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Jared Diamond: “La cultura de la negociación comenzó a romperse mucho antes de la llegada de Trump”

Foto: Ana Laya | The Objective

En las páginas culturales de la prensa anglosajona hay una categoría reservada para todos aquellos autores que logran instalarse per saecula saeculorum en las librerías de aeropuerto. Dicho así suena a falta de respeto y, para qué negarlo, el término encierra sus dosis de sarcasmo. Pero también implica reconocimiento; si figuras en la lista quiere decir que has vendido lo que no está escrito y gozas de una influencia notable.

En la citada categoría, por tanto, suelen aparecer algunos intelectuales particularmente hábiles a la hora de hacerse entender. Está Steven Pinker, por ejemplo. O Yuval Noah Harari. También el polémico pensador negro Ta-Nehisi Coates, considerado por muchos el heredero de James Baldwin. Y clásicos como Jared Diamond, el biólogo que ganó un Pulitzer en 1998 por un ensayo monumental titulado Armas, gérmenes y acero.

De hecho, es probable que durante los próximos meses Diamond ocupe un lugar más destacado de lo normal tanto en las librerías de aeropuerto como en las librerías a secas. ¿El motivo? La reciente publicación, en castellano, de su último ensayo: Crisis (Debate). Un libro que explora desde una perspectiva psiquiátrica la historia reciente de siete países: Finlandia, Japón, Estados Unidos, Australia, Indonesia, Chile y Alemania. Su objetivo es demostrar que la terapia que los psiquiatras utilizan para desterrar la angustia y el shock que acarrean las tragedias personales puede aplicarse a las naciones en crisis.

¿Un planteamiento demasiado ambicioso? Algunas críticas como la de Anand Giridharadas en The New York Times o la del historiador Daniel Immerwahr en The New Republic sostienen que sí, que Diamond se ha pasado de frenada con el experimento. Pero sus compañeros de estantería en Heathrow opinan que no, que Diamond ha vuelto a firmar un clásico que perdurará en el tiempo.

Su editorial estadounidense ha dicho que Crisis completa la “monumental trilogía” formada, también, por Armas, gérmenes y acero y Colapso. ¿Cómo se le ocurrió el libro? ¿Ya lo tenía planeado o se puso a escribir a raíz de algún acontecimiento?

Primero debo aclarar que nunca pensé en este libro como parte de ninguna trilogía. Sencillamente, cuando me senté a escribir lo hice porque llevaba tiempo interesado en analizar las crisis que a veces atraviesan las naciones. Un interés que bebe, en parte, de mi mujer; una psiquiatra que hace años lidió con pacientes atenazados por crisis personales muy graves y que tuvo a bien explicarme los pasos que conviene seguir para salir del bache. Dándole vueltas al asunto terminé reflexionando sobre las crisis nacionales y planteándome si esos pasos que la psiquiatría aplica a las personas podrían, también, aplicarse a los países.

Jared Diamond: “La cultura de la negociación comenzó a romperse mucho antes de la llegada de Trump”

Imagen vía Editorial Debate.

Hacia el final del libro, y tras haber analizado siete países, usted fija la vista en el futuro y habla de las “crisis globales” que se avecinan. ¿Cree que estas “crisis globales” también se pueden abordar recurriendo a la terapia psiquiátrica?

Según la psiquiatría uno de los pasos fundamentales para poder capear una crisis personal es reconocer que existe dicha crisis. Y eso es, precisamente, lo que está ocurriendo con el cambio climático. Gracias a fenómenos meteorológicos extremos –olas de calor, huracanes particularmente fuertes, etcétera– mucha gente empieza a darse cuenta de que algo está sucediendo con el clima. Otra fase de la terapia psiquiátrica aplicada a los individuos en crisis tiene que ver con la responsabilidad. Asumir que en toda crisis uno siempre tiene parte de responsabilidad, cuando no toda, es vital. Siguiendo con el cambio climático, el número de personas que empieza a asumir su propia responsabilidad en el fenómeno no para de crecer. De modo que sí; creo que la terapia psiquiátrica en la que me baso se puede aplicar, al menos parcialmente, a las crisis globales.

El cambio climático es, efectivamente, una de las cuatro grandes “crisis globales” que usted cita. Las otras tres son: una hecatombe nuclear, el agotamiento de los recursos y la desigualdad. ¿Somos conscientes de ellas?

Creo que el cambio climático es, de las cuatro, la crisis que tenemos más asumida. Quizás porque, como digo, estamos empezando a experimentar en primera persona sus efectos. El agotamiento de los recursos o la desigualdad a escala mundial no despiertan, todavía, tantas alarmas. ¿Por qué? Bueno, creo que para muchos occidentales las consecuencias de ambos fenómenos todavía no son palpables. Por ejemplo: es verdad que la inmigración y el terrorismo marcan la agenda política de muchos líderes occidentales, pero no demasiada gente vincula ambas cuestiones a la desigualdad. A eso me refiero.

