John Waters, o cómo forjar una carrera a base de parodias, cacas de perro y críticas negativas  
Foto: Wikipedia · CC BY-SA 4.0

Cultura

John Waters, o cómo forjar una carrera a base de parodias, cacas de perro y críticas negativas  

«Cuando éramos jóvenes, todo esto que hacíamos era ilegal. No podías rodar las películas que rodábamos, ni trabajar con drags, ni con pin-ups. Nosotros desafiábamos a quienes nos perseguían pero no nos guiaba una voluntad política. Sencillamente, nos gustaba»

por Álex Ander

John Waters se ha sentido desubicado desde la cuna. De niño, sentía fascinación por el gore, la violencia y los accidentes de tráfico. Siendo adolescente, andaba ya escribiendo historias y leyendo habitualmente el semanario Variety. Y, al cumplir 17, aquel joven espigado procedente de una familia acomodada comenzó a rodar algunos cortometrajes, de forma amateur, con la colaboración de un par de vecinos —Mary Vivian Pearce entre ellos— y la película de ocho milímetros que su amiga Mona robaba para él en la tienda de cámaras en la que trabajaba.

El estadounidense —que ahora sopla sus 75 velas— adoraba el cine desde que recordaba. De hecho, no tardó en empezar a visualizar (y admirar) las peculiares películas de autores como William Castle, Federico Fellini, Russ Meyer o Andy Warhol. Al terminar la escuela secundaria, sus progenitores le matricularon en la escuela de cine de la Universidad de Nueva York. Aunque aquella aventura duró poco para él, pues fue expulsado al cabo de unos meses después de que le pillaran consumiendo marihuana en el campus. Tras aquel incidente, Waters regresó a casa de sus padres, pero nunca cejó en su empeño de conseguir independizarse.

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Un jovencísimo John Waters vía Cinespia.

Corrían mediados de los años sesenta cuando el de Baltimore se aficionó a salir de juerga por algunos locales de mala muerte de su ciudad. Fue así como comenzó a entablar relación con los miembros de la que poco después se convertiría en su troupe cinematográfica —los denominados dreamlanders—, integrada por una serie de jóvenes rebeldes y semimarginados de los suburbios. La mayoría consumía regularmente alcohol y drogas psicodélicas como el LSD y muchos de ellos recibían algún tipo de prestación social. Además, casi todos tenían ciertas inquietudes artísticas y bastante tiempo libre, por lo que Waters logró convencerles para que actuaran en las películas que él mismo iba escribiendo y que iría rodando gracias al apoyo financiero de sus padres.

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Poster promocionando la premiere de ‘Eat Your Makeup’ (1968). | Imagen vía IMDB.

Aquellas rarezas fílmicas —entre las que destacaban títulos como Eat Your Makeup (1968), donde Waters se atrevió a recrear el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy— carecían por completo de edición, pues el director de cine desconocía entonces que tal cosa existiera. Como había poco dinero, los filmes siempre eran promocionados de forma personal por sus propios protagonistas, y solían proyectarse en auditorios que el propio Waters alquilaba para la ocasión, o bien en iglesias liberales de Baltimore. Gracias a esas cintas presididas por el mal gusto, la ironía y la parodia de distintos géneros cinematográficos, el público estadounidense pudo ir descubriendo a seres tan entrañables como Edith Massey —una camarera cincuentona con aspiraciones artísticas y el único deseo de dejar de ser pobre— o Cookie Mueller —una joven de espíritu libre y corazón salvaje que soñaba con convertirse en escritora (y lo acabó logrando)—.

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Escena de la película ‘Pink Flamingos’ (1972) | Imagen vía Ibiza Film Office.

Tampoco tardó en empezar a hacer algo de ruido ese icono pop llamado Divine. Aunque se adentró en el mercado laboral ejerciendo como peluquero, el actor y cantante estadounidense siempre tuvo claro que quería convertirse en una estrella conocida en el mundo entero. Divine quería llegar a ser tan famoso como su adoraba Elizabeth Taylor. Aunque para ello tuviera que comerse una caca de perro. Y esto último es, precisamente, lo que Waters le pidió que hiciera durante el rodaje de la escena final de la infame Pink Flamingos (1972). El día que grabaron esta desagradable secuencia, el actor tuvo que perseguir por las calles de Baltimore, durante tres horas, al simpático animalillo que defecaría para él. Aquello no fue tarea fácil. Hacía un frío que pelaba y, además, no había manera de que el can cagase —a pesar de que su dueña, la ayudante de dirección Pat Moran, llevaba varios días sin sacarle a pasear para facilitar el asunto—. Al final, el equipo tuvo que ponerle un enema al chucho y, con una sola toma, pudieron grabar a Divine agachándose, recogiendo el zurullo con su mano y llevándoselo a la boca, a la vez que miraba a la cámara con más repugnancia que orgullo.

La escatológica Pink Flamingos fue tachada de asquerosa, pero resultaría todo un éxito. La gente hacía cola para verla en la puerta del teatro Elgin de Nueva York.

