Joan Crawford, la diva mártir

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Joan Crawford, la diva mártir

Así fue y así sigue siendo la actriz Joan Crawford cada vez que aparece en movimiento en la gran pantalla, un atractivo fetiche al que admirar, aunque emborronado hoy por las anécdotas que intentaron desmitificar a la persona detrás de la estrella.

por Clara Paolini

Poderosa, enigmática, elegante, dueña de una confianza en sí misma que parece nacer de aquello que llamamos glamour; ese halo tan estrechamente ligado a la nostalgia del Hollywood clásico. Así fue y así sigue siendo la actriz Joan Crawford cada vez que aparece en movimiento en la gran pantalla, un atractivo fetiche al que admirar, aunque emborronado hoy por las anécdotas que intentaron desmitificar a la persona detrás de la estrella.

“Nunca salgo a la calle a menos que parezca Joan Crawford, la estrella de cine. Si quieres ver a la vecina de la puerta de al lado, ve a la puerta de al lado”

 

La biografía de Joan Crawford está vertebrada por el afán de supervivencia en la cruel maquinaria de la industria cinematográfica: fue de las pocas que consiguió pasar página desde el capítulo del cine mudo de descarada bailarina flapper a estrella, tras ser ninguneada por la Metro bajó su caché para seguir trabajando con la Warner y siempre contestó a todas y cada una de las cartas que le enviaron sus fans sin perder de la sonrisa en toda aparición mediática. Sin embargo, en el relato de su vida también se multiplican morbosos rumores, polémicos episodios y confirmadas excentricidades que han convertido a la actriz en la diva torturada por antonomasia.

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Pisándole los talones a Marlene Dietrich, Joan Crawford es considerada la décima mayor estrella femenina de todos los tiempos por el American Film Institute, fue ganadora del Oscar en 1945 por Alma en suplicio y será para siempre recordada por joyas del séptimo arte como Johnny Guitar o Gran Hotel. Comprometida con el oficio y extremadamente disciplinada, se dice que era tan puntual que solía llegar horas antes a plató, y se mostraba tan obediente con las normas de los directores y productores que llegó a firmar un contrato con Metro que incluso especificaba a qué hora debía irse a la cama cada noche. Sin embargo, en privado, el relato convierte a las debilidades de la diva la revelan humana.

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Joan Crawford y Wallace Beery en Grand Hotel | Foto: Wikimedia Commons

 

Su conocida afición al alcohol y al sexo (incluyendo su posible bisexualidad y rumores de que ejerciera la prostitución), la abierta rivalidad hacia otras estrellas femeninas con Marilyn Monroe y Bette Davis entre sus enemigas y la demoledora biografía Mommie Dearest, que Christina Crawford, hija adoptiva de la actriz, publicaría pocos meses después de la muerte de su madre al saberse desheredada, consiguieron oscurecer, en parte, el halo de admiración y respeto que en otro tiempo irradiaba su imagen, provocando al mismo tiempo la resurrección del mito.

Tras cuatro matrimonios, decenas de noviazgos y cientos de amantes, entre los que se incluyen Clark Gable y varios actores de reparto como la estrella infantil Jackie Cooper al que bien se encargó de instruir en los placeres carnales, Joan Crawford pasó los últimos años sumida en el alcohol y la soledad, encarnando a la perfección su último papel de diva desgastada hasta morir de un supuesto infarto que se sospechó suicidio.

 

“El amor es como el fuego. Si va a calentar tu corazón o quemar tu casa, eso nunca lo puedes adivinar”

 

40 años después de su muerte, la serie Feud, dirigida por Ryan Murphy (creador de Glee, American Horror History, The People vs. O.J Simpson) y disponible en HBO España, narra algunos de los episodios más jugosos de su vida, retratando la famosa rivalidad entre dos grandes divas del cine, convertidas en juguetes rotos al alcanzar la madurez: Jessica Lange, a sus 67 años, interpreta a una Joan Crawford de 58, y Susan Sarandon, que acaba de cumplir 70 años, encarna a la Bette Davis de 54, durante el rodaje de ¿Qué fue de Baby Jane? (1962).

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Joan Crawford y Bette Davis en ¿Que fue de Baby Jane? | Foto: Wimikedia Commons

 

«Se ha acostado con todas las estrellas de la Metro Golwying Meyer, a excepción de la perrita Lassie», dijo Bette Davis sobre Crawford, cuya fama de devora hombres, y mujeres, llega hasta tal punto que la propia serie hace mención a una de las más oscuras leyendas que giran en torno a la figura de Joan Crawford: su participación en películas porno.

 

No saber cómo termina es el elemento más importante de tener una vida feliz”

 

Antes de adoptar el nombre artístico por el que sería recordada, Lucille Fay LeSueur, la niña pre-Crawford nacida a principios del siglo XX, dejó atrás una infancia marcada por los abusos y huyó de su hogar en Texas hasta llegar a Los Ángeles. Es entonces cuando, según se rumorea, ejerció la prostitución, sobre todo con mujeres como clientes, y cuando algunos indican que probablemente rodara dos películas pornográficas llamadas Labios de terciopelo y El lecho combado.

Leyendas hay muchas, pero Joan Crawford, la diva mártir, solo una. Rebelde, inconformista, libre y trabajadora, la actriz enamora en la gran pantalla mientras fuera, sirve como excusa para recordar que al igual que no todas las mujeres nacieron para ser estrellas, tampoco todas pueden interpretar a la madre perfecta, a la devota esposa ni a la inocente bienintencionada. Solo unas pocas, como ella, supieron vivir como les dio la gana y aceptar con resignación un final infeliz.