Otra cuestión que parece traspasar las fronteras nacionales es la polarización de las sociedades. ¿Qué opina al respecto?

Es cierto que muchas sociedades occidentales como la estadounidense o la británica se están polarizando. Sin embargo, creo que de momento estamos ante fenómenos nacionales. Hoy por hoy no me referiría a esa polarización como un fenómeno global equiparable a los anteriores.

Regresando al cambio climático, pese al consenso que impera en la comunidad científica hay una porción nada desdeñable de la sociedad que se mantiene escéptica. ¿Por qué?

Hay personas mayores, de ideología conservadora, que empiezan a dudar de su propio escepticismo. Varios amigos míos, sin ir más lejos. Con ese tipo de gente lo que hay que hacer es conversar, exponer los datos, argumentar. No obstante, también hay mucho escéptico al que le va a dar igual lo que le digas. Es gente que no va a ser convencida porque trata el asunto desde un punto de vista ideológico. Religioso, incluso. Sospecho que para ellos es una cuestión de fe.

Algunos escudan su escepticismo en Greta Thunberg. Sostienen que si el clamor contra el cambio climático procede de una muchacha de 16 años igual el asunto no es tan grave como se quiere hacer creer.

No compro el argumento. Greta Thunberg es, efectivamente, una muchacha de 16 años. Pero no es la única que advierte del peligro. Hay decenas y decenas de científicos, algunos empleados por las mejores universidades del mundo, exponiendo datos constantemente. Lo cual demuestra que si a estas alturas uno no cree en el cambio climático no es porque clame contra él una adolescente; es porque no quiere creer en el cambio climático y punto. Además, la aportación de Thunberg es importante: gracias a ella miles de jóvenes están tomando conciencia del problema y movilizándose en consecuencia. En ese sentido está consiguiendo más que un millar de científicos clamando al unísono.

En el libro se argumenta que Estados Unidos está alejándose de lo que usted considera una “democracia real”. ¿Podría compartir su razonamiento?

Voy a explicarme recurriendo al contraste: Europa. ¿Qué hay que hacer para votar en un lugar como España? Tener los papeles en regla y acudir al colegio electoral. Nada más. En Estados Unidos el sistema es distinto. Allí para votar hay que registrarse, y para registrarse uno tiene que cumplir una serie de requisitos; requisitos que varían según el estado porque son acordados por las autoridades locales. Entonces, ¿qué sucede? Pues que existe una tendencia por parte de esas mismas autoridades a aprobar requisitos que se lo pongan difícil a las comunidades que, presumiblemente, prefieren al partido rival.

¿Me puede poner un ejemplo?

En Alabama el Partido Republicano cerró, en su momento, muchas oficinas encargadas de otorgar el carné de conducir. Casualmente, la mayoría de esas oficinas se encontraban en distritos con una gran población afroamericana; una comunidad que tiende a votar al Partido Demócrata. Y, casualmente, en Alabama para poder votar uno debe presentar el carné de conducir o el pasaporte. Huelga decir que muchos de esos afroamericanos no tienen pasaporte. Es decir: en muchos distritos el Partido Republicano intentó dificultar el voto afroamericano porque sabía que le resultaba perjudicial. Finalmente, una sentencia judicial obligó a las autoridades estatales a reabrir esas oficinas. Es decir: no estoy diciendo que Estados Unidos no sea una democracia, porque lo es, pero sí sostengo que podría ser una democracia de mayor calidad.

Otro de los aspectos que le preocupan es la quiebra de la cultura política de la negociación. ¿Cuándo comenzó a romperse la capacidad de firmar acuerdos?

Los politólogos especializados en Estados Unidos señalan que la polarización de las élites comenzó a mediados de los años 90. Y suelen citar un nombre: Newt Gingrich. Gingrich, un político muy importante dentro del Partido Republicano durante la presidencia de Bill Clinton, fue quien dijo que su formación se opondría a cualquier cosa que propusiese Clinton. La actitud caló y con la llegada de Barack Obama al poder, en 2008, se volvió a repetir el mantra. De modo que la cultura de la negociación comenzó a romperse mucho antes de la llegada de Donald Trump.

¿Qué le gustaría conseguir con este libro?

Me gustaría que se leyese mucho. Y que lo leyesen personas influyentes. Pero no por una cuestión de ego sino porque pienso, realmente, que en sus páginas hay una serie de reflexiones que pueden resultar útiles. O eso espero.

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