La escatológica Pink Flamingos fue tachada de asquerosa, pero resultaría todo un éxito. New Line Cinema —que la mantuvo guardada en un cajón durante algún tiempo— aceptó a regañadientes distribuirla, y la gente hacía cola para verla en la puerta del teatro Elgin de Nueva York. La recomendación boca a boca funcionó de maravilla durante bastante tiempo. Nadie quería quedarse sin ver a aquel ‘travesti gordo que comía mierda de perro’ en algún momento de aquella película proyectada a medianoche. Muchos bautizaron a partir de ese momento a Divine con el título de ‘la persona más inmunda del planeta’ y, en cierto modo y sin pretenderlo, el intérprete acabaría muriendo devorado por su propio personaje. No había manera de quitarse el sambenito de encima. Los fans le regalaban habitualmente cacas de broma, y los periodistas que le entrevistaron en los años posteriores se encargaron de recordarle una y otra vez la secuencia que le había convertido en celebridad local —además de ponerle con frecuencia de los nervios al referirse a él en sus artículos como travesti (e incluso trans)—. Pero Divine acabaría hasta las narices de decirle a todo el mundo que aquello había sido un mero truco publicitario ideado por John Waters con el fin de lograr que se hablase de su filme.

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Imagen promocional de ‘Female Trouble’ vía Film Affinity.

El rey del cine trash peleó durante años con la censura, se labró una carrera a base de críticas negativas —a veces, Waters incluía a propósito extractos de aquellas reseñas en los carteles promocionales de sus trabajos— y, ciertamente, alcanzó fama y cierta notoriedad pública gracias a Pink Flamingos. Con el dinero que este filme recaudó en taquilla, el cineasta pudo permitirse el lujo de rodar otros trabajos algo más ambiciosos como Female Trouble (1974), el primero de sus filmes que contó con un equipo con formación —y la primera cinta en la que sus actores protagonistas se vieron recibiendo un porcentaje de los beneficios—. «Cuando éramos jóvenes, todo esto que hacíamos era ilegal. No podías rodar las películas que rodábamos, ni trabajar con drags, ni con pin-ups. Nosotros desafiábamos a quienes nos perseguían justamente haciendo lo que no querían que hiciéramos, pero no nos guiaba una voluntad política. Sencillamente, nos gustaba», confesaría el cineasta en 2017, durante un encuentro con periodistas celebrado en el marco del I Festival de Cultura Basura.

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John Waters con el historiador Jon Wiener luego de grabar el podcast ‘Start Making Sense’. | Imagen vía Wikipedia CC BY-SA 3.0.

Después, el público americano comenzó a perder interés por las sesiones de medianoche, y Waters optó por dar un giro a su carrera cinematográfica. En ese contexto se gestó Polyester (1981), coprotagonizada por Divine y el popular Tab Hunter, que durante décadas, vivió sometido a la presión de Hollywood y se vio obligado a simular ser un galán heterosexual. Aquella comedia —la primera de las cintas de Waters producida y distribuida por New Line Cinema— cosechó críticas positivas y le sirvió al director para adentrarse en el mundo del cine comercial. Sin embargo, algunos de sus seguidores empezaron entonces a acusarle de ser un vendido que había renunciado a la cutrez y la subversión de sus trabajos cinematográficos previos. Pero él —que nunca ocultó que, como solía decir: «siempre quise ser un cineasta comercial»— siguió a lo suyo y, a principios de 1988, estrenó la alegre comedia musical Hairspray, que vio la luz pocas semanas antes de la repentina muerte de Divine y se convertiría en uno de sus títulos más alabados por el público y la crítica.

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La familia Turnblad: Wilbur (Jerry Stiller), Tracy (Ricki Lake) y Edna (Divine) en ‘Hairspray’ (1988). | Imagen vía Divine Oficial.

Durante los años noventa, el cineasta siguió contando con el respaldo de Hollywood y plasmando en sus guiones sus múltiples obsesiones. Aunque se aficionó a los cameos de lujo, nunca dejó de contar con la colaboración de los dreamlanders. Pero su grupo de incondicionales tuvo que buscarse la vida también por otro lado, pues les resultaba complicado vivir con lo que daba participar de cuando en cuando en las cintas de su mentor. La actriz Mink Stole, por ejemplo, llegó a labrarse un futuro como actriz de cine y teatro en la ciudad de Los Ángeles —antes de regresar en 2007 a su ciudad natal, donde ha acabado haciendo sus pinitos en el mundo de la música—. Pat Moran decidió meterse a empresaria y abrió en Baltimore su propia agencia de casting. Vincent Peranio, por su parte, ejerció durante años como diseñador de producción y director de arte en series como The Wire (Bajo escucha).

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Dreamlanders Mink Stole, John Waters y Susan Lowe en 2014. | Imagen vía Wikipedia.

Tras estrenar la fallida comedia Los sexoadictos (2004), Waters entendió que resultaba complicado seguir dedicándose al cine independiente sin contar con el apoyo financiero de la industria de Hollywood, y pasó a centrarse en otras facetas profesionales. No en vano, en los últimos años, el director de Baltimore ha engrosado su cuenta corriente actuando en series de televisión —hace poco se anunció que estará en la cuarta temporada de The Marvelous Mrs. Maisel—, dando conferencias, ejerciendo de monologuista y escribiendo libros —de hecho, se ha convertido en un autor multiventas—. No está nada mal para un tipo que solo aspiraba a ganarse la vida haciendo reír a los demás y a tocar las narices al Estados Unidos más bien pensante y pacato.

Álex Ander

Madrileño de adopción. Periodisto. Escribo sobre sociedad, cultura y marcianadas. Defensor de causas perdidas. Alérgico a la gilipollez humana. No tengo una opinión para todo. Solo creo en John Waters.