure

 

Estaban también el periodista George Freeth y Alexander Hume Ford, quien creó los primeros clubs para varones blancos –hasta 1926 las mujeres no pudieron surfear–. Y sobre todo, el nadador hawaiano Duke Kajanamoku, que cabalgó las olas de todo el mundo causando en los bañistas la misma fascinación que cuando Jack London vio por primera vez a aquel bronceado Mercurio volando sobre el mar de Hawaii.

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